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Dictadura y Democracia: la desaparición como mecanismo sistémico

Fuentes: Rebelión

Como dice un amigo y compañero, «charlando», surgen las ideas, los debates, las diferencias y las propuestas superadoras. Una charla interesante se armó en torno a lo que gusto en llamar los «dispositivos de regulación sistémicos». Estos vuelos, no tan altos como si rasantes, se inscriben en un contexto específico, que responde al sistema capitalista […]

Como dice un amigo y compañero, «charlando», surgen las ideas, los debates, las diferencias y las propuestas superadoras. Una charla interesante se armó en torno a lo que gusto en llamar los «dispositivos de regulación sistémicos».

Estos vuelos, no tan altos como si rasantes, se inscriben en un contexto específico, que responde al sistema capitalista en su fase neoliberal. Buscan problematizar una cuestión bien concreta, la que refiere a las modalidades de operación de ese sistema para neutralizar las amenazas a su estabilidad. Y es aquí donde entran a jugar ciertas palabras que adquirirán una potencia clave en este texto: desaparición, dictadura, exclusión y democracia.

Particularmente, situamos este fenómeno neoliberal en un espacio-tiempo concreto. La economía de mercado, si bien comienza a hacer sus intentos de penetración en toda la región suramericana a partir de la segunda mitad del siglo XX, no es sino hasta finales de los 60 cuando consolida su accionar a favor del «libre mercado» de la mano de las dictaduras militares. No por ello sin pasar por alto que el accionar de estas fuerzas nunca dejó de estar acicateada por sectores o fracciones de las elites dominantes, altamente formadas y consolidadas, que recurrieron al uso de la fuerza del Estado contra el mismo Estado.

Sin embargo, esta concurrencia de actores -elites y fuerzas armadas- no es una mera coincidencia, sino que responde a la lógica de funcionamiento del sistema inscripta en lo que la misma elite gustó conceptualizar como «los requerimientos funcionales del sistema». Dicho esto, es más fácil comprender una serie de operatorias que funcionan dentro de cada régimen del capital: la que se moviliza por la fuerza, y la que lo hace mediante la cultura. Estas serán las dos grandes dimensiones que utilizaremos para discutir cómo se configura la relación entre dictadura, democracias, desaparición y exclusión.

Respecto de la primera, dictadura fue la materialización de semejante operación. La aparición de las dictaduras en el continente suramericano fue el recurso político e institucional clave para la instalación de las máximas del mercado soberano. Mediante una brutal disposición de la población lograron imponer sobre un sector mayoritario prácticas económicas que beneficiaron siempre a una minoría.

A su vez, lo que entró por la fuerza luego se consolidó con una fuerte campaña psico-socio-cultural que instaló, como dice Quijano, la formación neoliberal como parte clave del «sentido común». Esta consolidación implicó una naturalización de ideas, sentidos y creencias, generando la típica frase conformista de la sociedad del medio pelo, «es natural, es así, desde siempre».

Pero ¿cómo se inscriben estas dos lógicas que recuerdan, en parte, a la propuesta althusseriana, en nuestro día a día?. En parte tienen que ver con el Estado, pero exceden a la estatalidad propiamente dicha y responden a una dinámica más general, de la sociedad y el sistema. Como lo menciona Poulantzas, son parte de una formación social e histórica de cada tiempo. Como lo dijera el mismo Marx, podemos entender a esa estatalidad como la instancia de condensación de los conflictos de clase y, en este sentido, son lógicas que se hacen visibles en y a partir del Estado.

Como sea, lo que interesa dar cuenta acá es el comportamiento de esas dos formas de operar del sistema y su estrecha vinculación con los regímenes políticos de cada tiempo. Aclarando más, interesa introducirnos en la vinculación que aparece entre capitalismo, dictadura y democracia en relación a este tema.

