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El auge del reformismo en Chile y la crisis de una «izquierda sin pueblo»

Fuentes: Rebelión

Las revoluciones no las hacen los grandes estrategas, sino los grandes pedagogos. En estos últimos años, hemos visto renacer de las cenizas de la política institucional un nuevo referente que de a poco empieza a causar ruido en el mundo social, electoral y «milagrosamente», en los espacios de la prensa burguesa. Este extraño conglomerado pretende […]

Las revoluciones no las hacen los grandes estrategas, sino los grandes pedagogos.

En estos últimos años, hemos visto renacer de las cenizas de la política institucional un nuevo referente que de a poco empieza a causar ruido en el mundo social, electoral y «milagrosamente», en los espacios de la prensa burguesa. Este extraño conglomerado pretende reunir el descontento social en un confuso programa (aún no definido), que lleve a los espacios de poder el silenciado clamor popular, un conglomerado de brillantes sonrisas y colores de cambio que prometen crear una nueva forma de hacer política. Según ellos, el Frente Amplio trae consigo una política libre de los viejos fantasmas, cual pócima contra la decepción del pueblo chileno, que se ha distanciando de la cosa pública, dejando los asuntos colectivos en manos de una clase que se erige por sobre la sociedad, que constantemente legisla en beneficio de unos pocos en desmedro de las grandes mayorías olvidadas.

Sin embargo, a un par de años de su puesta en escena, nos preguntamos: ¿Qué es el Frente Amplio? Para la derecha añeja y golpista, un grupo anarquista y peligroso; para la nueva mayoría, oxigeno renovador y WD-40 para los engranajes oxidados de esta Democracia tutelada; y para la izquierda, un cúmulo de amarillos pequeño burgueses que defraudan a Lenin y a Marx con su discurso simplón y cuidadanista, que con sus consignas sólo le hacen el juego a la derecha, ya que la institución es una vaca sagrada que nadie, excepto el fascismo y sus aliados deben tocar.

¿Es eso el FA? ¿Así de simple sera nuestra respuesta desde la izquierda? Me cuesta diferenciar aquí quienes defraudan a Marx, tan lucido en su aplicación de la dialéctica en gran parte de sus análisis, o a Lenin, el gran forjador de consignas. Cuando hablamos de FA, nos referimos a una agrupación de organizaciones políticas más o menos progresistas, ¡si, progresistas dije! que en mayor o menor medida han sido forjados al paso de la lucha. No podemos negar la participación activa de la otrora UNE, en el movimiento estudiantil desde antes de la explosión del 2011, o el despliegue que llevo a Giorgio Jackson, el niño bonito y consentido de la concertación a posicionarse entre los medios de comunicación hasta ganar un escaño en el parlamento; cabe mencionar dentro de esta «amplitud» a Ecologistas Verdes, Humanistas, que en distintos niveles cargan sus propias banderas y sus propias luchas; tenemos también a UKAMAU, más «radicales» que los anteriores, pero no por ello menos confundidos en sus políticas de alianzas, sin embargo, su gestión los ha llevado a concretar importantes proyectos de vivienda y de participación política con un notorio carácter clasista que muchos entre la izquierda envidian. Y que decir de Igualdad, un partido que deambula en zigzag buscando un nicho y su presidente aprovecha cuanta cámara se le atraviesa para salir con algún Frenteamplista levemente famoso soñando con que esa imagen la iluminación mediática de la élite se le contagie pos osmosis. Igualdad, desde hace rato dejo de ser la herramienta de los pueblos y hoy es el legado triste de un pasado combativo que alguna vez soñó con el poblador sujeto como eje de la vanguardia política nacional, y producto de sus propias contradicciones y falta de mirada clasista terminó siendo absorbido por un exceso de electoralismo, coqueteando con la élite del red set reducido a ser vagón de cola de un proyecto confuso, sin bases ni esperanza; y como cuerpo adicional: Los Liberales, que producen eficaces esporas capaces de alejar a la «ultraizquierda», incapaces de sentarse jamás en la misma mesa con todo aquello a lo que por ingenuidad o falta de análisis llaman «fascismo», para no manchar su devota adhesión a viejas luchas.

Seguimos preguntándonos sobre el Frente Amplio y no encontramos respuesta, no la encontramos porque estamos buscando mal, porque ante la dispersión social, falta de fuerzas, programa y unidad en la izquierda revolucionaria, permanecemos atentos y expectantes a que cada nueva fuerza política de oposición al duopolio debería ser obligatoriamente el partido de Lenin, o el movimiento «26 de Julio». Soñamos ilusamente que harán el cambio anhelado y nos frustramos al no ver ni una pizca de clasismo en sus discursos y planteamientos.

