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Carta a Monseñor Romero: ‘No se olviden que somos hombres’

Fuentes: Adital

Querido Monseñor: Pocos días antes de tu martirio esto es lo que respondiste a un periodista que te preguntaba cómo ser solidarios con el pueblo salvadoreño: «que no se olviden que somos hombres, y aquí están muriendo, huyendo, refugiándose en las montañas». Recuerdo bien estas palabras, porque cada vez me parecen más necesarias. La ultimidad […]

Querido Monseñor:

Pocos días antes de tu martirio esto es lo que respondiste a un periodista que te preguntaba cómo ser solidarios con el pueblo salvadoreño: «que no se olviden que somos hombres, y aquí están muriendo, huyendo, refugiándose en las montañas». Recuerdo bien estas palabras, porque cada vez me parecen más necesarias.

La ultimidad del sufrimiento

Fueron una genialidad de las que ya no se oyen. Sólo se les ocurre a quienes no se contentan con repetir obviedades, sino a los lúcidos, a los misericordiosos, que se dejan remover en las entrañas por el sufrimiento de estos pueblos, a los creyentes de verdad, que ven en los cuerpos destrozados el cuerpo del mismo Dios.

Monseñor, tocaste fondo. Con buen sentido, también dijiste cosas concretas: «el que tenga fe en la oración, que sepa que es una fuerza que ahora se necesita mucho aquí… Y en el aspecto material, aquí hay mucho dónde emplear dinero». Pero lo fundamental es que nos remitiste a «lo último», a aquello más allá de lo cual no se puede ir. Y eso no es frecuente. Lo normal es quedamos en «lo penúltimo», en aquello que podemos controlar sin ser controlados.

No sé si el periodista quedó satisfecho. Pero sin decir nada, lo dijiste todo; y sin exigir nada, lo exigiste todo. «No se olviden que somos seres humanos. No pasemos de largo ante el sufrimiento de los seres humanos». A tu modo, y sin saberlo, te adelantabas a la intuición de un gran teólogo de nuestros días, Juan Bautista Metz. Pensando en cómo ha cambiado el cristianismo y cómo hay que volver a lo fundamental suele decir: «El cristianismo, de una religión sensible al sufrimiento, se convirtió cada vez más en una religión sensible al pecado. Su mirada no se dirigió primero al sufrimiento de la criatura, sino a su culpa. Esto entumecía la sensibilidad por el sufrimiento ajeno y oscurecía la visión bíblica de la justicia de Dios que, después de Jesús, había de valer para toda hambre y sed». Las palabras pueden extrañar, pero nos recuerdan lo fundamental de Jesús, y recalcan con gran fuerza lo que tú decías: «Una cosa les pido: no se olviden de los hombres y mujeres sufrientes de nuestro pueblo».

Hoy, años después, te seguimos echando en falta, Monseñor, por muchas cosas. Yo en lo personal, por tu clarividencia y audacia en decir cosas últimas como ésta. Líderes, políticos, profesionales, ideólogos, hablamos y analizamos muchísimas cosas, pero cuesta dar el paso y llegar a lo último: cómo está lo humano entre nosotros, y preguntarnos si vamos bien o vamos mal en lo humano. Parece veleidad superflua dedicar tiempo a pensar y construir «lo humano» -mientras dedicamos tiempos y recursos infinitos a otras cosas. Menciono algunas que pueden ser necesarias y buenas: cómo producir más y ser competitivos, cómo facilitar diversión y esparcimiento, y otras no tan buenas: cómo acercarnos a las maravillas que vienen del norte, como si esto ya garantizase vivir cada uno y unos con otros «humanamente». Poner lo humano en el centro de interés no dejaría de ser una cursilería, tolerable en el ámbito de lo privado, pero risible en el ámbito público y del poder.

Y lo peor es que, al desaparecer lo humano, se olvida, como tú decías, Monseñor, a los pobres de este mundo. Y de ninguna manera los ponemos en el centro. No nos preguntamos qué hay que hacer por ellos, y menos aún nos preguntamos qué salvación nos pueden dar ellos a nosotros. La civilización de la pobreza, que decía Ellacuría, tantas veces citada, y otras tantas ignorada y despreciada, es lo que en definitiva nos va a salvar. Pero no hacemos caso. Buscamos salvación en bienes y recursos, pero no en lo humano, y menos en lo humano de los pobres. Y así nos va. Si ignoramos lo humano, tarde o temprano todo se viene abajo, e incluso las cosas buenas degeneran.

