Recomiendo:
0

Daltónicos. ¿Brótes verdes o brotes rojos?

Fuentes: Rebelión

  «Lo que Obama y los banqueros, y los generales y el FMI y la CIA y la CNN temen es que la gente corriente se una y actúe junta. Es un temor tan viejo como la democracia:el temor de que, de pronto,la gente convierta su enfado en acción y sean guiados por la verdad.» […]


  «Lo que Obama y los banqueros, y los generales y el FMI y la CIA y la CNN temen es que la gente corriente se una y actúe junta. Es un temor tan viejo como la democracia:el temor de que, de pronto,la gente convierta su enfado en acción y sean guiados por la verdad.»

John Pilger: «Poder, ilusión y el último tabú de EEUU»

Amnesia y daltonismo-

 Se ha dicho sabiamente que quienes olvidan la Historia están condenados a repetirla. Decididamente los apóstoles del neoliberalismo globalizado que hemos padecido en las últimas décadas habían olvidado la Historia. Celebraban el desmantelamiento de las conquistas históricas de la clase trabajadora y el debilitamiento de los sindicatos («romperles la espina dorsal» fue la consigna de Margaret Tatcher). En una primera etapa todo ello les había proporcionado- unido a la mayor productividad propiciada por la revolución informático-robótica- un suculento aumento de la plusvalía («¿Cuando habías ganado tú tanto dinero como ahora?» increpaba un euforico Jordi Pujol, presidente entonces de la Generalitat, a un empresario quejumbroso). Olvidaron que aquellas conquistas se consiguieron con sangre, tras una rebelión contra condiciones de explotación inhumanas. Olvidaron asimismo que el paro y los salarios de miseria globalizados deprimen el consumo y hacen caer, a la larga, la tasa de ganancia. Al tratar de mantenerla refugiándose en la especulación financiera olvidaron también que el «dinero no pare dinero» («la magia del interés compuesto» ironiza M. Hudson ) sino a través de la producción, y crearon burbujas que, al estallar, nos sumieron en la crisis actual.

A esta amnesia y miopía pasadas se suma ahora la ilusión de que se puede salir de la crisis reflotando el modelo que la produjo, cuando lo único que se conseguiría es prolongarla y agravarla hasta límites insoportables. La codicia, y unas estadísticas trucadas, les ciega y les hace ver- como si fuesen daltónicos- unos ilusorios «brotes verdes», mientras los primeros «brotes rojos» les pasan desapercibidos. Como si una economía basada en el consumo de masas se pudiera recuperar con unas masas paradas o endeudadas. Como si el tejido empresarial, desgarrado por falta de crédito, se pudiera recomponer de la noche a la mañana y sin crédito asequible (los banqueros no solo no lo han restablecido, sino que han empleado una buena parte de las ayudas en subirse los bonus o crear nuevas burbujas). Como si unas arcas públicas exhaustas por el salvataje bancario y una deuda pública récord no pasaran, más temprano que tarde, una gravosa factura en forma de recortes sociales, subidas de impuestos y de tipos de interés. El analista estadounidense Mike Whitney dice en su artículo «Bienvenidos a la economía de EEUU, ese muerto viviente» («Rebelión», 12 de Octubre): «El gobierno no puede endeudarse indefinidamente. En algún momento el PIB tendrá que volver a depender del crecimiento salarial y del crédito. Dado el sesgo político e institucional en contra del trabajo (y la oposición a que los salarios crezcan con la productividad), la única forma de impulsar la economía es a través de la expansión del crédito. Y ahí está el problema. Los hogares han perdido cerca de 14 billones de dólares de riqueza desde que empezó la crisis, y no están en condiciones de retomar el endeudamiento a los niveles anteriores». Está claro que ese «muerto viviente», centro del capitalismo mundial, no resucitará, como Lázaro, por ningún milagro.

Rebelión y descomposición social.-

Confiados en la «derrota de la izquierda», las élites neoliberales siguen viendo al grueso de la sociedad como un mar en calma, sin apenas olas que lo perturben, y planifican, como salida a la crisis, otra vuelta de tuerca que la oprima más aún. Cómo si para las masas oprimidas no existiesen límites en la capacidad de sufrimiento y de silencio. Pero esos límites han sido ya sobrepasados y empiezan a aparecer, repetimos, los primeros «brotes rojos». Son incapaces de oir el rumor de fondo del tsunami social que se está gestando y cuyos síntomas ya se manifiestan: protestas frente a reuniones de banqueros y ejecutivos de aseguradoras («Wall Street es el responsable» rezan pancartas en Chicago; «han convertido la economía estadounidense en su casino privado» denuncian los sindicatos), ocupaciones de empresas, secuestros de patrones, y hasta suicidios por desesperación (¿no son acaso los desgraciados trabajadores de France Telecom los nuevos mártires de una recurrente historia de resistencia a la esclavitud?). Este capitalismo salvaje, como el decimonónico, está inflando sin darse cuenta otra «burbuja», la de la ira popular; cuando reviente puede llevárselo por delante. Z. Brzezinski, nada sospechoso de izquierdismo o ingenuidad, expresaba hace meses sus temores acerca de una explosión social en EEUU, y alertaba sobre la posibilidad de una generalización de disturbios violentos que desembocasen en una guerra civil.

