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Apuntes sobre la lucha de clases en Chile durante la Unidad Popular

Fuentes: Revista Nuestra América

La lucha por el poder, antesala al control de los medios de producción La clase obrera y el pueblo, y por tanto también los revolucionarios, han sufrido una derrota. La responsabilidad de esta derrota, no es del socialismo, ni de los trabajadores, ni de los revolucionarios, sino de la política reformista. Movimiento de Izquierda Revolucionaria, […]

La lucha por el poder, antesala al control de los medios de producción

La clase obrera y el pueblo, y por tanto también los revolucionarios, han sufrido una derrota. La responsabilidad de esta derrota, no es del socialismo, ni de los trabajadores, ni de los revolucionarios, sino de la política reformista.

Movimiento de Izquierda Revolucionaria, diciembre 1973

El golpe de estado de 1973 fue un hito que transformó brutalmente la historia de Chile. Muchos chilenos aún se convencen que ésta es la fecha en que cayó el gobierno de Allende y la Unidad Popular; si bien esto es cierto, el golpe de estado no sólo acabó con la UP, también puso fin a casi un siglo de desarrollo de la organización obrera, la conciencia de clase y la construcción del proyecto político de los explotados de nuestro país.

Hasta el día de hoy, la izquierda se encuentra bastante dividida en sus análisis sobre el fracaso histórico de la UP, y gran parte de ese error radica en la falta de autocríticas de parte de los partidos que la conformaron. Y en su momento, la falta de consenso respecto a temas tan importantes en un proceso revolucionarios tales como la violencia política, el rol del Estado, no como ente conciliador de las clases, sino como herramienta de dominación de una sobre la otra. El desarrollo integral de las fuerzas productivas por sobre los medios de producción, etc.

Si hacemos un breve análisis del proceso que llevo al triunfo a la UP, podemos percibir que desde los años 60′ las contradicciones entre las clases sociales se empezaron a acentuar, durante el gobierno del demócrata cristiano Frei Montalva, período en el cual, se abrió paso al movimiento popular en el ámbito institucional, se incrementó considerablemente la sindicalización en el área industrial y campesina. Muchos de estos últimos, se fundaron al alero del Partido Demócrata Cristiano como una forma de evitar la presencia socialista y comunista en el campo.

Según el profesor Juan Carlos Gómez, en el año 1967 se produce la ruptura del pacto de dominación, que era el principal soporte del llamado «Estado de compromiso» desde la década de los treinta. El autor reconoce tres acontecimientos que facilitan esta ruptura y que condujeron a una crisis de Estado. En primer término, la reforma constitucional de enero de 1967 que terminó con la protección constitucional del derecho de propiedad privada; en segundo lugar, la promulgación en abril de ese año de la Ley N°16.625 que permite la sindicalización y la organización social de los campesinos; y por último en julio la promulgación de la Ley N° 16.640, que impulsa de manera legítima la Reforma Agraria, es decir la distribución de la propiedad privada entre los no-propietarios. Con estos tres acontecimientos jurídicos «el Estado pierde su rol de protector de la propiedad privada, asumiendo una función que no le corresponde: la de ampliar los derechos sociales de los ciudadanos»

Pero este año no sólo fue el año de las reformas constitucionales y del desarrollo de los derechos ciudadanos, también fue el año en que los estudiantes universitarios manifestaron activamente sus demandas y la reforma universitaria constituye un poderoso cuestionamiento por parte de los jóvenes, quienes además se sumaron al creciente movimiento de masas y en varios casos a la dirección política de los frentes de masas, formando parte activa en los procesos de organización popular.

Producto de este crecimiento del movimiento de masas, sumado a una crisis del sistema de dominación de la clase burguesa, que se manifestó en la falta de consenso por parte de la burguesía sobre los caminos a tomar para mantener su control histórico, es que los poderosos de siempre se enfrentan divididos a la campaña presidencial del 70´ lo que permite a la UP ganar con el 36% de los votos, mediante la aprobación del congreso, previa firma de acuerdos de Allende con la DC.

El «Poder Popular» durante la UP

El proyecto de la Unidad Popular encabezado por Allende fue en esencia bastante confuso, y es bastante complejo para los estudios sociales encasillarlo en alguna definición ya sea populista, socialista etc. En el discurso y durante sus veinte años de campaña, tanto Allende como los partidos que la componían se presentaban como el camino indiscutible para la construcción del socialismo «a la chilena», que representaba la conquista del poder por la vía electoral. Pero en la práctica, se caracterizó por ser un gobierno de colaboración de clases, que más allá de romper con el orden y la institucionalidad burguesa, se afirmó en él y lo legitimó frente a las masas.

