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Análisis de una regla eclesial contra natura vista desde la realidad boliviana

El don del celibato

Fuentes: Tlaxcala

Apena que el Vaticano persista en mantener aquellas normas corruptas de los tiempos de Borgia, cuando se instauró el celibato totalitario con el fin de conculcar el derecho a la herencia que asistía a los hijos de los clérigos casados, los diáconos. El brahmán polígamo exigiendo abstinencias plenas a los ignorantes y humildes pastores. Tal […]


Apena que el Vaticano persista en mantener aquellas normas corruptas de los tiempos de Borgia, cuando se instauró el celibato totalitario con el fin de conculcar el derecho a la herencia que asistía a los hijos de los clérigos casados, los diáconos. El brahmán polígamo exigiendo abstinencias plenas a los ignorantes y humildes pastores. Tal la génesis de la doble moral. Aquí radica la clave oculta de la crisis del celibato. El celibato obligatorio es la perversión más vil de una virtud, de un don. Esto desató el Protestantismo, al otro extremo de la misma doble moral.

1. Las sotanas son inocentes

«El celibato es una institución monstruosa, hipócrita, que debilita del fe del pueblo en su Iglesia y causa frustración entre los propios sacerdotes con auténtica vocación cristiana que no están de acuerdo con la abstinencia forzada», dijo un famoso ex cura, estalinista y «fierrero», que después fue poderosa e indolente autoridad con su enésima mujer pavoneándose tras el trono, cual doña Yola la del General.

La crisis del celibato, dijimos, divide a los sacerdotes que sucumben ante la naturalidad de la carne entre «k’uchi curas» y «tata k’alinchos». Los primeros, inmorales de verdad, son aquellos curas que alzan el grito al cielo cuando juzgan el pecado ajeno, pero en las penumbras de su intimidad dan rienda suelta a sus más bajos instintos. En cambio los «tata k’alinchos» son hombres que llevan la sotana con gracia popular, asumen la imperfección humana sin doblez moral y son transparentes, ante Dios y la grey, cuando comparten con su feligresía el gusto de vivir, incluso amando a una mujer.

El «k’uchi cura» proviene generalmente de esas familias señoriales que fija lija debían criar un hijo para ser militar, otro para abogado y otrito para cura. Por eso el «k’uchi cura» se cree predestinado a ser poderoso dentro la poderosa jerarquía católica, y en el camino se enamorará de un seminarista al cual sodomizará con la promesa de los privilegios que otorga el poder. El «k’uchi cura» es político en esencia, casi siempre jesuita, y cuando se le cierren los caminos hacia la cúpula clerical, digamos que por razones «ideológicas», colgará la sotana y despotricará contra el celibato, el muy cochino. Monseñor Fernando Lugo, el presidente «socialista» del Paraguay, es nuestro paradigma del «k’uchi cura» sudamericano. Ahora, también se ven «k’uchi curas» de poca monta y de clase baja que, aquejados por insospechadas patologías sexuales, sucumben ante la flagrancia de sus delitos como chivos expiatorios de los «k’uchi curas» de la élite.

Los «tata k’alinchos» son el equilibrio que sostiene a la Iglesia Católica en sus bases mismas. Tienen origen popular, comúnmente párrocos de provincias, que al involucrarse con su feligresía adquieren gustos y costumbres del pueblo sin remilgos, y por ahí llega el amor de una mujer, para solaz de todos los parroquianos. De ellos nos ocuparemos después.

Finalmente, en medio de los «k’uchi curas» y los «tata k’alinchos» se hallan los sacerdotes auténticamente célibes, que sí los hay, y por haberlos con ese don bíblico no es justo achacarle al celibato por los descontroles del padre Alberto, el de Miami.

