El capital viene al mundo chorreando sangre y lodo, por todos los poros, desde la cabeza hasta los pies
Karl Marx. El capital
Génesis de la violencia social
La frase proviene del citado libro, capítulo XXIV La llamada acumulación originaria, pero lo cierto es que, desde el siglo XVI, la acumulación de capital hasta la actualidad sigue chorreando sangre y lodo por todos lados para realizar su proceso de reproducción ampliada, es decir, el proceso donde el capital no solo se mantiene, sino que crece y se expande con base a una violencia estructural, orgánica al sistema.
El capitalismo propiamente dicho se engendra a partir de la industrialización –especialmente en Inglaterra iniciada a fines del siglo XVIII–, transformando las sociedades rurales en urbanas. La manufactura artesanal se torna en producción fabril mecanizada originando el trabajo asalariado a gran escala, la producción mercantil en masa, engendrando a dos nuevas clases sociales: la burguesía y el proletariado. Se establecen nuevas relaciones sociales donde la producción económica se fundamenta en la explotación del trabajador por el capitalista. Es en la producción inmediata en cuyo espacio fabril aparece la primera forma de violencia que penetra incesantemente en todos los poros de la sociedad. A partir de la producción de plusvalor, la que genera con violencia la ganancia capitalista, la violencia se despliega por todas las esferas sociales habidas y por haber. La explotación del trabajador asalariado es la forma inicial esencial de la violencia capitalista.
Marx escribió en El capital, en el capítulo dedicado a la jornada de trabajo: “El capital es trabajo muerto que solo se reanima vampirescamente, chupando trabajo vivo, y que vive tanto más cuanto chupa de ello”. Más allá de la metáfora gótica, que deja de ser porque se torna realidad cruenta, el capital es un monstruo ávido de sangre. La industrialización capitalista, primero en Inglaterra y después en todo el mundo, está bañada en sangre. El desarrollo del capital da origen a una lucha de clases incesante y cruenta. Las crisis económicas capitalistas tienen manifestaciones muy violentas que sacuden todo el edificio social, con impactos brutales, en primer lugar, para la clase proletaria: hambrunas, muerte y desempleo masivo. Es imposible explicar las profundas contradicciones y conflictos sociales si no es a partir del propio desarrollo histórico del capital y de su dinámica violentísima. La competencia capitalista por el mercado mundial ha producido y produce conflagraciones bélicas mundiales que hoy están presentes y somos testigo de ellas. Las guerras son la más alta manifestación violenta del capital.
El capitalismo “progresa” históricamente no solamente con base al desarrollo de las fuerzas productivas (tecno–científicas, culturales e intelectuales) sino también con base al desarrollo de las fuerzas destructivas (producción de armamento de toda magnitud); además, destruye implacablemente a la naturaleza con violencia sistemática.
En resumen: El capitalismo es violencia estructural, sistémica. Marx argumentaba que el desarrollo histórico del capital es inherentemente violento. Consideraba que la explotación del trabajador y la apropiación del plusvalor (el valor añadido que el trabajador produce pero no recibe) son una forma de coacción y violencia económica. Más aún, el Estado capitalista, el Estado burgués, es un aparato de poder esencialmente violento y represor contra las clases dominadas: es violencia política condensada con sus aparatos represores. La violencia y el poder, el poder de la violencia, también se expresan y se ejercen hasta con la superestructura política del derecho, que defiende la propiedad privada de los medios de producción: las leyes, la arquitectura legislativa, sus constituciones, sus códigos laborales y su aplicación política, es una forma de violencia social con base al despotismo legal y su “legitimidad” social.
El capitalismo es urbanización permanente
El proceso de desarrollo del capital esencialmente se ha dado en las ciudades. El capitalismo se reproduce básicamente en la sociedad urbana. Friedrich Engels es de los primeros en explicar las grandes ciudades capitalistas en la Situación de la clase obrera en Inglaterra (1845). Trotsky decía en Resultados y Perspectivas (1906), en el capítulo Ciudad y capital que: “Las modernas ciudades (…) no difieren de las viejas solamente por su número de habitantes sino también por su carácter social: son el centro de la industria y del comercio… “La característica económica esencial de la ciudad contemporánea es la transformación de las materias primas, de las cuales le abastece el campo; por este motivo son decisivas para la ciudad las condiciones de transporte. Sólo la introducción del ferrocarril podía ensanchar de tal manera el campo de abastecimiento de la ciudad hasta el punto de hacer posible la aglomeración de centenares de miles de personas; la necesidad de tal aglomeración resultó de la gran industria fabril. El núcleo de población de una ciudad moderna, por lo menos de una ciudad de importancia económica y política, es la clase de los obreros asalariados, claramente diferenciada. Justamente esta clase, que en la época de la gran revolución francesa era todavía sustancialmente desconocida, debía jugar en nuestra revolución el papel decisivo.”
