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Apuntes sobre la descolonización

Fuentes: Rebelión

Una sociedad es colonial cuando asume como propio un ideal que no le corresponde; es decir, cuando lo que persigue es un modelo que no resuelve sus propias contradicciones, patrocinando proyectos que no resuelven nada sino agudizan una desestabilización como consecuencia de la adopción de modelos ajenos (que no hacen otra cosa que «normalizar» el […]

Una sociedad es colonial cuando asume como propio un ideal que no le corresponde; es decir, cuando lo que persigue es un modelo que no resuelve sus propias contradicciones, patrocinando proyectos que no resuelven nada sino agudizan una desestabilización como consecuencia de la adopción de modelos ajenos (que no hacen otra cosa que «normalizar» el desorden creado por ellos). Una sociedad colonial provoca entonces su propia dependencia. En el orden económico, El FMI y el Banco Mundial son quienes producen los virus que se devoran nuestra economía para después vendernos, ellos mismos, los antivirus que provocan otros virus y así cíclicamente, haciendo de nuestra dependencia nuestro subdesarrollo; pues mientras abrimos nuestro cuerpo a sus experimentos, lo poco que nos dejan se reduce a pagar sus recetas, que no son otra cosa que calmantes circunstanciales producidos precisamente para engañar al paciente y hacerle dependiente; así se constituye una sociedad adicta a la inversión extranjera, la cual desarrolla la inversión pero subdesarrolla a esa sociedad. Una sociedad es subdesarrollada porque adopta un patrón de desarrollo que no se deduce de sus necesidades, postergándose ella misma asegurando el desarrollo ajeno; o sea, la estabilidad de otros es inestabilidad nuestra, el desarrollo del primer mundo es subdesarrollo nuestro.

La modernidad piensa en términos geopolíticos; pero piensa su particularidad en términos universales y nos hace creer que por boca de ellos habla Dios, que asumir su proyecto es asumir un plan divino, haciendo de nuestras oligarquías las gestionadoras de un plan que nos somete siempre a sostener la estabilidad ajena. En cinco siglos las evidencias son monstruosas, pero la oligarquía entreguista es ciega e imputa los males de su sociedad a los sacrificados por ella misma. Gestionando la miseria es que se constituyen en los capellanes del «desarrollo» moderno y nos venden un espejismo, el mismo que, desde hace cinco siglos, encanta a nuestras oligarquías, y las hace ciegas. La estabilidad de ellos (su centralidad y dominio) sólo puede asegurarse gracias a la exclusión paulatina de la humanidad: mientras el 20% rico despilfarra el 80% de los recursos naturales se produce la miseria de los países pobres y se erosiona la vida del planeta. Su riqueza tiene un precio: nuestra miseria. Esa lógica tiene cinco siglos y sobrevive por la colonialidad de nuestras elites: asumimos lo que no somos y negamos lo que somos. Por eso hay resistencia a todo cambio, resistencia a transformar el órgano emanador de leyes: la constitución; por eso los basureros de la política conservadora boliviana (también tristemente de izquierda) pegan el grito al cielo si se pone en cuestión una Bolivia «moderna». Porque han fetichizado el sistema del cual usufructúan sus privilegios y lo confunden con un orden divino, por eso acusan la necesidad de cambiar los fundamentos como un afán diabólico, por eso aparece el discurso político milenarista: toda disidencia y crítica es demoníaca, o sea, secularizadamente, irracional o, como dice Vargas Llosa, «peste de estupidez». Entonces desaparece el pensamiento crítico y, para estar bien con la moda, patrocinada por el poder mundial, hay que abandonar todo intento por producir conocimiento. Sólo resta, como tarea intelectual, la celebración ciega de lo establecido.