Capital dictador

Como indicamos, la construcción de hegemonía, algo así como la fuerza más el consenso (imposición cultural), fue la herramienta clave en la operatoria neoliberal. Si nos remontamos brevemente a los sesenta-setenta, el contexto en términos culturales y materiales le era fuertemente adverso al capitalismo. La rémora del mayo francés en las universidades locales, los levantamientos armados de la población en diferentes territorios del continente suramericano y africano, la consolidación de la movilización obrera internacional, entre otras numerosas situaciones, provocaron una tensión clave en la misma estructura del capital.

Por un lado se encontraba acechado por el mismo Estado que había apañado en la edad dorada, al que consolidó estructuralmente a través de las prestaciones sociales y la intervención en la economía, propios del Estado Keynesiano; por el otro lado, el avance de la organización del trabajo menguaba la «rentabilidad» en los territorios nacionales.

La fortaleza del capital estuvo entonces en su reingeniería: la despolitización del mercado retrotrayendo al Estado, y la internacionalización de la economía desnacionalizando los capitales. Sin embargo, ese plan no tendría posibilidades concretas de concreción si no era menguando las fuerzas que le resistían. Así, comenzó un fenomenal proceso de desagregación laboral que consistió en la fragmentación y desregulación del sector asalariado, por un lado; y en la promoción de la apertura de las economías locales, por otro.

No obstante, las rémoras de las resistencias seguían siendo un obstáculo para la consolidación e institucionalización del proceso económico, de modo que el Estado en alianza con las fracciones dominantes del capital fue el espacio clave para desplegar harto programa.

El aparato represivo absorbió el poder del estado y digitó el funcionamiento de todas las instituciones ideológicas. Así, lo que no logró imponerse por la fuerza política, de los argumentos, o por el mismo sistema electoral, encontró en las fuerzas represivas del propio Estado el dispositivo clave para su aplicación. Dictadura y mercado sellaron una sólida alianza ya ensayada en episodios previos.

Alineadas las fuerzas, se puso en marcha uno de los operativos sistémicos más sorprendentes de la historia. La desorganización de la resistencia y el debilitamiento del mercado laboral encontraron, en el aparato represivo, el principal mecanismo de canalización y funcionamiento. La voz monocorde dominante halló lo propio en la mordaza de la muerte.

De este modo, neoliberalismo y dictadura lograron su cometido mediante esa operatoria clave que el compañero de charlas llamó «desaparición«, concepto que unifica el accionar del capital dictador bajo la figura de la muerte. La cultura se llama al silencio ante la muerte forzada: voz y cuerpo desaparecen.

Sin embargo, este mismo bloque de poder, que como todo poder sólo tiene de absoluto su carácter absolutamente contingente, encontró el límite en su propia fortaleza, la represión. Como todo proceso hegemónico, condensa y equilibra las tensiones de una sociedad hija de su tiempo. Tensiones que se contienen, pero fuerzas que presionan para liberarlas. El efecto desaparecedor comenzó a perder la posición hegemónica conseguida y las fuerzas que resistían no tardaron en comenzar a aparecer.

Si bien se había instalado como un halo cultural-natural el modo de vida neoliberal y la resignación que le cabe, la metáfora de la sangre sobre el aparato represivo comenzó a erosionar y desgastar la hegemonía construida. Empezaron a hacerse visibles en el mismo Estado las fisuras de esa alianza y las tensiones y luchas políticas desatadas en la sociedad. La alianza entre capitales ya no encontraba «reglas claras» ni la «seguridad jurídica» para seguir operando bajo un determinado discurso hegemónico.

De manera que economía y dictadura encontraron un límite en su avance y permanencia, por lo que este último elemento de la alianza comienza a ser desvinculado y es el mismo capital quien reclama un retorno a las democracias que en su momento no titubeó en aniquilar.

Capital democrático

Los 80’s latinoamericanos fueron ese tiempo de «crisis» y reconfiguración. Un tiempo de reajustes sistémicos, de realineamientos del capital, que luego decantaron en la profundización del neoliberalismo de los 90’s.

El halo neoliberal necesitaba ahora afianzarse en un nuevo clima donde la opinión podía comenzar a mostrarse heterogénea. Desaparición y mordaza no serían viables ya bajo sus formas más expresas. Necesitarían imperiosamente readecuar su funcionamiento de acuerdo a la nueva fisonomía del sistema.