El programa de la UP poseía una vaga referencia al «poder popular». Concretamente éste, tendría que pasar por los llamados Comités de la Unidad Popular (CUP), órganos sociales con arraigo en las bases, cuya labor era apoyar la candidatura de Allende y coordinar el trabajo territorial en las fabricas y las poblaciones, lugares «simbólicos» de la clase trabajadora. Se habían organizado unos 15.000 en todo Chile. En la práctica estos comités desaparecieron después de la elección, ya que en palabras de un extinto político de la época «no pudimos asignarles más tareas una vez en el gobierno«.

Ya desde 1970 el gobierno intentó sellar una alianza con distintas fracciones burguesas (verano de 1971, con empresarios industriales y agrarios; junio 1972, con el partido Demócrata Cristiano; con el gabinete UP-Generales en octubre de 1972 y agosto del 1973; dialogo con el PDC agosto-septiembre 1973). Desde el punto de vista económico también se esforzó por llevar a cabo una redistribución del salario a favor de los más pobres, provocando el aumento del consumo en vez de aumentar la producción, lo que prolongó la histórica dependencia de importaciones.

A principios de los 70´ el MIR vio la necesidad de ampliar no sólo sus bases de apoyo, sino también profundizar sus lazos con el mundo popular. Esta tarea se hace imprescindible debido al proceso de radicalización política y social que se incrementó con el triunfo de la Unidad Popular y que se venía observando desde el gobierno de Eduardo Frei Montalva, y ante la cual era urgente contar con un amplio movimiento de masas que permitiera avanzar en la dirección que se proponía el MIR: La revolución obrero-campesina. Así nace a fines de 1970 el Movimiento de Pobladores Revolucionarios (MPR); a comienzos de 1971 el Movimiento de Campesinos Revolucionarios (MCR); y a mediados del mismo año, el Frente de Trabajadores Revolucionarios (FTR). Este último será el que tienda las principales relaciones con los Cordones Industriales, la organización de masas más importante que se creará en el contexto de gobierno de la Unidad Popular. Estos frentes de masas nacen con un propósito: que la clase obrera pudiese impulsar por sus propios medios «El Programa Socialista», contra la pusilánime actitud del gobierno ante la propiedad privada. Este antagonismo se incrementó con el fortalecimiento de los Cordones Industriales, los Comandos Comunales, las JAP y todos los embriones de poder de la clase obrera «independientes» del estado. Si bien estos, nacieron como respuesta a la sedición y las huelgas patronales, se establecieron posteriormente en importantes centros de control de la producción y abastecimiento, traspaso de materias primas entre fábricas y grupos de acción directa y defensa en las poblaciones. Estas acciones, síntomas del crecimiento y la radicalización del movimiento popular, provocan el pánico de los grandes propietarios. Éstos, responden con el terrorismo de «Patria y Libertad» y del «Comando Rolando Matus»,   quienes asesinan a generales allendistas, provocan actos de sabotaje, destruyen torres de alta tensión, cortan suministro de combustible a centros de servicio de Santiago, Valparaíso y Concepción. La burguesía promueve el terror por la prensa (la cual lamentablemente, nunca fue censurada por el «totalitarismo marxista de Allende» como algunos aún llaman al gobierno de la UP), se alían con el gobierno estadounidense, quienes por medio de la Democracia Cristiana, promueven la huelga de los camioneros en septiembre de 1972, y la huelga de la mina de El Teniente en abril de 1973. Todas estas acciones de las clases sociales en pugna, tarde o temprano tendrían que terminar en un enfrentamiento directo, y para esto, era necesario preparar al pueblo para la lucha decisiva, acercar a las capas bajas del ejército al pueblo trabajador, fortalecer la toma de fábricas y fundos, fortalecer los cordones industriales, y los comandos comunales. Por el contrario, el gobierno se acercó a los oficiales de alto mando, poniendo a militares en su gabinete ministerial, y en una negociación con la DC comenzó a devolver las fábricas y fundos tomados. Además, con la ley de control de armas en el año 72, los militares allanaron las poblaciones y puestos de trabajo para tranquilizar a la burguesía en su temor a la guerra civil, además de hacer un trabajo de reconocimiento del territorio y la capacidad combativa de la clase obrera en sus puestos de trabajo.