Pero esta labor no es sólo del imperio, es más, sus gestionadores más eficaces son precisamente las elites colonizadas de la periferia mundial. La mendicidad se vuelve parte de la cultura nacional y los gestionarios de esa cultura son quienes ven en todo cambio una amenaza a la estabilidad que defienden: la estructura de un sistema que impone un mundo de ganadores y perdedores, donde los ganadores cada vez son menos y los perdedores no sólo pierden el juego sino sus vidas, entre estas la naturaleza (que la irracionalidad del mercado le provoca desajustes que son como el pataleo del envenenado). De este modo, la política se reduce a una teoría de juegos, donde quienes juegan apenas velan sus intereses, perdiéndose en los vacíos de su demagogia el interés nacional. La democracia se convierte en un recurso ideológico que sólo se dedica a defender ideológicamente los valores modernos: libertad de contratos, propiedad privada, voto, etc. Pero el voto no asegura la democracia, pues las instituciones preservan su impunidad al margen de este y su apología legalista sólo apunta a la legitimación formal de su duración (los costos sociales ya no importan); la libertad, que tanto pregonan la elites, se reduce al festejo apoteósico de desencadenar al pueblo una vez cada quinquenio, imposibilitado de ejercer autodeterminación, sólo de avalar su sometimiento y dejar que los «entendidos» administren la eternidad de su miseria. Por eso el legalismo les es pertinente, porque así no aparecen culpables sino simples derivaciones legales que aparecen «naturales», por no decir divinas, donde todo se diluye en el realismo ignaro de la técnica: el orden de los factores no altera el producto. Pero el orden de la constitución de la ley positiva no es divino, sino histórico, y la ley moderna representa, positivamente, la formalización del derecho de la opresión mundial. De ahí que resulta contraproducente que las legislaciones coloniales de nuestros países reconozcan como universales el «derecho natural» y el «derecho de gentes», siendo estos, en última instancia, la justificación racional (desde Francisco de Vitoria hasta Hegel, hoy expresada en el «derecho de compensación» que reclama baby Bush, siguiendo a Locke, después de haber destruido a Irak) de la dominación moderno-europeo-occidental, desde donde se justifica su «derecho» de someter a todo el planeta.

Si el capitalismo se presenta como la capacidad de gestionar económicamente la centralidad moderna, el liberalismo cumple esa función políticamente, siendo la ideología moderna en su conjunto el modo de gestionar siempre de mejor modo aquella centralidad (y la consecuente postergación de la periferia mundial, el actual tercer mundo). El eje a partir del cual se re-ordena el mundo para sostener la estabilidad de esa centralidad es el eurocentrismo. Este reordena la historia haciendo aparecer al occidente europeo como el destino de la historia universal; y el racismo ilustrado (del romanticismo alemán del siglo XVIII) como la subordinación étnica y cultural del resto de la humanidad al modelo moderno de hombre: el blanco ario protestante. De este modo, el sometimiento ya no es sólo económico sino cultural y se reproduce por participación propia de las elites colonizadas; son estas las que cumplen, de mejor modo, la dominación expansiva del sistema mundial. Por eso el análisis de nuestras sociedades no puede recortarse al ámbito estrictamente nacional, pues la concretitud no actúa como recorte espacial sino como el modo de enfrentar el problema en su verdadera dimensión, y esta no puede ser otra que el contexto mundial desde, al menos, hace 500 años. Es decir, la causa de nuestra pobreza no es sólo interna, es más bien, en su aplastante evidencia histórica, un sistema que se globaliza gracias a la inmensa riqueza del Nuevo Mundo con el que se tropezó Europa en aquel 1492. Su globalización económica va acompañada de una globalización cultural e ideológica: la estructura colonial no ha de ser posible sin una clasificación mundial, es decir, sin el mito de la raza. Así el occidente moderno constituye en «natural» su dominación planetaria y así justifica su ideología desarrollista: los demás pueblos no logran alcanzarla por causa de su «inferioridad». Las víctimas de la modernidad ya no son víctimas sino «inferiores». Por eso las elites reniegan de su carácter nacional y blanquean de modos hasta histriónicos sus aspiraciones, negando lo que son niegan a sus subalternos todo derecho, porque la clasificación que asumen como «natural» prescribe la eliminación del «otro» (que no es moderno, ni blanco). De este modo, la democracia que proclama y que defiende es un contrasentido pues, al no haber igualdad de hecho ni de derecho, la democracia excluye sistemáticamente a la población sobrante (las grandes mayorías). Entonces, el Estado es cada vez menos nacional porque la democracia es cada vez más limitada; o dicho de otro modo: si las economías nacionales ya no son capaces de producir más trabajo (porque asumen proyectos que no les corresponden), entonces tampoco interesa producir más democracia. Esta se reduce sólo a la participación de los gestionadores del sometimiento nacional, los demás (los excluidos del beneficio de la rifa nacional) salen sobrando.

