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La contribución de Trump a la causa de la democracia real

Democracia o barbarie

Fuentes: Rebelión

Todo lo que está ocurriendo en el mundo con el protagonismo de Donald Trump no es pura casualidad, no se trata sólo de un presidente que se ha vuelto loco o borracho de poder, es el producto de una dinámica del Sistema que ha degenerado, que se ha desbocado. Estamos viviendo un cambio, de esto no parece haber muchas dudas. De lo que no podemos estar tan seguros es de la intensidad y de la dirección que tomará finalmente dicho cambio. La Historia nunca está totalmente escrita de antemano, se rige por un determinismo débil, no fuerte. Las condiciones iniciales, el pasado, influyen notablemente en el futuro, pero no lo determinan por completo. El futuro depende del pasado y de cómo se resuelvan las omnipresentes contradicciones. Los seres humanos hacen su propia historia, aunque bajo circunstancias influidas por el pasado. La voluntad de los seres humanos también cuenta. En la lucha de clases el resultado depende de múltiples factores objetivos y subjetivos que a su vez se interrelacionan.

Estamos viviendo el claro declive del imperio estadounidense. Lo que está haciendo Trump es una huida hacia adelante, burda, sin tapujos, descarada. Una huida que le está empezando ya a pasar factura a dicho imperio. Lo que está consiguiendo Trump es precisamente lo contrario de lo que busca. Está, sin querer, acelerando dicho declive, forzando incluso a sus tradicionales aliados a darle la espalda y a crear alianzas (por ahora sólo comerciales) con sus enemigos, las potencias euroasiáticas. Está forzando a los países que pretende controlar, al más puro estilo colonial de hace un par de siglos, a diversificar sus relaciones económicas internacionales, a fortalecer sus alianzas con otras potencias, aunque tengan que ceder momentáneamente ante el imperio yanqui para sobrevivir, tal vez ganando tiempo (como, por ejemplo, le pasa actualmente a Venezuela). Está acelerando la desdolarización mundial, fomentando que cada vez menos países usen el dólar como moneda internacional de intercambios comerciales. Los BRICS cobran cada vez más protagonismo y cada vez más países se apuntan a las alternativas para hacer un comercio mundial más seguro y que no dependa de Estados Unidos, ni de ningún país que ostente el monopolio de la moneda empleada y pueda usarlo como arma política (sanciones económicas). Los negocios no entienden de ideologías, necesitan cierta seguridad y confianza.

El verdadero problema para Estados Unidos, desde el punto de vista geopolítico, desde el punto de vista internacional, es que dicho país está perdiendo el monopolio que tenía en cuanto a la moneda usada para el comercio internacional (el petro-dólar). La decadencia del dólar es la decadencia del imperio yanqui. Éste es el verdadero problema que está intentando solucionar Trump. Estados Unidos pierde influencia a nivel internacional porque otros países, sobre todo Rusia y China, y sus (cada vez más numerosos) aliados comerciales, entre otras cosas, están construyendo alternativas para no usar el dólar como moneda de intercambio. Estados Unidos está perdiendo el control que tenía del comercio internacional, de las finanzas globales. El Capital internacional está huyendo del dólar y está refugiándose en valores más seguros (como el oro o la plata).

