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A la memoria de la lucha de Alberto Galleguillos

Fuentes: Rebelión

El Mapocho, con su carga de desperdicios, se llevó las identidades, las imágenes y los sueños de las víctimas de la dictadura.

por Luis Fuentealba

Esta semana he pensado mucho en un gran amigo y compañero de toda la vida. Se trata del Maestro Alberto Galleguillos, quien fue un ser humano notable, maravilloso; un gran dirigente del Magisterio y del Partido Socialista, desde los años 1950, compañero de Salvador Allende hasta el último día de vida.

Su compromiso con las causas más nobles comprometió su existencia.
Hoy les envío un relato protagónico-vivencial, que él nos entregara en su libro: “Mi última clase de Historia”, que considero imprescindible socializar y difundir.

Salvador Allende, Clodomiro Almeyda, Mario Palestro fueron muchos de sus grandes amigos.

Viajar, conversar con Alberto era experimentar una clase magistral, pues él era entretenido, profundo, alegre por su propia naturaleza… Y de una memoria privilegiada.

Alberto Galleguillos de su libro “Mi última clase de historia”

“Cementerio clandestino”


Fue al final de «El Montijo», donde terminaban las poblaciones y más allá de una obra de ladrillos, en Santiago Poniente, ladera sur del río Mapocho, donde había un improvisado cementerio clandestino en que estaban sepultadas las víctimas de la Dictadura del General Pinochet, que después de ser vilmente asesinadas o ejecutadas sin juicio, ni sumario, eran lanzadas al río, en esas noches en que hasta el cielo se teñía de tinto con la sangre de tantos seres inocentes.

No siempre el río arrastraba los muertos a mucha distancia del sitio del lanzamiento. A veces quedaban atrapados en la vegetación, en los ensanchamientos o los recodos de su lecho y manos piadosas los sacaban y los sepultaban en sus orillas, corriendo los riegos policiales que significaba quitarle al río los cadáveres, símbolos de la crueldad de la Dictadura, y sepultarlos rápidamente en las horas de “Toque de Queda”, para evitar que fueran destrozados por los roedores y los perros bravos.

Por los diversos conductos clandestinos, supe la existencia del cementerio clandestino de «El Montijo». Consideré que debía poner en conocimiento de periodistas extranjeros esta información, para que dieran cuenta a los organismos internacionales del genocidio de que estaba siendo víctima el pueblo chileno.

Por diversos contactos, especialmente una funcionaria alemana de la Naciones Unidas, logré ubicar a Rolf, un periodista, también alemán, para que hiciera una investigación seria sobre estos hechos inhumanos. Nos reunimos en una casa cercana a la Plaza Ñuñoa y se fijó día y hora en que un grupo de reporteros y camarógrafos extranjeros llegaría hasta «El Montijo». Daniel, llamado así en la clandestinidad y un par de compañeras, seríamos los guías del grupo.

A la hora señalada llegué hasta las últimas casas de «El Montijo» en un pequeño Fiat seiscientos. Casualmente vivía en ese lugar Rosa Valenzuela, ex-alumna, del Liceo Integral a quien encargué que vigilara el auto, porque había que avanzar más al interior a pie. Luego llegó un Station Wagon con los periodistas y separadamente, avanzamos hacia el cementerio donde unos vecinos y obreros de la obra de ladrillos nos indicaron.

Con un rastrillo un obrero despejó algunos metros de terreno en que tierra y ramas tapaban el montón de cadáveres en plena descomposición. La mayoría eran hombres, sus cuerpos estaban morados e hinchados; algunos aun conservaban los delantales característicos de los hospitales.

Pensé en Manuel Ibáñez y otros compañeros del núcleo del Hospital San Juan de Dios, que junto al cura Alsina, fueron ejecutados en el Puente BuInes y lanzados cruelmente al Río Mapocho.

Los camarógrafos filmaron las escenas escalofriantes que presenciamos y la de un cadáver que la noche anterior había quedado atrapado en un pequeño recodo del río y que no se pudo sacar, porque en ese momento, desde la Dirección del Aeropuerto de Cerrillos, avanzaba peligrosamente un helicóptero, seguramente por la delación de algún vecino de los que en esos días abundaron.

Nos ocultamos en los hornos de ladrillo y en la orilla del río. Una vez que se fue el helicóptero después de girar varias veces sobre el cementerio, rápidamente nos retiramos y huimos en diversas direcciones.

Felizmente no fue en vano el sacrificio, en varios países europeos se exhibieron los videos tomados en «El Montijo» y la denuncia formal fue hecha a los organismos defensores de los Derechos Humanos.

Días después de ocurridos los hechos relatados fuimos con Rolf hasta el Cementerio Clandestino de «El Montijo» y nos informaron que después de «el toque de queda de ese día» con maquinarias excavadoras lanzaron nuevamente al río cadáveres, tierra y vegetación que los había cubierto.

El Mapocho, con su carga de desperdicios, se llevó las identidades, las imágenes y los sueños de las víctimas de la dictadura.

En la foto: Cros. Luis Fuentealba Reyes, Alberto Galleguillos Jaque, José Pérez, Fidelma Allende y Mario Palestro Rojas