Si sobran, entonces, deben desaparecer. Y donde primero desaparecen es en las ciencias sociales. Porque las ciencias actúan también de modo colonizado, asumiendo marcos categoriales que no les permiten la posibilidad de pensar sus respectivas realidades y, lo que es peor, acaban agenciando del mejor modo posible el sometimiento estructural; así se desarrolla la intelectualidad de modos subordinados, mostrando de qué modo la sumisión parece nuestra segunda naturaleza. Al desaparecer los que sobran entonces desaparece también el ámbito utópico de producción de conocimiento, es decir, si desaparece la gravedad del problema entonces no queda nada grave que pensar; así se produce una ruptura entre los marcos teóricos que se adoptan (eurocentrismo epistemológico que norma qué es lo posible), la realidad que se vive y el horizonte crítico: la producción de conocimiento para cambiar la realidad. Por eso la descolonización es un proceso, más que objetivo, subjetivo; y pasa por el reconocimiento autocrítico de nuestra deformación colonial. Si hay proyectos políticos como historias hay, habría que preguntarse qué proyecto político hemos constituido a partir de nuestra historia; si es que, más bien, no han sido todos aplicaciones acríticas de teorías pensadas afuera para solucionar otro tipo de problemas, menos los nuestros. Lo cual pasa también por el reconocimiento de que nuestra izquierda fue heredera de la fobia por la teoría, amputándose así la tarea de pensar su país; Zavaleta lo expresaba de este modo: «en Bolivia manda un anti-intelectualismo militante», o Tristan Marof, quien veía en Bolivia «un país de pasiones monolíticas»; o sea, si la derecha es ignorante, la izquierda conformó un tipo de individuo (que temía con razón Borges): el hombre de un solo libro. Por eso la izquierda no estuvo nunca a la altura de su pueblo y lo producido por este fue siempre derivado al callejón sin salida de lo mismo, haciéndose reformista, socialdemócrata o, en el peor de los casos (como tanto trotskista), neoliberal; escaso de criterios y falto de ideas, el antiguo izquierdista se derrumbó junto al muro de Berlin y no tardó en abrazar ideologías pertinentes a su derrumbe existencial. Allí estaba Weber para confirmarle que el socialismo es imposible y lo único posible es el capitalismo, o Popper que le enseñó que las utopías sólo producen el infierno en la tierra, por eso se dedicó a perseguir a todos quienes, como antes él, luchan por otro mundo.

Quienes no cambiaron de bandera abrazaron el activismo y allí se encontraron con el actor real que dotó de sentido a sus nuevas luchas. Estos fueron los siempre ignorados y excluidos incluso por la izquierda, pero fueron quienes nos devolvieron nuestra realidad y posibilitaron el renacimiento de la lucha por un mundo mejor; y nos devolvieron también nuestra historia, su larga duración y su macro contexto. Los pueblos indígenas fueron los primeros sacrificados (junto a los africanos) de la modernidad, los cuales nunca dejaron de resistir su insensata expansión y sobrevivieron para mostrarnos que el callejón sin salida que enfrenta el mundo es un callejón creado por la modernidad, por la ideología creada por ella, bajo el nombre de filosofía o ciencia. Ella inventa el mito de las razas, el eurocentrismo y su patrón unilineal de desarrollo universal: el capitalista. Este último configura un orden económico que asegura la subordinación colonial a nivel mundial, de modo que toda ilusión desarrollista recae siempre en nuevas formas de dependencia; optar por aquello no sólo es inviable en un orden económico mundial estructurado precisamente para que los ganadores sean siempre los mismos (cuyas instituciones financieras mundiales imponen comportamientos económicos destinados a asegurar esa estructura), es ahora insostenible por lo que un desarrollismo al estilo moderno occidental podría ocasionar, en el cada vez más frágil ecosistema (cabría hacer notar que en el mejor de los casos, sólo la paralización de la contaminación industrial, o sea, el cierre de las industrias, de por lo menos, un siglo, podría significar un descenso significativo de los índices de polución ambiental, pero ni ello aseguraría la solución a ese problema crónico). Ese patrón de desarrollo es ciego porque no es capaz de evaluar sus efectos a largo plazo, porque parte de una racionalidad instrumental medio-fin donde todo se mide según la lógica costo-beneficio, o sea, todo tiende a maximizar las ganancias y, en consecuencia, a no considerar el costo real que se produce a largo plazo: producción mundial de miseria y agotamiento reproductivo de la naturaleza. No otra cosa significará, a largo plazo, el acuerdo Bush-Lula; pues por satisfacer la economía especulativa gringa y su insensato derroche (además de seguirle suministrando recursos estratégicos para consolidar su política expansionista, haciendo de Brasil el aliado a la hora de enfrentar una comunidad de naciones sudamericanas), la demanda urgente que tiene del mal llamado «biocombustible» significará la creación de nuevos problemas, sobre los ya contemplados: una re-colonización que destruya la economía agraria y la soberanía alimentaria nacional (ya no sólo del país en cuestión sino de quienes experimentemos los serios desajustes medioambiental).

