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Conferencia pronunciada en la semana que la Asociación Cultural Alfonso Sastre (ASKE) organizó sobre la utopía

El fin del engaño y la última frontera

Fuentes:

«El primer paso es penetrar las nubes del engaño y de la distorsión y aprender la verdad acerca del mundo, para luego organizarse y actuar para cambiarlo. Eso no ha sido nunca imposible y nunca ha sido fácil. No es imposible ahora ni fácil tampoco. Pocas veces en la historia ha habido un momento en […]

«El primer paso es penetrar las nubes del engaño y de la distorsión y aprender la verdad acerca del mundo, para luego organizarse y actuar para cambiarlo. Eso no ha sido nunca imposible y nunca ha sido fácil.

No es imposible ahora ni fácil tampoco. Pocas veces en la historia ha habido un momento en el que esa elección acarrease consecuencias humanas tan dramáticas».

Noam Chomsky (1)

Introducción

Como justamente señala la convocatoria a este Askencuentro estamos entrando en una nueva fase histórica en la que se abren posibilidades para la realización de muchos sueños y es por ello apropiado darle los buenos días a la utopía. Es también un momento cargado de amenazas cuya naturaleza requiere esclarecimiento. Nunca antes ha sido tan importante la lucha por la verdad, por penetrar y disolver esas «nubes del engaño y la distorsión» que menciona Chomski. De ahí el valor del debate que nos ha congregado en San Sebastián.

Intentaré con las notas que siguen abordar algunas cuestiones que pienso ameritan reflexiones más profundas. Aquí sólo puedo presentarles una aproximación que ojalá contribuya a ese empeño mayor.

Ante todo hablaré de la tesis de Fukuyama acerca del «fin de la historia» subrayando algo que me parece decisivo: ella carece de originalidad y es esencialmente la reiteración de un fraude intelectual que bajo el rótulo del «fin de la ideología» promovió la CIA hace medio siglo. Entonces como ahora se quería hacer creer que vivíamos en un supuesto nuevo orden mundial del que pretendían excluir la lucha social. En ambos casos el «engaño y la distorsión» confiaron sobre todo en ciertos medios de comunicación cuya verdadera misión es engañar a los seres humanos y manipularlos.

Esa manipulación se ha hecho y se hace con un propósito muy específico: defender el régimen político, social y económico dominante y apuntalar la hegemonía norteamericana, sobre cuya trayectoria trataré de hacer algunas precisiones.

La historia de Estados Unidos, aun antes de su surgimiento como país independiente, ha sido la historia de su constante expansionismo, la búsqueda incesante de nuevas fronteras que con la llamada globalización, habría llegado a la meta. Su dominio absoluto como única superpotencia, dueña y señora del universo, es la delirante pretensión que anima a los neoconservadores que han dado sustento doctrinal al régimen de Bush.

Pero la realidad no es tan simple. Estados Unidos alcanzó el cenit de su influencia y poderío con el fin de la Segunda Guerra Mundial. Su hegemonía encontró diversos grados de resistencia, especialmente con la división del mundo en dos sistemas antagónicos y tuvo que afrontar un desgaste que se reveló en los años setenta -derrota en Viet Nam, Watergate, crisis económica- aunque mantuvo su condición de potencia dominante, gracias ante todo a la «guerra fría», hasta que de ésta resultó «vencedor» en 1990.

Con el derrumbe de la URSS se inició un período en el que, por una parte, Washington es la única potencia de alcance mundial y por la otra, paradójicamente, se acentúa el proceso de su decadencia. La estrategia neoconservadora busca un imposible: detener ese proceso, revertirlo y asumir realmente el control del planeta.

Pese a ser una quimera irrealizable no tienen alternativa. Sólo dominando a todos los demás puede Estados Unidos disfrutar de la posición privilegiada que le permite a una fracción mínima de la población mundial dilapidar cuotas enormes y siempre crecientes de sus limitados recursos naturales. Por eso el argumento principal que emplean para movilizar el apoyo de sus ciudadanos frente a supuestos o reales enemigos es que éstos quieren dañar o destruir el «american way of life».

Debido a factores que trataré más adelante esa política irracional y sumamente agresiva cuenta con un respaldo de masas en la sociedad norteamericana que se nutre de la ignorancia y de actitudes chovinistas y racistas de hondo arraigo. La situación para la humanidad entera es de mucho riesgo. Lo será cada vez más en la medida en que, inevitablemente, continuará el descenso del poderío norteamericano. El peligro existirá mientras en ese país no se produzca un profundo cambio de régimen o al menos una radical reorientación política.

No hay asunto más vital ni que exija con mayor urgencia nuestra atención. Agradezco de antemano la vuestra para el resultado de la mía que seguidamente les resumo.

Un fraude reciclado

La idea según la cual la «democracia liberal» habría alcanzado «el punto final de la evolución ideológica de la humanidad» y «la forma final de gobierno de los hombres», es la sustancia del ensayo de Francis Fukuyama publicado en el verano de 1989 en la revista The National Interest y ampliado tres años después en un libro del que mucho se ha hablado (2).

Quien hasta entonces había sido apenas un funcionario del Departamento de Estado, saltaba de la noche a la mañana a las cumbres del pensamiento filosófico y sería citado, para bien o para mal, por seguidores o refutadores. Su obra aparecía exactamente en el momento oportuno para recibir el mayor éxito de librería en medio del triunfalismo que a tantos embriagó en un Occidente que no paraba de celebrar la derrota del adversario de la Guerra Fría.

La victoria del capitalismo era definitiva, final, inapelable. Lo aseguraban políticos y periodistas, lo repetían día y noche en diarios y revistas, en tribunas eruditas y en programas televisivos concebidos para necios. Lo creyeron sin hacer muchas preguntas millones de personas que no habían leído el libro.