¿Qué es lo que está mal aquí? ¿Que un grupo de organizaciones políticas con mayor o menor sentido de lucha aproveche las evidentes grietas de las instituciones y pretenda tomarlas antes que se derrumben por completo? ¿0 que nosotros, desde la izquierda, no hemos sido capaces de construir nuestra propia herramienta política? y con esto no hablo de un partido en el sentido estricto e institucional del término, sino de cualquier instancia importante de unidad en un programa y coordinación de diversas luchas sectoriales con carácter clasista y popular.

Nos concentramos en lo que dijo este o aquel diputado frenteamplista sobre Cuba o Venezuela, y sin ser pesimista, un importante grupo de la población desaprueba la revolución en ambos países, incluso compañeros avanzados de nuestra clase y con inserción real en las masas vociferaron la muerte de Fidel y Chávez los «dictadores». No pidamos tanto.

«Lo más terrible es que no son de izquierda» dicen algunos; y los que marchan en las calles tampoco lo son en su totalidad, los que necesitan poner fin a las AFP tampoco lo son, las que marchan por #Niunamenos son hasta nuestras patronas y los enfermos por la contaminación de nuestras ciudades solo quieren vivir, vivir lejos de la izquierda o la derecha y podría seguir enumerando: en la Araucanía de 10 diputados, 5 son de RN y 3 DC, a pesar de que es ese el duopolio parlamentario y sus empresas aliadas quienes someten a la miseria a gran parte de esa población. No pidamos tanto.

Si miramos dentro de la piel de nuestra patria, ¿Cuántos chilenos hoy día quieren vivir en el socialismo? o peor aún ¿Cuántos explotados de nuestra patria están dispuestos a luchar por construir el socialismo? La respuesta es desesperanzadora, ni el pueblo ni la masa electoral piensa en el socialismo y la experiencia histórica les hace tener miedo a cualquier indicio de ese concepto. Mirando este panorama, no debería parecer extraño que quienes impulsan un cambio, incluso en este caso donde se pretende timonear un Estado que filtra agua por diversos agujeros y que a punta de parches seguirá navegando, no se digan socialistas. No pidamos tanto.

Se hace imperioso dejar de ver solo la apariencia de este fenómeno y pasar a entender su esencia. Ya sabemos de dónde viene, a que consignas se adhieren sus piezas, y que son éstas mismas las que no han permitido la creación del más mínimo esbozo de programa o puntos de acuerdo. No es difícil inferir que la fuerza motriz del FA no son las ideas concretas sino las personas que componen y sustentan este gigante sin cabeza, y que en el caso de existir este programa de cambio, no irá más allá de «la medida de lo posible» porque la ley no lo permite, por la timidez política de sus dirigentes y porque tampoco existen las fuerzas sociales capaces de impulsar o en su caso defender un proyecto de cambio real que altere las relaciones de poder y dominación económica, o mucho menos la sumisión casi teológica en que se encuentra nuestro pueblo, la izquierda institucional y también la revolucionaria. Este último punto es el que nos debe importar: las fuerzas sociales, su rearticulación, coordinación y reconocimiento de clase.

Tiempo político institucional y tiempo político social.

En política existen, dos tiempos importantes, que no transitan de forma lineal ni paralela, sino que se entrecruzan e interfieren él uno al otro sin necesariamente ir a la misma velocidad ni seguir la misma trayectoria:

El tiempo político institucional: un orden del tiempo en base a normas, plazos y años electorales, donde la maquina estatal empuja a los partidos y estos se ven obligados a salir rápido a los territorios a recuperar la confianza perdida de los barrios. Un tiempo político que intenta ordenar y canalizar la cadencia de los procesos sociales al ritmo de la música que pone la burguesía por medio de sus leyes orgánicas y administrativas, que al final resultan ser la mordaza que se nos impone para limitar nuestro acceso al poder. Este tiempo, confirma tristemente la alienación, el burocratismo y la frustración a la que se enfrentan los oprimidos al intentar incorporarse al sistema, donde el empuje y descontento social se pierden entre los complicados pasillos de un castillo kafkiano y K, el sujeto pueblo, al igual que en la novela, nunca logra su objetivo.