De modo cíclico, la operación sobre el mundo laboral fue una estrategia central en esa readecuación. Ahora, la fragmentación del trabajo no resultaba posible en los mismos términos que 20 años atrás. El efecto desaparecedor no podía constituirse en dominante dentro de la sociedad democrática, así como la mordaza no podía continuar acallando con sangre.

En consecuencia, capital y democracia concilian nuevos mecanismos encontrando en la «desregulación» del mismo Estado el artilugio clave para operar sobre la organización del trabajo, institucionalizando el no-trabajo como el modo más habitual de permanencia en el sistema. Los que comenzaron a des-emplearse eran sujetados a ese sentido común de la sociedad del medio pelo que dicta «no trabajan porque no quieren». La desaparición comenzó a metamorfosearse bajo una nueva figura de viejo nombre, la exclusión.

Al mismo tiempo, la mordaza que se movilizaba bajo la muerte redefine su símbolo, la sangre, convirtiéndolo en una metáfora. La metáfora de la sangre encuentra en la censura ideológica, esos aparatos situados en los cimientos de las elites dominantes, su mejor «expresión». El latiguillo del «sentido común» que con más fuerza se movilizó fue el de «anacrónicos». Con una operatoria admirable logró, lo que otrora fue mediante la fuerza sobre la vida, un silenciamiento que utilizó a la sangre metafórica como sinónimos de discursos anacrónicos disidentes.

La desaparición siguió operando en democracia del mismo modo que lo hizo en dictadura como respuesta a los requerimientos funcionales del sistema. Sin embargo, debió readecuar sus formas bajo nuevas prácticas, pero con viejos nombres. Fue la exclusión material y cultural el resultado más visible que arrojó la hegemonía neoliberal bajo el manto democrático.

Capital desmemoriado o posmoderno

Estas reflexiones pecan siempre de una desincronización con la historia reciente. Pareciera que cuando decimos democracia casi que transmitimos, para los poco adeptos al relato histórico, una idea de eterno presente. Es importante tomar conciencia de esto, en tanto el comportamiento y la configuración del sector en el poder tiene una relativa contingencia, expresa diferentes intereses, establece diferentes alianzas con los sectores dominados y, en consecuencia, no es todo lo mismo.

Pareciera esto último una verdad de Perogrullo, sin embargo resulta importante dar cuenta del relato histórico que cargan estos análisis, en tanto uno intenta mostrar la operatoria sistémica y siempre lo hacemos en un tiempo-espacio determinado. Sin embargo, su lectura repercute sobre las cabezas bajo un efecto de desmemoria. Y ahí se hace visible una nueva metáfora de la sangre, de la censura, de la desaparición que excluye.

Por mas ejercicio imperativo que intente asemejar 80s, con 90s, y pos 2001, hay diferencias insalvables que no pueden ser ocultadas si uno pretende advertir el funcionamiento del sistema en cada tiempo histórico. Esa negación puede resultar una estratagema útil para construir un discurso opositor, disidente, de rechazo; sin embargo su desconocimiento tiene un efecto perverso en dos sentidos: por un lado, el riesgo de caracterizar la situación actual de modo impreciso es alto; por el otro, la posibilidad de que la operatoria de desmemoria se consolide goza con mayores oportunidades.

Pos 2001 la desaparición como herramienta sistémica asume nuevos rostros, sin embargo como gustó en decir Gramsci, en momentos de crisis existe una sociedad que no termina de morir mientras otra no termina por nacer. Una idea similar expresa Foucault cuando advierte que los dispositivos de poder coexisten, no son lineales, no se reemplazan, sino que incluso pueden llegar a ser contradictorios entre sí.

En este sentido, así como la desaparición y la mordaza no acabaron con el retorno de la democracia, sino que fueron formas que dejaron de ser dominantes pero siguieron existiendo, recuérdese sino que la anulación de las leyes de obediencia debida y punto final se dieron recién en 2003 y fueron leyes dictadas en democracia bajo presión de las fuerzas de la dictadura; como decíamos, si determinados mecanismos no acabaron con el cambio de alianzas del capital, tampoco es posible identificar claramente la oclusión de la exclusión y la censura a partir de 2001, así como tampoco es posible afirmar un concepto universal de democracia extensible a todas las formas históricas y alianzas del capital.