La idea defendida por Fukuyama se transformó rápidamente en una suerte de extraña religión, con dogmas y ritos, predicadores y acólitos, convencidos todos de que alguien, en algún lugar, había encontrado la verdad, y traía la buena nueva. La fe, como se sabe, no admite explicaciones. Se la sigue porque sí, porque otros lo hacen y mucho más en un mundo dominado por mecanismos que condicionan el gusto y las costumbres, que hacen uniformes los modos de pensar y actuar, y en el que la imitación, la moda, se asumen como una segunda naturaleza.

Pero estaba también la paradoja. La historia «había terminado» decían quienes, sin embargo, la seguían viviendo con sus conflictos, sus guerras, sus miserias que no cesaban de multiplicarse como si ella, la historia, desde ultratumba les hiciera una mueca burlona y ejecutase, en la expresión de Emir Sader, su «venganza» (3).

Algo no funcionaba.

«¿Acaso no se tratará de un nuevo Evangelio, el más ruidoso, el más mediático, el más succesful a propósito de la muerte del marxismo como fin de la historia?» preguntaba Jacques Derrida quien agregaba esta precisión: «Indudablemente, muchos jóvenes de hoy día (del tipo ‘lectores-consumidores de Fukuyama’ o del tipo ‘Fukuyama’ mismo) no están lo bastante enterados: los temas escatológicos del ‘fin de la historia’, del ‘fin del marxismo’, del ‘fin de la filosofía’, de los ‘fines del hombre’, del ‘último hombre’, etc., eran en los años cincuenta, hace cuarenta años, el pan nuestro de cada día» (4).

Derrida sugiere un tema francamente grave. Es cierto que muchos jóvenes de hoy sometidos como están a la incesante manipulación que sobre sus mentes ejercen unos medios de comunicación portadores de banalidad y embrutecimiento, no saben que la generación de sus padres tuvo que enfrentar un asalto semejante al pensamiento racional. Que una elaboración teórica como la de Fukuyama, esencialmente una repetición de lo que él mismo había escuchado hasta la saciedad en sus años de estudiante, alcance reconocimiento generalizado como si fuese algo novedoso dice bastante de la decadencia de la academia occidental. Que muchos no tan jóvenes, que vivieron aquellos años, asimismo sean embaucados, es tan alarmante como deprimente.

El propio Fukuyama, al menos una vez, da crédito a Seymour Martin Lipset, uno de sus ilustres predecesores en el oficio de enterradores de la historia, autor de un texto también de mucho éxito, que fue publicado en 1960 y ha tenido varias ediciones posteriores que incluyen sus ensayos, precisamente dedicados al concepto del fin de la historia y a la historia de ese concepto.

Con otra etiqueta, la generación precedente había conocido el mismo producto. Se le llamaba, entonces, el «fin de la ideología». Lipset reseña su evolución desde Hegel y su reaparición, en un contexto político obviamente diferente, en la segunda mitad de la década del 50 del pasado siglo cuando un grupo de intelectuales «descubrió» que con el sistema político y económico del capitalismo concluía la larga marcha de la humanidad. Se había arribado, nos decían, a un estadío nuevo, la «sociedad post industrial», en la que ya no había espacio para las luchas sociales y por tanto, para la lucha ideológica y las ideologías.

Raymond Aron, Daniel Bell, Edgard Shils y el propio S. M. Lipset, todos a partir de 1955, «inventaron» que la historia había finalizado, «los problemas políticos fundamentales de la revolución industrial han sido resueltos», proclamaba Lipset y ya no existirían para «aquellos intelectuales que tienen que tener ideologías o utopías que los motiven a la acción política». En todo caso, profetizaba, las luchas futuras serían «sin ideologías, sin banderas rojas, sin desfiles el Primero de Mayo» (5).

La misma tesis, reciclada tres décadas después por Fukuyama se convirtió en gran acontecimiento editorial, inmediata referencia de críticos y comentaristas, mercancía que todos deberían consumir. Admitamos que tiene un par de méritos -es buen escritor y ha permitido a muchos norteamericanos descubrir a un cierto Hegel aunque sea lo que ha sido calificado «hegelianismo yanqui» (6)– pero no era para tanto. Tampoco puede negársele el derecho a aprovechar la oportunidad de hacerse famoso valiéndose de la coyuntura histórica surgida con el desplome de la URSS y el llamado «socialismo real» y la alergia al rigor analítico tan frecuente en los círculos políticos e intelectuales de Estados Unidos.

Cosas peores se publican allá todos los días.

El libro de Fukuyama al menos propició la reflexión y un debate que ya parece concluido, pues cada vez son menos los que comparten su visión panglosiana de la victoria final del capitalismo y la imposibilidad de alcanzar un tipo de sociedad superior, más justa y más libre y crece el número de quienes, más allá de cualquier doctrina, ven con angustia cómo el sistema que hoy sojuzga al planeta, amenaza con destruirlo y aniquilar la especie humana. La idea de que un mundo mejor es posible tiene un poder de convocatoria que moviliza a millones de personas a las que antes no llegaba el mensaje socialista.

Aunque ya pocos defienden el famoso libro conviene profundizar en su origen y en los de sus predecesores. Ello es indispensable para «organizarse y actuar» y cambiar el mundo.

Pero ante todo es importante desentrañar los mecanismos y procedimientos que permiten el ejercicio repetido del fraude intelectual que tales textos reflejan y su fácil conquista de las mentes de millones de personas víctimas del embuste.

