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Edwards y su pandilla

Fuentes: Punto Final

La Fundación Paz Ciudadana cumplió veinte años manipulando las políticas de seguridad del gobierno de turno. Su creador, Agustín Edwards Eastman, propietario de la cadena de diarios El Mercurio, puede estar satisfecho. Ha creado una instancia muy influyente con una inversión muy baja. Un salpicón de empresarios, políticos, policías y militares reunidos en defensa del […]

La Fundación Paz Ciudadana cumplió veinte años manipulando las políticas de seguridad del gobierno de turno. Su creador, Agustín Edwards Eastman, propietario de la cadena de diarios El Mercurio, puede estar satisfecho. Ha creado una instancia muy influyente con una inversión muy baja. Un salpicón de empresarios, políticos, policías y militares reunidos en defensa del modelo neoliberal y que aplaude a dos manos al viejo conspirador.

Que Edwards -culpable del más grave delito que puede cometer un ciudadano: traición a la Patria- sea presidente vitalicio de la Fundación, permite pensar que en realidad es su dueño. En sus diversas instancias -presidencia, vicepresidencia y tesorería, directorio, asesores y consejo consultivo-, reúne una suerte de «cuerpo escogido» de la clase dominante. Desde Bernardo Matte, hasta Guillermo Luksic, Horst Paulmann, Julio Ponce Lerou, Alvaro Saieh y Alberto Kassis, entre los empresarios; los concertacionistas José Joaquín Brunner, Oscar Guillermo Garretón, Enrique Correa, Eugenio Tironi, Sergio Bitar, Soledad Alvear y Edmundo Pérez Zujovic y los derechistas Alberto Espina (RN) y Jaime Orpis (UDI) conforman la corte de lame-culos de Agustín.

Como conspirador contra el presidente Salvador Allende y cómplice de la intervención norteamericana que pidió personalmente a Nixon y Kissinger, Edwards percibió que el problema de la delincuencia sería importante al terminar la dictadura. Tanto por causas socioeconómicas como por circunstancias políticas provocadas por la represión de los militares y servicios de seguridad.

La Fundación Paz Ciudadana demostró desde el inicio que servía una orientación reaccionaria. Punitiva y clasista, imitaba modelos como el norteamericano, con cerca de tres millones de presos -en su mayoría negros y latinos-, pero que ve aumentar a diario la delincuencia. La criminalidad en Chile también tiene raíces sociales y culturales que no se pueden diluir con más cárceles.

Los cuatro gobiernos concertacionistas hicieron del adulo a Edwards y su Fundación un ritual que sus presidentes de la República cumplían haciéndose presentes en cada aniversario. Esta vez Piñera tuvo al menos el buen gusto de enviar a su ministro del Interior y Seguridad Pública, Andrés Chadwick, escoltado por los directores de Carabineros y de Investigaciones, también súbditos de Agustín.

Pocos días después, en el Regimiento Buin, Edwards recibió la condecoración Cruz Ejército Bicentenario que le entregaron el comandante en jefe del ejército, Juan Miguel Fuente-Alba y el jefe de la II División Motorizada, general Mario Messen. También tocaron condecoraciones el ex presidente Aylwin -otro activo conspirador en 1973- y el ex ministro y dirigente del PPD, Francisco Vidal. Edwards tiene también un grado honorario en la Armada.

El ilustre traidor a la Patria ha logrado cerrar el ciclo de la impunidad perfecta. Se ha convertido en el capo de una pandilla que le garantiza honores en vida y salvas funerarias mañana, ya sea que gobierne ésta o la otra derecha. Y, como si fuera poco, recibe condecoraciones de los ejecutores del golpe que él preparó en Washington. Manuel Contreras y otros delincuentes similares no han corrido la misma suerte.

 

Publicado en «Punto Final», edición Nº 772, 7 de diciembre, 2012


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