El proceso de urbanización es determinado por el capital en general y por el capital inmobiliario particularmente. El caos urbano–metropolitano es una derivación de la irracionalidad del capital. La segregación clasista urbana es una proyección material de las clases sociales en el territorio. El capital inmobiliario determina usos y apropiación del suelo, valores económicos (renta del suelo), y la naturaleza de la industria de la construcción.
Pero las ciudades capitalistas no solamente debemos considerarlas como entidades territoriales económicas sino también como centros de poder político. En su seno se reproducen casi todas las contradicciones sociales y conflictos clasistas. En ellas la lucha de clases casi siempre está presente de una forma u otra. Así como son escenario de revoluciones sociales proletarias también lo son de profundas contradicciones antagónicas donde reina la violencia del poder y del dinero. Así como el capital construye sus propias formaciones urbanas, como formaciones sociales concretas históricas, así también las puede destruir de un plumazo. La Segunda Guerra con las ciudades japonesas y europeas es un ejemplo de ello, y hoy día Gaza es destruida por el genocidio judio–sionista fascista apoyada por el imperialismo estadounidense.
Si la guerra es la continuación de la política por medio de las armas, afirmó Carl von Clausewitz (1832), la violencia social desplegada en cientos de formas particulares es la continuación de la economía política del capital y de su poder político. Toda forma de violencia emana de la sociedad capitalista. Antes de Clausewitz, Engels afirmaba en 1890 que: “La violencia (el poder de Estado) es, ella también, una fuerza económica”. No entraremos a analizar aquí la tesis de la violencia como motor de la historia, lo cual implica analizar la naturaleza de la violencia en la lucha de clases. Hay violencia revolucionaria, la que genera cambios sociales profundos progresivos, y violencia del poder dominante para mantener el statu quo, la violencia para mantener el orden establecido, “el estado actual de las cosas”; incluso hay violencia contrarrevolucionaria para establecer un regimen totalitario burocrático–despótico como sucedió con el estalinismo soviético.
¿Qué es la violencia social?
Más allá de considerar a la violencia como un concepto, es, ante todo, una práctica inherente en las relaciones sociales donde expresa diversas formas: violencia política, militar, social, cultural, económica, delictiva, laboral, escolar, familiar, de género, racial o étnica, religiosa, policial, institucional, psicológica, entre otras.
Se trata de ver aquí aquellas formas de violencia existente en sus formas más degradadas como manifestación de la descomposición social que acontece en las ciudades. Muchas veces, la urbanización capitalista caótica, salvaje, es violenta en su desarrollo, como la expulsión de población precaria hacia lugares inhóspitos. Según la ONU–Habitat más de 1100 millones de personas viven en ciudades miseria, en favelas, cerros, chabolas, cantegriles, campamentos y barriadas, la mayoría de ellas viviendo en el Sur global. Esta cifra representa aproximadamente a una de cada cuatro personas que habitan en zonas urbanas. En cierta forma, esta miseria urbana planetaria es una expresión de la violencia social no solamente porque son lugares peligrosos para vivir sino también porque esta pobreza causa muchas enfermedades. Aunque la delincuencia habita en toda la ciudad –tanto en las partes feas como en las bonitas, tanto en los barrios proletarios (“barrios malos”, dixit Engels) como en las colonias burguesas con “sus casitas del barrio alto”–, una parte significativa de la delincuencia y del ejército del crimen organizado es reclutada en las zonas pobres. Es en las áreas urbanas hiperdegradas, dice Mike Davis en su libro Planeta de ciudades miseria, que “millones se introduzcan en las economías de subsistencia controladas por bandas callejeras, narcotraficantes, milicias armadas y organizaciones políticas cerradas.
