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Donde más cabría esperar responsabilidad

Fuentes: Ctxt

Recordarán, quizás, la historia que contaba Canetti en su libro La conciencia de las palabras . Por casualidad había encontrado una nota suelta de un autor anónimo, fechada el 23 de agosto de 1939, una semana antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Decía: «Ya no hay nada que hacer. Pero si de verdad fuera escritor, debería poder impedir la guerra». Al principio la nota le parecía absurda y pretenciosa. Tenía la misma retórica hueca de quienes con sus frases, decía Canetti, provocaron conscientemente la guerra. Sin embargo, días después seguí pensando en la frase. El extraño comienzo: “Ya no hay nada que hacer”, expresión de una derrota total y desesperada en un momento en que debían iniciarse las victorias. Y luego ese “pero si de verdad fuera escritor, debería poder impedir la guerra” que, examinado más de cerca, contenía lo contrario de una fanfarronada, era la confesión de un fracaso absoluto. La confesión de una responsabilidad, precisamente allí –y esto era lo sorprendente del caso– donde menos cabría hablar de responsabilidad en el sentido habitual del término. En su desesperación, el autor se acusaba a sí mismo, no a los verdaderos causantes. Canetti concluyó reivindicando la necesidad de que existieran personas que se impusieran a sí mismas esa responsabilidad por las palabras.

Pese a todo, las palabras son poca cosa. Aunque todas las personas se impusieran tal responsabilidad en sus textos, no lograrían mover un solo barco cargado de diésel. No obstante, pensemos un poco en las palabras.

Si hablamos de Cuba, lo primero que hay que suprimir de la frase que encontró Canetti es el “ya no hay nada que hacer”. Si hablamos de Cuba, me gustaría recordar que junto a los testimonios de las dificultades reales que se están viviendo, hay personas modestas, muchas, que escriben cosas como la siguiente antes de enviar un abrazo: “Desde esta tierra caribeña, cuando más hostigada más asida al optimismo y al disfrute de la vida, no solo nuestra, sino de todos los humanos”.

Si hablamos de Cuba y conscientes de que el hecho de escribir no confiere la única capacidad que en este momento quisiéramos tener, la de enviar petróleo a ese país, podemos al menos reflexionar sobre las historias, hablar de qué es lo que se cuenta con lo que se cuenta según el momento escogido para contarlo.

Supongamos que mañana Trump decida penalizar a España por no haberle permitido utilizar sus bases y la asedia y le prohíbe cualquier compra de petróleo. Supongamos que la prohibición se prolonga y que ningún país se atreve a quebrantarla. Supongamos que empieza el hambre, la angustia en los hospitales, que las dificultades asfixian vidas. Supongamos que Trump comunica su propósito de quedarse con el país e incluso bombardearlo si no se entrega voluntariamente. Y supongamos que entonces empiezan a aparecer en Francia o en Portugal o en el Reino Unido reportajes donde se busca a personas que llevan tiempo criticando el “sanchismo” (los reportajes asumen la expresión) y se difunden sus críticas, desde la izquierda o desde la derecha, a menudo fuera de contexto. “Sí”, vienen a insinuar los reportajes, “las cosas están difíciles en España, un país que apenas produce el 0,1 por ciento del petróleo que usa, y que por muchas renovables que tenga ve cómo su PIB cae en picado mientras crece la carestía de lo elemental, el malestar profundo, la probabilidad del caos. Pero recordemos –prosiguen– que Sánchez derogó la Ley Mordaza aunque su partido y sus aliados tuvieron años y años para hacerlo, o que son muchos los inmigrantes que en España viven en condiciones infrahumanas, aunque se impulsaron las renovables y el país dispuso de un superávit de fondos, ayudas y beneficios fruto de decenas de años de colonialismo directo e indirecto, tampoco logró impulsarlas lo suficiente ni modificar las infraestructuras tanto como hubiera sido necesario para garantizar la distribución de agua y alimentos por todo el país sin usar petróleo”. Etcétera, etcétera.

Por favor, no finjamos ingenuidad: esos reportajes no estarían solo contando hechos más o menos exactos, críticas más o menos asumibles; Esos reportajes, en ese momento, estarían contando algo más con lo que contaban: estarían contribuyendo a que se acepte mejor la inacción del resto del mundo.

Se dice que la izquierda, o un pedazo de ella, quiere conservar a Cuba en el museo de los iconos. No tengo ni idea de lo que la izquierda quiere hacer; Muchas personas pensamos en cambio en lo que no querríamos hacer: fabricar pretextos, precisamente ahora, para un agresor que ni siquiera los está invocando y que estará feliz de que le digan que su víctima se lo merece. También pensamos en cosas que sería bueno hacer. Intentar, antes de emitir juicios sobre el agredido, que dejen de apretar su cuello con las manos. Porque intentar es empezar a hacer.