En 1997, en un libro dedicado al estudio del poder global estadounidense, Zbigniew Brzezinski subrayó el papel central que en él desempeña la dominación cultural ejercida, mediante su hegemonía «sobre las comunicaciones globales, las diversiones populares y la cultura de masas» (7). Casi treinta años antes el propio Brzezinski había expuesto la función que deberían desempeñar los medios de comunicación que entonces apenas iniciaban sus grandes transformaciones tecnológicas. Su tarea sería trabajar sobre las mentes individuales de «millones de ciudadanos desorganizados» para «manipular sus emociones y controlar su razón» (8).

Brzezinski definió también con todo candor el papel asignado a un sector de los intelectuales que serían instrumento de los grandes centros del poder político y económico a quienes describió como sus «house ideologues» (9). Con su auxilio y empleando las nuevas tecnologías -en los años sesenta era sobre todo la televisión- y actuando sobre los individuos aislados en una sociedad de la que, según sus previsiones, habrían desaparecido los sindicatos, partidos y periódicos que en otras épocas organizaban a los ciudadanos, terminarían por domesticarlos y someterlos.

Detrás de toda la palabrería escatológica referida antes en el texto citado de Derrida apenas se ocultaba el verdadero propósito: imponer el fin de la democracia. Vale la pena recordar que ya los padres fundadores de la nación norteamericana, Hamilton y Madison en particular, veían en esa domesticación y sometimiento del pueblo la misión histórica de la naciente república.

Para ellos la verdadera esencia del sistema norteamericano, aquello que lo distinguiría de la democracia antigua era «la total exclusión del pueblo en su capacidad colectiva de toda participación» en el ejercicio de la autoridad. Era necesario «evitar la confusión y la intemperancia de la multitud» ya que «aunque todos los ciudadanos atenienses hubieran sido como Sócrates cada asamblea ateniense habría seguido siendo una turba» (10).

Con el término de la guerra fría nos acostumbramos a denunciar y combatir la imposición del pensamiento único. Debemos continuar esa lucha pero hay que desenmascarar con igual fuerza el empeño por eliminar el pensar, lisa y llanamente, por descerebrar y embrutecer que hoy salta a la vista por todas partes en la televisión, el cine, la radio, la prensa escrita, la industria cultural, la publicidad consumista y enajenante a la que no por azar se dedican cada día recursos financieros, materiales y tecnológicos colosales.

Brzezinski había publicado su primer trabajo en enero de 1968 en la revista Encounter, órgano del Congreso por la Libertad de la Cultura. A la revista y al Congreso estuvieron vinculados una buena parte de los intelectuales de Europa Occidental y Norteamérica cuyas obras alcanzaron gran difusión y excelentes comentarios en la prensa durante la Guerra Fría. Publicaron artículos y ensayos y organizaron seminarios, exposiciones y conferencias internacionales que buscaban diseminar el mismo mensaje: después de la Segunda Guerra Mundial, que llevó a la cumbre a Estados Unidos, se había arribado al punto culminante de la evolución social -«la sociedad post industrial»- en el que se alcanzaba también el «fin de las ideologías».

No todos les hicieron caso. Los años sesenta del pasado siglo no habrían de ser precisamente lo que Encounter y el Congreso anunciaron tan pomposa y doctamente. Fueron exactamente lo contrario a pesar del torrente de recursos que entonces usaron para engañar a la gente.

Porque el Congreso por la Libertad de la Cultura, la revista Encounter y muchas otras publicaciones del mismo origen y sus incansables actividades eran en realidad parte de un plan concebido, dirigido y financiado por la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos. Así consta, con testimonios de sus propios ejecutores y copiosa y detallada documentación, en el libro de la investigadora inglesa Francis Stonor Saunders «La CIA y la guerra fría cultural».

«Tanto si les gustaba como si no, si lo sabían como si no», -precisa Stonor- «hubo pocos escritores, poetas, artistas, historiadores, científicos o críticos en la Europa de post guerra cuyos nombres no estuvieran, de una u otra manera, vinculados con esta empresa encubierta» (11).

Mientras la CIA desataba esa guerra cultural hacia el exterior en nombre de la libertad, en Estados Unidos lograba influir, más allá de los círculos vinculados a las ciencias políticas y sociales hasta alcanzar a la intelectualidad artística y literaria. En ese sentido marcaron pautas la publicación en 1959 de «The end of ideology» de Daniel Bell y la labor sistemática de la revista Partisan Review, ambos integrados al proyecto de la CIA (12).

La situación en Norteamérica fue peor. La pelea no fue sólo en el campo de las ideas. También tuvo una amplia dimensión represiva.

Decenas de escritores, artistas y científicos fueron perseguidos y encarcelados y centenares de sindicalistas echados de sus empleos y toda la sociedad sometida a una vulgar campaña anticomunista de verdadero terrorismo ideológico ejemplificada por el Comité del senador Mac Carthy. La persecución no cesó cuando concluyó el trabajo del notorio Senador. Durante los años sesenta y los setenta continuaron las investigaciones del HUAC (Comité congresional contra las actividades antiamericanas). Los grupos juveniles y progresistas de la época fueron objeto de pesquisas incluso por los aparatos de las fuerzas armadas y el FBI desató todo un programa clandestino de hostigamiento, amenazas y provocaciones (COINTELPRO) que sirvió para desbaratar varias organizaciones y llevó a la muerte a algunas personas (13).