Humanizar la humanidad

El periodista, por ejemplo, te preguntaba qué solidaridad podría ayudar, y mencionó la ayuda económica y la oración, cosas buenas, ambas, por supuesto. Pero si nos olvidamos de que son seres humanos sufrientes los que la necesitan, la solidaridad degenera, la ayuda languidece y la cooperación internacional termina siendo pensada y llevada a cabo en provecho propio -cuando no se convierte en instrumento de dominación, tal como ocurre con frecuencia. Sin poner a los «seres humanos en el centro», la solidaridad no humaniza a los que «dan». Suele, más bien, deshumanizarlos, haciendo que se sientan buenos, superiores, maestros que vienen del mundo civilizado. Y sin poner a los «seres humanos en el centro» no perciben aquéllos cuánto pueden recibir de los pobres, sus valores, su dolor, su esperanza, hasta su gozo. «Santidad primordial» la hemos llamado. Hablar de ayuda que deshumaniza, puede parecer ingratitud o mal gusto, pero ocurre siempre que se olvida que «son hombres». Hay que planificarla, sí, pero sobre todo hay que humanizarla.

¿Y la oración de la que habla el periodista y tanto nos repiten desde muchas instancias? Evidentemente es cosa buena, pero puede caer en palabrería, en el fatigare deos de los romanos, y en coartada para no luchar contra los dioses que generan las víctimas a las que la solidaridad debe aliviar. Sin tener en cuenta a esas víctimas, lo del Magnificat, «derribó del trono a los poderosos y ensalzó a los humildes», lo cantaremos al son de guitarras o en polifonía exquisita, pero no sale del corazón y no llega al corazón de Dios.

Bien lo sabes y bien nos lo dijiste, Monseñor. También la religiosidad puede pervertirse. Ahora nos lo advierte tu hermano Casaldáliga: «De la misma fe cristiana se está haciendo un recetario de milagros y prosperidades, refugio espiritualista ante el mal y el sufrimiento y un substitutivo de la corresponsabilidad, personal y comunitaria, en la transformación de la sociedad». Y eso, Monseñor, no se arregla sólo con mejores planes pastorales o clases de teología. Se le pone remedio volviéndonos a los clamores de lo humano, como los que escuchaba Dios en Egipto y le hizo salirse de si mismo para liberar a esclavos. Y volviéndonos a la bondad y la fe de los humanos, como las de la siriofenicia que cautivó a Jesús.

Y quiero mencionar un tercera cosa: la democracia. Es mejor que las dictaduras y la seguridad nacional que hemos padecido, evidentemente. Pero también necesita sanación, y urgentemente. Si es ir a las urnas, y después de las urnas no hay cambios de vida para los pobres de siempre -y nada digamos cuando hay fraude-; si es proclamar derechos humanos, sin que los pobres tengan acceso a justicia y dignidad; si es vanagloriarse de la libertad de expresión, sin que los pobres puedan hacer uso de ella, peor si no va acompañada de voluntad de verdad, y todavía peor si aquélla sirve para encubrir la negación de ésta; si se reduce a soflamas de igualdad ante la ley, sin crear mínimas condiciones materiales para que esto sea posible… Si en el concierto de las naciones veneramos y servimos a imperios -hoy, la democracia de Estados Unidos-, que impone guerras, controla el comercio en provecho propio y en contra de los pobres, gestiona una globalización que no es tal, pues los excluye y los distancia cada vez más de los países de abundancia… Entonces democracia puede ser flatus vocis o sarcasmo. Para las mayorías «igualdad, libertad, fraternidad» son papel mojado. La conclusión es que no basta con democratizar la democracia, sino que hay que humanizarla . Y eso comienza por no otorgar a ella ultimidad última, ciertamente no en la práctica, pero ni siquiera en teoría, sino a los seres humanos.

Ya ves, Monseñor, que hablo de cosas buenas, solidaridad, religiosidad, democracia, pero muchas veces no funcionan y generan males. No hay que sorprenderse, pues son producto de nuestras manos. Pero pienso que no acaba de interesar que funcionen bien, pues no tomamos en serio lo que está detrás de todas esas cosas, lo que las fundamenta y las pone en la dirección correcta: «los seres humanos», sobre todo «los que están muriendo, huyendo, refugiándose en las montañas».