Por otra parte, la victoria cultural del sistema -inculcar la alienación consumista y destruir los valores colectivos- se está tornando en una amenaza para su subsistencia. Pandas de jóvenes cohesionados por su adicción a la violencia e impulsados por la desesperación que les produce la falta de horizontes, manifiestan, cada vez con más frecuencia, una agresividad que no respeta nada: ni a las «fuerzas de seguridad», ni a sus profesores, ni a los «bienes públicos» que sirven de fachada a esta sociedad profundamente injusta (a este paso, las peligrosas «maras» pueden dejar de ser un fenómeno exclusivamente latinoamericano). El fracaso abarca a todos los estratos sociales, y puede evolucionar hacia una sociedad cada vez más ingobernable, con un aumento exponencial de la delincuencia o insurrecciones tipo «caracazo»; pero también con una proliferación de manifestaciones cada vez mas politizadas (la desideologización promocionada desde el poder, puede dar un salto cualitativo y transformarse en su contraria). En cualquier caso, y parodiando aquella serie titulada «Misión imposible» -en la que se ensalzaba la eficacia criminal de la CIA- podemos predecir que, por este camino, nuestra civilización occidental -ya seriamente amenazada por otras crisis- «se autodestruirá en diez segundos» (o sea, unas pocas décadas en términos históricos) .

Un escenario complejo.-

Sin embargo, a la hora de predecir el futuro próximo, hay que tener en cuenta la influencia de otros factores externos a la crisis económico-social. Ya hemos hablado de las otras crisis (energética y ecológica especialmente) que pueden incidir sobre ella agravándola. Pero tampoco hay que olvidar la evolución de los escenarios de guerra en los que El Imperio está implicado: una derrota en Afganistán, por ejemplo, produciría un «efecto dominó» que empezaría con la desintegración de la OTAN y acabaría afectando gravemente al propio complejo industrial-militar usamericano. A su vez, en el actual contexto recesivo, el coste astronómico de los frentes de guerra abiertos puede hacerlos insostenibles, como ya ha advertido J. Stiglitz. El prestigioso analista argentino Jorge Beinstein avisa (v.»Señales de implosión»; Rebelión 03-03-2.009) de la posibilidad de una implosión del sistema similar -ironías de la Historia- a la que se llevó a la URSS por delante. (Asistiríamos entonces a la paradoja de que los «terroristas» talibanes e iraquíes habrían prestado una ayuda decisiva a la salvación del género humano).

Los que militamos en el altermundismo nos encontramos, pues, en un escenario extremadamente complejo, del que es muy dificil prever su evolución en un futuro próximo, pues son muchos los factores -varios de ellos sin precedentes en la historia humana – que actúan e interactúan en él. Tampoco disponemos de las fuerzas sociales ni del tiempo necesario para evitar una salida catastrófica si nos proponemos controlarlos todos. Marx, que no conoció la crisis climática ni energética, no descartaba sin embargo una «putrefacción de la Historia», vía lumpenización social.

Seleccionar prioridades.-

  Tenemos, pues, que seleccionar aquellos factores que consiredemos prioritarios, que sólo pueden ser los que, por su peligrosidad a corto plazo, pueden crear una situación irreversible; es decir, una sociedad mundial ingobernable o un planeta inhabitable. En el año 2006 -antes de que se manifestase la actual crisis económica – señalábamos desde ATTAC-Canarias que esas prioridades -a afrontar en el plazo máximo de una década- eran tres: frenar el cambio climático; frenar la escalada bélica hacia una tercera guerra mundial, y frenar una inminente catástrofe humanitaria en los países subdesarrollados. Para ello proponíamos al movimiento altermundista- la parte más consciente, aunque minoritaria aún, de la sociedad civil mundial- que hiciese suyas estas prioridades e impulsase un movimiento global que, resumiéndo, denominábamos «ecopacifismo solidario». Tres años después, la concienciación mundial sobre esas tres amenazas ha crecido considerablemente y ya empiezan a surgir movimientos «por el clima», a manifestarse en los países del «primer mundo» -especialmente en los europeos- una fuerte oposición a la guerra de Afganistan-Paquistán (la más peligrosa de todas), y a proliferar iniciativas para frenar hambrunas y migraciones masivas del «tercer mundo». Pero es obvio que no tienen aún la dimensión necesaria para frenar aquel deterioro al que aludíamos. Ello es debido, en buena medida, a que muchos colectivos sociales -acuciados por la proliferación de focos de crisis- dispersan sus fuerzas en multitud de frentes, en lugar de unirse bajo la bandera de unas prioridades previamente consensuadas.