Los trajines ocultos de la CIA habían sido denunciados desde mediados de los años sesenta por el escritor y periodista Conor Cruise O’ Brien y reseñados en varios artículos por el New York Times. A comienzos de 1966 los servicios secretos norteamericanos conocieron que la revista Ramparts estaba realizando una investigación sobre este asunto. La CIA y el FBI emprendieron entonces acciones, también encubiertas, para amedrentar o sobornar a sus redactores y desacreditar a la publicación. No pudieron impedir sin embargo que en abril de 1967 la verdad llegase al pueblo norteamericano provocando un escándalo que conduciría al desenmascaramiento del Congreso y sus promotores. Ramparts fue más allá y puso al descubierto cómo los servicios de inteligencia norteamericanos habían penetrado los medios educacionales y culturales de Estados Unidos subsidiando las actividades de unas cuarenta instituciones incluyendo la National Student Association (14).

Pero la tarea de los grandes medios de comunicación y los otros instrumentos de la industria cultural imperialista no consiste solamente en manipular la información. Se ocupan también de ocultarla y cuando no pueden evitar que ella sea revelada se encargan de cubrirla con el silencio hasta sepultarla en el olvido.

Si se revisa la lista de personajes mencionados por Stonor podrá comprobarse fácilmente como casi todos siguieron actuando, escribiendo libros, dictando conferencias, publicando revistas -Encounter existió hasta 1990- y los que aun viven continúan haciéndolo. Disfrutando de reconocimientos y distinciones sin que en modo alguno se haya lastimado su credibilidad y fama. Numerosos jóvenes norteamericanos fueron formados, o deformados, por ellos en las principales universidades, millones de personas han vivido bajo la influencia de sus engañosas teorizaciones. Hace cuatro décadas sentenciaron a muerte a las ideologías. Cuando terminaba el siglo decretaron el fin de la Historia.

Ese fraude intelectual y su reciclaje corresponden a un designio profundamente ideológico cuyo origen desenmascara a sus autores. Se quiere engañar y confundir precisamente para tratar de detener la historia, entendida como la lucha de los pueblos por transformar la sociedad, por cambiar el mundo. En el fondo lo que muestran esas supercherías teóricas es la actitud defensiva de un sistema político-económico en crisis y en proceso de declinación.

Una extraña victoria

Después de la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos emergió como la principal potencia económica, política y militar, sólo ella capaz de proyectar su hegemonía a escala planetaria.

Fue la única nación industrializada cuyo territorio no fue bombardeado ni sufrió daños materiales en su infraestructura ni sus instalaciones. Por el contrario, gracias a la planeación económica y al esfuerzo bélico, su industria alcanzó notables incrementos de productividad y eficiencia mientras las de todos los demás -aliados o enemigos- estaban virtualmente destruidas. Su economía representaba más del 50% del PNB mundial.

Sus tropas ocupaban Japón y parcialmente Alemania y tenían una importante presencia en varios países europeos y en otras partes. Europa Occidental pasó a integrar una zona bajo su influencia y ésta se intensificaría con el Plan Marshall y la creación del sistema de la OTAN y otros pactos militares concebidos para contener el supuesto avance de la Unión Soviética y la insurgencia verdadera de los pueblos coloniales.

Desde 1945 y por varios años disfrutó de un privilegio excepcional, el monopolio exclusivo del arma nuclear cuyo constante desarrollo le sirvió para varios propósitos: promover el terror sobre su propio pueblo y a escala mundial, obligar a la URSS a embarcarse en una carrera armamentista en sí misma irracional que coadyuvaría a socavar las bases del sistema soviético y también para mantener la dominación sobre sus aliados y sobre otros países dependientes de su «protección» nuclear. Si bien, como se sabe, la URSS fue capaz de producir ese terrible instrumento de muerte y destrucción que hoy poseen igualmente otros países, la superioridad norteamericana en este terreno ha sido y continúa siendo incontrastable.

Pero tampoco en 1945 la Historia había terminado. La rebelión de los pueblos coloniales, estimulada por la resistencia antifascista y antijaponesa y por el enorme desgaste sufrido por las viejas metrópolis, avanzó impetuosamente y condujo a la independencia de la India y poco después a la de Indonesia. Fue proclamada la República Socialista en Viet Nam que sufrió una larga guerra hasta derrotar primero a Francia en 1954 y veinte años después al inmenso poderío militar norteamericano. En 1949 triunfaba la revolución en China para producir uno de los cambios fundamentales de la época e introducir un factor que iría alterando progresivamente el equilibrio de fuerzas a nivel mundial. La revolución argelina y la lucha de los movimientos de liberación terminarían por desmantelar los imperios coloniales europeos y los regímenes racistas del África Austral y darían paso a proyectos de desarrollo independientes.

Japón y Europa Occidental con sus economías reconstruidas y modernizadas dejaban de ser tributarios de la ayuda norteamericana para recuperar su capacidad de competencia. Ya los aliados no dependían de Washington para sobrevivir. Se volvían económicamente sus competidores dentro de los marcos de prudencia que imponía la «guerra fría».

En las Naciones Unidas la diplomacia norteamericana pasaba progresivamente a posiciones de aislamiento debiendo emplear cada vez más el privilegio del veto para proteger sus intereses en el Consejo de Seguridad y teniendo que denunciar patéticamente, en los años sesenta y setenta la existencia en la ONU de una «tiranía de la mayoría».

Estados Unidos forcejaba por preservar una hegemonía que era cuestionada progresivamente desde diversos ángulos. Se valía ante todo de su poderío militar vinculado a la disciplina bloquista -que hacía gravitar bajo su tutela a sus aliados y socios en la confrontación con la Unión Soviética y su bloque- y su enorme y creciente superioridad, muchas veces monopólica, en la industria cultural. La guerra fría pasó a ser para Washington una necesidad vital, su modo de existir como potencia hegemónica.

Irónicamente, en sus planes no estaba la súbita desaparición del gran adversario cuya existencia era condición insustituible para la suya como potencia hegemónica. Esa era, la esencia de la bipolaridad. La repentina pérdida del indispensable enemigo no era previsible. No la imaginaron nunca en sus incesantes elucubraciones ninguno de los sabios que, antes o después, dictaminaron el fin de las ideologías o de la historia.

