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De academias, pequeños poderes y colonización

Fuentes: Rebelión

Traducido por Carmen García Flores

De todas cuantas cuestiones lingüísticas podemos pensar, la más frecuente en los periódicos, por lo menos en los países con lenguas normalizadas, es la diatriba contra el sexismo lingüístico. Eminentes escritores, filólogos o académicos, insisten en repetirnos que la discriminación de las mujeres es un hecho evidente en las sociedades pero que eso no tiene nada que ver con la lengua. Las lenguas, insisten sus defensores, son inocentes. En esta línea el pasado domingo Ignacio Bosque, acedémico de la RAE y docente universitario, publicaba un artículo muy beligerante contra una serie de materiales didácticos que proponen nuevas prácticas de género en la lengua española, Su crítica no tiene desperdicio.

En primer lugar, Bosque lamenta la falta de lingüistas entre las personas responsables de tales iniciativas y especula con cual sería la reacción de las sociedades si alguna institución se ocupase de competencias cuyas opiniones estuviesen en contra de las de los especialistas. Se puede comprender esa reacción corporativa pero, en honor a la verdad, convendría indicar también que la lingüística profesional ha tendido siempre a desentenderse de cuestiones tan espinosas como estas. La mayoría de los manuales de sociolingüística vigentes no incluyen temas con una perspectiva de género y los estudiantes de filología consiguen titularse sin haber tratado esta cuestión en los programas académicos; difícilmente podrán después manejar criterios acordes con la efervescencia de la sociedad en que viven.

Asegura Ignacio Bosque que las guías extraen una conclusión incorrecta a partir de varias premisas verdaderas y que dan a entender que quien niega la conclusión, niega las premisas. En su opinión son premisas verdaderas: a) que existe discriminación cara a las mujeres en la sociedad; b) que existen comportamientos verbales sexistas; c) que muchas instituciones abogan por un uso no discriminatorio y d) hay que respaldar la igualdad entre géneros y visibilizar a las mujeres. Con esta exposición el académico pretende mostrarse como un ciudadano consciente y responsable de los graves daños reales que la desigualdad produce en el mundo. Pero de todo esto se extrae, según Bosque, la consecuencia errónea de que en la lengua española (tema que honestamente creo que su argumentación puede valer para cualquier lengua románica), la morfología debe hacer explícita la relación entre género y sexo para garantizar la visibilidad de las mujeres, incluyendo los femeninos correspondientes.

No pretendo analizar el trabajo de Bosque, tarea que exige más espacio de lo que dispongo y un tipo de argumentación más especializada que la que voy a utilizar. Simplemente quiero negar la mayor. Un gramático tan lúcido como Bosque, capaz de destilar refinados análisis de su lengua, va a tratar muchos casos complicados como Xoán y Ana viven juntos que ofrecen dificultades para ser sustituidos por otros. Además las guías de estilo sólo pueden por su propia naturaleza, actuar como enmiendas, ofrecer alternativas pero no son un fin en sí mismas. Son apenas una muestra de nuestra insatisfacción con las lenguas una serie de indicaciones que no pueden suplir el necesario esfuerzo individual a la hora de explicar lo que queremos decir. No soy una adicta a las guías ni una asidua de las prácticas de depuración que no sean transformadoras: sustituir «negro» por «persona de color» no garantiza que evitemos el racismo. Soy una persona consciente de que el lenguaje puede ser una buena arma para cambiarnos el mundo a mejor y, en ese sentido, defiendo que las depuraciones de la lengua sirven, como poco, para indagar en nuestros propios prejuicios.

