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Arrogancia o diálogo

Fuentes: Página/12

El proceso de globalización produce crisis en las identidades culturales. Por una parte, buscan defenderse de una homogeneización excesiva generada por la globalización dominante de cuño occidental; por otra, se ven obligadas inevitablemente a confrontarse con otras desconocidas, y sufren por eso una sorpresa siempre dolorosa que produce miedos comprensibles. Frente a ese desafío se […]

El proceso de globalización produce crisis en las identidades culturales. Por una parte, buscan defenderse de una homogeneización excesiva generada por la globalización dominante de cuño occidental; por otra, se ven obligadas inevitablemente a confrontarse con otras desconocidas, y sufren por eso una sorpresa siempre dolorosa que produce miedos comprensibles.

Frente a ese desafío se delinean dos estrategias: la del ensimismamiento y la del diálogo. Hay identidades que para afirmarse recurren a las tradiciones, a las religiones y las glorias de sus culturas, oponiéndose lo más posible a las consecuencias de la globalización. Ellas, generalmente, definen claramente quiénes son los enemigos y quiénes los amigos, en consonancia con aquello que afirmó uno de los teóricos modernos de la filosofía política, Carl Schmitt (1888-1985): «La esencia de la existencia política de un pueblo es su capacidad de definir al amigo y al enemigo». No dice otra cosa el conocido teórico de la filosofía política contemporánea Samuel P. Huntington en su Choque de civilizaciones: «Los enemigos son esenciales para los pueblos que están buscando su identidad y reinventando su etnia, pues sólo sabemos quiénes somos cuando sabemos quiénes no somos y, muchas veces, cuando sabemos contra quién estamos».
Esa perspectiva, aunque comprensible, es impracticable en las condiciones modificadas de la historia globalizada. Pues, ¿cómo se puede considerar a los otros como enemigos si ahora estamos obligados a convivir con ellos en un pequeño espacio común que es el planeta? Por ahí no existe más camino. Es más, se está formando lentamente una identidad colectiva y planetaria como fruto de la convivencia de todos con todos.

Entre tanto, la identidad afirmada a partir de la oposición al otro es propuesta por la potencia hegemónica, Estados Unidos, al imponer a todos los países esa alternativa siniestra: o están con Estados Unidos y, así, con la civilización, o están con los terroristas y, consecuentemente, con la barbarie. Es la vida de la arrogancia.

La otra estrategia es la del diálogo, pues es la única verdaderamente eficaz. La globalización ofrece la oportunidad de un diálogo de todos con todos y en todos los niveles. Permite un intercambio y con eso un enriquecimiento colectivo como nunca en la historia de la humanidad.

El diálogo demanda el reconocimiento mutuo de los interlocutores, la renuncia de un querer dominar al otro y la garantía de que todos puedan participar. El diálogo apunta a construir los puntos comunes a partir de los cuales surge el consenso mínimo y a dejar en segundo plano las diferencias que nos separan. Y, principalmente, el diálogo supone la conciencia de las ganancias y de las pérdidas que siempre se dan. La identidad no es una estructura inmutable, dada de una vez por todas, sino un conjunto de relaciones, a partir de una experiencia de base, siempre en acción y en construcción, que incorpora elementos nuevos sin desvirtuarse. Es por el diálogo, el más inclusivo posible, que va gestándose lentamente una identidad colectiva de la humanidad como humanidad y no más como estados-naciones. No sabemos ahora su perfil, pero seguramente será una humanidad que se entenderá como un momento de un proceso de la evolución del universo, de la Tierra y de la vida, con la responsabilidad ética de cuidar y de hacer coevolucionar esta herencia y de celebrar el misterio de nuestra existencia.

Leonardo Boff es uno de los fundadores de la Teología de la Liberación. De La Jornada de México. Especial para Página/12.