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“Baby Shark”, infantilización para tiburones

Fuentes: Cubahora

No solo en niños reproduce adicciones la omnipresente cancioncilla.

Fue noticia en las secciones de Entretenimiento que antes identificaban como Culturales: “El video viral de ‘Baby Shark’ oficialmente ha destronado a ‘Despacito’ de Luis Fonsi, convirtiéndose en el más reproducido de Youtube”. Un videoclip infantil de tarareo y baile supera a otro de baile y canto, para un público meta más amplio. Y no porque la población infantil superó a las de los mayores, tampoco porque todos los padres prestaron sus móviles a sus hijos para entretenerlos en medio de la pandemia, sino por una interesada y creciente infantilización de la sociedad, de los consumidores y ciudadanos, para beneficios de los más poderosos escualos.

Lo confirmó el pasado lunes 2, Kim Min-seok presidente de SmartStudy, empresa surcoreana de educación, creadora de la pegadiza y adictiva canción y propietaria de la marca Pinkfong. La empresa se formó en Seúl, en junio de 2010 y es propiedad de Samsung Publishing. En 2016 abrió una sucursal en Los Ángeles y tiene otra en Shanghái. El CEO de la sucursal de Estados Unidos, Bin Jeong, dijo que el nombre fue creado a partir del personaje del zorro rosa y el divertido sonido de “fong” que sonaba similar a “teléfono”. Su canal de YouTube, Pinkfong! Kids Songs & Stories, se lanzó el 13 de diciembre de 2011 y tiene más de 20 millones de suscriptores, con una programación colorida de historias, canciones y bailes, bajo la distintiva marca del zorro rosado. Todos sus productos son, como el mismo K-Pop y sus marcas, copias hipercromáticas de patrones occidentales. Para el CEO Lee, Pinkfong podría describirse “en algún lugar entre Disney y Sesame Street”.

“Baby Shark”, con su “educativo” mensaje: “Baby Shark, doo, doo, doo, doo, doo, doo”, fue lanzada en junio de 2016 como parte de una serie de canciones infantiles de Pinkfong. El hipnótico y colorido videoclip fue protagonizado por la niña coreana estadounidense Hope Segoine, de 10 años. Un año más tarde, para relanzarla se publicó “El baile de Baby Shark”, en el que dos niños hacían la rutina de baile, un challenge con la etiqueta #BabySharkChallenge que también se convirtió en viral, con miles replicando los pasos del tiburoncito.

Primero, se volvieron populares en Corea del Sur, donde famosas bandas como Red Velvet, Girl’s Generation y Blackbird comenzaron a incorporarlos en sus conciertos. Luego devino en un fenómeno global; llegó a estar en los listados de música internacionales, situándose en el 32º lugar de la lista Hot 100 de Billboard y en el 6º puesto del top 10 del conteo del Reino Unido. Con tal éxito comercial, en septiembre de 2018, las acciones de Samsung Publishing se dispararon en más del 76 %. Se estima que Pinkfong ha acumulado unos $5,2 millones de dólares solo con el video en YouTube.

La de Pinkfong es una versión de otra versión de una canción estadounidense. La melodía original de “Baby Shark” era una canción de guarderías y de campamentos de verano en los años 70, ampliamente conocida en los Estados Unidos y Gran Bretaña. Algunos sostienen que fue inventada en 1975, cuando en las grandes pantallas del mundo impresionaba el filme Tiburón de Steven Spielberg. Otros, afirman que fue escrita en los años 90 por dos educadores americanos, Shawnee Lamb y Robin Davies. La tonadilla cuenta la historia de un tiburón bebé que vive con su familia en el fondo del mar. Poco a poco van presentando a cada uno de los parientes del pequeño espécimen: la madre, el padre, la abuela y finalmente el abuelo. Todos juntos deciden ir de caza. Aquella versión, aun siendo infantil, tenía un final trágico, pero más cercano a lo real, el nadador en pánico es comido por los tiburones; en la de Pinkfong los tiburones son amigos, agradables y coloridos.

Pinkfong compró los derechos de la primera versión de “Baby Shark” que se hizo popular en Youtube. Iniciativa de la chica alemana Alexandra Müller, a quien le pareció gracioso grabar la coreografía de una de las canciones que había aprendido desde su infancia “Kleiner Hai” (Tiburón pequeño). Fue en el 2007, y lo subió en su canal Alemuel. De súbito se convirtió en uno de los más visitados en Youtube ese año. Visualizando una posible ganancia, una disquera contactó con la Müller para pedirle permiso y convertir la canción en un single, que luego adquirió la compañía surcoreana para producir su golosina, golosina para los cerebros. Con aplicación de las “fórmulas mágicas” que también funcionaron con “Despacito”.