La debilidad y falta de decisión de la cúpula del gobierno, fue creando resquemores entre los trabajadores de los Cordones Industriales, quienes se creían preparados para tomar la ofensiva hacia el socialismo. El Partido Comunista, fiel a su política de contención del movimiento social, vio a este naciente poder con resquemores, ya que su presencia podría llegar a debilitar a la CUT y al gobierno. Esta nueva fuerza creó la oposición entre los dos polos de la izquierda chilena que se expresa en torno a dos consignas, «consolidad para avanzar» (gobierno, el PC y la CUT) contra «avanzar sin tranzar» (MIR, PS y MAPU). «En este debate se encuentra la oscilación no resuelta de los representantes de los cordones entre su apego político con el gobierno y su voluntad de autonomía e independencia de clase, con el fin de poder superar la vía sin salida en la cual el gobierno de la UP se encontraba».

Los sectores que estaban más a la izquierda de la UP como el PS y MAPU, que participaban activamente en el desarrollo de los cordones industriales rechazaban la idea de que estos se transformarían en órganos de «poder dual«, por el contrario, sostienen que éstos eran parte del gobierno, aunque los «porfiados hechos» demuestran lo contrario. Hasta el día de hoy muchas de esas facciones niegan que en la UP haya existido este tipo de poder. Pero ante la celebración de la Asamblea del Pueblo en Concepción y su propuesta de sustituir al parlamento burgués, Allende opinaría: «En otras experiencias históricas ha surgido un ‘doble poder’ contra el poder institucional reaccionario, sin base social y sumido en la impotencia. Pensar algo semejante en Chile en estos momentos es absurdo, si no crasa ignorancia o irresponsabilidad. Porque aquí hay un solo gobierno, el que presido, y que no es sólo el legítimamente constituido sino que, por su definición y contenido de clase, es un gobierno al servicio de los trabajadores… No toleraré que nada ni nadie atente contra la plenitud del legítimo Gobierno del país… El Gobierno de la Unidad Popular es el resultado del esfuerzo de los trabajadores, de su unidad y organización. Pero también de la fortaleza del régimen institucional vigente… Por eso, es mi deber defender sin fatiga el régimen institucional democrático»

La historia del «poder popular» en Chile durante la UP se puede dividir en tres períodos. El primero va desde la elección de Allende hasta la huelga patronal de octubre de 1972: es el concepto de participación bajo el control estatal, tal cual es planteado por el gobierno, donde se dibujan algunas fricciones entre éste y los trabajadores, que reclaman la extensión del sector nacionalizado (ocupaciones de fábricas, Asamblea de Concepción, nacimiento del Cordón Industrial Cerrillos). El segundo comienza con la huelga de octubre para terminar en junio de 1973: se caracteriza por un desbordamiento amplio de los partidos de izquierda y la aparición de organizaciones independientes al gobierno, como los cordones industriales o los comandos comunales. Y finalmente el tercero, que sigue al golpe fallido de junio de 1973 (el llamado «tanquetazo»): el debate sobre el «poder popular» está entonces en su apogeo y el conjunto de las fuerzas políticas reconocen el potencial de estos organismos, ya sea para condenarlos abiertamente o para tratar de canalizar su fuerza.

Estos embriones de poder a lo largo de su desarrollo no tienen un crecimiento lineal, se fortalecen a gracias a una mejora significativa es su capacidad de movilización, pero también tras cada crisis, el gobierno les pide respetar los acuerdos contraídos por la UP en 1970, «los trabajadores de base critican aspectos de la vía pacífica hacia el socialismo articulando sus propias opiniones sobre la naturaleza de clase y las maneras en las cuales el proceso político de la UP frecuentemente obstaculizaba y distorsionaba lo que parecía a los trabajadores una solidaridad natural entre ellos».

Desde poco antes de la UP las contradicciones de clase no sólo se llevaron en la lucha por el poder, sino que desde cada clase social emanaron diversos proyectos políticos. Finalmente el proyecto que se impuso, no lo hizo por una cuestión de innovación histórica ‖ , ni por un ingenioso y entretenido contra-ardid ‖ que rompiera con los clásicos medios y métodos de la lucha política. El proyecto político triunfante lo hizo porque siguió las leyes de la lucha de clases: logrando acumular fuerza y poder; implementando su proyecto con una brutal y antidemocrática ‖ dictadura de clase; consiguiendo hegemonizar ideológicamente a la sociedad; conquistando una gran mayoría social en torno a ideas muy simples y directas que se enquistaron hasta hoy en el sentido común de la sociedad en general y de nuestra clase en particular; y aquilatando una buena línea de retaguardia que les auxiliaría en momentos de desgaste. En definitiva, lograron lo que en el Manifiesto Comunista ya se exponía como criterio de una lucha de clases exitosa: la institucionalización de la violencia como definición última del proceso de cambio histórico.

