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José Baroja contra la anestesia neoliberal

La crueldad teme a un perro

Fuentes: Rebelión

En la obra de José Baroja, la ternura no es un refugio sentimental: es una amenaza política. Allí donde el orden neoliberal exige sujetos duros, productivos, obedientes y emocionalmente anestesiados, sus cuentos hacen aparecer cuerpos vulnerables que todavía obligan a mirar. Un perro abandonado, un niño expuesto, un viejo derrotado o un trabajador exhausto interrumpen la maquinaria de la indiferencia. No piden caridad: acusan al mundo que los volvió descartables.

La narrativa de Baroja ha sido leída, con razón, desde la marginalidad, la precariedad, la violencia social y la distopía cotidiana. Sin embargo, quizás falta mirar lo que sobrevive en medio de ese desastre, porque sus cuentos no solo muestran una sociedad cruel: muestran también los restos afectivos que esa sociedad no logra destruir del todo.

Desde una lectura psicológica, esa persistencia es decisiva. La crueldad organizada no funciona únicamente mediante golpes, hambre, explotación o abandono. También necesita anestesia. Necesita que los sujetos dejen de conmoverse. Que aprendan a pasar de largo. Que confundan adaptación con insensibilidad. En ese sentido, sentir algo por otro —aunque sea por un perro flaco, por un desconocido, por un cuerpo vencido— ya es una forma de desobediencia.

Baroja no idealiza esa ternura. No la convierte en salvación. Sus personajes no se vuelven buenos por sufrir ni alcanzan una redención luminosa al final del relato. La ternura en su literatura no cura el trauma social. Apenas lo señala. Pero ese “apenas” importa. En un mundo donde todo empuja hacia la dureza, el gesto mínimo de cuidado se vuelve políticamente incómodo.

Hay en sus cuentos una pregunta brutal: ¿qué tuvo que pasar para que nos parezca normal no sentir nada? Esa pregunta atraviesa su literatura. No como sermón, sino como síntoma. Sus personajes suelen vivir bajo formas de violencia ya naturalizadas: la pobreza, la humillación laboral, la soledad urbana, la familia como encierro, la calle como amenaza, la institución como maquinaria indiferente. Sin embargo, en medio de esa pedagogía de la crueldad, algo falla. Alguien todavía mira. Alguien todavía se compadece. Alguien todavía no acepta que todo ser vulnerable pueda ser tratado como basura.

Por eso la presencia de los animales, especialmente de los perros, no debería leerse solo como símbolo. El perro abandonado en Baroja no es un adorno narrativo: es una prueba ética. Frente a él, los personajes revelan lo que les queda de humanidad. La manera en que una sociedad trata a sus animales pobres dice mucho sobre cómo trata a sus pobres humanos. Ambos cuerpos —el del perro callejero y el del sujeto descartado— quedan sometidos a una misma lógica: si no sirven, se expulsan.

Lo provocador de Baroja es que no escribe desde la compasión cómoda. No ofrece piedad para que el lector se sienta moralmente superior. Al contrario: lo coloca ante una incomodidad. Nos obliga a reconocer que la indiferencia también es una construcción social. Nadie nace anestesiado. La insensibilidad se aprende: en la casa, en el trabajo, en la escuela, en la burocracia, en los discursos del éxito, en la obligación de sobrevivir sin mirar demasiado al costado.

Sus cuentos muestran que la crueldad no siempre grita. A veces administra. A veces firma papeles. A veces mira hacia otro lado. A veces se disfraza de normalidad. Frente a eso, la ternura de los derrotados no es ingenua: es peligrosa. Porque recuerda que todavía hay daño. Y donde hay conciencia del daño, todavía puede haber resistencia.

La literatura de José Baroja no propone una salvación individual ni una reconciliación humanista. Su potencia está en otra parte: en mostrar que la crueldad necesita obediencia afectiva. Necesita que no miremos, que no escuchemos, que no nos importe. Por eso, en sus cuentos, sentir no es una debilidad. Sentir es desobedecer.

En tiempos de cinismo, la ternura no absuelve al mundo: lo acusa.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.