2. Elogio del tata k’alincho

Hay entre ellos un límite imperceptible, muy imperceptible, pero límite al fin. Les une irremediablemente su falta de don, su incapacidad real, humana, de cumplir los votos del celibato, virtud que engalana a muy pocos elegidos, ungidos por esa inaccesible santidad. Pero el invisible límite que los diferencia es el don de la honestidad: Hay sacerdotes que rompen el celibato con doble moral y extrema hipocresía, son los «k’uchi curas». En quechua, «k’uchi» significa inmoral. Y hay aquellos que están conscientes de su debilidad carnal, asumen su crisis vocacional con franqueza, y viven el sacerdocio liberados a su destino, sin ocultar sus deseos y sin llevar una doble vida, son los «tata k’alinchos». El quechua llama «k’alinchos» a los varones alegres y dicharacheros, buenos tipos.

Siguiendo tan singular definición de don Alfonso Prado, digamos que la Iglesia Católica existe, al menos en Bolivia, gracias a los «tata k’alinchos». Son la correa de transmisión entre la cotidiana feligresía y el inmanente poder clerical; entre la masa devota y la institución vaticana. Son ellos que al despojarse de una falsa inmacularidad en su imperfecta dimensión humana, refuerzan su liderazgo espiritual, e incluso su autoridad moral, en un plano horizontal, de igual a igual con los demás pecadores. Es la evangelización a lo San Pablo, hombres llevando a hombres la palabra de Cristo, sin reclamar privilegios por ello, sino más bien haciendo de la humildad el camino de la fe impartida. Estos sacerdotes son un fenómeno cultural en Cochabamba. Los podemos ver tomándose un buen tutumazo de chicha después de un bautizo, bailar borrachitos con la novia recién casada en su parroquia, organizando campeonatos y conciertos. Hay muchos y auténticos célibes entre los «tata k’alinchos», pero los no célibes son mayoría.

A diferencia de los «k’uchi curas» que se dicen acérrimos defensores del celibato (cuando en los hechos lo aborrecen e infringen sórdidamente), los «tata k’alinchos» son muy respetuosos de aquel instituto bíblico; dicen que el celibato es un desafío muy duro que hubiesen querido vencer, y muy pocos lo logran, como don Walter Rosales, que se fue a la guerra para poner a prueba de fuego su templanza y su fe, sin perder el don la alegría.

Lo interesante es que el pueblo comprende y tolera a sus «tata k’alinchos» incluso cuando éstos se enamoran y procrean. Son honestos en su relación y responsables en su paternidad, como buenos cristianos. Esto es muy común especialmente en las provincias del valle cochabambino, como veremos luego.

3. Los alegres devotos vallunos

En Morochata, legendario pueblo de rebeldes ayopayeños que protagonizaron la guerrilla indígena de 1947, vivió hasta hace algunos años un cura bohemio llamado Nicómedes N.N. Era tan conocido su gusto por la chicha, que un obispo de visita en la provincia le sugirió cambiarse el nombre. «En vez de Nicómedes, debías llamarte Nibéberes», bromeó el obispo. Este hermoso «tata-k’alincho» desapareció un día sin dejar rastros. Algunos morochateños aseguran que huyó con una chola voluptuosa a quien hizo parir en su ley.

La fertilidad del valle cochabambino es un poder holístico irresistible, una energía telúrica que irradia insondables magnetismos. En estos lares del señor ningún voto de castidad resiste impunemente. Debajo de las sotanas hay pantalones, como dijo el tropical y recién casado padre Alberto, el de Miami. El erotismo valluno es la lógica consecuencia de la fecundidad que rodea a estos pueblos agrícolas y festivos, y no es extraño que en ese contexto estos pueblos sean capaces de darse un gobierno espiritual donde la tolerancia y el sentido común -valores fundamentales de una cultura democrática- se sincretizan con las instituciones de la Iglesia. El campesino devoto del valle no tolera a un cura acartonado y dado a los sermones, desconfía de él y le niega autoridad; en cambio es reverente y confiado con esos sacerdotes que no le rechazan una tutuma de chicha ni se hacen rogar para bailar una cueca en la fiesta del matrimonio «en lo religioso». El mundo espiritual valluno ha moldeado su perfil del cura ideal en el «tata-k’alincho«, de entre los cuales son incontables aquellos que sucumben sin remedio ante los encantos de una india bañándose en el río Sapenco, mientras Dios andaba «awayteándole»(1) a la Pachamama (2).