También nosotros como explotados queríamos transformar y revolucionar la sociedad, pero en la lucha de clases nos presentamos divididos, sin una dirección política hegemónica, que además hizo gala de grandes dotes de indecisión para enfrentar la reacción violenta y brutal de las clases dominantes. No fuimos capaces de construir mayoría en torno a ideas simples y directas. Además de esta falta de homogeneidad ideológica, tampoco tuvimos consenso respecto al papel de la violencia y el sentido general del proceso. «Quien hace revoluciones a medias, no hace sino cavar su propia tumba«.

Si miramos con detenimiento los últimos 37 años, podemos ver que el modelo neoliberal ha seguido fortaleciendo su dominación aún en «democracia», eso es principalmente por que dicho modelo ha asumido sin tapujos su carácter de clase, y que aún desligado de la dictadura militar, sigue expandiéndose y consolidando, pese a la realización de elecciones cada cierto tiempo en un contexto de rápido e importante crecimiento económico. La fortaleza del modelo neoliberal radica en dos factores:

  1. Se impuso por la fuerza, mientras declara abiertamente su carácter de clase. Con esto rompió las limitantes ideológicas, morales, políticas e históricas que le ataban.
  2. Fue capaz de lograr un alto grado de hegemonía y consenso político entre las distintas facciones del capital e, incluso, sobre el resto de las clases sociales.

«En fin, los neoliberales chilenos dieron cátedra de leninismo a Chile y el mundo. Aplicaron con magistral pericia los términos de guerra de clases y triunfaron».

«Hoy a 35 años de aquella derrota, seguimos entrampados en la discusión que nos llevó al desastre aplastante del 73. Nos distraemos con eufemismos que son presentados como las grandes innovaciones que reemplazaran a las formas viejas y gastadas de las revoluciones clásicas. Mientras esto ocurre, la clase triunfante sigue incrementando su dominio con las mismas clásicas leyes, viejas y gastadas ‖ para algunos, de la lucha de clases y que nosotros no queremos asumir».

Apuntes sobre el poder y sus interpretaciones

La dualidad de poderes: Como pudimos ver, durante el período de la UP los frentes de masas fueron ocupando y expropiando por sí solos las fábricas y fundos, construyendo embriones de poder popular independientes del gobierno a lo largo y ancho de todo el país (cordones industriales, comandos comunales, JAP, etc.). En la teoría revolucionaria este proceso es lo que se llama la dualidad de poderes, por un lado, el estado burgués y por otro, la clase obrera organizada. Como es de esperar, una sociedad no puede resistir durante mucho tiempo la presencia de dos poderes en pugna, por lo que «la dualidad de poderes no expresa más que un momento transitorio en el curso de una revolución».

Para entrar en un análisis más profundo sobre esta dualidad, debemos comprender algunas características elementales de estos dos poderes.

Para la filosofía marxista, el estado, es un producto que nace de la sociedad al llegar a una determinada fase de su desarrollo, en el que el antagonismo de las clases sociales en pugna se hace irreconciliable. Es cuando se hace necesaria la presencia de un poder situado aparentemente por encima de la sociedad, llamado a amortiguar el conflicto y a mantenerlo dentro de los límites del «orden». Este poder es el estado y con el tiempo se fue divorciando de la sociedad y de su origen. Por esto mismo es que el estado desde su nacimiento se encuentra vinculado a las clases sociales. «En las fases primeras de la humanidad, bajo el régimen de la comunidad primitiva, no había clases y tampoco se conocía el Estado. La dirección de los asuntos públicos corría a cargo de la sociedad misma.»

«Luego aparece la propiedad privada y con ella la desigualdad económica: la sociedad se escinde en clases antagónicas y la dirección de los asuntos públicos experimenta un cambio radical. Era ya imposible decidir estos asuntos por el acuerdo unánime de toda la sociedad o de su mayoría. Las clases explotadoras se apoderan de los puestos de mando. Pero siendo como eran, una reducida minoría, estas clases sólo podrían mantener el sistema que las favorecía recurriendo a la coerción directa, a la fuerza que venía en ayuda de su poder económico. Para esto hacía falta un aparato especial: grupos armados (ejército, policía), tribunales, cárceles, etc. A la cabeza de este aparato se colocan gentes que interpretan los intereses de la minoría explotadora, y no de la sociedad en su conjunto. Así se forma el Estado, que es una máquina para mantener la dominación de una clase sobre otra».