El tiempo político social: lento, rápido, multidireccional, errático, sujeto a distintas variaciones que tienen que ver directamente con el momento histórico, la relación de las fuerzas productivas, el desarrollo ideológico y la «capacidad de articular las demandas inmediatas, o programa mínimo, con los objetivos estratégicos, o programa máximo, lo que permite resolver de manera revolucionaria la cuestión del poder». 1 En otras palabras, articular de forma dinámica los términos de Reforma y revolución. Este es el tiempo más importante de los dos, es el tiempo del desarrollo de la conciencia de clase, de la capacidad organizativa de la fuerza social, es el tiempo de la reconstrucción y reconocimiento del tejido histórico y su identidad, el tiempo de la imaginación de un mundo-otro, de la clase en si y para si; tristemente es también el tiempo del fracaso, de la prisión, del exilio, la desconfianza, la frustración que inmoviliza, es el tiempo de los individuos en busca de colectividad.

¿Dónde quedamos nosotros, la izquierda revolucionaria? Para el mundo social, somos un grupo desgastado y en peligro de extinción que levanta viejas consignas poco arraigadas en las masas. Una brutal realidad que nos revela una desesperanzadora certeza ¿Cómo es posible que en un país tan desigual como el nuestro, con un empobrecimiento que marcha a la inversa de las cifras del crecimiento económico, con una descarada corrupción que atraviesa de forma transversal todas las instituciones del Estado, no seamos capaces de canalizar ese descontento, o por lo menos posicionarlo de forma más evidente entre las masas? Retomando lo anterior, si es la falta de socialismo en la conciencia de nuestro pueblo lo que nos duele, es que debemos mirarnos, y mirarnos con vergüenza.

Han pasado 28 años desde el retorno a la «Democracia», una democracia que a pesar de sus contradicciones: desmedida represión y leyes penales exageradas para criminalizar las reivindicaciones legitimas de la sociedad, algo le queda de democrático. O por lo menos podemos hacer parte de nuestra política no desde la clandestinidad y en cierta medida expresar y difundir nuestras ideas de cambio (mientras no atente contra los derechos consagrados en la constitución). La apertura del Estado post-dictatorial nos permite herramientas que antes no teníamos, como el derecho a sindicato, que con sus graves atropellos al espíritu del derecho sindical y sus luchas históricas, existe; podemos hacer asambleas de vivienda con facilidad y organizar comités que pueden llegar a tener un carácter combativo y confrontacional como es el caso de UKAMAU; levantar Federaciones de estudiantes, que aunque sin derecho real a participación en sus claustros, existen. ¿Que nos ha pasado entonces? ¿Por qué a pesar de estas «libertades» con las que hubiera soñado cualquier compañero de la resistencia antidictatorial, no hemos avanzado lo necesario? ¿será que nuestra política y nuestra lectura no fue capaz de entender la vida «democrática» y seguimos siendo devotos rebeldes de la lucha clandestina?

Existen, por lo menos dos fenómenos importantes de apreciar aquí:

a- Por un lado, esta «apertura democrática», ha secuestrado el tiempo político social y lo ha enmarcado dentro del tiempo político institucional, así ha puesto una jaula de hierro a las formas de lucha, encerrando todo el desarrollo social a los plazos, procedimientos y marco legal que ha construido la burguesía en beneficio de sus propios intereses y terminamos deambulando perdidos en los pasillos de El castillo, sin llegar al origen del poder ni a lograr nuestros objetivos inmediatos o nuestros derechos sociales. Esto no es un nuevo invento, muy por el contrario, ha sido una constante del desarrollo de la civilidad, ya que por un lado tenemos a un movimiento social empujando al Estado por el reconocimiento de sus legítimos derechos, pero por otro lado éste le pide adecuarse a sus formas y procesos legales, por lo tanto pasamos de la lucha social por necesidades palpables, a la mera abstracción de la ley y por ende a caminar por los inmensos salones kafkianos y perdernos en sus pasillos fundiéndonos en el Estado.

b- Por otro lado, la feliz promesa del desarrollo económico en esta «revolución silenciosa» ha fracasado rotundamente, el libre mercado ha sido incapaz de satisfacer las más mínimas necesidades sociales, mercantilizando todos nuestros derechos básicos; pero su éxito radica principalmente en su potente inserción ideológica en nuestro cuerpo social, confirmando con abrumadora excelencia la máxima de Clausewitz quien decía que vencer al enemigo no se trata sólo de despojarlo de sus armas y su voluntad de seguir luchando, sino hacer que piense como el vencedor, o la idea marxista de que la ideología de una sociedad, es la ideología de su clase dominante. En este punto nos detendremos más reflexivamente, ya que es ahí donde hemos estado fallando y por más que destinamos nuestras fuerzas, recursos y tiempo, llegamos al mismo atolladero, la imposibilidad frustrante de cambiar la realidad.