Pero el sentido ético de aquella tolerancia por las debilidades humanas del sacerdote de parroquia, no es una carta blanca para la inmoralidad sin límites y las perversiones más grotescas, que son habituales entre aquellos que el hombre quechua denomina «k’uchi cura», cuyo ejemplo paradigmático en Cochabamba fue el arzobispo Genaro Prata, italiano, de quien es preferible ni hablar.

El devoto valluno reclama una hermandad lúdica con la curia que gobierna su espíritu; pero también exige honestidad en el ejercicio de esa autoridad espiritual. En ese marco, el celibato es visto como una fortaleza moral que supera los límites terrenales de nuestra precaria vulnerabilidad carnal. Un sacerdote célibe, y a la vez «tata k’alincho», como veremos, es el líder moral ideal entre la feligresía valluna…

4. Pablo o el síndrome de Tecla

A diferencia de los «k’uchi-curas», los «tata-k’alinchos» asumen su sexualidad de manera franca y abierta. Son seductores por naturaleza y en muchos casos proclives a ser seducidos en los púlpitos y confesionarios; y modernamente en congregaciones católicas juveniles. No en vano hoy las telenovelas latinoamericanas explotan este tema con éxito entre el público femenino especialmente. Suelen ser las feligresas quienes asumen la iniciativa de relacionarse sentimental y sexualmente con ellos.

Muchos sacerdotes jóvenes o en edad sexualmente activa que, comúnmente, son sinceros con su voto de castidad o celibato y pretenden cumplirlo fielmente, de pronto son atacados por el Síndrome de Tecla, es decir el acoso inesperado que viene desde alguna angelical y apasionada fémina; y chau celibato. Es lo que -según Karl Kautsky en su erudita obra «Orígenes y Fundamentos del Cristianismo«(1)- le pasó al apóstol Pablo, quien fue encarcelado y desterrado bajo sospecha de adulterio, por haberse involucrado con una mujer casada, Tecla, la cual se había enamorado perdidamente del predicador al extremo de haberse vestido de varón para seguir los pasos del evangelista célibe.

Una vez consumada la relación, estos sacerdotes atrapados en las redes de Tecla enfrentan una lucha cotidiana por no condenar esa relación a la clandestinidad y en tal sentido son honestos con sus parejas e hijos si llegan a tenerlos. Entienden que la fidelidad y la monogamia son perfectamente equivalentes al celibato sacerdotal. Estos curitas anónimos han logrado un balance armonioso entre su ferviente profesión religiosa y su sexualizada vida personal. Decenas de ellos ejercen el sacerdocio como párrocos (muchos de ellos inclusive diáconos con «rango» de presbíteros) en varias provincias y comunidades campesinas del Departamento de Cochabamba. Uno de los debates no resueltos con relación al tema del celibato, se refiere al espacio real que corresponde a ciertos niveles clericales como el de los diáconos y los presbíteros, es decir la base social principal del orden católico. Los diáconos pueden ser hombres casados con facultades limitadas y supletorias en el ejercicio clerical, pero no llegan a ser obispos, a diferencia de los presbíteros que sí tienen garantizada una carrera sacerdotal hasta el papado mismo. Sin embargo, pese a que el diaconado es abierto a hombres casados, se cierra para los solteros exigiéndoles celibato obligatorio; entonces quienes no tienen vocación célibe tampoco pueden acceder a ser diáconos salvo que estén casados; y por lo tanto prefieren seguir la carrera sacerdotal de presbíteros, aspirando a ser obispos incluso, sin tener el don del celibato; entonces, cuando «pecan» cohabitando con una mujer hasta procrear, al Vaticano no le queda más salida que «sancionar» a estos sacerdotes «degradándolos» a diáconos.