Explotar el apetito por lo repetitivo es parte de esas fórmulas. Para empalagarnos, los de Pinkfong usaron el canto tradicional, y sobre una triada de acordes montaron sus repetitivos versos, donde se mencionan a los miembros de la familia. El compositor Jin Jin dijo que la canción logró el objetivo de la simplicidad que los compositores profesionales buscan: “Una canción pop definitivamente necesita un gran gancho. Eso es lo más importante «y» tiene la repetición y el ‘do do do do do’ es un lenguaje global e internacional. Cualquier país o idioma puede relacionarse con eso”.

Por demás, los acordes de “Baby Shark” solo cambian ligeramente sus notas. Y como los experimentos han demostrado, cuando la música tiene un beat o compás fácil de seguir, aumenta la actividad de la zona del cerebro asociada al movimiento el sonido y las emociones. Según la doctora Jessica Grahn, neurocientífica que estudia la música en la Universidad del Oeste de Ontario, funciona como una recompensa para el cerebro, pues nos resulta agradable que la canción se desarrolle justo de la forma en que creemos que lo hará. Como resultado, estas melodías pegajosas actúan sobre el sistema dopaminérgico del cerebro, donde generan placer y satisfacción. En esa zona se almacenan todos los sonidos previos que se han escuchado, y si una canción es notablemente mejor que estos sonidos anteriores se genera una gran descarga de dopamina.

La sorpresa es otro ingrediente de esa melcocha, algún elemento que rompa con lo predecible. “Es llevar ese beat pero hacerlo más interesante con un detalle novedoso que rompa la regla”, dice Grahn. “Se trata de hacerlo interesante, pero sin alejarlo tanto de lo que creemos que va a ocurrir”. En el caso de “Despacito”, según el productor de música español Nahúm García, es la ruptura del ritmo antes del estribillo, al minuto 1:23 de la canción, la melodía se detiene y por primera vez Fonsi dice “Des-pa-ci-to”, fraseo que se desfasa del tempo precedente, se retrasa respecto a la métrica que lleva el ritmo. En “Baby Shark” se recurre a la aceleración del ritmo al final del tema y a ligeros cambios de las notas de los acordes. Estas variaciones estimulan el sistema dopaminérgico del cerebro donde generan placer y satisfacción.

Como opina Lauren Stewart, psicólogo especializado en música de la Universidad de Londres, estas estructuras simples, a las que nuestro cerebro se aferra con más facilidad, son comunes en las canciones infantiles, como “Baby Shark” y “Estrellita, ¿dónde estás?”, pero también las encontramos en muchas canciones pop. Son parte de interesadas operatorias para reproducir a los kidult (de kid, chico, y adult) o adultescentes.

«Gusano de oído», así llaman psicólogos y neurocientíficos a esas canciones que se nos quedan pegadas y no podemos dejar de cantar. El término fue acuñado por James Kellaris, compositor y profesor de mercadeo en la Universidad de Cincinnati, en EE. UU., donde se estudia la influencia de la música en los consumidores. “Baby Shark”, no cabe dudas, es un “gusano de oído”, paradigmático. Un producto por el que los grandes tiburones de la plutocracia invierten grandes sumas. Porque no solo el oído, estos gusanos también carcomen la libertad de elegir racionalmente. Al activar y estimular la zona del cerebro asociada a las emociones, se utilizan para inhibir las regiones desde donde operan la razón y la moral.

La investigadora Naomi Ziv, psicóloga en el Universidad de Estudios Académicos de Gerencia, en Israel, afirma que estas canciones “fáciles de escuchar” pueden ser las más peligrosas. A partir de sus experimentos del 2011, Ziv concluyó que la música tenía el poder de alterar el juicio moral de las personas. En uno de aquellos experimentos le pidió a un grupo de voluntarios que escucharan un comercial ficticio sobre una página web que ofrecía documentos falsos para permitir a las personas reclamar una pensión más alta. La mitad del grupo que escuchó el comercial también oyó el alegro de “Una pequeña serenata nocturna”, de Mozart, mientras que la otra mitad no tuvo música. A otro grupo se le pidió escuchar otro comercial que describía cómo los participantes podían hacer trampa en un trabajo académico utilizando una página web; como en el experimento anterior, una mitad escuchó música (en este caso “I feel good”) y la otra no. En ambos experimentos, los que oyeron el comercial con la música de fondo se mostraron inclinados a aceptar comportamientos antiéticos promovidos en la publicidad.

