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Progresismo inofensivo, enfermedad senil de la izquierda

Fuentes: Rebelión

Los triunfos de la ultraderecha en Latinoamérica retrotraen a un debate trascendente en los partidos políticos o movimientos populares de izquierda para comprender cuál ha sido su papel, activo o pasivo, en el escenario político que se vuelve cada vez más amenazante. 

La propuestas de extrema derecha han sabido aprovechar la coyuntura política como la crisis permanente de la democracia; la insatisfacción de las poblaciones ante la pobreza y falta de oportunidades que ha traído las décadas de neoliberalismo; las olas migratorias que se trasladan desde países arruinados por sanciones o la destrucción del tejido social y productivo por políticas públicas dirigidas a favorecer a las elites; el sometimiento total al Estado hegemón y sus corporaciones; el contexto geopolítico con una nueva conformación de alianzas militares y económicas; entre otras.

Sin embargo, es fundamental comprender que la actuación de la izquierda tanto en Latinoamérica como en el mundo permitió la penetración de la extrema derecha que se posiciona como una respuesta a su rival histórico aprovechando los espacios concedidos por una debilidad ideológica que se arrastra desde la implantación neoliberal como paradigma del capitalismo.

El autoritarismo exhibido por los liderazgos ultraderechistas sustanciales a su retórica anuncia que las reglas democráticas serán cuestionadas cuando no sea suficiente el poder electoral como en los casos de los ataques de los trumpistas y bolsonaristas a sus respectivas sedes legislativas.

La ultraderecha nos enseña que la democracia liberal es una consideración de consenso en la sociedad, una vez roto, las perspectivas se abren al uso brutal de la fuerza y la violencia real o simbólica.

Como Georges Batailles señaló en su libro La Estructura Psicológica del Fascismo: “la acción fascista, heterogénea, pertenece al conjunto de las formas superiores. Apela a los sentimientos tradicionalmente definidos como elevados y nobles, y tiende a constituir la autoridad como un principio incondicional, situado por encima de todo juicio utilitario”. 

De esta forma, los gobiernos de derecha extrema no son episodios que pueden ser considerados pasajeros, que impliquen una moda que pronto pasará dando lugar a los proyectos de izquierda reformista en una alternancia en el poder como la ocurrida en las últimas décadas. La geopolítica actual con la alienación de las naciones en diferentes esferas de poder e influencia, están determinando la política interna, especialmente en los países que son la retaguardia de la construcción hegemónica de la nueva configuración mundial.

En 1920 apareció la obra de Vladimir Illich Lenin “La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo”. En ésta, el líder bolchevique fustigó al ala izquierda de los comunistas por restarse de la vida política de las naciones en las acciones parlamentarias o en los sindicatos, en un purismo ideológico que destruía cualquier consideración táctica. La idea de Lenin era la participación de los partidos en todos los aspectos políticos y sociales de las naciones, no abandonar al proletariado dejándolos en las manos de los partidos de la burguesía.

La enfermedad izquierdista se tradujo en partidos políticos o movimientos obsesionados por la violencia política y la insurrección quienes renunciaron a la organización de las masas proyectando el triunfo como acciones de una elite revolucionaria capaz de arrastrar tras de sí al grueso del movimiento popular, pero débil en representación política e ideología. La separación de las masas imponía un poder vertical por sobre la comprensión del fenómeno de la conciencia de clase. El trabajo cotidiano de generar confianza y representación, un partido dirigente, pero a la vez parte del mundo popular.

Para el leninismo, la insurrección era la coronación de un esfuerzo político de enseñanza de las contradicciones del capitalismo y la construcción de la certidumbre de que los obreros y campesinos podían hacer la diferencia en la creación de una sociedad igualitaria. La insurrección se convertía de facto en mayoría democrática del pueblo movilizado gracias a la unión entre el partido y el pueblo.

Derrotada la izquierda de corte insurreccional tras la desintegración de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, quienes mantuvieron las ideas leninistas de partido y toma del poder quedaron en una amplia minoría, mientras que la mayoría de los partidos y militantes buscaron aferrarse a nuevas formas de subsistencia, para lograr, o, aunque sea morigerar, los efectos perversos del capitalismo, más aún en su variable extrema de neoliberalismo.

No obstante, la fase capitalista neoliberal necesitaba de dos condiciones políticas electorales suficientes para la construcción de una democracia liberal que permitiera legitimidad con apertura económica: primero, que el neoliberalismo pasase de una condición ideológica extrema que chocaba con las expectativas de la masa de los ciudadanos donde se había arraigado la idea de que el Estado debiese ser garante de los derechos sociales de la mayoría; en los países latinoamericanos, esta condición se dio con la terapia de shock de las dictaduras militares. Segundo, una vez aceptada la doctrina neoliberal como posible y querible, la aceptación de ésta por los partidos de izquierda reformistas que podían acceder al gobierno, siempre y cuando, consintieran que el neoliberalismo era intransitable para el poder real económico tanto como al país hegemónico. De esta manera, la elección de los ciudadanos se hace entre dos partidos o conglomerados que en el fondo ofrecen lo mismo.

La izquierda con la identidad ideológica extraviada necesitó de nuevos principios y eslóganes para diferenciarse en una realidad que igualaba a todos los oferentes electorales. Ya que en el plano económico no existían diferencias sustanciales, se buscó la representación de las minorías raciales, étnicas o sexuales (despectivamente llamados woke) como centro de la acción partidaria, simbólicamente, como garantes de las libertades individuales en la igualdad republicana.

La representación de los intereses de las minorías en lo que se denominó wokismo comenzó gradualmente a absorber a todo el progresismo, especialmente, cuando se renunció a representar a los trabajadores o a usar los conceptos propios de la izquierda revolucionaria considerados atentatorios contra la democracia liberal. 

El progresismo quedó sumido en una política continuista e inofensiva para el poder económico real, más aún, sirvió de modelo para que la ultraderecha los denunciara como “intolerantes o divisores”. Desde la propia izquierda radical el progresismo ha sido duramente criticado por su postura identitaria, la falta de un compromiso real para las transformaciones profundas, la complicidad en mantener el paradigma neoliberal, la intolerancia a la crítica o la resistencia a aupar las movilizaciones populares.

Podemos ver entonces que la izquierda desde sus comienzos ha sufrido de afecciones como si fuera el desarrollo de un individuo, pasando desde enfermedades infantiles como el izquierdismo denunciado por Lenin por su obsesión elitista por la violencia transitando hacia la senilidad del progresismo como irrelevante a la hora de cuestionar o tomar el poder económico real dejando todo en manos del escenario electoral democrático liberal y renunciando a la organización de las masas de los trabajadores.

La realidad impuesta por la llegada de la ultraderecha hace necesario que la izquierda asuma los errores cometidos, se involucre en una profunda reflexión sobre cuáles deben ser sus posturas ideológicas frente a los desafíos existenciales, supere sus enfermedades de crecimiento o de envejecimiento, lo que está en juego es demasiado trascendente para permitirse los achaques de la senilidad. 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.