En Cochabamba, diáconos y presbíteros que no aspiran a ser obispos pero sí tener una familia de tipo muy cristiano, gozan del respaldo de la sociedad civil. Son apoyados por su feligresía.

En Tarata, por ejemplo, fue donde se hicieron famosos las correrías de sacerdotes franciscanos que criaban a sus hijos teniéndolos como monaguillos del Convento y educándolos en el arte de la música sacra. Nuestro colega Walter Gonzáles Valdivia nos proporcionó interesantes datos al respecto. Recuerda a un párroco dadivoso en Sipe Sipe, afectuoso y amante de la buena vida, a quien le gustaba bailar levantando polvo, personaje infaltable en todas las fiestas y muy querido por todo el pueblo; murió a fines de los noventa(2). «Naturalmente que sus hijos le decían padre», recuerda Walter con amable ironía.

¿Y cuál es el lugar que ocupa el celibato en este singular mundo espiritual del valle cochabambino…?

5. Quien pueda entender que entienda

El abismo dado entre el progreso material de la humanidad y su desarrollo espiritual, es la mayor contradicción del mundo actual. La abrumadora revolución tecnológica que acelera al planeta a la velocidad del Internet, no está acompañada por un salto cualitativo en la evolución ética y moral de los humanos. Mientras más nos acercamos a la perfección virtual, más nos asechan la corrupción del poder, la irracionalidad de la guerra, la indolencia social, la perversión egoísta y demás pecados capitales. El espíritu de la época radica en esta paradoja cruel con que Stanley Kubrick inició su «2001: Odisea en el Espacio»: una revolución material (cibernética) sin precedentes, frente a una degradación espiritual (intelectual) descomunal.

En tal contexto, las corrientes más renovadoras de la sociedad civil exigen señales de una necesaria des-bestialización de la humanidad. Las religiones buscan reencontrarse con las culturas ofreciendo sus ascéticas panaceas en el mundo de las acuciantes necesidades espirituales, y ahí caben como haces de luz en el sombrío horizonte los ideales de la pureza, la castidad y el celibato, que son inherentes a valores superiores -tan venidos hoy a menos- como la honestidad, el renunciamiento y el amor al prójimo.

La santidad es una utopía universal que reclama un lugar preferente en este planeta afiebrado por el triunfo de la tecnología que irrumpió aparejada de inseguridades, incertidumbres y descontroles. Los agnósticos, budistas y védicos vuelven a enfatizar sobre el poder de las abstinencias, avanzan los adventistas con su prédica vegetariana, los yatiris(1) cuidan más a sus achachilas eunucoizados(2), y los católicos comienzan a re-pensar la pertinencia del celibato.

El celibato es una institución que reafirma nuestra naturaleza animal como seres humanos, pero a la vez funciona como un referente moral que nos propone una visión elevada de nuestra condición, sin ella somos una especie antropomorfa librada a la ley del más fuerte. Demasiado darwinismo en un mundo y en un siglo donde nuestra especie evoluciona autodestructivamente.

Nos atrevemos a sostener que el celibato es una opción sexual como cualquier otra, y merece toda consideración social. El celibato es una forma de administrar la sexualidad como una energía transformada en misticidad químicamente pura. Se dice que Mohamed Ali(3) se sometía a meses de abstinencia sexual para descargar mejor su potencia en el ring. Del mismo modo los sacerdotes (obispos y presbíteros) verdaderamente célibes, vuelcan ese acto de disciplina a desarrollar sus capacidades de liderazgo espiritual en favor de su comunidad, igual que Cristo.