Suponer que aquel equilibrio bipolar sería reemplazado por el dominio total del polo remanente, que en su soledad habría de imponer un poder omnímodo, cuando este tendía a descender y sobre todo se sustentaba en la existencia del otro, era probablemente suponer demasiado.

En 1990 terminaba una etapa histórica que se había iniciado en 1945. Como apunta Immanuel Wallerstein: «En ese período, exactamente en ese período y no después, Estados Unidos fue la potencia hegemónica de nuestro sistema mundial». Para él: «algún día se llamará la «Gran Paz estadounidense» y será contemplado retrospectivamente con nostalgia como una edad de oro» (15).

Si bien ese fue su período de máximo ascenso también entonces aparecieron señales inequívocas de sus límites. Ante todo, su histórica derrota en Viet Nam dejaba ver que no siempre contaría con apoyo doméstico para sus aventuras imperialistas. A escala internacional operaban nuevos actores. El Movimiento de Países No Alineados agrupaba a la mayoría de la humanidad que bregaba por un mundo más democrático. China se iba transformando de un país atrasado en otro cuyo pujante desarrollo era imposible ignorar. Se hablaba ya con harta frecuencia de las contradicciones entre tres grandes polos económicos: Estados Unidos, Japón y Europa Occidental (en particular Alemania).

Al acabar la guerra fría la participación de la industria estadounidense en el PNB mundial había regresado a alrededor de un 30%, un nivel inferior al que tenía antes de la Primera Guerra Mundial, como consecuencia principalmente de la recuperación económica de Japón y Europa Occidental.

La última frontera

En la etapa final de la guerra fría, aproximadamente el decenio de los años ochenta se produciría la ofensiva de los sectores más conservadores, personalizados en Margaret Thatcher y Ronald Reagan, enfilada a desmantelar lo que se denominaba el «estado de bienestar» y a dar rienda suelta al capital y a las llamadas fuerzas del mercado, imponiendo una política inexactamente bautizada como «neoliberalismo» cuando en realidad corresponde con el pensamiento de quienes a sí mismos se llaman, con más propiedad, conservadores.

La otra cara de la moneda de esa derecha revitalizada era la sobreexplotación de una inminente e imaginaría amenaza soviética que al impulsar un inusitado despliegue de la carrera armamentista colocaría a la URSS en una situación de gran peligro y la obligaría a dilapidar enormes recursos que tendría que desviar de lo que hubieran sido prioridades para un estado socialista.

Lugar prominente ocupó en esa política la llamada Iniciativa de Defensa Estratégica comúnmente conocida como «Guerra de las Galaxias». Llevarla a cabo fue a juicio de Thatcher, la «decisión más importante» de Reagan, «probó resultar clave en la victoria del Oeste en la guerra fría», obligó a los soviéticos a gastar anualmente más de «mil millones de dólares en investigaciones para defenderse» de esas nuevas armas, impuso «más tensiones económicas y mayor austeridad» a la sociedad soviética, en fin, sus «implicaciones tecnológicas y financieras para la URSS fueron devastadoras» (16).

Si esa fue según la Dama de Hierro su decisión más importante, la mayor victoria de Reagan fue aplicar con éxito una política que al mismo tiempo multiplicaba hasta el delirio los gastos militares y reducía al mínimo las contribuciones impositivas de los ricos y las grandes empresas; les dejaba manos libres a su codicia eliminando las regulaciones y controles estatales; suprimía gran parte de las conquistas laborales; eliminaba buen número de programas sociales y hacía caer, por tanto, sobre los desposeídos la brutal carga de sus locuras belicistas. Para colmo, según dicen las encuestas, Reagan es uno de los presidentes más populares que ha tenido Estados Unidos. A pesar de que el «pueblo humilde» sigue «siendo la gran mayoría del electorado» en ese país y que sus intereses vitales fueron gravemente dañados por tal política (17).

En ese país ocurre un fenómeno difícil de explicar: millones de personas respaldan, incluso a veces con sus votos, políticas claramente destinadas a perjudicarlas gravemente conformando así un desconcertante «paisaje de distorsión, de paranoia» (18).

En Washington no hubo ni Perestroika ni Glasnost. Nada puso en peligro su irracional sistema. Sucedió más bien lo contrario. El mayor triunfo de la derecha tanto en Estados Unidos como en el Reino Unido fue la clonación de sus oponentes. La respuesta a Reagan y a su «nueva derecha» fue la reconversión en «neodemócratas» de quienes se decían adversarios suyos. Estos surgieron del Democratic Leadership Council (DLC) fundado en 1985 cuando el reaganismo triunfaba plenamente. Al DLC lo presidió en 1991 Bill Clinton, quien al año siguiente asumiría la presidencia del país. En Inglaterra, Thatcher encontraría en el New Labour su mayor recompensa.

«La nueva derecha», o si se prefiere ese engañoso término, los «neoliberales» habían barrido en el terreno político. Ahora sus rivales abogaban igualmente por empequeñecer la función del estado, rendían culto a las fuerzas del mercado, coincidían en reducir el gasto social, también estaban listos para hacer la guerra al comunismo en éste o cualquier otro planeta y sobre todo encontraban apoyo en los mismos grupos financieros.

