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Barbarie y civilización

Asimetría de un homicidio

Fuentes: Il Manifesto

Así pues, barbarie o civilización: ese parece ser el problema – hasta qué punto es bárbaro asumir la responsabilidad criminal de matar a una persona que tiene un rostro, un nombre y un apellido, a cuchillo, tocando y desfigurando su cuerpo; y hasta qué punto resulta civilizado matar a miles desde las alturas, salga como […]

Así pues, barbarie o civilización: ese parece ser el problema – hasta qué punto es bárbaro asumir la responsabilidad criminal de matar a una persona que tiene un rostro, un nombre y un apellido, a cuchillo, tocando y desfigurando su cuerpo; y hasta qué punto resulta civilizado matar a miles desde las alturas, salga como salga, sin verles la cara, sin tocarles, sin saber sus nombres. Que no me pidan que elija entre el bárbaro asesinato de rehenes y los civilizados bombardeos de las ciudades. Hubo un tiempo – en Vietnam – en que creíamos poder distinguir, si no a los buenos de los malos, sí a quien tenía razón de quien no la tenía. Ahora las culpas se alimentan entre sí y devoran hasta las razones. Los terroristas florecen gracias a Bush, y Bush gracias a ellos. Por eso es inútil preguntarnos con quién hemos de estar: la peste en ambas vuestras casas, dice Shakespeare. Si tengo que ponerme a favor de alguien, prefiero quedarme con los futbolistas iraquíes – que son musulmanes y tienen sobradas razones para alegrarse de que ya no estén ni Sadam ni sus horribles hijos, pero a los que les gustaría que se marcharan los americanos; que entienden nuestro luto por nuestro muerto, pero nos recuerdan que ellos deberían multiplicar por veinte mil nuestro dolor por un ser querido. Si yo tuviera un periódico, tomaría a uno cualquiera, tan sólo a uno, de los iraquíes tan civilizadamente muertos por las civilizadas bombas y le dedicaría la misma atención que con justificada emoción dedicamos a nuestros muertos: entrevistaría a sus familiares, publicaría sus fotos, reconstruiría su vida, intentaría entender qué estaba haciendo en Irak justamente bajo la trayectoria de las bombas y me preguntaría por qué le ha sucedido justamente a él.

Yo creo que la diferencia entre civilización y barbarie no estriba en el hecho de matar, intrínseco tanto al terrorismo como a la guerra, sino más bien en la modalidad tecnológica de dar muerte.

Puede que el adjetivo «bárbaro» se haya usado mucho menos a propósito del 11 de septiembre, pese a que los enemigos de Occidente mataran a casi tres mil personas: emplearon un avión, no un cuchillo y mataron a tres mil en masa, de forma impersonal. Igual que hacemos nosotros. En un libro de gran calado sobre los efectos profundos de la guerra, Ceremonia, Leslie Marmon Silko explica que las ceremonias de purificación a que tienen que someterse los guerreros Navajos tras haber luchado no funcionan para quien ha participado en las guerras del hombre blanco. En las guerras antiguas, quien mataba se cargaba directamente de las impurezas de la muerte; en las guerras asépticas en las que matamos a distancia, esas impurezas permenecen suspendidas, envenenan el aire y generan otras.

Y aquí entra la otra palabra clave, siempre junto a «barbarie»: «odio». Los terroristas, los fundamentalistas (hay quien dice todos los musulmanes y todos los árabes), nos recuerdan constantemente, nos odian a nosotros y a Occidente, al que pertenecemos. Y nosotros no sabemos explicarnos el porqué. De hecho, nosotros no solemos odiarlos: cuando Madeline Albright decía que medio millón de niños muertos era un precio aceptable, no lo hacía porque odiara a esos niños, no, lo hacía porque no se acordaba de que eran personas y ¿cómo se puede odiar a algo que no es una persona? Cuando nuestras bombas caen sobre las ciudades y los pueblos, no es porque odiamos a esos habitantes, se trata de una acción sanitaria, quirúrgica, higiénica, como cuando echamos insecticida por los rincones de nuestras casas (¿recordáis las operaciones de «mopping up» en Vietnam? pues ese era justamente su significado, el de pasar la fregona por el piso). Civilización es matar sin odio, sin sentirse contaminados, sintiéndonos igual de buenos porque no odiamos a nadie, porque aquellos a los que matamos son menos humanos que nosotros.