En España.-

Aunque su evolución previsible se puede extrapolar a algunos de los países que forman el núcleo de la globalización neoliberal, en España la crisis presenta un panorama particularmente desolador. En nuestro país -el de mayor desigualdad social de Europa- una socialdemocracia acobardada se dispone a taponar el «agujero» de las cuentas públicas del Estado con subidas de impuestos indirectos, recortes de servicios sociales y, probablemente, reformas laborales regresivas («¡moderación salarial y abaratamiemto del despido ya!» grita insistentemente «Mafo», a coro con la gran patronal). Por otra parte, la mayoría de los ayuntamientos, endeudados hasta las cejas, suben salvajemente sus tasas e impuestos -o se inventan otros nuevos- ahogando al ciudadano con una opresiva tenaza impositiva estatal-municipal. Todo ello incidirá negativamente en la renta disponible de las familias de clase media y baja, lo que deprimirá más aún el consumo, realimentando la espiral recesiva y el malestar ciudadano. (Habría que hablar también de los propietarios de locales comerciales, la mayoría de clases medias, que ven caer tambien sus ingresos al no poder sus arrendatarios seguir pagando los alquileres. Las plantas bajas de la mayoría de los edificios están plagadas de carteles que rezan «se alquila» o «se vende»). Pero también ha caído -y tardará en restablecerse- la tan cacareada «confianza del consumidor», escaldado por un endeudamiento que le ha cogido por sorpresa. Para completar este negro panorama, un informe de la agencia calificadora Moody,s advierte de que la banca española está mucho más endeudada de lo que aparenta, a causa de la morosidad acumulada en los créditos a las grandes constructoras (¿echará mano de nuevo ZP de los exhaustos fondos públicos para ayudarla?). Está claro que la errática política económica de este vacilante gobierno de centro-izquierda no nos sacará de la crisis. Por el contrario, dará paso a una derecha pura y dura que la agravará con nuevas privatizaciones y recortes sociales; es decir, acabando con lo poco que queda de nuestro raquítico «Estado social». Ante la ausencia de referentes políticos que puedan evitarlo, sólo nos queda, pues, una organización en red de los colectivos sociales que sean capaces de agrupar al resto de la sociedad civil en torno a un «programa mínimo» de reivindicaciones- ya esbozado en los Foros Sociales- que configuraría las bases de «otro mundo posible»; es decir, de una alternativa creíble a este sistema agotado y suicida.

En Canarias.-

 En Canarias los colectivos sociales hemos hecho ese esfuerzo de unidad y selección , con un llamamiento al resto de la sociedad civil titulado » Carta Abierta por otra Canarias posible». Con una respuesta social esperanzadora, y tras una selección de las que consideramos prioridades locales (algunas de las cuales son, a la vez, globales; como la soberanía alimentaria y el desarrollo de energías alternativas), hemos empezados a organizarnos en áreas de trabajo: de estudio, de formación-información y de movilización. Con ello pretendemos configurar un contrapoder social con capacidad de presionar al poder institucional, para que, en lugar de dedicarse a reflotar el viejo modelo que nos ha llevado a la crisis- gravísima, por otra parte, en Canarias- dé un giro de 180 grados hacia un modelo sostenible. Aunque el impacto del deterioro social y ecológico que asola a nuestra comunidad debería jugar como un poderoso factor de concienciación, no tenemos ninguna póliza de seguros para el éxito (aunque sí hay un seguro para el fracaso: quedarnos con los brazos cruzados).

Conclusión.-

El otorgamiento del premio Nobel de la Paz al presidente Obama, rehén del Pentágono, que en menos de un año ha acelerado la deriva hacia la «guerra global permanente», ha batido todos los records de hipocresía (aunque anteriores laureados como Kissinger y Kofi Anan le siguen a corta distancia). Algunos esperan que le anime a dar marcha atrás en la aventura imperial; pero, como predice Gore Vidal, le asesinarían e implantarían una dictadura si se sale del guión impuesto por sus «padrinos». Lo cierto es que «Occidente» está gobernado por una parasitaria élite financiero-militar, cada vez más corrupta y cínica, que no tiene otro programa para salir de la crisis que ahondar en la explotación de las masas y la expoliación de los pueblos, así como en el recorte de su tan cacareada democracia hasta convertirla en una caricatura. La provocadora ostentación y la insensibilidad criminal de que hacen gala azuzan la rabia y la desesperación de la gente, que no ve por ningun lado -salvo en una prensa mendaz y servil- «brotes verdes» que le devuelvan la esperanza. El futuro previsible es, por el contrario, un rápido deslizamientro hacia la miseria y la esclavitud generalizadas.

Vivimos unos tiempos objetivamente prerrevolucionarios, sin precedentes por su dimensión medioambiental. Las sociedades occidentales, atrapadas por el «pensamiento único» y dopadas por el consumismo, tardan en reaccionar y convertir lo objetivo en subjetivo. Nos hallamos, pues, en una dramática encrucijada entre otro mundo posible y un mundo ya imposible. Pero si, estimulados por los «brotes rojos», conseguimos la unidad de pensamiento y acción de la que nos habla John Pilger, podemos vencer la inercia autodestructiva y alumbrar un mundo nuevo. No será el paraíso, pero si una Tierra en la que será posible para todos una vida gratificante sin sentirnos una especie amenazada.

Rebelión ha publicado este artículo a petición expresa del autor, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.