El segundo elemento de esta dualidad de poderes es el llamado «poder popular», éste es la máxima expresión del desarrollo de la conciencia de clase de los trabajadores, este naciente poder se caracteriza por ser una dictadura revolucionaria, un poder que se apoya en la conquista revolucionaria. Sus rasgos fundamentales son:

1) La fuente del poder no está en una ley, previamente discutida y aprobada por el parlamento, sino en la iniciativa directa de las masas populares desde abajo y en cada lugar, en la «conquista» directa del poder.

2) Sustitución de la policía y del ejército, como instituciones apartadas del pueblo y contrapuestas a él, por el armamento directo de todo el pueblo; con este poder guardan el orden público los propios obreros y campesinos. El propio pueblo en armas.

3) Los funcionarios y la burocracia son sustituidos por el pueblo o al menos sometidos a un control especial.

En estos términos se entiende «por poder popular a la fuerza que es capaz de desplegar el pueblo en determinados procesos históricos con miras a la toma del poder. Esta fuerza se construye en forma paralela y en contradicción con el estado burgués, es decir como alternativa a este. Es por ello que una huelga de trabajadores, con el objeto de conseguir un alza de salarios, no sería una expresión de poder popular, ya que no se realiza dicha huelga, por lo menos expresamente, con miras a la toma del poder y, por otro lado, no se construye como poder alternativo al poder burgués ya que la fábrica sigue siendo manejada y de propiedad de los patrones. Es decir, no se cuestiona siquiera el poder burgués, solo se hace una solicitud con miras a un objetivo económico, que es el alza de los salarios. Por otro lado si en la fábrica, frente a una posible negativa del aumento de salarios, los obreros se toman la fábrica e inician un proceso de producción y distribución, esta acción inscrita en un proyecto revolucionario, constituiría una expresión de poder popular a nivel local».

Este ejemplo es bastante ilustrativo respecto al rol del control obrero de la producción en un contexto de dualidad de poderes, este control, como poder alternativo tiene la característica de ser transitorio, y por lo mismo su aspiración a la toma del poder o su negativa a este va a ser decisivo en el desarrollo de la lucha de clases.

La preparación histórica de la revolución conduce en el periodo prerrevolucionario, a una situación en la cual la clase llamada a implantar el nuevo sistema social, si bien no es aún dueña del país, reúne de hecho en sus manos una parte considerable del poder del Estado. Por lo tanto «la mecánica política de toda revolución consiste en el paso del poder de una a otra clase». Si el estado es una herramienta de dominación de clase y la revolución la sustitución de una clase dominante por otra, la necesidad de la dictadura tan característica lo mismo de la revolución como de la de la contrarrevolución, se desprende de las condiciones insoportables de la dualidad de poderes.

Al crearse esta nueva dualidad, es cuando los elementos vacilantes y despolitizados de la clase empiezan a tomar participación real en los asuntos políticos, es preciso que alrededor de este naciente poder se concentren las esperanzas de las capas intermedias descontentas con lo existente pero incapaces de desempeñar un papel propio en este proceso.

Por lo tanto es primordial la capacidad de organización, disciplina y cooptación de cada uno de los extremos de este, ya que su incorporación o rechazo por parte de las masas es decisivo en los momentos más álgidos de la lucha de clases. La dualidad de poderes es la expresión de una crisis general revolucionaria, situación ésta que no puede perdurar: o se define a favor de las clases y grupos sociales ascendentes, interesados en la creación de un nuevo orden social o lo hace en beneficio de las fuerzas de la contrarrevolución, y los insurrectos son ahogados en sangre.

Poder y antipoder…

Hoy en día, es cuando se nos hace extremadamente necesario comprender desde la izquierda, cual es la relación que cumple el poder y sus expresiones en la lucha de los explotados. Para esto, es importante revisar una serie de actores sociales y teóricos que en su búsqueda por reformular la teoría revolucionaria y sacarla de la ciénaga a la que la condujo el estalinismo culminaron su argumentación con una vergonzosa capitulación teórica que en su deceso convirtió a la «nueva izquierda» en un cúmulo de profetas que dedican su vida a combatir y satanizar el concepto: «poder» y con esto convencer a las clases explotadas y a las nacientes organizaciones sociales de la imposibilidad de construir el socialismo.

El signo más fiable del triunfo ideológico del capitalismo es la virtual desaparición del término mismo en las últimas dos o tres décadas, ya que virtualmente nadie se refiere al capitalismo, a excepción de unos cuantos «marxistas dogmaticos» (una especie en peligro de extinción). «El término simplemente se ha suprimido del vocabulario de los políticos, sindicalistas, escritores y periodistas… por no mencionar a los sociólogos e historiadores que lo han relegado al olvido». Parafraseando a Bertolt Brecht podemos decir que «el capitalismo es un caballero que no desea se lo llame por su nombre».

