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Agravios a la esperanza

Fuentes: Rebelión

Los datos, prolijos en la prensa alternativa, que hace eco de informes de organismos internacionales de crédito, compelen a encresparse -pronunciarse en la plaza pública por la revolución mundial sería una respuesta, si bien tibia ante la necesidad de actuar-: a la altura del siglo XXI, nada menos que 52 millones de impúberes de la […]

Los datos, prolijos en la prensa alternativa, que hace eco de informes de organismos internacionales de crédito, compelen a encresparse -pronunciarse en la plaza pública por la revolución mundial sería una respuesta, si bien tibia ante la necesidad de actuar-: a la altura del siglo XXI, nada menos que 52 millones de impúberes de la Tierra están sumidos en la esclavitud, monda y lironda.

Un valioso resumen de la colega Ana I. Bernal Triviño aparecido en Kaos en la Red nos impone de las variantes de ese sojuzgamiento. La trata infantil y la explotación sexual; el trabajo forzozo por endeudamiento, en las minas o la agricultura; la existencia de soldados entre ellos, o el matrimonio a la brava sobre todo de chicas constituyen diferentes caras de una misma realidad.

Espeluznado, uno se pregunta por qué una humanidad que se precia de civilizada no convierte en vinculante, también a la brava, el principio 9 de la Declaración de los Derechos del Niño, ese que reza: «[…] debe ser protegido contra toda forma de abandono, crueldad y explotación. No será objeto de ningún tipo de trata. No deberá permitirse […] trabajar antes de una edad mínima adecuada; en ningún caso se le dedicará ni se le permitirá que se dedique a ocupación o empleo alguno que pueda perjudicar su salud o su educación o impedir su desarrollo físico, mental o moral».

Meras palabras para unos cuantos que, en el planeta todo, medran con una explotación que rezuman desde la ropa hasta los minerales de los teléfonos móviles. Y que conste: las estadísticas podrían sobrepasar la cifra que citábamos arriba. Con la colega señalemos que dependen de la asociación u ONG que las calcule, porque no resulta nada fácil contabilizar un entuerto que se oculta bajo un denso manto de mafias y corrupción. Así que probablemente nos asomemos a la punta de un iceberg.

Aproximaciones de la ONU dan cuenta de que la trata de seres mueve anualmente entre cinco y siete billones de dólares, y unos cuatro millones de personas se ven desplazados de un país a otro. Hurgando en esos montos, la organización Save The Children, del Reino Unido, estima que cada 12 meses 1,2 millones de menores devienen víctimas del tráfico, negocio «redondo», que produce en el período 23 mil 500 millones de euros.

Si se ahonda, se encontrará que fenómenos tales la pobreza, la globalización -con su infausto signo- y la consiguiente demanda de mercancías y mano de obra baratas han provocado un aumento sin precedentes de personitas laborando, sobre todo en África, Asia y el Pacífico y las Américas -la periferia del capitalismo-, donde una tercera parte queda fuera del sistema escolar, mientras no pague al patrón un impagable débito -y no es simple juego retórico, no-.

No obstante el que el tráfico con fines de prostitución es mayoritario entre los adultos (más bien adultas), no quedan exentos los infantes, sentenciados a incluirse, o bien en la industria pornográfica o bien en un nefando turismo. Y que conste: ello representa absolutamente una transgresión de fueros. Recordemos, con Bernal, que conforme al Protocolo de Palermo no hay consentimiento alguno si se es menor de 18 años. Y como en los ámbitos de imperios decadentes, el lenocinio impuesto se ofrece a la vista, hoy día en bares de karaoke, discotecas, clubes nocturnos, y asimismo en el resguardo licencioso de pisos, apartamentos particulares.

Pero como si no bastara lo expuesto para coincidir en que unos cuantos presuponen papel mojado el apotegma de nuestros descendientes como la esperanza del orbe, Unicef considera que cerca de 300 mil de ellos y ellas sirven de soldados en conflictos en los cuatro puntos cardinales. Reclutados en escuelas y pueblos, no solo resultan usados a guisa de tierna carne de cañón, en la primera línea de combate -¡matando y muriendo!-, sino en ataques suicidas, y como fresco pasto de violaciones o esclavos, esclavas, de la lascivia de sus conmilitones…

Con traumas difíciles de superar, un ringlero de razones secundarias -la primaria, la misma formación basada en la maximización de las ganancias- se agolpan en un documento de Unicef traido a colación por nuestra fuente: «Algunos son secuestrados; a otros, la pobreza, los malos tratos, la presión de la sociedad o el deseo de vengarse de la violencia contra ellos o sus familias les llevan a unirse a grupos armados y empuñar un arma. Son víctimas inocentes de las atrocidades de la guerra. Para ellos, el regreso a su vida y la recuperación de su infancia es tan difícil que puede parecer casi imposible».

