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Breve historia del internacionalismo (IV de X)

De 1914 a 1951 y al presente: la II Internacional

Fuentes: Rebelión

Si se repasa el orden de aparición de las diez entregas, se verá que la II Internacional ocupa dos de ellas, la III y la IV, porque su historia concentra las complejas condiciones en las que se desarrolla la lucha de clases mundial: la II Internacional sigue actuando como la principal careta «progresista» del imperialismo. […]

Si se repasa el orden de aparición de las diez entregas, se verá que la II Internacional ocupa dos de ellas, la III y la IV, porque su historia concentra las complejas condiciones en las que se desarrolla la lucha de clases mundial: la II Internacional sigue actuando como la principal careta «progresista» del imperialismo. No fue así en su origen, como vimos anteriormente, porque a pesar de las corrientes reformistas que ya existían desde el inicio, también había corrientes revolucionarias que se mantuvieron en la II Internacional hasta la creación de la III Internacional, también llamada Internacional Comunista. Pero la deriva reformista se intensificó con la revolución de 1905, tomando fuerza en 1910 y siendo irreversible desde 1914-18.

A partir de aquí se impondrán al menos tres constantes que definen a la II Internacional como uno de los mejores salvavidas del capitalismo: Una, su rechazo a la revolución. Dos, su política socioeconómica, laboral y cultural de integración de la clase obrera en el orden del capital. Y tres, su defensa del eurocentrismo. Carecemos de espacio para analizar cada una de las constantes en extenso: por ejemplo, el eurocentrismo ha ayudado y ayuda mucho a la pasividad y a la derrota de las clases y naciones explotadas en el mal llamado “tercer mundo” y, sobre todo, a imponer dictaduras militares y fascistas amparadas en versiones del eurocentrismo. En realidad, tanto la política de integración como el eurocentrismo son parte de la estrategia contrarrevolucionaria de la II Internacional, es decir, en la estrategia orientada a impedir el avance revolucionario incluso antes de que surja, y a facilitar su derrota cuando ya es fuerte. Dicha estrategia no era deliberada ni consciente en la mayoría de las bases militantes de la II Internacional, pero era imparable porque hundía sus raíces en ideologías reformistas y utopistas desde, al menos, la década de 1830, y en muchas formas de rechazo creciente del marxismo desde 1860 y total desde finales de 1890.

El estudio de la II Internacional debe basarse en los momentos decisivos de victoria o derrota de los procesos revolucionarios en los que se ha visto envuelta, casi siempre en contra de su voluntad, muy especialmente en los que esa derrota abrió largos y sangrientos períodos de terror fascista y luego de estabilidad burguesa en la gran mayoría de los casos. Vamos a resumir algunos de ellos: Finlandia, España, Austria, Hungría, Alemania, Italia y Chile. Preguntémonos ¿Cómo hubiera sido la historia posterior no sólo de esos Estados sino del mundo, dada su importancia? Por último, tengamos en cuenta otros procesos en los que el capital no tuvo ni tiene por ahora necesidad de imponer dictaduras porque la II Internacional mantiene el orden de explotación e integración.

Mientras la II Internacional seguía apoyando la guerra de 1914-18, y en Rusia los mencheviques intentaban contener el avance obrero, en el Estado español la situación crítica estalló en la Huelga General de agosto de 1917 pese a que el PSOE y el sindicato UGT, fuerzas mayoritarias, intentaron evitarla, pero las masas les desbordaron. En este momento se repitió un error sobre el que ya habían advertido los bolcheviques, y también Marx y Engels: las organizaciones no están preparadas en absoluto, no están a la altura de las necesidades y menos aún para prevenirlas, adelantarse a ellas e impulsarlas. Tal impotencia organizativa ayudó a que las poderosas resistencias sociales no pudieran impedir el golpe militar de 1923.