Pero, como pese a todo son humanos, son capaces de hacer todas las porquerías de las que son capaces los seres humanos, incluso de esa emoción humana y terrible que se llama odio y de sus consecuencias sanguinarias. Hace cuarenta años, Malcolm X decía: «El hombre blanco se ama tanto a sí mismo que se queda atónito si descubre que sus víctimas no comparten la opinión jactanciosa que él tiene de sí mismo»; y añadía: «los blancos americanos están obsesionados por la idea de que se les `odie'» y se niegan a preguntarse por qué. La cosa se ha repetido bajo forma de farsa tras el 11 de septiembre: «¿Por qué nos odian?» se ha preguntado retóricamente Bush – y se ha dado la respuesta «jactanciosa» de costumbre: nos odian porque somos libres, y así queda zanjado el tema. Quien pide explicaciones más complejas automáticamente justifica a los asesinos y es su cómplice.

Hay, pues, en estas guerras una asimetría extraordinaria y doble: a la del poder militar le corresponde una asimetría de los sentimientos. Un poder moderno y aplastante puede matar de forma aséptica, sin necesidad de odiar (los soldados americanos dicen siempre que «es un trabajo que hay que hacer»); un poder inferior, dotado de armas más primitivas, elabora la lógica de esas armas, mata personalmente y le sale mejor si lo hace con odio.

Ahora bien, una de las razones por las que el odio es mala cosa es porque, por definición, «ciega». Al igual que nosotros no les vemos a ellos porque ni siquiera sabemos quiénes son, los extremistas de Oriente Medio no hacen distinción entre nosotros, porque ante sus ojos estamos todos implicados. El hecho de que la última víctima de los asesinos haya sido un pacifista, y que las próximas puedan ser dos franceses, sólo demuestra una cosa: la locura de esta guerra recae sobre todos nosotros, incluso sobre quienes se han opuesto. Cuando tan civilizadamente bombardeamos las ciudades y los pueblos, no nos preguntamos si las personas a quienes se mata quirúrgicamente son «partidarios de Sadam» o disidentes que habían deseado la invasión o gente que sólo quería ocuparse de sus asuntos. Se les ha matado porque estaban donde no tenían que estar. Pues bien, ante la mirada cegada de los terroristas, todos estamos donde no tendríamos que estar; por eso aquel de entre nosotros que se da cuenta de ello tiene una gran responsabilidad y ha de redoblar los esfuerzos para no dejarse cegar a su vez, para seguir distinguiendo (en el revoltijo iraquí también hay fuerzas anticolonialistas y auténticamente democráticas, a las que no hemos de confundir con los asesinos terroristas: aunque tengan el mismo enemigo, no son la misma cosa, e incluso son incompatibles entre sí). A la larga, yo espero que nuestras civilizaciones – aquella a la que pertenezco y la de nuestros vecinos de Oriente – logren salir del abismo a que las han echado, que logren dejar ya de ser representadas por asesinos.

Vittorio Foa nos ha enseñado a buscar «el movimiento del caballo», el gesto que desorienta y altera las simplificaciones simétricas. Pues bien, nuestros movimiento del caballo estriba en rechazar las oposiciones binarias, secas e inflexibles como barrotes cruzados: o con nosotros o con ellos, si no estás con ellos, tienes que estar por fuerza con nosotros. No es así: porque digamos (y tenemos que decirlo más alto) que los asesinos de Baldoni son nuestros enemigos, Bush no se convierte en un benefactor de la humanidad, y porque digamos que Bush y sus aliados son unos criminales asesinos, quien esté contra ellos no se convierte en uno de nosotros. Somos algo muy distinto de cualquiera de ellos, por eso cuando matan a quien no ha querido la guerra – un rehén italiano, innumerables civiles iraquíes – hemos de retomar sus razones y seguir diciendo que no, también en nombre de ellos.

«Il Manifesto», 01.09.04
Trad. Liliana Piastra, Traduttori per la Pace