El problema es que el celibato no está allí donde debería estar…

6. La rebelión de los diáconos

El Diaconado(1) es la institución que más aproxima a la Iglesia Católica hacia una «ruptura» con el celibato. Pero en rigor no es «ruptura» sino una mejor relación; aunque nada mejora en los hechos. Resulta poco fecundo, por no decir castrante, que sólo aspirantes casados pueden ser diáconos, con facultades para casar y bautizar, y a la vez se exige a los aspirantes solteros tomar los votos del celibato para ser diáconos permanentes, como si para ello no existieran las instituciones del Presbiterado(2) y el Obispado(3). Es un absurdo administrativo dentro la Iglesia Católica que no puede ser justificado por la vía del «misterio». Apena que el Vaticano persista en mantener aquellas normas corruptas de los tiempos de Borgia, cuando se instauró el celibato totalitario con el fin de conculcar el derecho a la herencia que asistía a los hijos de los clérigos casados, los diáconos. El brahmán polígamo exigiendo abstinencias plenas a los ignorantes y humildes pastores. Tal la génesis de la doble moral. Aquí radica la clave oculta de la crisis del celibato. El celibato obligatorio es la perversión más vil de una virtud, de un don. Esto desató el Protestantismo, al otro extremo de la misma doble moral.

Cristo es Cristo porque fue célibe, y no todos podríamos (ni debemos) serlo. Jesús es un líder espiritual popular y universal, aclamado desde los más diversos credos -el mito insuperado en más de dos milenios- por la fecundidad emblemática de su pureza que era fuente de su todopoderoso carisma. Nos equivocamos al pensar que el celibato es sinónimo de infertilidad, cuando el Cristianismo nos muestra aquí en Occidente (como el Islamismo o el Budismo en otros lares del Señor) que las civilizaciones nacen de la fe ideológica que ponen los hombres en las utopías de su perfección más allá de su mera reproducción para conservar la especie. Por eso es que en Occidente la Antigüedad está antes de Cristo. Grecia, Roma y lo que antes hubo, quedaron a la otra orilla de la Era en que vivimos, llamada Era Cristiana.

Y si el Catolicismo quiere vencer este nuevo Siglo, debe depurar sus niveles Presbiteral (sacerdotes) y Episcopal (obispos) de tantos «k’uchi curas» que aspiran a tronos sólo reservados para apóstoles directos de Cristo, célibes a toda prueba. Se puede servir a Jesús desde el humilde rebaño, a lo «tata k’alincho», siendo fiel esposo y abnegado padre, en el nivel Diaconal (clérigos), que debe abrirse también a las mujeres. Hay que ordenar mejor la Orden. Sin esta reforma fundamental en la estructura eclesiástica, la crisis del Cristianismo persistirá.

Notas

(1) Diaconado: Del latín diaconus y del griego diáconos: «servidor». El diácono o clérigo es un hombre que ha recibido el primer grado del sacramento de Órdenes Sagradas por la imposición de las manos del obispo. La función del diácono es asistir a los sacerdotes en la predicación, la administración del bautismo, los matrimonios, la administración de las parroquias y otros servicios. Los sacerdotes son primero ordenados diáconos. Son, por un tiempo, diáconos transitorios (en tránsito hacia el sacerdocio), para distinguirlos de los diáconos permanentes. El Diaconado es para siempre. Según sus atribuciones fijadas por el Código Canónico, los diáconos proclama el Evangelio y asisten en el Altar, administran los sacramentos del bautismo, del matrimonio y bendicen, llevan el Viático a los enfermos (no pueden administrar la Unción de los Enfermos, antes llamada Extremaución, además pueden dirigir la administración de alguna parroquia, se les puede designar una Diaconía y otros servicios según la necesidad de la Diócesis. Las vestiduras propias del diácono son la estola puesta al modo diaconal, es decir, cruzada en el cuerpo desde el hombro izquierdo y anudada por sus extremos en el lado derecho, a la altura de la cintura y sobre esta la dalmática, vestidura utilizada sobre todo en las grandes celebraciones y solemnidades. Después del Concilio Vaticano II, se restauró la práctica de permitir al Diaconado Permanente hombres casados. Quién es ordenado diácono siendo soltero se compromete al celibato permanente. Un diácono casado que ha perdido a su esposa, no puede volver a contraer matrimonio. El origen del Diaconado se remonta a la Biblia. Los primeros diáconos fueron ordenados por los Apóstoles, según los Hechos 6, 1-6. Desde un principio los diáconos eran clérigos con derecho al matrimonio.