Pequemos de redundantes -la ira nos obliga- al acotar con la comentarista de Kaos que las secuelas suelen ser físicas en razón de las torturas, los abusos, las mutilaciones, la desnutrición o las enfermedades venéreas. Estado de cosas al que se ayuntan los padecimientos emocionales. «Quedan atrapados en una tela de araña de la que no saben cómo salir porque normalizan la violencia, o ni siquiera saben dónde está su familia. A veces, cuando eso sí ocurre, son rechazados por sus padres, sobre todo cuando las niñas soldados regresan con sus bebés en brazos».

Asco de vida, se permite uno proferir en salida depresiva, al enterarse de que, en números de la OIT, de los 15,4 millones de «ofrendados(as)» a un matrimonio forzado, más de una tercera parte eran (son) en su mayoría chiquillas. «Save The Children arroja más cifras. Unos 15 millones de niñas y adolescentes están casadas o viven ya en pareja. Cuatro millones lo hacen antes de los 15 años. Lo que representa que cada siete segundos una menor de quince años se casa en alguna parte del mundo, desde Oriente Próximo hasta Europa o Norteamérica. Quizás ello está relacionado con las cifras de maternidad tan altas entre menores: cada dos segundos, una niña da a luz».

Rememoremos ante el lector avisado, y develemos a los desavisados, que las faenas agrícolas se erigen en una ruda forma de ¿vida? para 132 millones que no trascienden las 15 años, sin distingo de sexo también, en el globo. Casi el 70 por ciento en granjas y plantaciones, algunos en peligrosas condiciones de servidumbre. Empero, los desafueros se arraciman: más de 40 millones se desempeñan como empleados domésticos, 10 millones de estos ocultos tras las puertas de los hogares donde se emplean. Y muchos (muchas) sufren castigos tales golpes con planchas ardiendo, flagelaciones y quemaduras con agua hirviendo. Esto, sin contar el millón abismado en minas y canteras en más de 50 países… igualmente de la periferia. Servicio doméstico, militar, pesca en aguas profundas, construcción, búsqueda en vertederos…: «regalos» para la «esperanza del mundo», si nos atenemos a la martiana concepción.

Empero, cometería un desaguisado quien pensara que el Sistema guarda sus «bondades» solo para sus espacios marginales. Un informe recién difundido por la agrupación Violence Policy Center, en versión de EFE, da cuenta de que la industria de las armas de fuego en EE.UU. sigue los pasos a la del tabaco, y apunta a los más jóvenes, incluso niños, para asegurarse su futuro. En un país donde portar una pistola -y no solo ese artilugio- significa un derecho constitucional, un texto de 54 páginas de la ONG con sede en Washington, empeñada en el control legal, o la eliminación de ese desatino, realiza un recuento de los sucesos más conocidos de adolescentes o casi párvulos que han ocasionado la pérdida de vidas. Y asevera que suman más de mil 300 aquellos de menos de 18 años de edad que murieron en 2014 por la libérrima utilización de esos artefactos; 23 mil en el período de 1999 a 2014. Los homicidios en primer lugar, los suicidios en segundo y los disparos no intencionados en tercero son elementos de esta trama macabra.

¿Por qué los imberbes?, se cuestionaría un incauto. Pues porque la base de consumidores en USA, principalmente hombres blancos, está envejeciendo, y con esta la posesión de los letales aparatos en las viviendas -desde 1977 hasta 2014 el porcentaje de los propietarios que admiten tener uno ha disminuido en 40 por ciento-. Y como de maximizar ganancias se trata, no importa el tercio (32.4 por ciento) que los «atesoran». Dispongámonos entonces, se dirán los interesados, a producir cuentos, historietas y revistas dirigidos a los miniaficionados a la diana, y creemos más empresas presentadas como las mayores proveedoras de rifles «para el mercado juvenil». Mercado que, por cierto, goza el «privilegio» de cada vez más artículos diseñados especialmente para tiradores poco corpulentos, y pistolas, escopetas y revólveres de colores vivos, rosa para mujeres y niñas.

Añade EFE que la poderosa Asociación Americana del Rifle no solapa «las intenciones de la industria como muestra una frase extraída de una de sus publicaciones y reproducida en el informe ´El futuro de nuestra libertad -y de nuestro legado de usar armas y cazar- reside en nuestros niños y nietos´». Un capítulo se centra en los videojuegos, en los que se aprecia tanto una amenaza, porque compiten en la recreación, como una oportunidad de ampliar la venta entre aquellos que todavía despuntan pocos palmos del suelo.

Y a fuer de empecinados, insistamos finalmente en acotaciones de Unicef, las cuales sentencian que la pobreza infantil puede perdurar de por vida, tanto a nivel físico como emocional, restringe seriamente la capacidad de aprendizaje y condiciona la productividad en el futuro.

Ahora, en honor a la verdad, uno siente la necesidad de que los organismos encargados del asunto boguen hasta la raíz de las «aguas», y desembozadamente apelen a unas causas -neoliberalismo, sistema económico-social- que justifiquen encresparse, pronunciarse y actuar por una (la) revolución mundial.

¿Mucho pedir?

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.