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De como se inventan los héroes de la patria

Fuentes: Rebelión

Respuesta a la polémica reclamada por Gonzalo Abella en su artículo: «Consideraciones sobre la figura de Artigas y su legado». Un vasto sector de la historiografía uruguaya ha convertido, por arte de birlibirloque teórico, a un caudillo, latifundista, esclavista y asesino de indios, en el paradigma del héroe revolucionario. Para el mejor logro de sus […]

Respuesta a la polémica reclamada por Gonzalo Abella en su artículo: «Consideraciones sobre la figura de Artigas y su legado».

Un vasto sector de la historiografía uruguaya ha convertido, por arte de birlibirloque teórico, a un caudillo, latifundista, esclavista y asesino de indios, en el paradigma del héroe revolucionario. Para el mejor logro de sus propósitos evitan recordarnos que Artigas contaba, sin considerar la herencia paterna, con una estancia en Cuñapirú, a medias con su hermano, de 32.000 cuadras, y otra, en exclusiva, en Arerunguá, de 235.000 cuadras, lo cual lo convertía en un latifundista ausentista, en un «estanciero con campos». Tampoco les gusta recordarnos, y aprietan el paso del pingo cuando deben atravesar este berenjenal, los trece años en que Artigas integró el cuerpo de Blandengues: una policía creada por un régimen colonial que necesitaba reducir el contrabando de ganado y favorecer la colonización, única manera de asegurar la posesión del territorio. El método por el cual se creó este cuerpo de policía fue el método por el cual se crearon normalmente los cuerpos de policía: se amnistió a los delincuentes y se les aseguró un sueldo, pues nada mejor que un delincuente para conocer los métodos de los delincuentes. No era dable esperar que este cuerpo fuera demasiado eficaz ni disciplinado, ni que ostentara una moral a prueba de fuego. Félix de Azara nos dice que era la gente de peor ralea que uno pudiera imaginar. El caso es que el héroe protosocialista, o anarquista según otros, en todo caso indigenista y afrodescendientista, y en un futuro, ya lo veremos, feminista y ecologista, el héroe, decíamos, dejó el ropaje de facineroso y se vistió el uniforme policial. Protagonizó en ese cuerpo una carrera meteórica, sea por influencias familiares, sea por efectividad en las tareas desempeñadas. Persiguió gauchos malhechores (el gaucho por definición vivía fuera de la ley), muchas veces los ejecutó sin juicio previo, y persiguió indios, matándolos y repartiendo sus hijos y mujeres entre los estancieros, una práctica común entre aquellos «libertarios», como los llama nuestro contradictor. Es tan poderoso el mito del indigenismo del héroe en nuestro país, que los profesores se asombran cuando se encuentran con documentos firmados por el héroe, alguno de los cuales citaremos: «Y seguidamente castigué a los Yndios apresando barios, matando otros y quitándoles muchos Caballos». En otra ocasión ataca una toldería matando a «veinte de aquellos Barbaros» y capturando a veintitrés entre mujeres y niños. Autopropagandeandose, señala que «a hecho cinco considerables Campañas, en las que ha desecho y destrozado diferentes cuadrillas de Yndios Ynfieles» y agrega que, en en los momentos que escribía, había apresado a más de setenta entre indios, ladrones y contrabandistas.

Creer que Artigas había integrado un cuerpo de policía como forma de defender a «su» gente, equivale a contarnos que el lobo entra en la majada como forma de proteger a una oveja de la cual se ha enamorado. Eventualmente, «su» gente, no eran ni los gauchos ni los indios, a los cuales perseguía; su gente eran los latifundistas, a los cuales defendía, motivo por el cual fue premiado con 500 pesos por la Junta de Hacendados, y su gente eran los representantes del régimen colonial, pues él mismo se describe como servidor del Rey y de la patria, léase España, algo muy coherente, pues de dicho régimen recibía sueldo y honores.