En el caso norteamericano, según Bussiness Week, «el DLC ha sido financiado generosamente por los Grandes Negocios incluyendo las compañías de defensa, seguros, energía y tabaco». Esos Big Businesses, además, «fueron el principal conducto entre Bill Clinton y su campaña presidencial y los grandes contribuyentes de Wall Street». El Washington Post describía así la Convención Demócrata que en 1991 eligió a Bill Clinton como su candidato: «la Convención en Cleveland no parecía o deseaba ser una reunión Demócrata. Mirabas alrededor y veías pocos maestros o sindicalistas, pocos negros e incluso menos hispanos».

«En su lugar tenías decenas de lobystas de corporaciones que pagaban las cuentas del DLC a cambio del acceso a sus influyentes legisladores y gobernadores. Muchos de los lobystas-delegados reconocían que eran republicanos; uno de ellos era un importante miembro del equipo de Spiro Agnew». (¿Recuerdan? el Vicepresidente de Richard Nixon). «Pero ellos estaban allí votando las resoluciones como si a ellos les interesara realmente que ganaran los Demócratas» (19).

El Partido Demócrata se había deslizado hasta caer en «un vacío estéril llamado el «centro»». De ese modo para los norteamericanos «elegir entre los dos grandes partidos se reduce a escoger entre cínicas mentiras y el silencio aterrorizado» (20).

El «nuevo laborismo», ensayó por un tiempo dictar pautas universales con lo que llamaron una «tercera vía». ¿Era acaso un invento, el descubrimiento de algo que no fuese ni capitalista ni socialista? ¿Cuándo fue la última vez que desde Londres viniese una política diferenciada de la de Washington, algo que ofreciera una opción diferente?

Los datos empíricos, que tanto le gustan a Fukuyama, son tercos y ahí están, intactos, para que cualquiera los compruebe. El más firme, leal y consistente aliado de Reagan fue Thatcher. Como de Bush, el pequeño, lo ha sido y es Blair.

Pero la reacción aspiraba a más y mucho más obtuvo. Su influencia se extendió sorprendentemente. El resto de la socialdemocracia y no pocos en la izquierda igualmente «descubrieron» que el mercado tenía todas las respuestas y ellos también debían transformarse en otra cosa.

El gran premio para los conservadores se los regaló, por supuesto, la disolución del proyecto soviético. Una burocracia mediocre y cansada, aislada de las masas, forzada a seguir una insensata carrera armamentista que hipotecaba el desarrollo social y acrecentaba su aislamiento, desprovista de visión y espíritu revolucionario, que también copió todo lo que pudo de los mecanismos capitalistas, sucumbió sin pena ni gloria ante la colosal ofensiva ideológica y el chantaje nuclear que se le impuso. Los ejércitos de los dos bloques permanecieron medio siglo mirándose a los ojos, el dedo en el gatillo, durante el más prolongado período sin conflicto militar que recuerde Europa. Guerras no faltaron, contiendas armadas abundaron, ríos de sangre corrieron pero fuera del área geográfica de los dos grandes bloques en pugna.

El combate entre ellos jamás ocurrió. Su extraña guerra se hizo y terminó sin un disparo. Para sorpresa general, uno de los contendientes, tan calumniado como «terrible amenaza», abandonó sencillamente el terreno, se rindió sin siquiera pedir armisticio y se suicidó.

Se había creado una nueva situación. Los llamados países socialistas pasaban a integrarse de golpe o progresivamente a un sistema económico único dominado por el capitalismo occidental. Aquellos que en el Tercer Mundo intentaban seguir un desarrollo independiente valiéndose en alguna medida de la cooperación con la URSS y sus aliados, se encontraban, de pronto, desprovistos de ese asidero. Todos deberían actuar frente a una sola economía internacional, la única realmente existente, verdaderamente mundial, planetaria. Empezaba la llamada Globalización.

Pero no cualquier tipo de Globalización sino una que era, ante todo, la victoria de la ideología de Reagan y Thatcher. Con ella, se impondría con más fuerza aún, con pretensiones de convertirse en el único modo de pensar, el dogma de un capitalismo sin trabas ni regulaciones, el mercado como Dios Supremo, objeto de adoración y obediencia universales. En ese mundo no habría espacio para la soberanía nacional ni para los propósitos y principios que la ONU había proclamado en su Carta fundacional.

Este proceso coincidiría con un impetuoso despliegue de nuevas tecnologías especialmente en el campo de la información y las comunicaciones que facilitaría el flujo transnacional de los capitales y promovería también el pensamiento único y el culto al mercado y sus valores. De pronto todo era «globalizado». La palabreja acompañaría como un apellido a cualquier acontecimiento o actividad. La historia conocida había terminado. La especie humana, ella también «globalizada», entraba a una era completamente nueva, diferente, dejaba atrás, para siempre, toda su evolución anterior.

«Aunque la palabra Globalización es nueva» -advertía, sin embargo, Walter Russell Mead- «y aunque el proceso se ha acelerado y profundizado en años recientes, la Globalización ha sido el factor más importante de la historia mundial durante toda la historia de los Estados Unidos. Debido a nuestra situación geográfica y a la naturaleza comercial y empresarial de la sociedad americana, la Globalización ha sido el corazón del pensamiento estratégico y de las decisiones políticas americanas virtualmente durante toda nuestra historia» (21).

Con la Globalización, no sólo llegaba el capitalismo a la plenitud de su desarrollo, también Estados Unidos culminaba el expansionismo, político y económico, que había sido el motor impulsor de toda su existencia desde los ya lejanos días en que las Trece colonias decidieron separarse de la Madre Patria. Había alcanzado finalmente la última frontera.

La profecía maldita

En abril de 1992, el mismo año en que fue publicado el libro de Fukuyama, y auspiciado por la National Endowment for Democracy -entidad gubernamental dedicada a financiar la guerra cultural- se efectuó en la capital norteamericana un Simposio académico bastante curioso. Se trataba de marcar el aniversario de la aparición, cincuenta años atrás, de otro libro, «Capitalismo, Socialismo y Democracia» de Joseph Schumpeter.

