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Dueños de la vida

Fuentes: El Quinto Patio

Puede ser pura ignorancia, pero es más probable la idea de que la vida nos pertenece venga de muy atrás, procedente de una ideología primitiva y fanáticamente centrada en el hombre como dueño absoluto de todo cuanto le rodea. Por eso es que termina por no ser tan evidente el deformado sentido de propiedad que […]

Puede ser pura ignorancia, pero es más probable la idea de que la vida nos pertenece venga de muy atrás, procedente de una ideología primitiva y fanáticamente centrada en el hombre como dueño absoluto de todo cuanto le rodea.

Por eso es que termina por no ser tan evidente el deformado sentido de propiedad que marca nuestra educación, iniciado desde la infancia, con el pollito de la piñata, descuartizado porque el niño quería ver «cómo funcionaba», pero que, al fin y al cabo, sólo es un pollito descuartizado que se tira a la basura ¡y listo!… y aquí lo único que ha pasado es que papá ría de las gracias de su pequeño monstruo y mamá diga «no más pollitos de piñata»…. Pero del pollito, ¿qué? ¿qué sucede con esa vida cercenada en su primer día de existencia? Nada. Con ella podemos hacer lo que se nos dé la gana, porque al fin y al cabo, nos pertenece, y a nadie le importa.

Así, de la misma manera arbitraria e incomprensible, nos pertenece la vida del árbol que estorba la vista desde el balcón, pronto derribado por el jardinero, quien en un instante transformó en leña verde e inservible ese pujante almendro cargado de retoños. «Lástima, pero es mi jardín y es mi árbol. Y lo corto cuando quiero» es la respuesta.

Con los animales sucede otro tanto. Como es la moda tener perritos finos o gatos de exhibición, tengamos uno. No importa lo que hagamos con él, mientras nos pertenezca. Podremos llevarlo al campo si molesta mucho en casa y ahí que se encarguen los empleados. Y entonces, ahí va un ser vivo perteneciente a otros seres vivos no tan nobles pero con el poder suficiente para hacer de su pequeña vida un infierno o un paraíso. Sin embargo la vida, ese concepto con el poder para movilizar al máximo las neuronas de filósofos, de artistas, de científicos y de teólogos en todas las épocas, continúa siendo un misterio, un arcano que se nos escabulle y nos deja siempre perplejos ante su milagro.

Quizás de este trastocado sentido de propiedad, ha derivado también la costumbre de menospreciar la vida de las criaturas llamadas «inferiores» por cuestiones de fuerza física. Y ahí entran niños, ancianos y mujeres. ¿De qué protocolo machista deriva el estereotipo de que los seres físicamente más débiles son inferiores? Volviendo al pollito de la piñata. ¿cómo podemos aceptar que un ser vivo sea entregado a otro ser vivo para que practique sus juegos de poder y dominación?

No es necesario ir muy lejos para extraer de esta posición de prepotencia muchas de las peores acciones bélicas de todos los tiempos, y prácticamente todos los sistemas de esclavitud aún predominantes en países modelo de democracia.

La vida de los demás no nos pertenece. Si queremos ser depositarios de ella, como en el caso de los animales domésticos, o pretendemos disfrutar de su belleza, como sería el caso de las plantas, no estaría demás que comenzáramos a pensar en que al poseerlos adquirimos el compromiso de respetar su integridad y proveer los recursos más adecuados de subsistencia.

El caso de la familia es igual. No es «mi familia, y con ella hago lo que se me da la gana». Es un grupo de seres interdependientes física y socialmente, quienes conviven pero no forman parte del patrimonio del más fuerte, como se estila creer en muchas de nuestras sociedades.

Al final de cuentas, resulta que los experimentos de clonación lo único que vienen a hacer, es a ratificar ese pretendido sentido de propiedad sobre la vida, sobre ese proceso misterioso del cual no poseemos ni siquiera los rudimentos de una respuesta.

Esta actitud eminentemente masculina y, por lo tanto, patriarcal, es uno de los factores más decisivos en el debilitamiento moral de la comunidad humana. El poder absoluto sobre la vida ajena es la vía más rápida hacia la pérdida de valores y la consolidación de un materialismo que justifica el horror de las guerras de exterminio, las acciones bélicas fundamentadas en el racismo, y cuya estrategia hacernos creer que los más fuertes cometen los peores crímenes para protegernos, a los más débiles, de nosotros mismos.


Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.