Lo mismo sucederá en noviembre de 1917 en Finlandia, donde los socialistas paralizaron la victoriosa ola huelguista, lo que permitió a la burguesía preparar su contrarrevolución. En Austria, en noviembre de 1918 se proclamó la República Democrática, la socialdemocracia obtuvo mayoría relativa en las elecciones de febrero de 1919. Desde el inicio se esforzó en arrinconar al bloque de izquierdas que existía dentro del partido y fuera de él. Se constituyó un gobierno de centro-reformista que no tomó ninguna medida radical contra la burguesía. Víctor Adler justificó en su libro Democracia o sistema de los consejos la supremacía de la democracia burguesa sobre la democracia consejista. Las mejoras sociales en Viena la Roja fueron espectaculares, pero desde 1923 el llamado «austro-fascismo» pasó al ataque ante la pasividad de la socialdemocracia. El movimiento obrero se fue integrado en el orden «democrático» del capital minusvalorando el peligro creciente del fascismo. La crisis de 1929 destrozó las ilusiones reformistas. La socialdemocracia estaba desbordada ante la crisis y ante el ascenso de la radicalidad obrera pero también de la contrarrevolución que, en 1934, aplastó la heroica pero inexperta sublevación roja: el nazi fascismo también triunfó en Austria.

Las especiales condiciones históricas de Hungría impusieron diferencias particulares en la revolución de los consejos: la extrema importancia de los sentimientos y opresiones nacionales, el peso social de un campesinado no tan radicalizado como el ruso, las limitaciones políticas y teóricas de la facción comunista dirigida por Bela Kun, y sobre todo la división, desbordamiento y obstruccionismo de la socialdemocracia, cuya facción dominante apoyó al capital: la invasión imperialista apoyada desde dentro estableció al dictador Horthy en marzo de 1920, que prestó un enorme apoyo al nazismo.

En Alemania se desarrollaba desde otoño de 1918 una crisis idéntica en la que la izquierda de la II Internacional, apenas preparada, fue exterminada casi hasta sus raíces como hemos visto en la entrega anterior. La necesidad de la formación marxista se hacía más imperiosa en la medida en la que la burguesía ampliaba sus tácticas para integrar al proletariado: en 1919 uno de los amos de Alemania, Walter Rathenau, publicó La nueva sociedad, en el que tendía la mano a la II Internacional para crear algunas de las características de lo que sería el llamado «Estado del bienestar» Proponía un «socialismo a la alemana». No era el único, la corriente del «socialismo de cátedra» planteaba algo parecido desde antes de la guerra, y E. Weber proponía algo similar al Alto Mando y al gran capital alemán en 1918. La socialdemocracia respondió no combatiendo radicalmente el recorte de los derechos de los consejos obreros impuesto en febrero de 1920 así como la dura represión de las protestas obreras. Tampoco aprovechó la enorme Huelga General que hizo fracasar el intento de golpe militar de marzo de ese año. Tantas cesiones y tanta pasividad en momentos críticos fueron la causa de su desastroso retroceso en las elecciones de junio de 1920, en beneficio del centro-izquierda.

Aun así, se intensificó su reformismo y en 1921 el programa de Görlitz rechazó lo básico del marxismo, la lucha de clases, al declararse «partido de todo el pueblo», dinámica que se reforzó poco después con textos como el de F. Naphtalí sobre La democracia económica que auguraba que los grandes monopolios capitalistas eran el inicio pacífico del socialismo. Como en Austria y en otros países, semejante nulidad teórica y política también le impidió comprender por qué estalló la crisis de 1929, qué efectos tenía y cómo había que combatirla, facilitando así la victoria del nazismo en 1933 que también se aprovechó de los errores de la III Internacional, como veremos.

En Italia la impotencia burguesa fortaleció al socialismo en 1919, cuya dirección decidió entrar en la III Internacional por 10 votos contra 3 en marzo de ese año. Pero una de las debilidades del partido era que, como el resto de la II Internacional, tampoco conocía bien la crítica marxista del capital lo que le incapacitaba para entender la crisis económica endurecida desde mediados de ese año con alta inflación y subida de precios, impotencia que la extrema derecha aprovecharía con exigencias que impulsarían al poco tiempo al fascismo. Para verano de 1920 la crisis se agravaba, se extendían las huelgas obreras y luchas campesinas, ocupaciones de fábricas, creación de consejos obreros y su autoorganización, etc. El socialismo se dividió en varias tendencias: la más fuerte proponía una negociación con la patronal mientras apenas organizaba la lucha contra el avance fascista.