Lo que ocurre, Monseñor, es que ponemos barreras para no enfrentarnos con ellos. A veces las ponemos con malas artes, pero otras veces usamos cosas buenas y necesarias, pero en definitiva para defendemos de ellos. Buena es la economía, la democracia, muchas formas de religión, pero cuántas veces sirven para olvidar y ocultar a millones de hombres y mujeres que son lo realmente último. Ese olvido de lo humano es principio fundamental de deshumanización.

El Dios garante de lo humano

Monseñor, bien sabes cómo lo decía Jesús: «el sábado es para el hombre, y no el hombre para el sábado». Hoy hay que traducirlo: la democracia y la religión, la solidaridad y la cooperación internacional, los medios de comunicación y las instituciones del saber son para el hombre, y no al revés. Son sobre todo para esos 800 millones que pasan hambre cruel y para los 2,300 millones que tienen que vivir con dos dólares al día. Y no ocurre con facilidad.

No hay que dar por supuesto que nuestros «sábados» no son barreras que nos impiden ver a seres humanos en su realidad concreta. Invertimos cifras que desafían a la imaginación en el buen vivir y el éxito; también invertimos en mentir y encubrir, en armas, guerras, destrucción y muerte. Pero si me permites una palabra que suena a ridiculez, el imperio y «la comunidad internacional» no invierten en bondad, compasión, verdad -aunque dediquen algunos recursos y algunos lo hacen con buena voluntad, a cosas buenas. No invertimos en ética, en esperanza, en el gozo de ser familia humana -y hablo de «invertir» porque es el lenguaje que mejor se entiende hoy. Y lo humano se nos escapa como agua entre las manos.

¿Hay mucho de humano en este mundo, Monseñor? Sí lo hay. No abunda entre los responsables que debieran crear un mundo más humano. Pero, como la semilla del evangelio, vive y crece en mucha gente sencilla, que trabaja y lucha por vivir, que mantiene esperanza y el gozo de la vida. También entre solidarios y voluntarios, intelectuales y profesionales honrados que ponen la ciencia al servicio de la vida, y no al revés. Todos ellos, aun sin saberlo, reproducen muchas de las cosas que nos pedía Pablo, y que tú ejemplificaste: honradez sin componendas; verdad sin acomodos; firmeza sin prepotencia; amor sin fingimiento; y «llevarnos unos a otros», combatiendo el mal con el bien. Es lo humano.

Monseñor, tú no sólo hablaste de lo humano sino que lo viviste. Por eso, nuestros hermanos anglicanos te han puesto en la fachada de la Catedral de Westminster, en Londres. Al verte muchos pueden encontrar alivio y esperanza, pueden mostrar agradecimiento y pueden tener ánimo para la conversión. Bien estás en Westminster mirándonos a todos. Contigo Cristo volvió a «poner su tienda entre nosotros».

Y una breve palabra final. Tu invitación y exigencia a «no olvidar a los seres humanos» es como un reverbero de esta otra, que te salió de lo más profundo de tu ser: «Ningún hombre se conoce mientras no se haya encontrado con Dios… ¡Quién me diera, queridos hermanos, que el fruto de esta predicación fuera que cada uno de nosotros fuéramos a encontrarnos con Dios y que viviéramos la alegría de su majestad y de nuestra pequeñez!».

Dos ultimidades tuviste Monseñor: los pobres y Dios. Ambas se remitían mutuamente, y lo elevaste a teología. Decía bellamente san Ireneo: «la gloria de Dios es el hombre que vive». Entre los pobres tú lo dijiste de forma todavía más cristiana: «la gloria de Dios es el pobre que vive».

Te pedimos, Monseñor, que no olvidemos lo humano, a hombres y mujeres, los pobres sobre todo que son camino a Dios. Y que no olvidemos a Dios, defensa del pobre y garantía de lo humano. Así aportaremos, aunque sea un poco, a humanizar la humanidad. Y termino con unas palabras de Casaldáliga en estos días:

«La más esencial tarea de la Humanidad es la tarea de humanizarse. Humanizar la Humanidad es la misión de todos, de todas, de cada uno y cada una de nosotros. La ciencia, la técnica, el progreso, solamente son dignos de nuestro pensamiento y de nuestras manos si nos humanizan más. Frente a ciertos jactanciosos progresos, las estadísticas anuales de ese profeta laico que es el PNUD deberían provocarnos una indignada vergüenza… No se humaniza la humanidad con máquinas y formulaciones (útiles en su tiempo y a su debido modo), sino con la aproximación humana de cada uno y cada una, de cada persona y de cada pueblo. Humanizar la Humanidad practicando la proximidad»