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Ecuador inaugura un presidente acartonado

Fuentes: Revista Amauta

Daniel Noboa, el candidato, en las postrimerías de la segunda vuelta electoral, difundió su imagen en cartón, en tamaño natural. Así, llegando de forma “presencial” a través de múltiples espacios públicos e incluso hogares del país, consiguió también un masivo eco en las redes sociales. Con este tipo de acciones mediáticas consolidó este joven de 35 años, que se autoproclamó como “socialdemócrata”, su posición en el electorado. Este nobel político, prácticamente desconocido para la mayoría de la población, sorprendió en la primera vuelta, cuando literalmente de la noche a la mañana consiguió llegar al balotaje. Su triunfo, en suma, podría ser visto como el resultado tan trillado de la candidatura out sider que se lleva el triunfo contra todo pronóstico, apelando a la anti-política (una forma mañosa de hacer política, cabría anotar).

Sin minimizar esa lectura, tan propia de la sicología de masas y del marketing político en estos tiempos de política líquida, bien vale la pena detenerse en un par de cuestiones más generales. El domingo 15 de agosto concluyó una inusual campaña electoral. Se trató de elecciones generales anticipadas, derivadas de la disolución de la Asamblea Nacional por parte del presidente Guillermo Lasso. Fueron elecciones para designar un nuevo gobernante y nuevos miembros de la Asamblea Nacional, que permanecerán en sus cargos por el tiempo que faltaba cumplir al actual presidente y a la legislatura cesada, es decir hasta mayo del 2025.

Esta construcción constitucional, creada para procesar crisis profundas, más propia de sistemas legislativos que presidencialistas, desnudó la profunda debilidad de la institucionalidad política de Ecuador. El partido más grande, carente de prácticas democráticas internas, designó sus candidaturas desde las alturas: el caudillo con la última palabra. Un partido tradicional optó por contratar un verdadero mercenario, de esos que cobran para matar en guerras ajenas. Algún líder popular, desembarcado del partido con el que había corrido con bastante éxito, se vio forzado a conseguir un partido de alquiler. Y así por el estilo. Por cierto, ninguna de estas fuerzas políticas planteó en campaña soluciones de largo aliento a los graves problemas existentes, sea por su mediocridad, por su debilidad organizativa o por haber caído en las redes del inmediatismo mediático.

Este proceso electoral pasará a la historia no solo por su superficialidad, sino sobre todo por el asesinato del candidato presidencial Fernando Villavicencio. Las posteriores imágenes de los candidatos rodeados de decenas de miembros de la fuerza pública, puestos chalecos antibala e incluso cascos, grafican la realidad de un país ahogado por la inseguridad y el dominio del crimen organizado.

Este proceso será recordado también por un mensaje positivo, tremendamente potente. El 60% del electorado se pronunció a favor de dejar el petróleo en el subsuelo, en el bloque ITT del Yasuní y de prohibir con el 70% de los votos la minería metálica en el Distrito Metropolitano de Quito. Como resultado de iniciativas ciudadanas se abrió la puerta a un proceso postextractivista que, sin duda, demandará muchas más luchas, pero que, al fortalecer los procesos de acción democrática desde abajo, marcaría un antes y un después en la vida de este país-producto: país-cacaotero, país-bananero, país-floricultor, país-camaronero, país-petrolero…

Entremos en los resultados de la segunda vuelta.

La candidatura ganadora, la del joven Daniel, personifica la tradicional pretensión oligárquica de controlar directamente el poder político. Al parecer lo lograron con el banquero Lasso, pero con resultados lamentables. Este presidente electo proviene de una de las familias más ricas del país. Su padre, uno de los mayores exportadores de banano y propietario de decenas de empresas, intentó cinco veces llegar a la Presidencia. La vida pública de su hijo es reciente: fue asambleísta en la pasada legislatura en la que tampoco la joven candidata del correismo tuvo alguna destacada actuación. Para candidatizarse recurrió a fuerzas políticas de alquiler, curiosamente también al que fuera el partido de Rafael Correa hasta el año 2017, que luego fuera cooptado por su exvicepresidente y sucesor Lenín Moreno.

Las incógnitas de cómo será su gobierno son múltiples. De la campaña no se derivan señales claras de cómo abordará temas cruciales, como es el de la seguridad. En otros campos hay algunas pistas. Parecería evidente que no debería continuar los pasos económicos del fracasado gobierno del presidente Lasso. Sin embargo, en un encuentro con el presidente saliente para procesar la transición, Noboa junior tuvo a su derecha a Alberto Dahik, una suerte de padre del neoliberalismo criollo, quien fuera vicepresidente de la República y que huyó del país en 1995 luego de renunciar por graves cargos de corrupción; muchos años después este prófugo de la justicia regresaría gracias a la amnistía impulsada por el presidente Correa, quien, además, le subió a su tarima para debatir temas económicos.

En este entorno está abierta la disputa dentro del bloque de poder económico. Sin embargo, como lo hemos visto a lo largo de nuestra historia, las distintas fracciones del capital pueden llegar con relativa facilidad a acuerdos interclasistas.