Muchas de las cosas que está haciendo Trump no son nada nuevo, ya las han hecho anteriores presidentes norteamericanos (salvo, por ahora, amenazar la integridad territorial de algunos de sus aliados tradicionales). La novedad con Trump reside en muchos casos sobre todo en el grado en que se hace ahora lo que ya se hacía antes y en las formas. La sutileza y diplomacia, que empleaban cada vez menos sus antecesores, ha sido “superada” por el descaro con el que el actual presidente estadounidense habla y actúa. Pero esto no ha surgido de la noche a la mañana, era un proceso gradual que ya se estaba dando y que simplemente se ha acelerado y ha dado incluso un salto cualitativo. Para invadir Irak en su día necesitaron unos cuantos meses de campañas de mentiras diciendo que había armas de destrucción masiva, ya no sólo valía la desgastada excusa de la lucha por la “libertad” o “la democracia”. Para raptar al presidente venezolano necesitaron una campaña previa más breve de acusaciones de narcotráfico, con cártel incluido, que ahora, por arte de magia, ha desaparecido en la acusación formal que se la ha hecho a Maduro para ser juzgado en Nueva York. Ahora, por fin, un presidente norteamericano se ha quitado la careta y ha reconocido abiertamente que lo que verdaderamente le interesa de Venezuela es su petróleo. Incluso, siendo realista, ha preferido que siga el chavismo gobernando Venezuela. Lo cual denota que todo eso que nos decían de que la oposición tenía el apoyo mayoritario del pueblo venezolano en las urnas es, cuando menos, muy dudoso. Lo cual demuestra, más claramente que nunca, que la democracia y la libertad no les importa en verdad a quienes dirigen el país que se ha autoerigido como el policía mundial. La “dictadura” venezolana no molesta mientras colabore, mientras permita que el oro negro fluya hacia el vecino del Norte. Como tampoco han molestado las dictaduras (esta vez sin comillas) de Oriente Medio mientras colaboraran con los amos del mundo.

Por si fuera poco todo lo anterior, Trump está acelerando la degradación de la economía de su propio país (degradación que ya existía mucho antes de que llegara por segunda vez al poder político). La progresiva y cada más acelerada pérdida de poder del dólar a nivel mundial va a tener, si no lo está teniendo ya, una consecuencia demoledora en la situación interior de Estados Unidos: la enorme deuda acumulada puede provocar el colapso económico. Como Estados Unidos emitía la moneda usada en los negocios internaciones podía permitirse el lujo de contraer más y más deuda, pero ese chollo se está empezando a acabar. El imperio yanqui está colapsando también en sus mismas entrañas, como así les ha pasado a muchos imperios a lo largo de la Historia. El nivel de vida de la población estadounidense está empeorando (salvo para ciertas minorías). El problema es que un imperio que colapsa es peligroso. El verdadero poder que le queda en verdad a los Estados Unidos, por ahora, es el militar. Por esto lo está usando. El secuestro del presidente venezolano es en verdad una prueba de debilidad del imperio decadente, que intenta solucionar por la fuerza bruta lo que ya no es capaz de solucionar con la diplomacia ni con la economía. Si a todo esto añadimos las burdas maneras de Trump, no es de extrañar que esté consiguiendo poner a casi todo el mundo en su contra, incluso a otras facciones capitalistas más inteligentes (de dentro y de fuera de su país).

Trump, que pretende salvar al capitalismo hegemónico norteamericano, está agudizando las contradicciones en su propio país y las contradicciones con los capitalismos de otros países. La jungla es cada vez más jungla y los depredadores intensifican las luchas entre ellos, poniendo en peligro al propio sistema capitalista e incluso al planeta. Las contradicciones del capitalismo se agravan. El imperialismo entra en una nueva fase más aguda, más peligrosa. La barbarie avanza. El capitalismo sigue su previsible curso natural, incluso lo acelera.

Además de que se está produciendo una reorganización geopolítica mundial en la que las potencias luchan por acaparar recursos naturales cada vez más escasos (sobre todo las potencias que no tienen tantos ya, como los Estados Unidos, que tiene que recurrir a expoliar los recursos naturales que están fuera de sus fronteras o a intentar ampliar éstas) y en la que se está construyendo una manera alternativa de implementar relaciones comerciales, dejando atrás un sistema que beneficiaba al imperio decadente, estableciendo un sistema más equitativo en el que las potencias emergentes puedan crecer sin el riesgo de ser sometidas a chantajes o sanciones, no debemos perder de vista que el capitalismo está desde hace décadas en un evidente proceso de degeneración. Podrá quizás aún sobrevivir cierto tiempo si se pasa de un mundo unipolar a otro multipolar, no sólo en cuanto a lo político y militar, sino que también en cuanto a lo económico. Pero las irresolubles contradicciones del capitalismo seguirán agudizándose. El capitalismo, ya sea en un mundo unipolar o multipolar, está y seguirá estando en una fase muy peligrosa autodestructiva.