Si hablamos de Cuba, queremos enviar una solicitud a quienes son algo más que escritores. A quienes son nuestras y nuestros representantes. A quienes tienen un poder que no es suyo, puesto que les ha sido confiado, un poder que les permite no sólo decir palabras sino proponer iniciativas, leyes, tanto en el Parlamento español como en el Parlamento Europeo, como en las Naciones Unidas y demás foros internacionales, y les permite a veces entregar –oa veces, bien lo sabe Palestina, elegir no entregar– los millones de euros de mil en mil.

Si hablamos de Cuba solicitamos a esas personas, representantes con una responsabilidad real de la que sí cabe hablar, lo siguiente: considerando que no se debe asediar una isla y estrangular la vida de once millones de personas sin que, por lo demás, haya mediado agresión alguna, convoquen una reunión de urgencia con todos aquellos líderes que también así lo estiman. Es sencillo. Se trata de organizar una flota petrolera multipolar que lleve petróleo a la isla de Cuba. Cinco, quince, veinticinco barcos petroleros con bandera blanca y la protección necesaria para evitar el ataque, el desvío, el secuestro, porque no somos ángeles.

¿Idealismo? No. Absoluto pragmatismo. Ustedes aseguran no estar de acuerdo con que un país pretende quedarse con otro porque le interesa su capital turístico y su capital simbólico, ni de acuerdo con que para conseguirlo esté cometiendo un crimen de guerra, saltándose todos los acuerdos internacionales y diseminando la crueldad, seguro de que nadie rechistará. Esa flota de paz y de petróleo sería la manera de marcar un límite internacional. Con Gaza no hubo límite. Los fantasmas de los muertos aquí siguen y cada día llegan más. Esta vez el acto es sencillo. No hacen falta bombas. Ayudaría también a Palestina y al Líbano –ya poner freno a la guerra ilegal contra Irán– el hecho de hacer saber que no se puede masacrar o asfixiar a poblaciones inocentes, y que hay capacidad de oponerse.

¿Qué haría Estados Unidos? ¿Bombardear petroleros de distintas nacionalidades con bandera blanca? Tal vez ustedes pregunten cómo van a hacer eso ahora, cuando el petróleo se está poniendo por las nubes. Precisamente ahora, un conjunto “ya está bien” que pasa de las palabras a los hechos. Ustedes, líderes con cargos que les otorgan capacidad de maniobra, no están actuando, y las personas a quienes ustedes representan emprenden actos de solidaridad y no van a dejar de hacerlo porque Cuba no está sola. La cuestión es que esas personas no pueden, no podemos, hacer llegar petróleo porque eso están ustedes, que liberan reservas y saben bien que sus declaraciones y su ayuda menor en este momento no bastan, pues no llevan barriles de diésel dentro.

Esperamos que lo hagan, que convoquen esa reunión. ¿Cómo es para ustedes notar esta espera plural sobre sus hombros? Debería quizás hacerles más grandes, más generosos, más valientes, con una grandeza, generosidad y valentía que no es suya pero que a ustedes les ha correspondido administrar. Puede que se queden tumbados al sol, pensando que algún barco de un país o dos se jugarán el tipo en soledad. Y ojalá ocurra, y qué indecencia para el resto. Sería justo, nos parece, no reparar en quién hace las cosas sino en lo que hace. Y en lo que otros no hacen. Un barco solo no hace granero, da luz, pero lo intolerable sigue. Al mismo tiempo lo que sí hace un barco es probar que la regla es falsa, la supuesta regla según la cual no vale la pena intentar nada. Tenemos derecho a esperar más de ustedes.

Mientras esperamos, les escuchamos cuestionar a Trump, calificar sus mensajes de incoherentes, sus acciones de crímenes, criticar el conglomerado que le sostiene. Y seguimos esperando. Y siguen sin actuar. ¿Recuerdan aquella frase de Cortázar: “No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj”? Ustedes, líderes de las naciones, no critican a Trump: son los críticos, los ofrecidos para la política que él está ejecutando con su venia. 

“Tenemos que vivir, no importa cuantos cielos se hayan derrumbado”, escribió DH Lawrence, y es cierto, tenemos que vivir. Y viviremos, y sabremos que hay algo que hacer, y seguiremos combatiendo como podemos un acto criminal que está siendo ejecutado sobre una vez millones de personas inocentes. Pero a nuestros representantes políticos les decimos: sí importa cuántos cielos se hayan derrumbado. Y cuando decimos “cielos” no estamos hablando de iconos, hablamos de aquello que, sobre nuestras cabezas, nos recuerda que nadie nace para someterse al chantaje ya la destrucción sin freno. Si de verdad fueran políticos, deberían intentar impedir un crimen de devastación masiva, porque intentar es empezar a hacer, y no intentar es convenir, ser cómplices.

Fuente: https://ctxt.es/es/20260401/Firmas/52729/cuba-elias-canetti-belen-gopegui-flota-petroleo.htm