La conciencia de los revolucionarios v/s la conciencia de la sociedad.

Mientras la conciencia social en Chile avanza aceleradamente a una derechización ideológica y un exacerbado individualismo, impulsado por el exitoso manejo de los medios que posee la burguesía que no solo confunden y tergiversan la realidad, sino que también crean sentido común. Nuestras consignas, en un desesperado intento de desmarcarse del reformismo y hacernos parecer más «rebeldes», van aislando a la izquierda revolucionaria del cuerpo social haciéndonos parecer una caricatura de un pasado utópico, además de un triste fracaso histórico.

¿En que estamos fallando entonces? ¿Será que nuestras propuestas son ajenas a las reales necesidades de nuestro pueblo y solo responden a una necesidad de autosatisfacción de quienes componen la izquierda revolucionaria que constantemente compite entre sus grupitos por el trofeo al más radical o a quien se parece más al MIR? ¿O que el estado ignorante e infantil de nuestro cuerpo social se traduce en una incapacidad para comprender sus propias necesidades e incluso no ver al verdugo que amenaza con su destrucción física y moral? ¿O que ante nuestra impotencia y frustración al no poder atacar a un reconocible enemigo, nos contentamos ciegamente en encerrarnos en nuestros círculos cercanos donde todos estamos de acuerdo en la revolución y su necesidad urgente quedándonos solos con el tiempo social, incluso tildando de fachos pobres, ignorantes y retrógrados a esas mismas masas que sufren la explotación más descarnada a la cual juramos liberar?

La respuesta general a estas preguntas es una triste afirmación. Efectivamente, hay un enorme grado de autosatisfacción en nuestras propuestas, marcadas por una gigantesca competencia «inter-izquierdas» que nos ha alejado de la sociedad, que nos ha aislado en pequeños grupos, contados con los dedos, que además de pocos, trabajamos preferentemente solos, dándole prioridad únicamente a los espacios que estén bajo «nuestro control», incluso con malas prácticas como la denigración, burlas y mentiras que no solo atomizan a los revolucionarios, sino también son un punto de fricción constante en cada intento de unidad, o peor aún, son la piedra de tope que merma las confianzas para acciones futuras en aspectos más delicados para el desarrollo de la lucha de clases. Y así, mientras el reformismo construye alianzas electorales para transformarse en el recambio de las dos derechas imperantes, nosotros miramos atónitos el proceso, incapaces de hacer alianzas, sin inserción en el mundo social, vagando en el purgatorio del mundo político sin una estrella polar que nos guie.

El estado infantil del cuerpo social de nuestra patria es algo evidente y planificado, partiendo por una educación servicial, sumisa, patriarcal y nula en sentido crítico; tenemos una población con constante miedo, ignorante de sus derechos, y que producto de una gran fractura en su historia se siente incapaz de impulsar un cambio social que altere las estructuras de dominación existentes, para así no despertar al gran Leviatán que restablecerá el orden y la institucionalidad con sus evidentes daños colaterales. Esta masa ignorante, amorfa y falta de modales, es tierra de rapiña donde se posan los cuervos de la derecha más recalcitrante como la UDI en las poblaciones, las hienas de la nueva mayoría en los sindicatos y sus representaciones como la CUT y el Colegio de profesores, y algunas nuevas alimañas que con fuerza renovadora pretenden darle más vida y color a esta ciénaga para nutrir de nueva carne el campo de disputa parlamentario: el FA.

Y así, nos quedamos de nuevo mirando cómo cada par de años, el tiempo político institucional se vuelve a tomar la movilización social. El empuje popular se pone en pausa y las izquierdas se vuelven a sacar los ojos sobre si votar o no votar, y algunos con calculadora en mano miran en el mundo electoral al mejor postor para difundir su programa, las dirigencias se desarticulan, las federaciones se convierten en células de propaganda, los sindicatos en sloganes y las juntas de vecinos, en fiestas con alcaldes bailando la canción de moda. Y así volvemos a ver a esa vecina que a diario reclamó contra las AFP, el transantiago y la mala salud en el policlínico. Ir de nuevo a votar por los mismos del año anterior. La esperanza triunfa sobre la frustración.