La ultraderecha hace lo que siempre ha hecho la derecha (que es la que ha gobernado desde tiempos inmemoriales la “democracia” estadounidense) pero de manera mucho más descarada y agresiva. La ultraderecha es la derecha desbocada, sin complejos, que cree que puede incluso ya decir abiertamente lo que antes no se decía pero se pensaba y se hacía. La alienación del pueblo ha llegado a tal punto que la ultraderecha se permite el lujo de decir abiertamente lo que le da la gana y de perjudicar sin disimulos a los ciudadanos que le han votado, pues cree que seguirán alienados ad infinitum. Pero esto es un grave error, el pueblo tarde o pronto puede despertar. El pueblo es manipulable y con la imprescindible complicidad de los grandes medios de desinformación masiva puede llegar a votar a sus verdugos, pero cuando la necesidad apriete no le quedará más remedio que despertar y rebelarse. Porque cuando los factores objetivos aumentan exponencialmente, las posibilidades de que surja una revolución aumentan notablemente, por lo menos de que surja la insurrección, la rebelión en las calles. Así ocurrió en la Rusia zarista, así puede ocurrir también en la América trumpista. La izquierda real tiene la enorme responsabilidad de que esa posible rebelión popular contra Trump se convierta en una auténtica revolución democrática.

Por esto Trump, sin querer, está ayudando a la causa de la democracia real, en Estados Unidos y en el mundo en general. No hay nada como perder algo en la práctica para concienciarse y luchar por ello. Para las masas, unos gramos de práctica valen más que una tonelada de teoría. Para bien y para mal. Los ciudadanos estadounidenses ven ahora peligrar su “democracia”, la poca que tenían. Ven cómo los derechos humanos se pisotean cada vez más en su propio país, ven incluso cómo su presidente felicita a quienes asesinan a ciudadanos inocentes (tachados de “terroristas”) que protestan pacíficamente en las calles y cómo se dice abiertamente que los asesinos uniformados son impunes. Los ciudadanos norteamericanos pueden empezar a preguntarse cómo se puede haber llegado a esta situación, cómo es posible que mucha gente haya votado a Trump y cómo es posible que éste esté cada vez más fuera de control. La inevitable conclusión a la que se puede llegar, por poco que se piense, es que la actual “democracia” estadounidense dista mucho de ser perfecta, puede mejorarse notablemente. Si mucha gente ha llegado a votar a un tipo como Trump, tal vez, por fin, muchos ciudadanos se den cuenta de que algo tendrán que ver los grandes medios de comunicación. Como mínimo, esto denota que hay un serio problema en las mentes de muchas personas, pone en evidencia la alienación del pueblo, de una gran parte de él. Si un presidente de la primera potencia mundial (por ahora), del país que se nos vendía como el adalid de la “democracia” en el mundo, el policía mundial de la “libertad”, es capaz de saltarse las normas de su propio país para lanzar ataques militares (el visto bueno de la ONU ya ni se plantea, es algo superado desde hace ya tiempo), si es capaz de decir abiertamente que su poder sólo lo limita su propia moralidad, es que “Houston tenemos un serio problema”. Es la vuelta descarada al absolutismo. El presidente de la República norteamericana se autoerige como el nuevo Rey Sol del siglo XXI. La separación de poderes ya ni siquiera se proclama formalmente, todo lo contrario. Aunque en verdad hace tiempo que no existía de facto, pues el poder económico controla al resto de poderes, algo propio de una oligocracia, de una plutocracia, y no de una democracia. La progresiva degeneración de la “democracia” burguesa ha dado paso a un burdo autoritarismo e incluso puede degenerar en una descarada dictadura. Las élites capitalistas se están quitando el disfraz, pues creen que ya no es necesario, y muestran su auténtico rostro.