Esta tendencia que busca renovar los métodos revolucionarios tiende a esconder la dominación dándole nuevos nombres a la explotación, por ejemplo, al capitalismo se le llama «neoliberalismo»; al imperialismo, se le denomina «globalización» y con estos nuevos conceptos se busca instalar una nueva ciencia revolucionaria que en palabras de Lenin «cree que cambiándole el nombre a las cosas se cambia el origen de su concepto».

En la intelectualidad de la izquierda moderna (o cabe decir posmoderna) podemos reconocer entre todas sus desviaciones teóricas dos aspectos principales que conducen a la arena movediza en que se encuentra el movimiento social de hoy en día:

1/La negativa a toda vanguardia política que conduzca los procesos sociales con miras a la emancipación de los explotados, con la escusa de que la caída del sistema capitalista vendrá por si sola sin la necesidad de un grupo de «iluminados» que sea capaz de crear las condiciones para ello.

2/ En la sociedad contemporánea basada en la producción de riqueza por medio de los servicios y no de la producción y el auge de los microempresarios, las relaciones sociales también han sido modificadas, por lo que la visión «binaria» de la sociedad como la expresión de la lucha de clases es producto de un «sectarismo dogmatico».

Estas conclusiones dignas de un liberal parecen aberrantes si provienen de las filas de la «izquierda», tanto de los viejos luchadores como de los nuevos revolucionarios, ya que contradicen en lo más hondo la tesis marxista, en donde es la historia la que pone las condiciones y el ser humano es quien protagoniza el cambio histórico. La historia como tal, no es un elemento de transformación, ya que el motor de su desarrollo es y ha sido siempre la lucha de clases. «Por eso decimos que una cosa es que a este modo de producción capitalista aún le quede espacio para desenvolverse y, otra muy distinta, es renunciar a la acumulación de fuerza para un proyecto de cambio histórico radical. Si alguien que use el materialismo histórico como método de análisis llegase a incurrir falazmente en la conclusión de que mientras al capitalismo le queden fuerzas para crecer no tiene sentido luchar contra él, es porque, en definitiva, pretende acomodarse al alero del proyecto político hegemónico de la facción de turno de la clase burguesa «.

La vanguardia, como elemento conductor de las luchas espontaneas del proletariado es una herramienta que se hace absolutamente necesaria hoy en día, y la presencia de una vanguardia sólida, como catalizador del movimiento social es lo que diferencia a un simple motín de una revolución, la historia, es bastante ilustrativa si hablamos de movimientos sociales que no han sabido cuajar su efervescencia en un partido o programa que los lleve a la resolución de sus conflictos, y estos, en gran parte han terminado cooptados por las campañas de partidos liberales o populistas. Véase por ejemplo, el movimiento en contra de la Guerra de Vietnam, la destitución del presidente argentino De La Rúa en 2001 para abrirle paso a Menem o incluso el descontento social en Chile durante los ochenta que a falta de una vanguardia sólida terminó entregándole el poder en las manos al Partido Demócrata Cristiano y la concertación.

La llamada «extinción de la lucha de clases» o su invisibilización, parece una de las formas más elementales del capitalismo en su lucha por ocultar su condición de explotación y la izquierda teórica en su retirada, no está ajena a esta ideologización. La lucha de clases es una condición que existe desde antes del auge del capitalismo, es producto de la acumulación de riquezas e incluso es reconocida por los filósofos de la antigüedad – «cualquier ciudad, incluso las pequeñas, esta de hecho dividida en dos, una de los pobres, otra de los ricos; están en guerra una con la otra» (Platón)-. Por lo que parece casi improbable que una condición social existente desde hace miles de años pueda ser superada en el corto tiempo que ha transcurrido desde la irrupción violenta del neoliberalismo. Si la lucha de clases está extinta, entonces bajo qué primicias se explica el aumento global de la masa de asalariados en relación a la disminución del número de dueños del capital o el hecho de que pese al aumento del total de asalariados, la masa de salarios disminuye frente a la masa de ganancias de un grupo cada vez más pequeño.

Esto confirma con espectacular dramatismo los estudios realizados por Marx y Engels sobre las leyes de la economía política. Si esta lucha no existe ¿Qué sentido tiene para la burguesía sofisticar a niveles impensados sus técnicas y estrategias de dominación, sino es con el propósito de engañar y distraer ideológicamente a los explotados frente a una lucha cada vez más intensa, nítida y feroz? Si sostenemos que el capital ha recorrido todas las fronteras y se ha agigantado ¿De dónde proviene su crecimiento? ¿O acaso olvidamos que el capital nace y se expande a partir de la explotación del trabajo?

