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Churchill dixit

Fuentes: La Jornada

Winston Churchill (1874-1965), el ícono del conservadurismo, el dos veces primer ministro de Gran Bretaña que lleva a su país por el mar de guerra, era un gran orador, polemista y un prolífico escritor, incluso ganador del Premio Nobel de Literatura (1953) por su prosa biográfica. A la historia pasa también como autor de varios […]

Winston Churchill (1874-1965), el ícono del conservadurismo, el dos veces primer ministro de Gran Bretaña que lleva a su país por el mar de guerra, era un gran orador, polemista y un prolífico escritor, incluso ganador del Premio Nobel de Literatura (1953) por su prosa biográfica.

A la historia pasa también como autor de varios famosos dichos y bon mots.

Éste ya lo escuchamos todos (sobre todo de la boca de otros políticos liberales-conservadores): «la democracia es la peor forma del gobierno, salvo todas las demás»; o éste: «el mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio» (una tóxica semilla churchilliana detrás del discurso «el eslabón más débil de la Eurozona son los votantes»).

O uno sobre el papel de los aviadores en la Batalla de Inglaterra («nunca antes tantos debieron tanto a… «) y otro sobre la cortina de hierro («desde Szczecin en el Báltico hasta Trieste en el Adriático…»).

Allí está también la clásica puntada al rival político: «se acercó un carro vacío y bajó mayor Attlee» (Clement Attlee, el laborista que sorpresivamente derrota a Churchill en las elecciones de 1945).

¿Pero quién conoce este?: «los judíos-bolcheviques son enemigos del género humano, representantes de una ‘barbarie animal'» (François Bédarida, «Churchill«, 1999, p. 177).

O más «perlas» de su (in)famoso artículo -«Zionism vs communism: a struggle for the soul of the jewish people» (Illustrated Daily Herald, 8/2/20)- donde, aludiendo a… Protocolos de los sabios de Sion (¡sic!), subraya que el «elemento judío» está detrás de cada movimiento subversivo en el siglo XIX y acusa a «judíos internacionales» -desde Marx hasta Trotsky, Luxemburgo, Kun y Goldman- de «conspirar para abolir la civilización».

El «judeo-bolchevismo» (la teoría conspiratoria que explica la revolución rusa con un «complot judío») bajo su pluma va en ambos sentidos: no duda en atribuirle los «rasgos judíos» a Lenin recurriendo al peor imaginario antisemita.

Los bienpensantes dicen: «…uyy, ¡¿seguro habla usted de Churchill y no Goebbels?!»

Para el 50 aniversario de su muerte un diario liberal israelí recuerda sus «13 citas inolvidables» (Haaretz, 24/1/15), entre otras ésta tomada del… mismo texto: «a algunos les gustan los judíos, a algunos no; pero nadie puede negar que son la más extraordinaria raza (¡sic!) del mundo», sin citar otras de sus «joyas».

Éstas, al parecer, sí son «olvidables».

¿Meros lapsus o «productos de un justificado anti-bolchevismo» (dicen sus defensores)?

Para nada: el antisemitismo y sus clichés («judíos+dinero», «judíos+comunismo») hasta que el Holocausto poncha el absceso son parte integral de la ideología dominante.

John M. Keynes en sus memorias de la conferencia de Versalles (1919) recuerda como miembros de la delegación británica denigran unánimemente al ministro de finanzas francés Louis-Lucien Klotz por su origen judío.

Lloyd George mata dos pájaros de un tiro: imitando al gesto de «judío abyecto agarrando un saco de dinero» lo acusa -por insistir en las reparaciones alemanas- de «ayudar a propagar el bolchevismo en Europa» (Enzo Traverso, «El final de la modernidad judía«, 2013, p. 10).

Klotz al final de su vida hace unas malas inversiones, pierde su fortuna y acaba en la cárcel. Georges Clemenceau en un perfecto tono de la época espeta: «mi ministro de finanzas era el único judío de Europa que no sabía nada del dinero».

La pequeña tormenta que estalla en 2007 por un supuesto texto no publicado de Churchill (1937) -en realidad escrito por su ghost-writer– donde se acusa a judíos de ser «parcialmente responsables por sus persecuciones» (Ynetnews, 15/3/07), resulta ilustrativa para la controversia «lo que dijo o no dijo sobre judíos».

Sus devotos con un apócrifo en la mano tratan de descartar en bloc todos los dichos antisemitas y alejar definitivamente cualquier acusación.

Aunque hay una buena «fórmula absolutoria», rehúsan usarla; la fórmula reza: «Churchill no era un antisemita (puro y duro), solo era un racista (común)».

Abrazarla lo pone en una mala luz (recuerda sus teorías de «razas inferiores» o las «racialmente inducidas» hambrunas en India en los 40), lo acerca a Hitler (que admira su «orgullo supremacista», asegura que «el este europeo es para alemanes lo que la India para británicos» y acaba inscribiendo el Holocausto en una larga tradición de masacres coloniales), pero a la vez permite clarificar su posición (si bien con los nazis lo une la narrativa de «judeo-bolchevismo» su enfoque no es biológico sino político).

De hecho es una extraña mezcla de «anti» y «filo-semitismo» reflejada en el texto de 1920 donde contrasta los «judíos malos» (cosmopolitas-comunistas) con los «buenos» («nacionales» y sionistas-nacionalistas).

La creación del Estado judío en Palestina es para él un modo de «salvar a los judíos de las ideas revoltosas» (¡sic!) y «debilitar al comunismo internacional» ya que «el sionismo ésta en un violento contraste con él».

Aquí entra el clásico argumento -sostenido entre otros por Martin Gilbert su «biógrafo oficial», también historiador de Israel (no se sabe si «oficial»…) que tiene un libro aparte sobre el tema («Churchill and the jews: a lifelong friendship«, 2008)- que va así: «Churchill no era un antisemita porque era un gran amigo del sionismo».

Pasemos de la obviedad que su «amistad» no era ideológica (sionista tal cual), sino instrumental (acorde a los intereses imperiales británicos); el problema está en aparentar que uno excluye al otro: a menudo las dos cosas van juntas.

El mismo Theodor Herzl (1860-1904), el «padre» del sionismo, es consciente de esto: promocionando su proyecto sabe que los mejores amigos del sionismo pueden ser los… antisemitas (o sea casi todo establishment europeo de la época que podría ver en él una «solución a la cuestión judía»); en su gira por los salones europeos del poder enfatiza un punto político: si lo apoyan, él les quita de encima también a los «judíos revolucionarios» (tal cual el análisis de Churchill).

La misma «amistad» es expresada hoy por la ultraderecha europea antisemita que fustiga a los «judíos malos» (izquierdistas y/o los que se quedaron), pero ama a Israel y sus «judíos buenos» que además «les dan duro a los musulmanes» (la «principal amenaza a la civilización»).

Hoy ya no es el antisemitismo, sino la islamofobia que forma parte integral de la ideología dominante; de igual manera que ayer era «completamente normal» denigrar a los judíos hoy lo es denigrar a los musulmanes.

Casualidad o no, los mismos políticos que sin vergüenza explotan el nuevo y nefasto cliché «musulmanes+bomba» a menudo alaban a Churchill y repiten hasta el hastío sus dichos.

Desde luego solo aquellos «inolvidables».

Maciek Wisniewski, Periodista polaco.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2015/08/14/opinion/021a2pol/