Recomiendo:
0

Benedicto XVI en Jerusalén

Fuentes: La Jornada

Septiembre de 1944. Desde el seminario clandestino de Cracovia, Karol Wojtyla colabora con la resistencia polaca antinazi y, en las afueras de Munich, el adolescente Joseph Ratzinger sirve como ayudante de artillería del ejército alemán. Lejos de allí, en la colonia británica de Palestina, dos jóvenes judíos, Shimon Peres (1923) y Ariel Sharon (1928), luchan […]


Septiembre de 1944. Desde el seminario clandestino de Cracovia, Karol Wojtyla colabora con la resistencia polaca antinazi y, en las afueras de Munich, el adolescente Joseph Ratzinger sirve como ayudante de artillería del ejército alemán. Lejos de allí, en la colonia británica de Palestina, dos jóvenes judíos, Shimon Peres (1923) y Ariel Sharon (1928), luchan contra ingleses y árabes en las filas de Haganá (organización paramilitar sionista.

Llamados a realizar sus ideales religiosos, los cuatro jóvenes entrecruzaron y modelaron el mundo político de finales del siglo XX. Ratzinger (Benedicto XVI), enemigo declarado de la «teología de la liberación», ocupó el trono de San Pedro a la muerte de Wojtyla (Juan Pablo II, 1978-2005).

Sharon, autor intelectual de Sabra y Chatila (aldeas palestinas diezmadas por las falanges cristianas libanesas, 1982), llegó a ser primer ministro de la entidad sionista (2001-06) y Peres, actual presidente de Israel, desempeñó igual cargo en dos ocasiones (1984-86 y 1995-96).

En 1964, Paulo VI se convirtió en el primer prelado romano que visitó Jerusalén. Pero como entonces el Vaticano aún no reconocía el Estado sionista, el Papa omitió toda referencia al término «Israel». Los vicarios de Cristo continuaban debatiendo si los judíos eran los «asesinos de Dios» (Deicidio), obsesión que el Concilio Vaticano II repudió explícitamente en 1965. Ambos estados formalizaron sus relaciones en 1993.

Al dar inicio el segundo alzamiento palestino (Intifada, septiembre 2000), Juan Pablo II visitó Jerusalén con el velado propósito de contener la insolencia provocadora de Sharon cuando líderaba el Likud, partido de la extrema derecha israelí. Sharon se había paseado por los recintos religiosos islámicos de la ciudad que alumbró los tres grandes credos monoteístas, en franco desafío a lo dispuesto por Naciones Unidas en la partición de Palestina: la neutralidad de Jerusalén (1947).

Retomando el otro cuento, el de la «capital eterna e indivisible de Israel» (cuyo sector este permanece ocupado desde la guerra de 1967), Sharon estuvo a punto de ir más allá del bien y el mal. Inspiración y precursores no le faltaban. En The Iron Wall: Israel and the Arab World, el historiador israelí Avi Shlaim cuenta que durante la guerra de 1967, el general Shlomo Goren, rabino jefe del ejército israelí, le propuso al general Uzi Narkis acabar «de una vez por todas» con la mezquita de Omar.

En ese contexto, y con motivo de su peregrinación a «tierra santa», cabe preguntarse qué busca Benedicto XVI: ¿estrechar «nexos entre católicos y judíos», como asegura el deliberadamente confusionista aparato mediático occidental? ¿Llevar su solidaridad frente al lento y sostenido holocausto de los palestinos, que Israel ejecuta desde hace 62 años a ojos vistas de todo mundo? ¿Disuadir al nuevo gobierno de Tel Aviv de su explícita y mesiánica vocación genocida?

En Tel Aviv, el presidente Peres (rostro «amable» del genocidio israelí) dijo al pontífice: «En ti vemos a un promotor de la paz, un gran líder espiritual». Y acto seguido, regaló al Papa una pequeña partícula de silicio en la cual, gracias a la nanotecnología, estaban inscriptas las 300 mil palabras hebreas de la Torah.

Como ex miembro de las Juventudes Hitlerianas (cosa de la que el prelado asegura haber sido «obligado») y celoso vigilante de las corrientes más conservadoras del catolicismo, Benedicto XVI no ha sido muy delicado que digamos. Con respecto a los musulmanes, está alineado con la «islamofobia» reinante en Europa, en tanto que a los judíos resultó desconcertante la rehabilitación de cuatro obispos pertenecientes a la ultraconservadora Sociedad de San Pio X, negacionista del holocausto.

La presencia de Benedicto XVI en Israel es vista con un ojo cerrado. En enero pasado, el cardenal Renato Martino, presidente del Consejo Vaticano de Justicia y Paz, calificó el territorio de Gaza de «inmenso campo de concentración». Y, por otro lado, el pontífice cree que Pio XII (cuya beatificación sigue en proceso por iniciativa de Juan Pablo II), «trabajó para salvar a los judíos».

En el museo Yad Vasehm, que conmemora a las víctimas de la «solución final», el llamado Papa nazi, es recordado por haber negado el exterminio de los judíos.

Quienes sientan confusíón frente la maraña política de Israel, Palestina y el Medio Oriente, bien harían en dar crédito a un chiste (no se sabe si árabe o judío), que circula en los pasillos de Naciones Unidas, donde el representante palestino dijo:

«Antes de empezar a hablar quiero contarles algo sobre Moisés. Cuando golpeó la roca y sacó el agua, pensaba: ‘¡Qué buena oportunidad para darme un baño!’ Moisés se quitó la ropa, la puso al lado de la roca y entró al agua. Cuando salió y quiso vestirse, sus ropas habían desaparecido. Un israelí se las había robado.»

El representante de Israel saltó de su banca y gritó furiosamente: «¿De qué está hablando usted? ¡Los israelíes no estaban allí entonces!» El representante palestino, sonriente, dijo: «Ahora que hemos dejado claro esto, voy a empezar mi discurso».