Si Artigas, como policía, además de perseguir malhechores, cayó, como muchas veces caen los policías, en el delito de dejar correr a los ladrones a cambio de una porción del pastel, es algo que no se puede, por ahora, ni asegurar, ni negar. Sea dicho esto en el caso que confirmemos, como se sugiere, que el héroe justificara, por enfermedad, intermitentes ineficiencias en las tareas asignadas. Lo que a nosotros nos consta es que pidió, a los seis años de ingresado al cuerpo, una jubilación anticipada, basándose en una enfermedad ficticia, haciendo por añadidura que un cirujano mintiera aderezando esta farsa. El problema es que el Imperio Español, aunque por aquellos años se bamboleara entre los imperios de segunda categoría, tenía virreyes lo suficientemente astutos como para descubrir las argucias de los funcionarios que gustaban de recibir dineros públicos a cambio de reclamaciones fraudulentas, motivo por el cual se le denegó este favor y debió seguir trabajando por siete años más, y acaso muchos años más hubiera trabajado de policía si no fuera porque Napoleón invade España, despertando en las colonias un súbito interés de los criollos por adueñarse de las rentas aduaneras. El movimiento de Mayo, iniciado en la capital del virreinato, generó inmediatamente adeptos en este lado del plata, pero no creamos que nuestro héroe se pasara ipso facto al bando rebelde. Necesitó nueve meses para gestar el cambio de partido. Mientras pensaba, suponemos, con los ojos entrecerrados orejeaba cómo se acomodaban las cosas, a no ser que creamos que eligió perseguir revolucionarios como forma de defender revolucionarios.

Pasado al bando rebelde, ningún humilde del campo (no había humildes del campo en aquel campo superabundante) le juró ninguna fidelidad de ningún tipo: los gauchos (lo menos humilde que uno pudiera imaginar) integraban las huestes de los caudillos por conveniencia, por diversión o por leva forzosa. Sus iguales, los latifundistas, convertidos en jefes militares, eligieron a uno de los suyos como jefe, para lo cual no consultaron a nadie, ni humilde ni buen samaritano, en tanto eran «los principales» los que tomaban las decisiones, sin saber demasiado a dónde ir ni qué hacer, motivo por el cual primero apoyaron al régimen virreinal, luego a la Junta de Mayo, más tarde a Artigas, después a los portugueses, a posteriori a la invasión y recuperación del territorio organizada por Argentina y por último aceptaron, qué más remedio había, la segregación impuesta por Inglaterra. Tras la segregación, la memoria de los hechos que espectacularmente había protagonizado nuestro héroe no era demasiado favorable: para lograr su propósito, el poder, había hecho alianzas con los charrúas y minuanes, quienes hacían campamento aparte y formaban una especie de ala externa al ejército, permitiéndoles hacer batidas y entrar en malón a las poblaciones, de igual forma que para asegurar la fidelidad de los gauchos, se les permitía hacer lo que siempre hicieron, pero esta vez con la seguridad de que nadie los perseguiría.

A los cincuenta años de lograda la «independencia», un conjunto de intelectuales termina por descubrir, Guerra del Paraguay mediante, que inevitablemente habrá que hacer un país con una porción de la nación, y ya que el ejército formado en dicha guerra, y la policía, y los códigos penales y rurales, y el telégrafo y el fusil de retrocarga y la escuela, eran medios eficaces para sujetar a una población todavía díscola, pero aún no suficientes, idearon una especie de cemento para reforzar aquella estructura. Ponderaron que todo país tiene un héroe nacional, que no es otra cosa que un representante de las clases dominantes trasladado al pasado, héroe que se convierte en icono al cual amar como forma de amar a los jefes del Estado que representa y al Estado mismo. Las clases dominantes nos hacen creer que si ellas no gobernaran el mundo, el mundo se iría descarriado a la gran bartola, y justifican este discurso históricamente: son ellas las que crearon, valientemente, nuestros países, y los independizaron, amén de asegurarnos que ellas crearon la riqueza y otros cuentos de ese tenor.

Entre los escollos difíciles de sortear antes de arribar a la playa del mito Artigas, se destacaba que quien debiera ser erigido como padre de la nación uruguaya había sido un jefe federal que por breve lapso lideró una confederación de caudillos argentinos, es decir, era cualquier cosa menos uruguayo. Este problema y otros más se subsanarían con un expediente muy sencillo: la propaganda estatal a través de la escuela y todos los demás centros de enseñanza. Allí, sin posibilidad de réplica, se grabaría en las tiernas mentes infantiles la devoción al padre de la patria: «para la historia un genio, para la patria, un dios». Pero no todos los intelectuales del país aceptaron que se desvirtuaran los hechos para un tan grosero uso político. Se edita el «Bosquejo histórico de la República Oriental del Uruguay», de Francisco Berra, que disiente del nuevo Artigas. De forma inevitable, a este libro le llegaría su proscripción, aún no levantada, a cargo de Carlos de Castro, Ministro de Gobierno del dictador Santos y Gran Maestre de la Masonería, el cual, por orden enviada al director de la Enseñanza Primaria, advierte que: «La enseñanza de la historia de la República debe dirigirse a fortalecer el sentimiento innato de la patria en las almas juveniles que necesitan más de inspiraciones elevadas que de criterio reflexivo…Considerando pues, inconveniente y perjudicial la adopción de este libro en las escuelas públicas… Disponga lo conveniente para que la enseñanza de la historia patria permanezca ajena a toda influencia antinacional. No se dé ni por referencia el citado bosquejo que debe desaparecer del recinto en que se educa la niñez».

