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Antes de la próxima catástrofe

Fuentes:

Imaginemos por un momento que las grandes olas de mar de fondo hubieran azotado las costas occidentales de Europa, que más de cien mil ingleses, irlandeses, holandeses, belgas, franceses, españoles y portugueses hubieran caído víctimas del tsunami, y que la costa oriental de los Estados Unidos también lo hubiera sufrido. ¡Cuán presto el mundo se […]

Imaginemos por un momento que las grandes olas de mar de fondo hubieran azotado las costas occidentales de Europa, que más de cien mil ingleses, irlandeses, holandeses, belgas, franceses, españoles y portugueses hubieran caído víctimas del tsunami, y que la costa oriental de los Estados Unidos también lo hubiera sufrido.

¡Cuán presto el mundo se hubiera puesto en acción! ¡Cómo los gobiernos la hubieran impulsado! ¡Qué grandes sumas de dinero se habrían materializado en unas horas para salvar lo que pudiera salvarse, prevenir las epidemias que amenazaran a millones de personas!

Pero no pasó en Europa. Pasó en países asiáticos remotos y empobrecidos. Y eso representa toda la diferencia.

¿Tenía esto que suceder?

El terremoto no pudo prevenirse y suficientes avisos del mismo no pudieron ser dados. Pero desde el momento que un terremoto bajo el mar era registrado, el tsunami se esperaba. Cuando empezó su furiosa carrera por el océano, había bastante tiempo para advertir a las costas más distantes. Después de todo, unos pocos minutos eran suficientes para que decenas de miles de personas corrieran hacía el terreno más alto o subieran a los pisos más altos. Semejante aviso no fue dado.

La humanidad ha alcanzado la luna. Las naves espaciales exploran estrellas lejanas. Se han invertido billones de billones en estos esfuerzos. Pero el genio humano no es suficiente para salvar a ciento de miles de seres humanos de semejante desastre natural.

Siempre puede defenderse que esta es la sabiduría tras el hecho. ¿Pero dónde están los expertos cuyo trabajo es precisamente advertir de peligros antes de que estos lleguen?. Los medios de comunicación están llenos de historias sobre expertos que durmieron en su guardia, sobre centros de observación que recibieron un aviso a tiempo y no lo transmitieron a donde era necesario, sobre institutos científicos que estaban cerrados durante el fin de semana y por consiguiente no podrían dar ningún aviso, sobre la falta de un mínimo sistema de comunicaciones de emergencia para tales contingencias.

Nos dicen que en las orillas del Pacífico la situación es mejor, puesto que este peligro específico preocupa. Después de todo, «tsunami» es una palabra japonesa (una combinación de «puerto» y «ola»). ¿Son los habitantes de las costas de otros mares menos privilegiados?

La reacción del mundo occidental fue escandalosa.

El primer ministro británico, Tony Blair, continuó disfrutando sus vacaciones en Egipto. Kofi Annan sólo interrumpió sus vacaciones al cuarto día del desastre, y entonces sólo para pronunciar uno de sus aceitosos discursos. El presidente de los Estados Unidos se quedó en su rancho tejano e hizo una declaración rutinaria, empleando la mayor parte de ella para denunciar al

«coordinador de ayuda» de las Naciones Unidas, Jan Egeland, por atacar la «tacañería» de los gobiernos occidentales. El desgraciado burócrata se disculpó en seguida. Colin Powell, a esas alturas una caricatura patética de si mismo, rechazó la imputación de que los Estados Unidos no habían cumplido con su deber cuando donaron 15 millones de dólares (!) en ayuda.

Y verdaderamente, las respuestas prácticas eran absurdas. En pocas horas era ya evidente que se necesitaban millares de miles de millones para salvar, prevenir enfermedades y reconstruir. Washington donó uno millón, después 15 millones, después aumentó todo eso a un total de 35 millones; menos que la factura de la fiesta de inauguración del segundo mandato de Bush. (Después, bajo presión, se incrementó por diez.) El Reino Unido ofreció una suma similar. Otros países donaron varias cantidades. Incluso el gobierno israelí donó algún dinero, con tal fanfarria que uno pensaría que estaba salvando el mundo.

Todo ello junto no era siquiera una gota en el océano; quizás una metáfora desafortunada en estos días.