La burguesía no desaprovechó la oportunidad. Concedió algunas reformas que aparentaban ser una gran victoria cuando era sólo una tregua para que el capital se reorganizase. Para finales de 1920 la combatividad obrera y popular cayó mucho entre otras cosas por la propaganda sobre la efectividad del consenso y normalidad parlamentaria. El PCI, fundado en enero de 1921, no tenía aún ni fuerza ni experiencia para revertir el retroceso bajo la ferocidad fascista contra la izquierda en las elecciones de mayo de 1921. A finales de ese año, el fascismo tenía ya 250.000 militantes fanáticos, con muchos excombatientes envalentonados por la pasividad socialista y los grandes apoyos de la burguesía y su ejército, y de la Iglesia en voz baja: su impunidad les permitió disolver a golpes la Huelga General de julio de 1922. Eufórico, Mussolini organizó la «Marcha sobre Roma» el 25 de octubre de 1922, sabiendo que el ejército no se opondría y apoyaría al rey para que le encargase un nuevo gobierno.

Durante 1923 la represión debilitó a los comunistas, dividió más a los socialistas, atemorizó a franjas obreras y campesinas, y la propaganda fascista y aquiescencia católica, hizo el resto: las elecciones de abril de 1924 debilitaron más a las izquierdas incapaces de organizar y dirigir la súbita reacción popular frente a la extrema dureza fascista, cuya chispa fue el asesinato del histórico y respetado socialista Matteotti en junio de ese año. Pese a que los comunistas aumentaron su militancia gracias al malestar popular, no lograban movilizar a las fuerzas socialistas y democrático-radicales para echar al fascismo. El III Congreso del PCI tuvo que hacerse en Lyon en enero de 1926 por el exilio de muchos dirigentes y en noviembre de ese año fue detenido Gramsci.

Llegados a este momento, tenemos que volver a donde nos habíamos quedado antes, en el socialismo español de 1923 año la dictadura militar. Los militares y el rey español fueron astutos y ofrecieron un pacto al PSOE-UGT que se convirtió en un alcahuete para no ser perseguido como lo fueron los anarquistas, comunistas, nacionalistas no españoles, demócratas-radicales, etc. Pero el alcahuete se dio cuenta ya en 1928 que se estaba desgastando mucho por su traición a la clase obrera, y aun así siguió fiel al capital hasta verano de 1929: ocurría que la dictadura se estaba descomponiendo y que su intento de imponer una especie de constitución autoritaria hundiría al PSOE-UGT si seguía de mamporrero. En 1930 la crisis empezó a ser devastadora al fusionarse la hecatombe mundial de 1929 con la corrupción de la monarquía. Sólo la nobleza, grandes empresarios y terratenientes, altos militares, Iglesia… defendían al rey; un amplio sector burgués, sobre todo los nacionalistas no españoles, las clases y naciones explotadas, y las izquierdas se enfrentaron al intento de prolongar la dictadura en forma de dictablanda del general Berenguer.

El Pacto de San Sebastián de agosto de 1930 definió los objetivos elementales del republicanismo, pero hasta entonces el PSOE permaneció pasivo, activándose a favor de la II República en ese otoño. Sin embargo, sí se convirtió en un puntal del primer gobierno republicano de 1931 que modernizó áreas importantes de la sociedad, retrasó sistemáticamente los derechos de las naciones oprimidas, reprimió las luchas sociales radicales y no depuró las fuerzas contrarrevolucionarias que intentaron golpes militares casi desde el mismo inicio republicano. La derecha se reorganizó gracias a esta permisividad gubernativa ganando las elecciones de finales de 1933. De nuevo en el gobierno, la derecha fue tan dura que el sector más reformista del PSOE tuvo que ceder a la presión de las masas y lanzarse al intento revolucionario de octubre de 1934, machacado por el ejército que ya se preparaba para un futuro golpe de Estado definitivo.

La dictadura nazi desde 1933 y el fascismo italiano empezaron a ayudar a la contrarrevolución, lo que unido al empeoramiento de la crisis socioeconómica reactivó a la izquierda republicana que ganó las elecciones de febrero de 1936. Los servicios de inteligencia avisaron de la avanzada preparación de otro golpe militar, pero el nuevo gobierno no tomó medidas definitivas para abortarlo, ni organizó un plan de movilización popular masiva. La lenta reacción del gobierno y su negativa de armar al pueblo, fue compensada con la radical iniciativa de las clases y naciones explotadas, pero se echó en falta la poca preparación militar anterior de las izquierdas revolucionarias aun cuando era vox populi que el golpe sería ese verano: fue en julio. La II Internacional rechazaba y rechaza esta imprescindible preparación, los comunistas se estaban adaptando a las nuevas directrices del VII Congreso de la III Internacional de verano de 1935 sobre el Frente Popular y la alianza con la «burguesía democrática» y el anarquismo confirmó su debilidad teórica y político-organizativa congénita.

