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Del Sur para el Norte

Fuentes: Rebelión

Hace algunos años, las transmisiones de la televisión convencional y comercial nos enviaba imágenes de los estadios de base-ball en los Estados Unidos, se nos mostraba los momentos en que los aficionados blancos de ese deporte en aquel país, bailaban o intentaba hacerlo al ritmo de la canción «Macarena». Esta fue una canción con ritmo […]

Hace algunos años, las transmisiones de la televisión convencional y comercial nos enviaba imágenes de los estadios de base-ball en los Estados Unidos, se nos mostraba los momentos en que los aficionados blancos de ese deporte en aquel país, bailaban o intentaba hacerlo al ritmo de la canción «Macarena». Esta fue una canción con ritmo latino y hacia ya más de un año que había dejado de ser popular en los países de América Latina. Esa era una de las formas de cómo se manifestaba la globalización comentaban los cronistas que narraban los partidos de aquel deporte. Las escenas de baile en los estadios de un país del norte nos sorprendía a todos, era la primera vez que observábamos que del sur iba hacia el norte una moda, un ritmo que hacia levantarse de sus asientos a grupos de personas que han rechazado las manifestaciones culturales latinas.

Algo similar, pero de incalculables consecuencias sociales y políticas, está sucediendo con la implantación de políticas emanadas del Consenso de Washington en países del Norte. Hace tres décadas que en el sur venimos padeciendo los efectos sociales de esas medidas económicas. Fueron los años en que las deudas externas arrinconaron a los países de América Latina y de África a seguir, sin la más mínima intención de rebeldía, los mandatos del FMI y el BM. Estos mandatos eran el resultado negativo de las abultadas deudas que estos países habían contraído con esas instituciones en la década de 1970. Deudas que fueron convidadas para promover el desarrollo y en su defecto provocaron pobreza y miseria.

Por diez años y un poco más, la población latinoamericana debió observar como sus salarios se reducían por efectos de la inflación y se estancaban por la ausencia de políticas salariales que compensaran las consecuencias de las políticas económicas. Al mismo tiempo, la expresión del Estado de Bienestar en nuestros países fue sistemáticamente atacada y desprestigiado hasta el punto de impedir la aplicación de políticas sociales que combatieran los efectos de la crisis entre los grupos sociales más vulnerables, los desarrapados del sur.

Los años de 1980 fueron el espacio temporal en que las sociedades del sur vieron incrementarse el número de pobres y África, bajo regímenes dictatoriales condenó sin conmiseración a la hambruna a millones de niños, ancianos y mujeres. Los costos sociales no importaban, lo importante desde la óptica de las instituciones financieras era pagar la deuda, la cual absorbía hasta $75.00 por cada $100.00 producidos en la región latinoamericana. América Latina pagó entre 1984 y 1989, según cálculos de Fidel Castro, alrededor de 25 mil millones de dólares solo de intereses sin haber tocado el capital. El mismo monto que recibió Europa para su reconstrucción después de la Segunda Guerra. Con la enorme diferencia que Europa los recibió y América Latina los perdió.

Como hoy lo observamos, los responsables del descalabro financiero internacional están libres, no existe un solo juicio en contra de ellos para deducir responsabilidades, por el contrario continúan como poderes fácticos generando asesorías para la orientación de políticas antisociales en los países del norte. De igual forma, en América Latina el dinero drenado desde las instituciones financieras, fue dinero que permitió a políticos y corporaciones privadas amasar voluminosas fortunas, y aún hoy, que se sabe los mecanismos empleados para defraudar el erario nacional, no existen en América Latina juicios contra los políticos corruptos y las empresas evasoras de impuestos. Tampoco se conoce señalamiento alguno en contra de los bancos que lavaron ese dinero.

Las políticas económicas antisociales que están siendo implantadas en países europeos, como la reducción de salarios y la falta de inversión social para reducir el déficit fiscal, las hemos padecido constantemente los países del sur, con la diferencia que acá los salarios no se han reducido por decreto sino por la inflación que genera el libre mercado. Y se insiste por parte del ala conservadora de los liberales, decretar el salario por productividad, según ellos para que el salario mínimo sea competitivo. En ese sentido el ataque al trabajo es global, porque los países europeos han insistido en la misma propuesta. En los Estados Unidos la han implantado, pero de forma bondadosa le consultan al empleado en que régimen laboral se desea insertar.

Pese a las similitudes de las políticas seguidas por los países del norte, en relación con las implantadas en los países del sur, existe una significativa diferencia. Los países del norte tienen una histórica tradición democrática que permite a los ciudadanos pelear por sus derechos y el respeto al Estado de Derecho en función de su condición humana. Caso contrario sucede en la mayoría de países de América Latina. Pero los liberales conservadores estaban convencidos de ello, que la aplicación de esas políticas económicas solo podía iniciarse por aquellas regiones del planeta carentes de una tradición democrática y la ausencia de un Estado de Derecho. Así lo ha argumentado Naomi Klein con abundancia de datos al analizar la Doctrina del Shock y el Capitalismo del Desastre.

Como se ha podido demarcar, la aplicación de leyes económicas que llevan al mundo de retorno hacia estados predemocráticos solo podían ejecutarse inicialmente en aquellas sociedades que fueron devastas por la geopolítica anticomunista. Fue en estas sociedades, donde la atomización de la sociedad civil y el debilitamiento del movimiento sindical en el contexto de la Guerra Fría, que las políticas liberales conservadoras encontraron un escenario propicio que les sirvió de laboratorio para luego marchar del sur hacia el norte. Pero Milton Friedman encabezando a los Chicago Boys, estaba convencido de eso, que el inicio de sus políticas económicas conservadoras solo podía darse en sociedades con ausencia de instituciones democráticas sólidas. Friedman junto a sus discípulos, convirtieron a Chile bajo la dictadura de Pinochet en el modelo de la aplicación de las políticas económicas liberales conservadoras.

En varios de sus libros, Immanuel Wallerstein califica el contexto en el que el ala conservadora del liberalismo se hizo del poder, como la etapa de la crisis del liberalismo y el período de un etapa de transición hacia otra forma de organización social, etapa transitoria que será virulenta por las reacciones conservadoras que temen perder lo que poseen y, fuerzas liberadoras que luchan por alcanzar lo que no tienen. En este caos social que se observa a partir de la interconexión de estados aplicando las mismas políticas económicas antisociales, de algo debemos estar seguros y afirmar con los fundadores del materialismo histórico, que la burguesía creará las armas que la destruirán y los hombres que empuñarán esas armas.

Las luchas sociales de resistencia a esas políticas económicas no pueden ser locales, ni nacionales, ni regionales, deben ser globales porque globales son esas políticas generadas en una interconexión de estados y de intereses corporativos. Los trabajadores del norte han entrado en la etapa de padecer los efectos de esas políticas como las han padecido los trabajadores del sur. No es que los países del sur hayan pensado y elaborado estas políticas y enviarlas hacia el norte, fueron las condiciones histórico-políticas las que determinaron convertir al sur en laboratorio del conservadurismo liberal.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.