Lo que si podría suceder es que el joven Daniel, en un ejercicio pragmático -si Dahik no dispone otra cosa-, opte por un manejo económico menos ortodoxo. Naturalmente esta evolución estará enmarcada en los estrechos márgenes de acción impuestos por el FMI y los acuerdos con los acreedores de la deuda externa. Y, por cierto, la evolución económica dependerá también de cómo se aborden las cuestiones de seguridad y también si se logra paliar la masiva y creciente pobreza, que gravitan en la vida política y por supuesto también económica del Ecuador.

En lo internacional todo indica que el joven Daniel estará más cerca de Washington que a favor de la integración regional. Sin embargo, considerando la escasa información disponible, es decir, hasta que no se demuestre lo contrario, él no sería un militante de las corrientes de ultraderecha representadas por un Bolsonaro o un Milei (no así su vicepresidenta).

En clave extractivista, mientras el correismo apoyaba la continuación de la explotación del petróleo del ITT en el Yasuni, el joven Daniel, en campaña, se pronunció a favor de no explotarlo. Lo hizo exponiendo razones económicas, pues él entendía que no es un buen negocio para el país. Su posición no tiene una motivación ecológica, ni de defensa de los derechos de los pueblos indígenas. Es más, él dijo que se podían conseguir más ingresos ampliando la megaminería (impuesta en el gobierno correista), que es otra fuente de destrucción ambiental y social.

Con estos antecedentes, adicionalmente sin siquiera contar con una fuerza parlamentaria sólida, las posibilidades de que Noboa pueda impulsar soluciones de largo aliento son mínimas. Un asunto que se complica porque el nuevo gobernante tiene ya en mente las próximas elecciones del año 2025. Esto anticipa un manejo inmediatista y también clientelar de alguien que estará más preocupado de construir su tarima electoral que de dar respuesta a los graves problemas nacionales.

Miremos rápidamente en el campo perdedor. El correismo, el partido más grande, por segunda vez consecutiva, no alcanzó a llegar a la Presidencia. Correa, su líder supremo, con residencia en Bélgica para evitar enfrentar la justicia en Ecuador, no logró su objetivo: allanar el camino para su regreso al país y al poder por interpuesta persona, la joven candidata por el designada: Luisa González. Las condiciones estaban dadas. Ella alcanzó un cómodo primer puesto en la primera vuelta. El correismo había conseguido un notable resultado en las elecciones seccionales de febrero pasado, controlando muchas y poderosas prefecturas y alcaldías. Sin serlo en realidad, el correismo se había posicionado como la oposición a Lasso, vendiendo la narrativa de que con Noboa se aseguraba el continuismo del desgobierno del banquero, a quien a su vez se le presentaba como el heredero de Lenín Moreno… quien llegó a la Presidencia gracias al propio Correa que le impuso como candidato de su partido en el año 2017. En campaña, contrastando con la terrible situación que atraviesa el pueblo ecuatoriano, se magnificaron los logros del gobierno correista repitiendo cansinamente que “esto ya lo hicimos”.

Lo que interesa es reconocer que este movimiento “progresista” depende de su caudillo. Por lo pronto no hay señales de un cambio democratizador. Terminadas las elecciones Correa volvió a sus andanzas. Lejos de reconocer sus errores en el gobierno, sus atropellos a movimientos sociales y líderes indígenas y populares, demostrando su incapacidad para pensar en el país y el país, apenas conocidos los resultados de su derrota, se dedicó a encontrar culpables fuera de su propio ámbito de responsabilidades.

Del resultado de la segunda vuelta de las elecciones se desprenden otras lecturas. Al parecer se mantiene la obtusa fractura entre correismo y anticorreismo, que no puede ser vista simplonamente como un enfrentamiento entre la izquierda y la derecha. Solo recordemos que el gobierno de Correa apenas sintetizó un intento progresista por modernizar el capitalismo. También habría que analizar la fractura regional de la votación: casi toda la Costa apoyó a González; mientras que la Sierra en su totalidad y casi toda la Amazonía, regiones en donde es fuerte el movimiento indígena, votó por Noboa. En este punto llama la atención la derrota del correismo en las dos ciudades más grandes, en las que en abril había ganado los municipios: Guayaquil y Quito.

Como saldo podemos concluir que, en estas circunstancias, no hay espacio para albergar la ilusión de un cambio sustantivo. Los problemas son tan agudos y la incapacidad de enfrentarlos por parte de las élites dominantes -tan bien representadas en las dos candidaturas finalistas-, auguran un agravamiento de la crisis.

A la postre, los sectores populares tendrán que seguir construyendo alternativas desde abajo, resistiendo a las políticas neoliberales, extractivistas y patriarcales que, con seguridad, más allá de algunos matices clientelares, mantendrá el joven Daniel que llegó a la Presidencia personificado en una figura de cartón.-

Alberto Acosta: Economista ecuatoriano. Presidente de la Asamblea Constituyente (2007-2008). Juez del Tribunal Internacional de los Derechos de la Naturaleza.

Artículo publicado en la revista AMAUTA Siglo XXI – Vocero de los socialistas mariateguistas – Año 3, número 13, octubre del 2023

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.