Según la ONU–Habitat 60 por ciento de las personas que viven en ciudades de países subdesarrollados han sido víctimas de la delincuencia por lo menos una vez en los últimos cinco años. La urbanización ha sido acompañada por un aumento en los niveles de delincuencia, violencia y desorden, convirtiendo a Latinoamérica en la región más afectada por la criminalidad en el mundo.
https://redpaemigra.weebly.com/uploads/4/9/3/9/49391489/planeta_de_ciudades_miseria_-_davis_mike.pdf
Una de las formas de la violencia extrema son los homicidios dolosos, es decir, aquellos cuyo propósito directo es quitar la vida. Hay feminicidios, infanticidios, magnicidios, parricidios, genocidios, etcétera. Hay de violencia a violencia y de asesinos a asesinos. La violencia puede definirse de muchas formas, pero esencialmente es la aplicación de la fuerza física armada para someter o aniquilar a otras personas. Hay violencia brutal como el terrorismo, que a su vez, tiene diversas manifestaciones. Por ejemplo, los atentados del 15 de septiembre de 2008 en Morelia, México, fueron una serie de ataques terroristas con dos granadas de fragmentación cometidos por los cárteles del narco en contra de la población civil, dejando 8 muertos y más de cien heridos.
La violencia social es aquella que se despliega en espiral en multitud de formas casi infinita en toda la sociedad. Reiteramos, en esta reflexión nos referimos a la violencia criminal que tiene como propósito destruir, dañar, matar, coaccionar, violar, cercenar a cualquier persona; especialmente, aquella violencia asesina delictiva y terrorista que ejerce el crimen organizado en cualquier ciudad del mundo. Es la violencia impune que hiere, golpea o mata, la que secuestra y desaparece a gente inocente.
No entraremos aquí a narrar la historia del crimen organizado y de las diferentes etapas de la mafia. Lo cierto es que la mafia es un resultado histórico que, aunque se remonta hasta el siglo XVIII en Sicilia, su desarrollo moderno acompaña al capitalismo del siglo XX y XXI. Primero en el naciente imperio estadounidense y después por todo el mundo. Es la mafia del crimen organizado uno de los actores sociales más violentos de la sociedad contemporánea, que le sigue a los ejércitos imperialistas, como el de los Estados Unidos, el más poderoso militarmente del mundo y el más genocida. Este País es el más violento y terrorista del mundo; es la sociedad más armada y violenta existente.
El capital subsiste como un sistema criminógeno; es decir, todo aquello que genera, produce o favorece la criminalidad y las conductas antisociales; es por eso que vivimos una cultura de la violencia en todas las esferas de la vida social.
Hiperviolencia urbana
Hay países como México donde la violencia es exacerbada y cobra una dimensión mayúscula. Uno de sus principales problemas sociales, el más importante, es la inseguridad de la población. Entonces, la hiperviolencia es la intensificación extrema de la criminalidad y la agresión delictiva en las ciudades mexicanas, que se caracteriza por el uso de prácticas terroristas de homicidios y desapariciones forzadas, la normalización del daño letal por el control territorial y el impacto psicológico que altera drásticamente la vida cotidiana de sus habitantes y aparece en muchas entidades donde los cárteles del narco florecen más. Levantones, desapariciones forzadas, robos, asaltos y asesinatos son parte de la vida cotidiana en la mayoría de las ciudades mexicanas. Gobiernos van y vienen y nunca vemos las políticas adecuadas para la protección de la ciudadanía
Esta hiperviolencia social surge bajo ciertas condiciones económicas y, sobre todo políticas. Asociamos esta hiperviolencia al fortalecimiento del crimen organizado constituido en poderosos cárteles del narcotráfico. Esta es una historia que se remonta, por lo menos, a la década de los ochenta, cuando tras la caída del Cártel de Guadalajara, surgieron grandes organizaciones como el Cártel de Sinaloa y el Cártel del Golfo. Desde luego, la historia del narco es de muchas décadas atrás, pero en gran medida la violencia extrema de las últimas cuatros décadas es producto del neoliberalismo. Un País lleno de atrocidades y de terror: Organizaciones de la sociedad civil documentan miles de casos de extrema violencia: masacres, desapariciones forzadas, hallazgos de fosas clandestinas y tortura: México es una fosa común.
Lumpendesarrollo a la mexicana y lumpenizacción de la política y del Estado: El lumpendesarrollo burgués a la mexicana: Narcoviolencia y “capitalismo armado”.