El tiempo político institucional reafirma el miedo histórico a cambiar la realidad prolongando el acomodo servil al status quo. Para ellos, el problema no es el capital y sus expresiones nefastas en Chile y el mundo, no es una AFP o la falta de políticas públicas para mejorar la calidad de vida, la vivienda y la educación. Son las personas que administran el Estado quienes lo tienen así, por ende cambiamos las caras y los partidos pero la estructura sigue igual. Las máscaras griegas se imponen treatralmente sobre la penuria latina, con sus fantasmas ciudadanos y su bajtiana opresión. Desde las butacas vemos como esa sonrisa ilustre encanta con alegres promesas al sujeto popular y nosotros esperando el momento para entrar en escena sin el ropaje adecuado, sin un maquillaje acorde y lo que es peor con un guión incapaz de conmover a ese público ansioso de drama. Ese público que durante decenas de años ha sido alimentado de la mas cínica sátira.

La izquierda revolucionaria o la crisis de una izquierda «sin pueblo».

¿Donde está la izquierda revolucionaria en Chile? ¿En qué espacios esta construyendo su programa y su base social? Si entendemos la «necesidad» que tiene nuestra izquierda de desmarcarse del reformismo levantando una consigna más radical. ¿Cuál es su programa de cambio, su táctica y estrategia para llegar al poder? O peor aun ¿Tiene alguna posibilidad de insertarse en las masas y llevar la buena nueva de las tareas inmediatas y los cambios pendientes?

Por ahora busquemos alguna respuesta. Concuerdo enormemente con varios autores (incluyendo tristemente algunos son de derecha) que plantean que en Chile no hay una izquierda. Abiertamente abren el desanimo de las masas populares con esta afirmación que intenta desarticular la conciencia social, silenciando todo proyecto de cambio que emane desde nosotros. En teoría, pero sólo en teoría, existe una izquierda y no una, sino muchas, todas ellas con militantes preparados, cuadros potentes que impulsan brillantes consignas llenas de esperanzas de cambio en las redes sociales, los podemos ver en cada universidad organizando apetitosos foros y conversatorios sobre política contingente, debatiendo apasionadamente sobre las tareas inmediatas de la clase obrera, escribiendo numerosos panfletos haciendo el llamado a la insurrección popular, la guerra prolongada, la huelga general o la construcción del poder popular para derrocar la tiranía del capital que encadena nuestras vidas, transformando en mercancía cada parte de nuestra existencia.

En términos teóricos, esto suena excelente, y solo aquellos sinvergüenzas reformistas, con sus mezquinos intereses de por medio, son capaces de negar que esta es la solución al calvario que recorre la humanidad. Sin embargo, nuestra inmadurez política y falta de comprensión de la realidad material nos ha hecho claudicar ante el avance del reformismo en la sociedad y peligrosamente, la mano astuta y oportunista del fascismo está irrumpiendo nuestros hogares, nuestros barrios y sindicatos con argumentos simples, lejos de las grandes teorías y metarrelatos, apelando a sentimientos «nobles» de solidaridad patriótica y una guerra declarada a una corrupta clase política que «tanto ha mancillado el honor de nuestra nación». Un Cancerbero que reúne en sus cabezas los tres pilares del conservadurismo (Dios, Familia y Propiedad), comienza a ganar espacio en lugares que antaño eran «propiedad exclusiva de la izquierda»: me refiero al Movimiento Social Patriota y las distintas expresiones del neofascismo que mantienen un crecimiento sostenido en este último tiempo, usando nuestros miedos cotidianos como punta de lanza para insertar un programa que nada hará por cambiar realmente las cosas y que probablemente aumentará la tensión social existente en nuestra sociedad con expresiones brutales de violencia callejera que apunta a ser institucional. 2

¿Qué hacer como izquierda revolucionaria? La tarea no es fácil para las fuerzas de cambio. Y será imposible construir la sociedad que queremos sino somos capaces de conciliar los mas mínimos puntos en común o las más básicas normas y formas de inserción de nuestros militantes en las bases sociales a quienes queremos representar, conducir y sobre todo, educar en comunidad. No sólo para superar el capitalismo y sus formas de producción y valoración, sino también la potente hegemonía cultural que tiene sobre nosotros, una hegemonía que también ha influido a nuestras filas y que es el factor principal de nuestra dispersión teórica y práctica.