Esta política (porque toda estrategia económica es política, el cuento de lo simplemente técnico es pura ideología: lo técnico es lo más político que hay) está pensada desde una racionalidad que sirve para generar ganancias pero ya no sirve para la vida de la humanidad toda; es el despliegue ideológico de la modernidad (globalización), que justifica racionalmente su centralidad sobre el mito de su superioridad, por eso le preocupa preservar su hegemonía aun a costa de la sobrevivencia del resto de la humanidad; en todo caso, se trata de la estrategia discursiva del 20% rico de la humanidad (y su servidumbre oligárquica del tercer mundo), que ya no puede percibir la miseria que produce desde el siglo XVI, porque ha perdido todo ámbito de autocrítica y sólo responde a «sus» necesidades como si se tratasen de las necesidades «humanas y universales». Actualmente se trata de una política desesperada, porque es la respuesta apresurada ante la decadencia hegemónica de las antiguas dueñas del petróleo mundial. El capital privado transnacional, que en la década de los setenta monopolizaba el petróleo mundial (Exxon, Gulf Oil, Texaco, Mobil y la Socal gringas, junto a British Petroleum y Shell de Inglaterra), produciendo tanto conflictos regionales como guerras, hasta las recientes de Afganistán e Irak, ahora trata de recuperar una presencia mermada por las nuevas y hegemónicas «siete hermanas» de los hidrocarburos mundiales, curiosamente (para curarnos del cuco neoliberal) estatales: Aramco (Arabia Saudita), Gazprom (Rusia), CNPC (China), NIOC (Irán), Petronas (Malasia), Petrobrás (Brasil), y PDVSA (Venezuela). Este nuevo panorama explica la preocupación de baby Bush por su patio trasero, la agresión mediática contra Venezuela y el aislamiento de Brasil del Mercosur. Y la agresión contra Bolivia, que no es menor y la pronuncian, dentro de casa, los caporales ahora prefectos y la derecha reciclada en «jodemos» y el partido del cemento (colonialismo mental, que contempla las necesidades del amo como la razón de su existencia).