¿Por qué México tiene casi 400 mil desapariciones forzadas desde 1952? ¿Por qué han desaparecido de 2006 al 2026 casi 135 mil personas? ¿Por qué el mayor porcentaje de esta cifra se ha dado en los últimos 8 años; o sea, cerca de 55 mil víctimas? ¿Por qué tiene 360 mil homicidios entre 2006 y mediados de 2026? ¿Por qué la década más violenta fue del 2018 al 2022, con cifras anuales que superaron los 35 mil casos?
El marco histórico del neoliberalismo en México es parte de un proceso que se va gestando paulatinamene con una creciente barbarie social. La pobreza y profunda descomposición social de nuestro país no solamente es resultado inmediato de las políticas neoliberales –propias de un capitalismo feroz– iniciadas a mediados de los años ochenta; también es resultado de un largo proceso de desarrollo capitalista que se remonta, al menos, desde la década de los cuarenta. El lumpendesarrollo es un estado de «subdesarrollo salvaje». Es una situación donde la economía es apropiada por una oligarquía bajo forma legales o ilegales, generando una concentración extrema de la riqueza, mayor desigualdad social, economía informal precaria; es un proceso social impulsado por una élite lumpenburguesa corrupta asociada al capital foráneo y un lumpenEstado corrupto asociado y cobijando al crimen organizado.
El lumpendesarrollo es una manifestación muy visible de la crisis civilizatoria, de una barbarie social, cuya deshumanización brutal implica una hiperviolencia social en casi todos los ámbitos de la vida nacional. Hay lumpendesarrollo –el desarrollo del subdesarrollo salvaje– porque tenemos una oligarquía (lumpenburguesía) y un poder político (Lumpen Estado) en acelerado estado de descomposición. El viejo corporativismo propio de un Estado bonapartista “sui generis” en su contemporización corrupta ha devenido en un mayor corporativismo gansteril. Por eso existe un lumpendesarrollo social, económico y político, gestado desde lo que ahora se puede definir como un Narco–Estado o Lumpen–Estado: narcocapitalismo. El escritor y periodista italiano Roberto Saviano sostiene la tesis en su libro CeroCeroCero de que en México se tiene “un capitalismo armado”, un capitalismo armado hasta los dientes generando una violencia social sin límites a causa de la asociación entre la mafia y las altas esferas del poder político dominante.
https://revistaixaya.cucsh.udg.mx/index.php/ixa/article/view/7099
La hiperviolencia urbana
La hiperviolencia en las ciudades mexicanas está determinada directamente por el crimen organizado y por la corrupción e impunidad sistémica política. Los últimos sexenios politicos están plagados de vínculos de corrupcción entre gobiernos y cárteles mafiosos. El país destaca a nivel global, albergando a múltiples urbes dentro de la lista de las más peligrosas y con mayores índices de percepción de inseguridad ciudadana. México ocupa el cuarto lugar mundial en violencia y peligrosidad, según el Índice de Conflictos elaborado por el Proyecto de Datos de Ubicación y Eventos de Conflictos Armados. Se sitúa por debajo de Palestina, Myanmar y Siria, siendo considerado el país sin un conflicto bélico formal más peligroso del mundo.
La gravedad del panorama se evalúa mediante varios indicadores clave donde México destaca a nivel global: Peligro para civiles: Segundo lugar mundial, solo por detrás de Gaza. Fragmentación de grupos armados: Tercer lugar mundial por la cantidad de organizaciones criminales activas. Letalidad: Octavo lugar global en cuanto al impacto de los enfrentamientos y la violencia.
México lidera la lista de ciudades más violentas del mundo con 17 urbes en 2025. El Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal sitúo a México como el país que tiene un mayor número de ciudades dentro de las 50 más violentas del mundo, seguido por Colombia y Ecuador, de acuerdo a su informe anual de 2025. En algunas ciudades mexicanas ha habido y hay narcobloqueos en las calles y avenidas principales causando terror en la población.