El Frente Amplio sólo es una más de las expresiones que impulsa la burguesía para frenar el avance popular y confundir a los explotados. Y seguir enfocándonos en ellos es buscar un chivo expiatorio a nuestros fracasos, es un acto de completo cinismo, de nula autocrítica y una falta de comprensión histórica de nuestras falencias teórico-prácticas.

Tareas inmediatas, esbozo temporal.

 

Solo a modo de esbozo me atreveré a enumerar elementos que a mi parecer están siendo absolutamente perjudiciales para el desarrollo y la construcción de un proyecto desde la izquierda en Chile, no quiero con esto generalizar a todas las orgánicas que día a día intentan como viejos topos salir a la superficie del pantano en que nos encontramos. Y no es sólo el reformismo quien acecha nuestros viejos nichos de construcción, sino que un antiguo fantasma recorre el mundo, el fantasma del fascismo. Sus trompetas de guerra están tronando en las puertas de toda Latinoamérica y las izquierdas, desde hace rato que se encuentran sin un camino fijo de acción, un camino que el exceso de teoría no ha sido capaz de darles y que yo tampoco me creo en la posibilidad de hacerlo. Sólo pongo en estas páginas, mi espíritu observador y mi experiencia como militante que se debe a su pueblo por sobre cualquier organización a la que pertenecí.

 

– En primer lugar se hace imprescindible y urgente ser capaces de superar diferencias entre las izquierdas revolucionarias. Que las diferencias sean de carácter político, ideológico y práctico y se afinen frente a frente en los espacios de convergencia o las plataformas coyunturales que se levanten en base al trabajo REAL. Superar las diferencias es la principal garantía que tenemos para salir airosos de la crisis que nos aqueja, recordemos que como revolucionarios, creamos organizaciones políticas y frentes de masas no por nuestras necesidades vanidosas, sino porque es nuestro pueblo quien requiere de estas herramientas para tomar el cielo por asalto y construir ese mundo otro que tanto anhelamos. Y en honor a ese principio debemos actuar.

Dejar el academicismo y el elitismo vanguardista: estamos demasiado acostumbrados a la política de cafetín, esa que se discute en las universidades, en los periódicos ultra ideologizados, en los foros sólo para nuestros militantes y amigos de nuestros militantes (siempre con la intención de reclutarlos), o peor aún, en el barrio Lastarria, el Café Providencia o la Plaza Ñuñoa. Acerquémonos a esa chusma ignorante, metamos las manos al barro con nuestro pueblo, sólo ellos son los llamados al cambio social, con sus organizaciones populares, espontáneas, incultas, de lenguaje obsceno y rabia contenida. «Sólo en el pueblo confiamos», dice la consigna que repetimos constantemente, pero jamás salimos a abrazar a ese pueblo. Por lo menos los partidos institucionales salen a turistear al barrio cada ciertos años para captar sus votos. Si no somos capaces de ser partícipes del sentir de nuestro pueblo, de construir no para nuestras orgánicas sino para las masas, para los nadie, los nunca, los sin. Es que no entendimos nada de lo que significa ser revolucionarios y el pañuelo rojinegro nos queda grandes.

– Entender acertivamente la diferencia y aplicación del programa mínimo y su relación con el programa máximo: esto quiere decir que existe una urgente necesidad de aterrizar el tenor de nuestras luchas y acercarlas a las necesidades inmediatas de nuestro pueblo más allá de nuestra visión partidista, insertarse en el pueblo no necesariamente significa dirigirlo, sino comprenderlo. Y para esto debemos ser capaces de abrir nuestros ojos y oídos a lo que sucede a nuestro alrededor. Las calles gritan consignas que debemos recoger para convertirlas en propuestas reales. Si nuestro programa máximo es la revolución social, el programa mínimo deben ser los pasos inmediatos a seguir como el salario mínimo, la jornada laboral, la educación de mercado, la salud y vivienda dignas, las AFP, la seguridad social, el transporte etc. no basta con difundir la necesidad del cambio social sino generar la relación inquebrantable entre partido y frente de masas. Esta relación solo será posible si atendemos las tareas inmediatas pendientes con miras a un fin superior, por muy reformistas que estas puedan sonar para nosotros. Nuestro pueblo pide a gritos una dirección política coherente con sus pesares y nosotros no estamos comportándonos a la altura del momento histórico.