La respuesta del PSOE fue más lenta que la comunista y anarquista, pero más rápida que la mediana burguesía vasca y catalana que dudó y se rompió entre pro-republicanos y pro-militares. Así, el golpe dispuso de un tiempo vital para afianzarse. Una de las puntillas que remató a la República fue abortar la revolución para salvar la alianza con la «burguesía democrática», esencialmente reaccionaria. Excepto la URSS y el internacionalismo proletario, la II Internacional y la «democracia occidental» boicotearon a la República: desde 1975-78 son pilares de la monarquía reinstaurada por Franco.

Chile confirma la supeditación de la II Internacional a los EEUU. La burguesía chilena contaba con el explícito apoyo del presidente Kennedy (1960-63) para aplastar cualquier gobierno de izquierda. Nixon ordenó preparar un golpe militar en 1969, un año antes de la presidencia de Allende a finales de 1970, con la ayuda de las grandes empresas yanquis, además del ejército, la burguesía y la Iglesia de Chile. El reformismo había creado el mito de la «tradición democrática» chilena, de su ejército y de su derecha y la «vía pacífica» se amparaba en ese mito. La victoria popular sorprendió a la derecha, pero como los EEUU ya habían ideado un plan de terror, la «tradición democrática» duro el primer año de gobierno, durante el que se conquistaron importantes derechos sociales, recuperaciones de fábricas y tierra, estatalizaciones, comités obreros y vecinales, etc.

Sobre esta ola, la Unidad Popular ganó las elecciones municipales de abril de 1971 creyendo que esa victoria demostraba la corrección de su estrategia. Pero la derecha sí aprende de su derrota, agrupa sus filas, prepara a su ejército, refuerza sus lazos con la CIA… y pasa al ataque: prensa y educación, desabastecimiento de productos elementales en todos los sentidos, cortes del transporte, movilización de mujeres reaccionarias y de grupos de «derechos humanos», impunidad creciente del fascismo, cierre empresarial, fuga de capitales, desinversión y el boicot internacional, inflación, etc. Toda la vida social es objeto de ataque. En octubre de 1972, la burguesía lanza su primer intento de ahogo generalizado del país. Sin embargo, el movimiento obrero no se amilana y mantiene la ofensiva, pero el reformismo, la dirección de la Unidad Popular y el gobierno de Allende duda, da marcha atrás devolviendo empresas al capital y comienza a requisar armas a los comités obreros y populares.

Pese a esto, vuelve a ganar las elecciones de marzo de 1973 gracias a la conciencia obrera, y el gobierno vuelve a equivocarse creyendo que ha ganado porque ha frenado su ímpetu reformador. La burguesía ataca por la creciente brecha que se abre entre el pueblo obrero y el reformismo. El gobierno no reprime al fascismo, pero aumenta el desarme del proletariado Para julio de ese año, el ejército entra ya con alguna facilidad en los barrios obreros y en las empresas recuperadas. Todo indica que se aproxima el golpe, pero la fe ciega en el parlamentarismo y la credulidad ingenua en las mentiras burguesas abren la puerta al definitivo golpe del 11 de septiembre de 1973.

¿Cómo hubiera sido la historia si la II Internacional no hubiese ayudado a la victoria del fascismo y del militarismo en estos y otros países? ¿O si no hubiese ayudado decisivamente a integrar al proletariado en el capital con su idolatría fetichista del parlamentarismo? ¿O si no hubiera propagado el eurocentrismo facilitando así la explotación imperialista? Estas preguntas no pueden tener respuestas exactas, pero sí actualizan críticas que se hicieron en su momento y que la III Internacional resolvió positivamente en parte. En la tercera entrega expusimos los puntos centrales de la “teoría” de la II Internacional; en esta hemos visto los catastróficos efectos que nacen de la indiferencia de la izquierda al no criticar a la II Internacional en la práctica diaria. La III Internacional demostró que el marxismo es una praxis contra la ley del valor sustentada en una estrategia político-militar y en una ética y una cultura basadas en el valor de uso. Justo lo antagónico de la “teoría” de la II Internacional.

EUSKAL HERRIA, 16 de abril de 2021

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