En la revista especializada Psicología de la Música se reseñan otros experimentos donde se les pedía a los participantes cometer acciones más extremas, como ser crueles con otros compañeros. La mayoría de quienes no escucharon música rechazaron estas solicitudes. En otro ensayo, el 65 % de los que escucharon música aceptaron cumplir el requerimiento que les hicieron; y en otro, el número ascendió a 82 %. “Fue realmente estremecedor. Se les pedía hacer algo que implicaba herir a otra persona y muchos de ellos dijeron que lo harían”, comentó Ziv. Cuando estás de buen humor eres proclive a aceptar más cosas y la manera en que procesas la información que recibes es menos rigurosa (…). Las personas que están tristes suelen ser más analíticas y menos propensas a ser persuadidas”, explicó Ziv.

Es esta la razón por las que los manipuladores del mercadeo sugieren, sin sonrojo, producir y reproducir un consumidor infantilizado, eternamente sojuzgado por la insaciable emoción. Los kidult o adultescentes, bien “agujereados” por estas drogas sonoras resultan más rentables como consumidores, también como electores. Los adolescentes se rigen preponderantemente por los caprichos de sus deseos, los cuales deben ser satisfechos enseguida. Híper excitados mediáticamente, sin un aparato psíquico maduro, son incapaces de discernir y neutralizar los estímulos innecesarios, la sobrecarga de imágenes erotizadas y potencialmente apetecibles provocan un consumismo desenfrenado de mercancías prescindibles.

Si observamos el videoclip de “Baby Shark”, notaremos que comparte los códigos más manidos de los spots publicitarios para niños y adolescentes; imágenes coloridas e hilarantes, idealizadas y atractivas, con códigos sencillos y directos, de mucho movimiento y situaciones fantásticas. Espectacularidad y frivolización, diseñadas para excitar la emoción de espectadores inmaduros. Visualidad y gestalt que reproducen las otras mercancías que generó su éxito. En su momento, Smart Study confesó que quería exprimir al “tiburón de los huevos de oro” tanto tiempo como le fuera posible; que tenía previsto publicar una serie de dibujos infantiles en Netflix, y que podría firmar en el futuro acuerdos para el desarrollo de juegos animados junto a Amazon o Google. Luego fue noticia que la poderosa televisora Nickelodeon compró la marca Barby Shark y que junto a SmartStudy trabajaba en una serie de 26 episodios con el pequeño tiburón protagonista en divertidas travesías con su mejor amigo William, dentro de Carnivore Cove.

Hoy puede encontrase en el mercado una amplia gama de juguetes, títeres, disfraces, ropas, camisetas, maletas, mochilas, sandwicheras, botellas, auriculares, relojes, cortinas de baños… Hasta la Kellogg’s, puso a Baby Shark en el empaque de unos de sus cereales. Así se marcan, y globalizan los gustos, de los futuros productores de plusvalía, como hicieron los comics a los explotados de hoy. Según estudio la mayoría de los estadounidenses de entre 40 y 50 años muestran interés casi exclusivamente por las mismas cosas que les interesaban cuando eran adolescentes o adultos jóvenes. La mayoría de los entrevistados de entre 40 y 50 años expresaron el deseo de permanecer eternamente jóvenes y ver en la acumulación de bienes materiales un recurso para encontrar la felicidad.

Para no dejar fuera al mercado latino, el pasado 15 de julio, Pinkfong y el cantautor puertorriqueño Luis Fonsi lanzaron una nueva versión de “Baby Shark” que, como puede verse en YouTube, no solo ha tenido impacto en los más niños. Fue grabado por el coautor de “Despacito” junto a sus hijos Mikaela (8) y Rocco (3), y es una de las pistas del disco Mini Stars, iniciativa de la empresa coreana que incluye, además, versiones de “Mariposita” por Sebastián Yatra, “La vaca Lola” por Nacho, “La gallina turuleca” por Guaynaa, “Estrellita” por Greeicy y “El perrito Picky” por Joey Montana. En solo una semana, el remix de Fonsi superaba los 2 millones de visualizaciones.