Pero todo esto, insisto, no es sólo consecuencia de que un loco o patán haya llegado al poder político de la primera potencia, es consecuencia de una dinámica que simplemente se ha disparado, ha dado un salto cualitativo, la cantidad se ha transformado en calidad. El auge de la ultraderecha es un fenómeno internacional. La degeneración de la “democracia” liberal está dando lugar a su finiquitación. Y es que el capitalismo es incompatible con la democracia. La democracia política no puede convivir con la dictadura económica, que es lo que es en esencia el capitalismo. Por esto la falsa democracia burguesa no es la democracia real. Por esto ahora incluso, presos de la soberbia, de la borrachera de poder que tienen, las élites económicas, cuyo mejor representante es el multimillonario Trump, se pegan el gustazo de descararse abiertamente (hasta se hacen fotos con motosierras). Su soberbia les ciega y puede ser su talón de Aquiles. Así como la ultraderecha reinante actual es un producto del Sistema, lo es también Trump. Un producto que no busca cambiar el Sistema, sino afianzarlo, en perjuicio de la mayoría de la población. Aunque el tiro les puede salir por la culata.

Con una democracia real no hubiera llegado un Trump (o un Hitler en su día) al poder político, pues con una prensa verdaderamente libre, que no esté controlada por el poder económico, un pueblo no está alienado, pues un pueblo bien informado no vota a sus verdugos. Con una democracia real, un presidente no puede estar fuera de control, su poder está limitado, puede revocarse su mandato en cualquier momento mediante referéndum popular vinculante,… Una democracia real se blinda, establece mecanismos concretos para protegerse de los posibles tiranos, para salvaguardar los derechos humanos,…Con un sistema mundial regido por la democracia, nadie tendría tanto protagonismo (hasta el punto de poner en peligro la seguridad de toda la humanidad), ningún país se toma la justicia por su mano asesinando, apoya o ejecuta genocidios, secuestra a ningún presidente de ningún país, se salta a la torera el derecho internacional,… Y todo ello impunemente.

Con una ONU realmente democrática no imperaría la ley del más fuerte, la ley de la jungla. Trump ha dejado atrás la hipocresía de sus antecesores y ha llevado más lejos la ley que ya imperaba desde hace tiempo en el mundo, la ley de la fuerza, en vez de la fuerza de la ley. Dice y hace abiertamente lo que antes se hacía más sutilmente. Y es que mientras en la propia ONU haya países que ostenten el privilegio de veto, el mundo se regirá, en mayor o menor medida, de manera más o menos disimulada, por la ley del más fuerte. Mientras la organización que pretende implementar el derecho internacional se rija por la ley del más fuerte, el mundo no se regirá por dicho derecho internacional, sino que por la misma ley por la que se rige dicha organización. Si queremos un mundo que realmente se rija por la fuerza de la ley y no por la ley de la fuerza, si queremos que el derecho internacional exista de verdad, es imperativo reformar profundamente Naciones Unidas para que sea una organización realmente democrática y con capacidad militar para mantener el orden mundial. Ningún país debe tener el derecho de veto. El principio de igualdad es consustancial al propio concepto de la democracia. Ningún país debe erigirse en el policía planetario. El destino de la humanidad debe estar en manos de toda ella, y no en manos de ningún país, y no en manos de ningún presidente, en manos de todo el pueblo y no en manos de ningunas élites. Y todo esto sólo es posible con la democracia, con la verdadera.

La principal causa profunda de los grandes problemas que existen en nuestra sociedad es la falta de democracia, es la insuficiencia de las actuales democracias. Problemas que se van agravando a medida que la “democracia” degenera. En suma, barbarie o democracia (real). Éste es el gran dilema al que nos enfrentamos hoy en día todos los ciudadanos de nuestro planeta. Trump, la torpeza y la soberbia de la ultraderecha en general, representan una gran oportunidad para que los ciudadanos del mundo despertemos, nos concienciemos, nos organicemos para luchar por una democracia real, que se desarrolle continuamente, que se perfeccione día tras día, en vez de estancarse o retroceder, para que la Historia vuelva a ir para adelante, en vez de para atrás, incluso para que podamos sobrevivir dignamente como especie.

¡Es la hora de la reorganización de la izquierda! ¡Los de abajo debemos retomar la iniciativa! ¡La Historia es nuestra y la hacen los pueblos!

Blog del autor: https://joselopezsanchez.wordpress.com/

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