Estos expresan en la Constituyente la todavía mentalidad colonial que arrastra la sociedad urbana boliviana (la más influenciable por los medios de comunicación), domesticada en los ejes del patrón colonial del sistema mundial. Este actúa, como racismo, de modo tristemente evidente en la opinión pública citadina, porque es una sociedad estructurada sobre la discriminación. La clasificación racial genera, en esta sociedad, instituciones despóticas que, como en la escuela, diferencia a los amos de los siervos: unos son educados para mandar, otros para obedecer; o la religión oficial, que prescribe una moral de resignación para las oprimidos, o el cuartel, que instruye obediencia y servidumbre (como «virtudes patrióticas») en los destinados a someterse por naturaleza. El carácter colonial de nuestra sociedad guarda, de este modo, su más profunda auto-contradicción en sus propias instituciones, diseñadas precisamente para reproducir el patrón colonial, de modo que siempre se mire con ojos ajenos y adopte modelos que nunca se ajusten a su realidad; es decir, todo proyecto que abrace, mientras no se deduzca de sus propias necesidades, acabe profundizando su dependencia y, en consecuencia, su subdesarrollo. Y esta es precisamente la labor que realiza su intelectualidad, atrapada en el eurocentrismo, que le priva de producir conocimiento propio y, por ello, acaba negando su realidad y negándose a sí misma: asumiendo esta racionalidad moderna (sin evaluar su fundamento histórico, es decir, lo injusto de su proyecto) como su «modelo ideal», no hace otra cosa que sacramentar la sabiduría del dominador y condenarse como objeto de conocimiento, a ser eco fiel de todo lo producido para perpetuar la dominación y la injusticia mundial. Adoptando inconscientemente aquel modelo niega el modelo que podría deducirse de su mundo de la vida y, consecuentemente, se niega a sí mismo; porque, si bien estamos contenidos por la modernidad, es al modo de la negación, y siempre ha sido así: asumirla es negarnos como sujetos y asumirnos sólo en cuanto objetos. Pero esta negación también repercute de modo negativo para ella (la modernidad), porque esa negación no produce el complemento crítico para posibilitar un dialogo verdadero (entre ella y lo que no es ella). Si sólo hay eco no hay diálogo, sólo hay monólogo. Si hay asunción de lo propio entonces hay posibilidad de un discurso distinto, entonces puede ser posible un diálogo entre iguales, pero este requiere una condición básica: el reconocimiento de la humanidad del «otro» del diálogo. Mientras haya dominación e injusticia esto es imposible.

Por eso no hay diálogo en la Constituyente o, lo que hay, es una discusión entre mudos y sordos. La situación inicial de la conquista se repite: la víctima estaba como muda y el conquistador era sordo ante la razón del agraviado. La violencia del dominador se ha secularizado y ahora se presenta como «democrático», pero es un sofisma, porque no es una democracia expansiva sino restringida, que se circunscribe al sector que representa «lo moderno»; para estos hay democracia y puede haber libertad (la libertad del mercado), pero para las mayorías (los indios) sólo resta la mano dura y el escarmiento. Contra esos aparece el fascismo, como la respuesta contra la igualdad humana. Dice el cínico en su corazón: no hay igualdad, porque unos nacieron para mandar y otos para obedecer. Ese es el discurso que se globaliza y es el que ordena la arremetida de los «medios» contra el proceso boliviano. No se trata de ser críticos ante el Estado ni de guardar distancia frente al oficialismo. Se trata de desestabilizar el proceso. La receta chilena del 73 sirve para eso. El escarmiento consiste en mostrar como imposible un mundo mejor y ¡guay! del que se atreva.

Por eso la intelectualidad se moviliza en los «medios» para alertar sobre cualquier cambio en el sistema; la modernidad es intocable porque es divina, por eso no hay otro proyecto para Bolivia que aquel que diseña ella, porque es la voz divina, lo contrario es tentación diabólica. La ceguera es doble; la constatación empírica de 500 años no les basta, la ilusión moderna se hace ahora doméstica y la expresa el racismo solapado de las clases medias: ahora se trata de mostrar quién es superior. Es el discurso fascista que aparece cuando la democracia criolla evalúa sus consecuencias y teme arriesgar su estabilidad y sus privilegios (robar para ellos es un privilegio democráticamente conseguido y las leyes y las instituciones están pensadas para posibilitar eso); por eso brota el racismo, porque se trata de escarmentar al «alzado», porque su naturaleza consiste en servir al patrón. Él es quien manda y, en consecuencia, quien hace política; los demás están para obedecer; él está llamado a pensar y a dirigir y a representar a su sociedad en proceso siempre de blanqueamiento. Esta es la lógica que reproduce la clasificación colonial: los demás son los indios; y cada quien, en la estructura social, asume que, para ser considerado «moderno», debe dejar de ser «como un indio» y despreciar al indio que tiene adentro, por eso el desprecio contra aquel que le recuerda su origen se vuelve asunto de vida o muerte: el indio es «el atraso», «lo pasado», «lo negativo», «lo salvaje», «lo que hay que cortar de raíz». Este desprecio se aplaca cuando las cosas están en «orden», pero estalla (como en Santa Cruz y Cochabamba) porque es un trauma afincado en la conciencia colonial de nuestra sociedad y la rabia y la ira de constatar ese desequilibrio no hace otra cosa que expresarse en violencia para aplacarse de nuevo. De modo que el trauma no sana sino que se enciende gracias a los dispositivos que operan los «medios» en la opinión pública (por eso «masista» o «cocalero» suena a insulto, como «colla» o «poncho rojo»).