Profundizando en este análisis llegamos a la nueva tendencia llamada el «anti-poder», que conforma un entramado social, en donde las relaciones de poder son un doloroso recuerdo del pasado, para estos nuevos actores sociales, el poder es una herramienta de un origen casi diabólico, el cual no debe ser conquistado ni construido debido a que contamina a todo aquel que lo toca con sus manos. «Los movimientos y los agentes sociales que en el pasado intentaron transformar a la sociedad a partir de la toma del poder y la utilización de los recursos que éste brindaba para dar a luz una nueva sociedad fracasaron completamente».

Directamente, los marxistas no estamos diciendo que el hecho de disolver las relaciones de poder debe ser descartado, ya que ese es el fin máximo del comunismo, la sociedad sin clases. Lo que planteo es que se peca de iluso al creer que ese objetivo pueda llevarse a cabo sin pasar previamente por un turbulento proceso de transición, en el que la burguesía librará una batalla desesperada, tal como se ha visto y se sigue viendo siempre que los pobres se levantan contra el orden establecido. Y mientras exista la sociedad capitalista, esta no va a pasar a la historia gracias a un elevado desarrollo de la cultura de las masas (aunque es parte importante en la construcción del proceso revolucionario) ni por los nobles ideales colectivistas sino por el resultado de encarnizadas luchas sociales.

Más allá de los románticos deseos de los revolucionarios que sueñan con construir una nueva sociedad sin partido, apolítica, y que en el fondo de su programa de lucha no esté incluido la toma del poder por los explotados, esta demonización del estado y del poder central, es un argumento que está más cerca de la derecha liberal que de la izquierda revolucionaria. Ya que ambas, tienen una concepción instrumentalista del poder: éste es concebido como un punto de llegada, un objeto que hay que alcanzar y, a la vez, un seguro instrumento de gestión de lo social. Lo que el pragmatismo de la derecha defiende a ultranza es objeto de crítica radical por parte de la «escuela de la derivación», pero en ambos casos estamos en presencia de un equívoco porque «el poder no es una cosa, o un instrumento que puede empuñarse con la mano derecha o con la izquierda, sino una construcción social que, en ciertas ocasiones, se cristaliza en lo que Gramsci llamaba «las superestructuras complejas» de la sociedad capitalista. Una de tales cristalizaciones institucionales es el estado y su gobierno, pero la cristalización remite, como la punta de un iceberg, a una construcción subyacente que la sostiene y le otorga un sentido. Es ésta quien, en una coyuntura determinada, establece una nueva correlación de fuerzas que luego se expresa en el plano del estado.

Es importante destacar que Lenin subrayó la importancia de distinguir entre (a) «la toma del poder» como acto político en que las clases explotadas se convierten en clase dominante por medio del control del estado y (b) la «concreción de la revolución» que es una empresa fundamentalmente civilizatoria en donde esta nueva correlación de fuerza es ratificada por el control que los agentes de cambio ejercen sobre el estado, la producción y el orden legal. Por lo que la toma del poder es sólo un medio (pero indispensable) para el lanzamiento del proceso revolucionario.

También se debe entender que no se construye un mundo nuevo si antes no se derrotan poderosos enemigos, la «nueva izquierda» argumenta que las fuerzas transformadoras no pueden «adoptar primero métodos capitalistas (luchar por el poder) para luego ir en el sentido contrario (disolver el poder).» Nos parece que la lucha por el poder, sobre todo si la situamos en el terreno más prosaico de la política y no en el de las abstracciones filosóficas, mal podría ser concebida como un «método capitalista». «En realidad, el poder y la lucha que se origina en relación a él es tan antiguo como el género humano, y antecede en miles de años a la aparición del capital. Suponer que la lucha por el poder es una derivación política del reinado del capital equivale a arrojar por la borda toda la historia de la humanidad».

A modo de conclusión.

 Tal como fue analizado anteriormente, el proceso prerrevolucionario de la Unidad Popular, se caracterizó por tener un gobierno débil que mantuvo una política de conciliación de clases; y una clase obrera que a pesar de su radicalidad y fuerza organizativa, se mantuvo fiel a este mientras esperaba atentamente el momento de «tomar el cielo por asalto». Esta política vacilante, que no niego fue producto de las más nobles intenciones tanto de allende como de la UP, fue la que tiró por la borda el proyecto histórico de la clase obrera, y ha replegado a las masas por casi 40 años.