De esta manera, con maestros, profesores, historiadores patrios, retratos, monumentos, nombres de plazas, de calles, actos nacionales, canciones, poemas, novelas y películas, todo eso junto, pero en cantidades prodigiosas, se logró que el pueblo amara a su héroe inmortal, el cual, se sabe, si hubiera triunfado, nos hubiera dejado una vida pletórica de dicha y no esto que nos tocó vivir. La dimensión de Artigas, «el gran traicionado», el más avanzado de América, un hombre «impoluto, perfecto», es inversamente proporcional al poder alcanzado por una provincia desgarrada de su país.

Acaso entre aquellos contemporáneos que denostaran a Artigas había una cantidad de masones. Es muy difícil encontrar prohombres de la patria en la América del Sur que no fueran masones que respondieran a la masonería de la Gran Bretaña, lo cual es una forma de decir: agentes de Gran Bretaña en aras de la balcanización de nuestro continente. El propio Oribe, que parcialmente reivindica al héroe, era masón, al igual que Leandro Gómez.

No es por 1980, plena dictadura, que se inicia el revisionismo a la figura de Artigas. Comenzó, por parte de Berra, en el último cuarto del siglo XIX, apenas creada la añagaza, y en el siglo XX, Guillermo Vázquez Franco recogió esta muy complicada y arriesgada herencia, publicando artículos en el semanario Marcha antes de la llegada de la dictadura. A diferencia de lo que afirma Abella, durante la dictadura nadie pudo publicar nada que erosionara «la estatura moral de nuestro máximo héroe histórico: Don José Gervasio Artigas». La edición de textos de Vázquez Franco, como su docencia, se reinicia con la apertura democrática.

No creamos que la revisión de los principales mitos de nuestro país, Artigas y la Independencia, respondan a la frivolidad del Frente Amplio ni a nada parecido. El viejo modelo de dominación ha caído en entredicho. El régimen democrático republicano con sus empresarios y abogados al mando del timón ya no seducen plenamente a la gente, que no se animan a cambiar de régimen, pero al menos sitúan en los principales puestos a chacreros, negros, obreros metalúrgicos y dirigentes cocaleros. De esto deviene, al menos, una doble lectura. La gente quiere cambios pues el sistema le genera sus buenas dudas, pero a su vez, el sistema logra sobrevivir sin cambiar su estructura, ubicando como representantes a aquellos que la gente está dispuesta a soportar. Estos cambios en las mentalidades, este nuevo tipo de dirigentes, se corresponde, a nivel histórico, con la elaboración de nuevos héroes de la patria. Ya no es aceptable, ni amable ni digerible, aquel Artigas de bronce, se busca ahora que tenga mujeres por doquier, que participe en los rituales indígenas bebiendo ayahuasca y que defienda a los esclavos. Es la dinámica del mito: en un principio, cuando triunfaba el modelo republicano, fue un héroe republicano, luego, cuando era inminente el triunfo de la revolución, se convirtió en el propulsor de una rabiosa reforma agraria, y ahora, como forma de cambiar, pero manteniéndose siempre él mismo, arribamos a lo que el film «Artigas, la redota», inspirado en los libros de Carlos Maggi, nos dice: que Artigas era el defensor e intérprete de las minorías. Mientras tanto pululan otras interpretaciones, todas las cuales, desde la ultra izquierda, hasta la ultra derecha, terminan entonando loas en coro al «padre nuestro Artigas, señor de nuestra tierra».

Acaso el mito histórico sea necesario a los pueblos. Acaso sea necesario, por el bien público, alentar la mentira de forma descarada y prohibir libros y destituir docentes. Acaso tengan razón los mitófilos: si siempre hubo mitos, ¿por qué cambiar ahora? A nosotros, sin embargo, nos gusta imaginar que los mitos de la historia no son esenciales al ser humano. Por doquier los vemos desplegados a lo largo del tiempo y las geografías, pero ojalá no sea otra cosa que el tiempo de la prehistoria de la humanidad. Acaso algún día vivamos la Historia de la humanidad. Esa Historia, si acontece, partirá de esta prehistoria, de la obra de artistas y pensadores como aquel que el fiscal fascista exigía que se le impidiera pensar, aquel que decía que la verdad es siempre revolucionaria.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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