La más violenta a nivel global es la capital de Haití, Puerto Príncipe, con más de 197 homicidios por cada 100.000 habitantes, seguida de Babahoyo (Ecuador), con 166 homicidios; y Mandela Bay (Sudáfrica), con 119; mientras que las mexicanas Culiacán (Sinaloa, noroeste), con 103 homicidios; y Ciudad Obregón (Sonora, noroeste), con 90, que ocupan la sexta y novena posición, respectivamente. No obstante, según remarcaron organizaciones como la Comisión Mexicana de Derechos Humanos, es la primera vez desde 2013 que el país norteamericano solo tiene dos municipios entre los diez más violentos, a la vez que destacaron que la mayoría de ciudades mexicanas presentan tasas inferiores a las observadas durante los años previos. Las otras urbes mexicanas del país integradas en la lista son Manzanillo, Zamora, Colima, Acapulco, Irapuato, Juárez, Tijuana, Celaya, Cuernavaca, Uruapan, Chilpancingo, Chihuahua, Hermosillo, el Área Metropolitana del Valle de México y León. Dentro de esta clasificación destaca América, con 44 de las 50 ciudades más violentas del mundo. Las seis restantes pertenecen al continente africano.
Para el representante del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, José Antonio Ortega, estos datos reflejan que el país sufre una “gran violencia que no se está resolviendo”. Estas urbes se ubican principalmente en América Latina y el Caribe, una región que concentra la inmensa mayoría de las ciudades más peligrosas del mundo debido a factores como el crimen organizado, el narcotráfico y la debilidad institucional.
https://es-us.noticias.yahoo.com/m%C3%A9xico-lidera-lista-ciudades-violentas-232200836.html
Claudia en el País de las Maravillas
Desde el 2018 para el gobierno de la Cuarta Transformación casi todo marcha maravillosamente, pero la verdad es que la mayoría de la población vive bajo la certeza de una inseguridad por todos lados; tiene miedo en las calles por robos y secuestros por doquier, pues la hiperviolencia reina en el campo y en las ciudades. También es muy cierto que este flagelo social no inicia con este gobierno sino muchas décadas atrás, pero también es verdad que durante estos últimos años se ha agudizado terriblemente esta situación que ya tiene eco en la Asamblea Nacional de las Naciones Unidas, como es el caso de las desapariciones forzadas. “La posibilidad de que en la sesión de la ONU se declare como un crimen de lesa humanidad la cantidad de desapariciones en México, es la señal más clara de la situación de violencia generada por la llamada guerra contra el narcotráfico.” https://www.proceso.com.mx/opinion/2026/4/6/muertos-desaparecidos-desplazados-una-guerra-que-no-termina-369451.html
La presidenta Claudia Sheinbaum hace caso omiso de este problema y sigue poniendo oidos sordos, al igual que su antecesor, a los reclamos legítimos de los Comités de Padres y Madres buscadoras de sus familiares desaparecidos. No obstante, el actual gobierno continua con las mismas políticas nocivas como la militarización del País, la farsa de comisiones de derechos humanos y la de inepta Comisión Nacional de Seguridad Nacional ¿Por qué no hay seguridad pública protegiendo efectiva y eficazmente a toda la población nacional de cualquier delito o crimen?
Reciente, Sheinbaum condenó como “actos de violencia que ya no responden únicamente a demandas legítimas [de la Coordinador Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE)], sino a una estrategia para proyectar una imagen de caos e inestabilidad en México” ¡Cómo si no hubiera ya una proyección mundial de la violencia en México! Un caos que su gobierno se empeña en reproducir por su promoción al capital local y foráneo.
Desde hace décadas México vive una profunda crisis humanitaria y una crisis de derechos humanos por la creciente barbarie social. El desgarramiento social es manifestación de la profunda descomposición del todo social y una deshumanización terrible con sus atrocidades. La degradación de la sociedad mexicana está marcada a sangre y fuego como sino fatal por sus profundas contradicciones y conflictos sociales producto de las recientes décadas de un capitalismo salvaje depredador social.
¿Cada país tiene la policía que se merece? No. Mientras todos los retrógradas piensan que se debe mejorar la policía para mejorar el país, debemos pensar la necesidad el cambiar el país si se quiere cambiar a la policía hasta su desaparición. Una reforma de la policía es necesaria y posible si se parte de una profunda reforma democrática del país desde abajo ¿Qué alternativas existen para resolverla? ¿Qué hacer?
La única solución posible para empezar a resolver los males sociales del País y pacificarlo es construir, desde abajo, una fuerza social cuya organización política se proponga la alternativa radical de un gobierno democrático de los propios trabajadores del campo y las ciudades: un gobierno obrero, campesino y popular
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