Una democracia no puede sostenerse nunca en la desigualdad y todo intento de normalizar esta lleva inevitablemente al conflicto. Si la estabilidad es la garantía de los privilegios, entonces no hay estabilidad alguna. Pasar de la democracia restringida a la democracia ampliada supone la descolonización de nuestras relaciones intersubjetivas; supone reconocer que nuestra identidad no nace hace 25 siglos en Grecia (cuna, dice el eurocentrismo, de la humanidad, cuando era en realidad satélite de la civilización egipcio-bantú, o sea, negra) sino aquí mismo; que nuestro sitio de proyección al mundo no es otro que el que nos recibió al nacer; que si somos consecuentes con el orgullo de nuestra música y nuestras danzas entonces aprendamos a reconocer a los saberes que hacen posible aquello. El desafío que se propuso la modernidad (liberté, egalité, fraternité) es imposible para ella misma, porque al excluir al resto de la humanidad no sólo se amputa de otras alternativas sino que anula, en sí misma, toda reflexividad autocrítica, por eso no produce diálogo y su logos es monólogo, del ser consigo mismo; por eso sus pensadores acaban en la soledad y sus gobernantes en el autismo (como baby Bush en el imperio, o aquí el Goni o el Mesa o el Tuto). Ese desafío es ahora desafío de lo negado por la modernidad: los otros pueblos. Ya no por razones de diferenciación o de expectación estética de lo diverso, sino por razón de la vida (la vida de todos, incluso del primer mundo), porque la vida de la humanidad y la vida del planeta se hallan en franco peligro. El proyecto civilizatorio moderno-occidental produce sistemáticamente la miseria mundial y lo realiza no porque sea ese su propósito, sino porque ha perdido toda capacidad de conciencia respecto de lo que produce no intencionalmente. Excluyendo al resto de la humanidad (ahora convertido en el «eje del mal»), al asumir a su etnia (la blanca europea) como la única llamada a conducir los destinos del planeta, ella misma entró en autocontradicción con sus propios principios, porque persiguiendo su libertad atropelló la libertad de todos, proclamando su igualdad produjo la más impresionante desigualdad humana, abogando por su fraternidad provocó el enfrentamiento fratricida donde afincó sus negocios. En cinco siglos ha desplegado mundialmente un proyecto injusto y ha logrado imponer a sus elites subordinadas el ciego acatamiento de sus políticas. Estas administran la dominación estructural, de modo que los Estados se convierten en garantes de la estabilidad de esta, aun a costa de sus propios territorios y poblaciones, para ello las educa en su «way of life», para hacerlas inconscientes del fundamento injusto de esa estructura mundial: «la plata del Potosí está bañada con sangre de indios y que si se exprimiera el dinero que de ella se saca había de brotar más sangre que plata», conde de Alba, virrey del Perú, siglo XVII. La arremetida de los «medios» y de la derecha y la izquierda conservadora en Bolivia persiguen, consciente o inconscientemente, la derrota del proceso de autodeterminación nacional. No se trata de derrocar a un gobierno (que es la determinación epocal e histórica del movimiento popular) sino que, en ese franco afán desestabilizador, se trata de derrotar un proyecto nacional-popular; pero derrotando este, lo que se derrota es el horizonte de futuro que históricamente produce el pueblo. Por eso la crítica es destructiva, unilateral, asumiéndose libre de responsabilidad, reproduciendo inconscientemente la lógica de la dominación: yo estoy bien, los demás son los que están mal, yo soy el sujeto y los demás el objeto (la reproducción colonial del conocimiento). Es, de nuevo, el escarmiento imperial que dio origen a las dictaduras: cuando se llena de sombras (de sangre y fracaso) el horizonte, este se rellena con los luminosos deseos del poder del capital (que aprovecha la situación para producir una derrota total). Y todo sigue como siempre. O peor.