Cuando me indigno al leer a Bosque no es porque las guías me parezcan la única vía ni la mejor, es porque la Academia siga sosteniendo que las lenguas son asépticas, puras. En el ejemplo de Bosque sería sexista Los directivos acudirán a la cena con sus mujeres, pero no lo sería los trabajadores de empresa. Obviamente es sexista identificar unos sujetos por su profesión por su profesión (los directivos) y otra por las relaciones que mantienen (sus mujeres), pero no lo es menos el masculino genérico. E importa marcarlo para desenmascarar ciertos dispositivos que conducen a nuestra mente a perpetuar prejuicios; por ejemplo que la palabra trabajadores incluye también las trabajadoras. En gramática se suele acudir al concepto de término no marcado para aludir a algunos términos que supuestamente son más neutros que otros y pueden, en ocasiones, representarlos. Como ejemplo de este curioso proceder, trabajador es más genérico que trabajadora y puede usarse cuando no interese específicamente aludir al sexo del individuo que trabaja. Desde mi punto de vista, en un caso como este, el carácter genérico procede en un argumento perfectamente circular, donde trabajador es el único término que aparece en los diccionarios; algo que no sucede por casualidad, ya que fueron los gramáticos, del mismo género y sexo que Bosque los que así lo decidieron. Por todo ello, una cuestión fundamental me inquieta como docente: la voy a llamar la hipótesis del doble esfuerzo.

Cuando una maestra en clase de infantil dice: ¡Que se levanten todos los niños!, Manuel, que seguro que es un niño, se levanta, mientras que Manuela, insegura de estar o no inlcuida en el sustantivo niño, mirará lo que hacen las demás o tendrá que preguntar: ¿Las niñas también? Esa inseguridad explica que las mujeres participemos menos en la vida pública, que nos cueste hacer oír nuestra voz y también que seamos más susceptibles y tendamos a enfadarnos más por lo que se dice y por lo que se deja de decir, por lo que se da a entender, por el tono en el que se usa. Cuando los gramáticos como Bosque insisten en que la expresión los derechos del hombre me incluye, pretenden que haga una interpretación más amplia de hombre que obviamente no aceptarían en colonia de hombre. El pensamiento feminista lleva décadas avisando de que desde niñas, las mujeres a menudo, vivimos sometidas a ese doble esfuerzo de valorar si estaremos o no incluidas. Un esfuerzo que nunca se le pide a los hombres, por suerte para ellos. Realmente ¿sería tan difícil modificar los hábitos de uso de las lenguas cuando lo que está en juego no es una preferencia estilística sino un mecanismo de inclusión social?

El feminismo no pretende saber más que la gramática. Ni menos. Porque la gramática, ese conjunto de reglas que nos permite elaborar sutiles pensamientos, está a nuestro servicio; no al revés. Por eso las personas que trabajamos en lingüística con perspectiva de género, que también existimos, no defendemos la honra de la lengua, (eso de que están libres de toda sospecha de discriminación); defendemos personas que son víctimas de discriminación. A Bosque le interesa saber si nos importa discriminar a las gatas, ignora que ahí no procede el paralelo con los animales, que mujer no significa femenino de hombre, que mujer es un nombre para un sujeto constituido históricamente a través de una lucha continuada y difícil, una lucha que arranca de ideas revolucionarias de libertad, igualdad y fraternidad. Y, por cierto, que lo masculino genérico parece mejor blindado que la Bastilla. Finalmente Bosque insiste en el despotismo ético de las personas que luchamos contra esta discriminación. Como las más prestigiosas mujeres del ámbito de las ciencias y de las artes no reclaman un uso no discriminatorio debemos creernos las feministas más importantes para poderlo reclamar. Pues no más importantes, pero sí conscientes. Las personas feministas, cualquiera que sea su género, somos plenamente conscientes que para colonizar a alguien lo primero es cambiarle los ojos con que poder ver la realidad. Por eso tantas mujeres y tantos hombres no se desprenden de los mecanismos opresores que se esconden en el discurso Por supuesto, todo esto acontece en la Academia española y nos resulta ajeno a nosotros. Que todas las fuerzas resistentes de Galicia tengan claro que la lucha contra el lenguaje discriminatorio es también una señal de nuestra soberanía, una marca de que estamos en lucha contra ese poder central, colonizador… y por ende,¡ rancio! En gallego, en un gallego no discriminatorio, podemos también devolverle los ojos a la conciencia a quien no ve y construir una lengua tan inclusive como sea posible para Sermos Galiza.

Fuente: http://sermosgaliza.com/?p=921

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