En Candil del clip, nos hemos referido varias a veces a las ingenieril articulación de las  industrias culturales hegemónicas o del llamado show busisness. “La mano depilada del mercado”, como prefiero decir, ha puesto de acuerdo a estas poderosas empresas, y a los “intelectuales” orgánicos a sus intereses, para fabricar al consumidor ideal. Así pasa con la celebración de la inmadurez. Los protagonistas de las películas son cada vez más jóvenes. Los expertos del marketing digital sugieren la gamificación o ludificación de los posters o cápsulas publicitarias, contenidos con frases cortas y con un lenguaje que pudiera entender un niño de 9 años.  Desde las revistas y los libros de “autoyuda”, los gurús de la “happycracia” incitan a resucitar al “niño interior que todos llevamos dentro”. El mercado lo ha empujado a decir que la edad adulta comienza más allá de los treinta.

El profesor de antropología Marcel Danesi describe este síndrome colectivo en su libro Forever Young: “…la adolescencia se extiende hoy hasta edades muy avanzadas, generando una sociedad inmadura, unos sujetos que exigen cada vez más de la vida pero entienden cada vez menos el mundo que los rodea. La opinión pública tiende a considerar la inmadurez deseable, incluso normal para un adulto. Como resultado, cunde una sensación de inutilidad, de profunda distorsión: quienes toman las decisiones cruciales suelen ser individuos con valores adolescentes. Va desapareciendo la cultura del pensamiento, de la reflexión, del entendimiento y es sustituida por el impulso, la búsqueda de la satisfacción instantánea. La infantilización se impone”.

Lo refiere Juan M. Blanco, quien añade: “La mentalidad infantil encaja muy bien en la sociedad compuesta por grupos de intereses, que tan magistralmente describió Mancur Olson. Unas facciones que actúan como pandillas de adolescentes en entornos donde escasea la responsabilidad, donde el grito, la pataleta, el alboroto, son vías mucho más eficaces para conseguir ventajas que el mérito y el esfuerzo. Un marco donde predomina quien más vocifera, “reivindica”, apabulla. O el que tiene más amigos, mejores contactos e influencias. Raramente quién aporta razones más profundas”.

Estos pseudoadultos, amaestrados desde las pantallas con productos llenos de sensacionalismo y banalidad, donde queda poco espacio para la sensatez o la mesura, devienen sujetos dependientes del objeto publicitado, sea una mercancía o un modo de valorar lo político. Al equiparse juventud, belleza y el éxito, se promueve el rechazo por la madurez y por la responsabilidad. Para que, en términos freudianos, el principio de placer domine al principio de la realidad, es decir, el placer de repetir una y otra vez, “Baby Shark, doo, doo, doo, doo, doo, doo”, los abstraiga de la real peligrosidad de los tiburones, voraces por digerir sus cuerpos y sus mentes, sus fuerzas de trabajo y sus votos.

Se produce de tal modo, un ciudadano que necesita constantemente que le digan qué hacer y cómo. En consecuencia, crecen los electores dóciles y manipulables por  políticos populistas como Donald Trump. La infantilización, junto a la brutalización,  deviene por tanto en eficaz herramienta de dominación.  “Sería impensable un busto de Julio Cesar riendo a carcajadas… pero los presidentes norteamericanos actuales parten hacia la eternidad ocultos tras el espasmo democrático de la risa”, así lo  resume Milán Kundera.

No ha de extrañar entonces, que la omnipresente cancioncilla haya reproducido adicciones no solo en los niños. Por poner solo un ejemplo, el Washington Nationals, equipo estadounidense de béisbol, adoptó a “Baby Shark” como su himno. Y como ganó la serie mundial el año pasado, la llevaron hasta  la mismísima Casa Blanca de Trump.

Como “Baby Shark”, las actitudes inmaduras e iconoclastas se viralizan, los comportamientos estúpidos se vuelven olas, legitimadas por los likes. Por contagio, el gran “gentío festejante” degenera sus actos solo por formar parte del grupo, de la masa, se asumen depredadores del pasado y del futuro. Como happy sharks, en la pecera del presente, devienen enemigos de todo lo serio y/o pasado de moda, incluidos los héroes y la historia. Para mayores mordidas, subjetivas, de los tiburones en el poder.

https://www.cubahora.cu/blogs/candil-del-clip/baby-shark-infantilizacion-para-tiburones-ii
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