Este repliegue tiene que ver directamente con el fracaso del proyecto popular, y de la imposición violenta del modelo capitalista en su expresión más brutal, la dictadura de clases que desembocó en el neoliberalismo. Aunque no está fuera de lugar buscar las condiciones del fracaso en la gran asonada con que la burguesía golpeó a la clase obrera, es un infantilismo caprichoso no asumir que la derrota fue en gran parte por la falta de consenso en el papel que juega poder y la violencia y de su uso indiscriminado para «imponer» un proyecto de clase, y hoy, el lamento de los pobres sigue sonando de manera silenciosa, confundidos y despolitizados por estas nuevas formas de construir el proceso revolucionario que muchos teóricos que se dicen marxistas o por lo menos críticos, comparten en las salas de clases de las universidades y se promueven descaradamente entre los actores y dirigentes sociales. En cierto sentido, sus desviaciones reformistas son producto de hacer análisis social desde el bando que fracasó en la lucha de clases, y este fracaso más allá de llenarnos de experiencia política para futuras acciones ha servido para desmotivar a las masas en su quehacer. También cabe destacar que la histórica derrota de la clase obrera en Chile fue de carácter militar y política no una «derrota histórica» que suponga el triunfo permanente del capital sobre los asalariados. Pero esto no debe ser escusa para capitular, más aún, el aumento significativo de la explotación, la desmovilización social, el saqueo de nuestros recursos y la acumulación del capital, confirma aún más la existencia y vigencia de la lucha de clases, invisibilizada para algunos, anticuada para otros, pero que en el marco de un análisis real y desideologizado de las desigualdades existentes se siguen fortaleciendo las diferencias entre explotados y explotadores.

Hoy el movimiento popular sigue empecinado en construir organizaciones apolíticas, que generen identidad de clase pero sin un proyecto de clase, la izquierda construye cultura mientras le deja el control político a la burguesía, levanta consignas de poder popular y organización, pero no levanta partidos que disputen los espacios de poder dentro o contra el Estado. Y estos se siguen llenando de políticos profesionales de la clase burguesa que poco o nada saben de las necesidades de los trabajadores ni les interesa. Pero a pesar de esto, y de manera casi inconsciente es que todos estos actores, que asumen un discurso anti-poder, a la hora de luchar elevan sus reivindicaciones al estado y lo reconocen como una fuerza política y económica capaz de entregar a su voluntad las respuestas necesarias.

Por esto, quisiera hacer hincapié en la importancia del poder y su conquista por parte de la clase explotada, como columna vertebral del proceso de liberación, ya que mientras la «izquierda moderna y renovada» sigue entrampada en estériles debates teóricos de rechazo a éste, y buscando formas nuevas que reemplacen las «añejas» metodologías revolucionarias; la burguesía como clase dominante, sigue fortaleciéndose, acumulando capital y acrecentando el poder del que ya dispone, multiplicando sus métodos de vigilancia contra la subversión, encadenándonos al trabajo indigno por medio de la deuda, ideologizando e idiotizando a las masas con el control de los medios de comunicación, despolitizando a los activistas, imponiendo su proyecto de clase de manera casi silenciosa, saqueando los recursos naturales y pauperizando cada vez más a los asalariados y todo esto lo hace de la misma manera «anticuada» que algunos critican.

Nosotros, la izquierda revolucionaria debemos seguir avanzando por todos los medios a la conquista del poder, fortaleciendo las vanguardias políticas, las organizaciones sociales de base y preparando a la clase obrera para la batalla final por el control de la plusvalía y los medios de producción, porque sólo de esta forma podremos salir del pantano en el que nos hallamos sumergidos desde hace casi 40 años y que los apóstoles de la «nueva izquierda» no quieren asumir por miedo a encontrar en ellos las causas de su derrota. Pero más allá de temer al pasado y reinventarlo con formas nuevas y conceptos pomposos que se asemejan más a la poesía que a la estrategia revolucionaria, debemos reconstruir el movimiento social, pero esta vez con más decisión y empuje, evitando las dispersiones teóricas respecto al rol de la violencia y el poder. Ya que el fracaso histórico de los movimientos revolucionarios del siglo XX no se debe precisamente a falta de fuerzas políticas y sociales en el seno de la clase obrera sino a desviaciones teóricas que nos mantuvieron divididos a la hora de luchar para conseguir los anhelos de justicia y libertad que tanta sangre le ha costado a nuestra clase.

Una vez un facho empresario me dijo: «En Chile hubo lucha de clases y ganamos nosotros».

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