2) Presbiterado: Del griego, via latín, presbyteros: «anciano». Hace alusión a la costumbre antigua, relatada en el Nuevo Testamento, por la cual los ancianos formaban un consejo de sabios sin ser sacerdotes. En las primeras partes del Nuevo Testamento se usaba como sinónimo de episkopos (Obispo), que significa en griego ‘vigilante’. Originalmente en la Iglesia los presbíteros eran solo los miembros del concejo administrativo bajo el obispo local y habían casos aislados de admisión al Presbiterado sin ser sacerdotes. Más tarde, con la muerte de los apóstoles, se fue distinguiendo el papel de episckopos de la de presbyteros. En la Iglesia Católica, el presbítero es quien ha recibido el Sacramento del Orden para ser pastor en Cristo con ciertas facultades (celebrar Misa, perdonar pecados, predicar, administrar los sacramentos, dirigir y cuidar al pueblo cristiano). Está bajo la autoridad del obispo y reglamentado por el derecho canónico de la Iglesia. El Presbiterado, conocido comúnmente como Sacerdocio, es el ministerio que desempeñan los miembros de jerarquía en la Pastoral: párrocos, vicarios y capellanes.

 

3) Obispado (Episcopado): Cargo y dignidad de obispo: era muy anciano cuando alcanzó el obispado. El Episcopado o Diócesis es el territorio o zona donde un obispo ejerce sus funciones. Cada Diócesis se estructura habitualmente alrededor de una ciudad, y en esa ciudad se encuentra la iglesia principal (Catedral), de la que es titular su obispo y en donde se encuentra su cátedra (sitial), lugar desde donde preside las celebraciones litúrgicas, eventualmente imparte justicia y confiere los sacramentos. En la Iglesia Católica los obispos son los sucesores de los apóstoles, y como tales, son constituidos como pastores para que sean maestros de la doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros para el gobierno (Código de Derecho Canónico, can. 375, 1). El obispo se inicia en la estructura eclesiástica como presbítero. Tiene la plenitud del sacerdocio, con potestad total, por la que gobierna una iglesia local o particular en comunión con el Papa. El obispo en cada Diócesis ocupa el centro de la iglesia local, y, ayudado por su presbiterado, tiene autoridad máxima en materia de magisterio, santificación y gobierno. De su autoridad dependen los sacerdotes (presbíteros) y los clérigos (diáconos). En la actualidad son nombrados de manera directa por el Papa en el caso de la Iglesia católica o el Patriarca en el caso de la Iglesia ortodoxa y copta. El modo que sigue la Iglesia católica es el siguiente: El Nuncio Apostólico de cada país reúne información en cada provincia eclesiástica del país sobre los candidatos al Episcopado, enviándola a la Santa Sede. Una vez estudiado cada caso, se procede a la elección. El Nuncio consulta al sacerdote si acepta su elección como obispo. Una vez que el presbítero ratifica su deseo, se emite la Bula y se hace público el nombramiento episcopal. Obispos y presbíteros, a diferencia de los diáconos, están obligados al celibato para culminar su carrera episcopal.

 

 

 

Fuente: http://www.tlaxcala.es/pp.asp?reference=8304&lg=es

La serie completa de estos seis artículos, aparecidos de forma dispersa con anterioridad, se ha publicado en Tlaxcala el 21 de agosto de 2009

Sobre el autor, el boliviano Wilson García Mérida