– Estudiar al enemigo: la burguesía y al derecha lleva decenas de años estudiando a la izquierda, leyendo su teoría, su historia y buceando en las mentes de sus grandes pensadores. Todo esto para saber como desarticularnos, dividirnos y reprimirnos. Por ejemplo, el ejército francés después de la Segunda Guerra Mundial ante el crecimiento orgánico y militar del Partido Comunista en Francia y su fracaso en la guerra de Indochina, asumió su derrota con una mirada a futuro que hasta hoy nos pesa: se sumergió en las lecturas de Mao, Ho Chi Min y la teoría militar y organizacional de las revoluciones, para crear su escuela contrasubversiva, la que más tarde exportó a Argentina, Chile y EEUU con las consecuencias que ya sabemos en la segunda mitad del siglo XX. Esto nos hace falta, mirar su teoría con fines estratégicos para vencer. No puede ser que ante el auge del fascismo en Chile aún no hemos sido capaces de darle forma a una lectura dialéctica de su origen y alcance estructural, no puede ser que desde la izquierda se le dice fascista a todo lo que parezca extraño, desde Kast hasta Bachelet y Pinochet sin profundizar en su verdadera esencia. Si no nos hacemos cargo cuanto antes de esto, será demasiado tarde, si es que ya no lo es, ya que movimientos como el MSP (Movimiento Social Patriota) y Acción Identitaria están golpeando nuestra puerta mientras nosotros aun no somos capaces de definirlos ni enfrentarlos.

– En esto también se hace urgente entender el origen y la significación simbólica y política de lo que es un facho pobre. ¿Qué es un facho pobre? ¿De donde viene su ideología y en que estratos vive? El facho pobre no es nada más ni nada menos que el poblador enajenado, ese poblador que ha sido capaz de tragarse todo el discurso de la televisión y los medios, es ese que cree que Bachelet y la Concertación son gobiernos de izquierda, es ese que reclama cuando los estudiantes luchan pero debe pagar la universidad de su hijo, el que paga la micro y se llena de rabia contra este sistema todos los días sin saber hacia donde apuntar. El facho pobre es un sujeto creado por la derecha y la izquierda. La primera lo crea a su imagen y semejanza para tener su reserva moral y electoral; la segunda por su abandono. Es un sujeto creado y criado por nuestra indisciplina y poco apego a nuestro pueblo, producto de nuestro academicismo, de ser una izquierda elitista sin conexión con las masas. En fin, su existencia es culpa nuestra, porque allí donde antes estaban las organizaciones políticas haciendo cultura y organización hoy esta la televisión el y «tiempo institucional». Es también la cara triste de la desilusión con la política imperante y sus formas de actuar, es ese que dice: ni izquierda ni derecha y nada mas conveniente para el fascismo que esta postura. En palabras de Zizek: para la derecha, despolitizar es un gesto político por excelencia.

– Develar el reformismo y el progresismo que daña profundamente a los sectores clasistas. Con esto no quiero decir que nuestra lucha deba ser principalmente apuntada hacia ellos, más bien hay que ser capaces de identificarlos, y con claridad política, saber hasta que punto es útil o no al movimiento social, no es más revolucionario el que está más a la izquierda, es revolucionario aquel que sabe usar de forma inteligente los conceptos reforma y revolución dejando de lado el infantilismo, tan nocivo para la construcción actual. En términos generales, una política acorde a las necesidades de nuestro pueblo. Muchas veces se han perdido posibilidades de avances reformistas, sólo porque no hemos sido capaces de apoyar esta o aquella reforma y al final el más perjudicado de esto es el pueblo pobre.  Recordemos que el reformismo sirve para entender y educar al pueblo sobre los límites de la legalidad y la democracia burguesa que deben ser superados por las organizaciones de clase por medio de sus propios órganos de poder.

– Dejar de satanizar la institución: parte importante del infantilismo imperante se debe principalmente a una mala lectura del marxismo y del momento actual de la lucha de clases. Esto quiere decir que la institución no es necesariamente el enemigo directo al que debemos enfrentarnos, es el Capital y la legalización institucional de la esclavitud, y para eso debemos tener altura de miras al respecto. El poder popular no es un discurso ni una teoría, es más bien una práctica de ejercicio cotidiano de control sobre los recursos y el espacio social en el que nos desenvolvemos. Este manoseado concepto, vociferado a todo pulmón en cada marcha por una izquierda que poco ha aprendido de él, está lejos de realizarse en boca de quienes lo sostienen. Este «poder», tiene distintas expresiones en el mundo real y por lo mismo depende de cada grupo social y de cada tiempo y espacio la forma en que se lleva a cabo. En mi estadía en Venezuela he podido ver múltiples expresiones de este poder en pleno ejercicio, un poder legalizado por el Estado y reglamentado por la Ley Orgánica del Poder Popular. Sin embargo el nivel de autonomía propositiva y programática de cada asamblea y comuna está lejos de ser un aparato institucional controlado por el Estado, sino más bien reconocido y amparado por él. Como decía un viejo poeta amigo: «la izquierda quiere tomarse el poder para hacer la revolución y aun no controlan ni las juntas de vecinos donde viven sus militantes». La construcción desde abajo en los espacios cotidianos es nuestra única garantía para presionar a los de arriba.