No era una conmemoración de rutina. Los participantes fueron invitados a analizar en particular una idea contenida en esa obra: apenas un párrafo del largo texto prácticamente olvidado durante medio siglo. Se interesaban los organizadores del encuentro por saldar cuentas definitivamente con quien, habiendo consagrado la vida entera a estudiar y defender el sistema capitalista, había sin embargo considerado necesario formular, en 1942, esta inquietante profecía: «una forma socialista de sociedad emergerá inevitablemente de la igualmente inevitable descomposición de la sociedad capitalista» (22).

Los coordinadores del Simposio y algunos de los que en él participaron, incluido Fukuyama, y Lipset por supuesto, coincidieron en la misma línea argumental: el derrumbe de la URSS y la bancarrota del llamado «socialismo real» en Europa Oriental, eran prueba irrefutable del profundo error de juicio en que había incurrido Schumpeter. La experiencia, según ellos, demostraba que su pronóstico había sido completamente equivocado. No era el capitalismo quien se había descompuesto hasta sucumbir sino el socialismo. No habría futuro para una sociedad socialista. El porvenir sería siempre, ya estaba comprobado empíricamente, capitalista.

Resulta extraño este renovado interés por un texto que aparentemente no se había vuelto a imprimir desde su tercera edición en el ya lejano 1950. ¿Qué motivación oculta en el subconsciente forzaba a refutar una teoría ya derrotada por la propia vida y que yacía olvidada en esos anaqueles de las bibliotecas reservados para libros antiguos de muy escasos lectores?

Quizás valga la pena repasar algunos aspectos esenciales de la visión que del futuro tenía Schumpeter. Se puede discrepar de él en muchas cuestiones, ciertamente no comparto su enraizado convencimiento sobre la superioridad del capitalismo ni su crítica excesiva a lo que entonces era la única experiencia socialista, pero él tuvo un mérito que tirios y troyanos deberían concederle. A diferencia de otros profesionales de la teleología, vaticinadores perennes del fin de la historia o de las ideologías, él fue capaz de prever un mundo en el que el capitalismo triunfaría como modelo universal, paso inicial indispensable para su marcha cuesta abajo.

Schumpeter no concibió que el «socialismo real» pudiera superar al capitalismo y mucho menos vencerlo. Profetizó que sería precisamente la victoria del capitalismo la que daría inicio a su «descomposición inevitable». El carácter ineluctable de ese proceso sería consecuencia del despliegue de todas sus características que sólo podría producirse al alcanzar la plena hegemonía. Entonces, frente a él, se alzarían no sólo los trabajadores sino diversos sectores de la propia burguesía, víctimas de la «destrucción creativa» que le es consustancial y arruinaría las bases morales de la sociedad y por ello tendría como su mayor oponente al conjunto de la intelectualidad y a quienes lo rechazarían por motivaciones éticas.

Las conclusiones del Simposio las hizo Lipset, quien presentó algunas reflexiones interesantes como ésta: «Irónicamente la ideología anticapitalista y las críticas al sistema de mercado se mantienen hoy con máxima fuerza en el corazón del capitalismo del siglo veinte, los Estados Unidos». O esta otra: «Prevalece el criterio de que el marxismo está vivo y relativamente bien en la intelectualidad americana». Y esta cita que toma de un Premio Nobel de Cambridge: «El marxismo podrá estar desacreditado en Europa Oriental pero aun parece florecer en Harvard». En resumen, Lipset cierra su texto con estas palabras: «Conflicto político profundo -es decir, historia- seguramente continuará» (23).

Años después del otro lado del Atlántico vienen iguales lamentos ante las señales de que el socialismo y el marxismo están muy lejos de la sepultura. «La izquierda que sigue fiel al marxismo recibe refuerzos que provienen de todas partes» reconoce alarmado Jean-François Revel en un libro que demuestra que se puede pertenecer a la Academia francesa y ostentar una ignorancia a toda prueba. En una tirada reaccionaria verdaderamente alucinante y en la que abundan las sandeces empieza por deplorar que la izquierda vive, que incluso pasa a la ofensiva para finalizar al cabo de otras 360 páginas con un torpe asalto a Rousseau «uno de los principales padres fundadores de la izquierda contemporánea» quien, para él fue «el inventor del totalitarismo cultural» y como si fuera poco, precursor de Stalin (24).

Si ganaron la guerra fría ¿por qué esa ira sin mesura? Si ya acabó la lucha ideológica y ellos son los vencedores ¿cómo explicar tal incontinencia verbal?

A estas alturas, desde luego, todo el mundo sabe que la historia continúa.

Hoy está claro que el dogma neoliberal no prevalecerá por mucho tiempo y que, como señala Antonio de Almeida Santos «tiene más pasado que futuro» (25).

La bancarrota norteamericana en Irak ha provocado que ese profundo conflicto político invada ya las filas del movimiento neoconservador en Estados Unidos. Otra vez le ha correspondido a Fukuyama ser protagonista principal. En un artículo del 6 de enero de 2004 rompe lanzas contra la política de Bush en aquel país empleando argumentos y un punto de vista con todas las credenciales de auténtico neconservadurismo. La dominación norteamericana, señala, existe sólo en dos dimensiones: en el área cultural y en la capacidad de ganar guerras convencionales. Pero los límites de la superpotencia son obvios. No puede imponer a los demás su sistema político. ¿Cómo podría hacerlo, se pregunta, «si Estados Unidos no puede eliminar la pobreza o elevar la calidad de la enseñanza en Washington DC»? (26).