Uno puede intentar excusar esto por la conmoción que sumió al mundo durante los primeros días. Llevó tiempo para el sistema político de los países del mundo asimilar la total magnitud de la catástrofe. La televisión, un medio apropiado sobre todo para tales situaciones llevó las imágenes a cada casa, activando la opinión pública y ejerciendo presión en los políticos. Pero siquiera esto fue suficiente para asegurar una respuesta conveniente. Sobre todo cuando los medios de comunicación se concentraron en unas áreas accesibles, pero no llegaron a los centenares de otros lugares afectados en regiones remotas. Esto creó una imagen completamente falsa del alcance de la ayuda; se transmitían historias de lágrimas conmovedoras en lugar de informes sobre la situación real.

Puede defenderse que no hay ninguna manera de prever una catástrofe de semejantes grandes dimensiones y estar preparado para su llegada. Puede ser verdad. Pero el mundo no estaba siquiera preparado para un desastre a una escala mucho más pequeña.

Hace algunos años, después del gran terremoto en las cercanías de Estambul, el International Herald Tribune publicó un artículo mío apelando por una revolución mental en este campo. Propuse la creación de una Fuerza Internacional de Rescate.

Hice un llamamiento a la puesta en marcha de una fuerza, con una Dirección General y una cadena de mando que pudiera responder a un importante desastre en horas y movilizar en cuestión de días todo lo necesario para tratar una gran catástrofe internacional.

Lo que se necesita para este propósito es un personal en alerta permanente las 24 horas del día, todos los días del año. Este personal debe tener a su mando fuerzas de rescate en muchos países que puedan ponerse en acción rápidamente ante un aviso. Debe poder mantener la infraestructura logística apresurándose en ayuda por aire, tierra y mar, incluso cuando el desastre destruye aeropuertos, carreteras y puertos. Debe poder llamar a equipos especializados de expertos para el trabajo de rescate y logística, así como personal médico. Debe tener acceso a recursos especializados que estarán disponible en un corto aviso. Si todos esto está de antemano listo, rescates y ayudas masivas podrían ponerse en movimiento en horas y perfeccionarse en los días siguientes tal como fuera necesario.

Tal cuerpo también podría coordinar un sistema mundial de avisos para desastres naturales de varias formas, usando todos los medios disponibles, incluyendo satélites, y asegurando que los avisos llegan a tiempo a la población amenazada.

La Fuerza Internacional no reemplazaría a las organizaciones voluntarias de ayuda que están haciendo un trabajo maravilloso. Debe funcionar como mando y centro movilizador, preparado para actuar inmediatamente.

Semejante fuerza podría contribuir algo a la unión de la humanidad. Un desastre de gran potencia unifica naciones y modera conflictos, como ha podido verse esta semana. Creo que la creación de una Fuerza Internacional de Rescate puede constituir un paso en la dirección de la cooperación mundial.

Mi propuesta despertó alguna reacción positiva pero se encontró inmediatamente con la oposición refleja de la burocracia internacional. En Naciones Unidas, alguien declaró en un tono herido que había ya un grupo de funcionarios a cargo de esta materia el etc., etc.. Nada, por supuesto, fue hecho. Esta semana vimos las consecuencias – pasaron días antes de que las primeras operaciones significativas de ayuda empezaran a ponerse en marcha, y fueron a una escala lastimosamente inadecuada comparadas con el propio desastre. Pero en la televisión, burócratas acicalados, en traje y corbata explicaban que todo estaba haciéndose según el procedimiento establecido.

La Fuerza Internacional de Rescate debe prepararse para estar lista para la próxima catástrofe. Para mandarla, una personalidad autorizada debe nombrarse, una persona con la imaginación, la agilidad mental, el talento orgánico y una propensión para la improvisación. Nosotros tenemos también personas así en Israel. Y estoy seguro que, efectivamente, pueden hallarse en otros países. Lo que está faltando es la voluntad internacional.

Como otras veces, la humanidad puede satisfacerse con darle a la lengua y con acciones cuyo único propósito es hacer lo mínimo de lo mínimo y olvidarse de todo el negocio dentro de unos días.

Traducción: Carlos Sanchis
1.1.2005