– Renunciar con urgencia al idealismo radical: no estamos en un periodo prerrevolucionario, las masas no están en las calles exigiendo libertad e igualdad. Mas bien se les ve bastante cómodas en sus casas, conformes con la sociedad de consumo, con sus deudas, sus pensiones y la contaminación inminente de este sistema de producción. Esto no quiere decir que el proyecto socialista esta fuera del marco temporal presente. Sólo demuestra el gran triunfo ideológico de la sociedad de mercado, que a pesar de la miseria material en que ha transformado nuestras vidas, ha sido capaz de hegemonizar y derechizar la mente de los oprimidos que ante cualquier amenaza al status quo, levantan la bandera del orden y la autoridad como valores infranqueables de la estabilidad social. Debemos ser capaces de entender el estado de ánimo de nuestro pueblo y de ser necesario aterrizar nuestro discurso y hacerlo acorde a su nivel de radicalidad, no olvidemos a Lenin que planteaba que ¡Para cada proceso histórico, una consigna adecuada! Esto no quiere decir que demos un paso al reformismo, más bien nos dice, que podemos flexibilizar nuestro discurso para llegar a nuestro pueblo, sin perder el norte que es la revolución social.

Renunciar a la demagogia: ¿cuanto soportan las redes sociales? Se hace imperioso ponerle freno al radicalismo virtual ya que no aporta en nada al movimiento, sólo es una plataforma para captar a un par de ingenuos que viven con el idealismo romanticista de la lucha armada. Seamos realistas ¿cuantos de los que llenan sus redes están realmente dispuestos a dar una lucha armada? ¿cuantos de ellos poseen armas o un leve entrenamiento acorde para sustentar una lucha de este tipo? Siendo realistas, nuestras izquierdas está a años luz de impulsar un proceso en Chile que sea capaz de enfrentar al ejército y sumar a las masas en la realización violenta de la victoria final. Dejemos de subir fotos de nuestra organización con la capucha y la bengala si a la primera arremetida policial escapamos dispersos y despavoridos. Hagamos una lectura real de nuestras fuerzas y nuestra inserción en las bases antes de presumir de nuestra «capacidad militar» que hasta ahora, esa táctica, si es que puede llamar así, sólo ha servido para dar insumos a los agentes de la represión, más preocupados que nuestro propio pueblo de buscar y caracterizar a los agentes del cambio social.

– Por último, practicar la pedagogía revolucionaria: enseñar al pueblo, ser parte de él, de sus dolores y alegrías. Sólo así podremos asegurar una revolución duradera y emancipadora. Dejar de soñar con la toma del poder por una insurrección popular y comenzar a construir el poder en nuestra vida cotidiana, en nuestros espacios. No esperemos conducir una revolución, creemos las condiciones para que esta tome forma y cuerpo de pueblo. Despertemos del panteón a nuestros grandes próceres, no para intentar ser como ellos, sino para aprender de ellos, de su práctica y su discurso. Seamos capaces de sentir en nuestros músculos los apremios que sufre nuestro pueblo desde sus propias verdades. Ya que enseñar es también un acto de aprendizaje. Para esto es importante bajar desde el Olimpo nuestra teoría en un lenguaje de barrio. No para ser voceros de un pueblo que sólo siente, sino para devolverle el verbo robado por las vanguardias a nuestros oprimidos.



[i] Lenin. El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo. Editorial Progreso, Moscú, 1989.

[i] Para una estudio más detallado de este fenómeno, recomiendo las excelentes columnas de Felipe Ramírez Sánchez publicadas en El Desconcierto tituladas: Descifrando el fascismo chileno (I), El fascismo criollo original (II) y Socialpatriotas e identitarios: el fascismo chileno remasterizado (III).

 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.