Como me lo recuerda otra compañera de charlas, Rosa Luxemburgo lo afirmaba claramente al decir que «democracia» tiene un carácter histórico, y que incluso no debe entendérsela como propia del capital. Es más, dictadura y democracia aparecen compatibles entre sí para algunos, postulado completamente antiliberales para otros; así como producto burgués y ficción del capital o un lindo envoltorio de su dictadura.

Sin embargo, como todo aire de época, es un tanto confuso y turbio, y las más de las veces cuesta discernir claramente los tiempos que corren. Cuesta por ejemplo a este tiempo nombrarlo como «neoliberal» sin la necesidad de apelar a ciertas aclaraciones o advertencias de sus formas en años previos. Tampoco convence del todo nombrar, como sugirió Svampa, por ejemplo, «post-neoliberal» a la configuración que asumió el sistema luego de las crisis de finales de siglo en toda la región.

Sin embargo resulta necesario e interesante advertir la centralidad de la operatoria «desaparecedora», haciendo valer circunstancialmente este neologismo, para el funcionamiento del sistema capitalista. Incluso sería interesante profundizar en la reflexión respecto de la a-sincronía que registran sus formas en distintos territorios del planeta. Adviértase sino Europa hoy, con crecientes tasas de desocupación y el predominio de gobiernos conservadores en todo el continente, parodia, reflejo o metamorfosis de nuestros 90’s.

Pero decíamos, las alianzas entre el capital y los regímenes de gobierno que se instituyen encuentran en la desaparición, bajo todas sus formas, un mecanismo clave para responder a los requerimientos sistémicos. A todo esto, en qué consiste este requerimiento es lo que estuvimos advirtiendo en todo este escrito. La demanda es la de equilibrio, antes que la hipotética ambición de mayor extracción y acumulación. Una cosa es la función, y otra es el efecto. El requerimiento es para el equilibrio del sistema; en tanto funcione como está previsto, la acumulación sigue siendo efectiva (fuerza) y legitimada (cultura).

El requerimiento desaparecedor consiste entonces en neutralizar todo aquello que altere ese equilibrio, de modo tal que no ponga en riesgo su funcionamiento. Algo así como inocular el cuerpo sistémico mediante un antídoto que rechace, debilite o elimine el virus disidente. Pervive una idea que lo que se presenta como «anti-sistémico» tiene un carácter de «irrecuperable», y frente a eso cada tiempo encuentra un tratamiento diferente.

Finalmente, lo que condensa este relato es la coexistencia de operatorias, dinámicas y concepciones respecto de lo social, el capital y el Estado. Algo así como una idea de modernidad inacabada que nos mantiene en un umbral de épocas. Es que somos muchos los que resistimos a la desaparición, ironizando de paso, de los grandes relatos organizadores, de la idea de unidad de resistencias, de proyecto político y de revolución.

Incluso muchos podemos entender que posmodernidad es un ejercicio de desaparición de lo moderno, como un acto de anarquía sistémica (permítase este oxímoron) que estabiliza la ansiedad producto del desasosiego demovilizante.

Insistimos, los efectos naturalizadores en nuestras sociedades son mecanismos claves de censura, haciendo de las ideas un sinsentido de lo que uno cree, de lo que uno es, adquiriendo una fuerza tal que opera en el mismo cuerpo, inmovilizando la sangre.

Pero, entonces, como respondemos a una pregunta que parece simple. ¿Por qué necesita desaparecer? No sé. Supongo que la respuesta es para subsistir. Es un acto de auto-afirmación, la negación de lo otro que pone es riesgo lo propio.

Gerardo Avalle es Integrante del Colectivo de Investigación «El Llano en Llamas» y militante del Movimiento Lucha y Dignidad en el Encuentro de Organizaciones de Córdoba.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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