Estados Unidos dispone de una capacidad de destrucción nunca antes conocida. Puede hacer estallar el planeta en mil pedazos, varias veces. Sin haber llegado a tanto ha lanzado ya y sigue haciéndolo día y noche una insensata ofensiva contra los recursos naturales y contra el medio ambiente, en una guerra silenciosa pero no menos real y devastadora.

Washington posee también una colosal panoplia ideológico-cultural. Domina cómodamente la producción y distribución cinematográfica, la de libros, revistas y diarios, la televisión internacional y la de muchos países, Internet, la industria del entretenimiento y la publicidad comercial. Con esos instrumentos ejerce una influencia insidiosa sobre millones de personas en todo el mundo condicionando su pensamiento y sus sentimientos y hasta sus hábitos y costumbres, sus modos y maneras de vivir.

La actual administración norteamericana ha convertido el unilateralismo y la arbitrariedad en una nueva doctrina y proclama y practica la guerra preventiva, sorpresiva y desproporcionada contra cualquier país que ella, por sí y ante sí, decida atacar. Puede hacerlo y además con relativa facilidad, como lo prueba el Iraq martirizado.

Pero si bien la experiencia iraquí enseña que sus ejércitos pueden aplastar e invadir a cualquier país también confirma que Estados Unidos no puede gobernar después a su víctima. Una cosa es derrotar a un adversario, infinitamente más débil, y otra enteramente diferente es administrarlo y dirigirlo más tarde.

Una figura emblemática de la derecha norteamericana, William F. Buckley, acaba de sonar la voz de alarma. Refiriéndose al segundo discurso inaugural de Bush y a su ambicioso plan intervencionista en todo el mundo, afirmó que «nos mantendrá ocupados con algo que hacer por toda la eternidad. Esto no es, en mí opinión, conservadurismo. Porque conservadurismo es, en medida considerable, el reconocimiento de las realidades. Y esto es surrealista» (27).

¿Cómo imponerse al mundo entero? ¿Puede Estados unidos renunciar a ese delirio y conservar al mismo tiempo su predominio sobre los demás?

Ese es, en el fondo, el gran problema que hoy quita el sueño a los neoconservadores y provoca la actual polémica entre ellos.

Ese debate nos interesa, y mucho, a todos nosotros pues en él nos va la vida.

Todo indica que la disputa neoconservadora crecerá en terreno fértil.

Detrás de la agresividad incontrolada, del lenguaje amenazante y de acciones verdaderamente criminales se oculta, en realidad, una motivación profundamente defensiva. No reflejan que aumenta el poder real del Imperio sino que disminuye. Su ascenso no continuó después de 1990. Fue a partir de ahí que se aceleró el inevitable descenso de un poderío cuya debilidad intrínseca se revelaba ya cuando inventaron la leyenda de que la marcha de la historia se había detenido con una fantasiosa «sociedad post industrial» en la que cesaba la lucha ideológica.

Su declinación sufría un nuevo impulso mientras sus propagandistas inundaban la Tierra con el discurso acerca del «fin de la historia». Trataron así de sembrar el desaliento para ejecutar un plan que nada tenía que ver con especulaciones pseudohegelianas sino que buscaba un propósito muy concreto: detener la marcha de la historia y revertir su curso.

El pensamiento neoconservador es portador de una amenaza terrible para la Humanidad. O no es capaz de apreciar el mundo real o se imagina portador de un poder supraterrenal que le permitiría ignorarlo y transformarlo a su entero albedrío. En un libro muy reciente, Jeffrey D. Sachs advierte sobre la importancia de que «Estados Unidos ponga fin a sus quimeras de imperio y unilateralismo». Debe hacerlo porque «Estados Unidos simplemente no tiene el margen de ventaja económica suficiente para sustentar ningún intento real de imperio global», ya que, entre otras cosas, si ahora su participación en el PNB mundial es de alrededor de un 20%, ella caerá a apenas un 10% hacia el 2050. Estados Unidos cuenta con armas diabólicas, tiene grandes ejércitos, «puede conquistar pero no puede gobernar».

Esos límites del Imperio, su debilidad y mengua relativas, no deben conducirnos a la contemplación y a la ingenua confianza de que el peligro, puesto que no tiene raíces objetivas, habrá de desaparecer sin que sea derrotado por el esfuerzo mancomunado de todos. Es al revés. Vivimos una situación especialmente peligrosa que surge, entre otras razones, de la desconexión con la realidad que caracteriza la política norteamericana y especialmente el pensamiento de los grupos reaccionarios que la determinan actualmente y que hasta ahora predominan en los medios de información y análisis de ese país.

«Los llamados de los neoconservadores a favor de un Imperio Americano son fantasías, pero son fantasías muy peligrosas» porque están alimentadas por algunos datos sorprendentes: «muchos millones de norteamericanos» están convencidos de que nos acercamos al fin del mundo anunciado en la Biblia, decenas de millones de ellos leen con avidez una serie de noveletas inspiradas por fundamentalistas religiosos dramatizando el cercano, inevitable, Armagedon. «Si la política exterior de Estados Unidos cae bajo la égida no sólo del unilateralismo, o un neoimperialismo mal concebido, sino también de la irracional profecía bíblica, los riesgos para el mundo se multiplicarán profundamente» (28).

Hace más de dos siglos que Kant calificó ese modo de interpretar la historia como «terrorismo moral» y «estilo terrorista de imaginarse la historia humana» (29). Quienes lo promueven, manipulando groseramente prejuicios y creencias religiosas tienen vínculos muy cercanos con el señor Bush y las masas así manipuladas, constituyen buena parte de su base de sustentación política. El propio Bush especula con esos sentimientos mediante sus constantes invocaciones a Dios y las insinuaciones de que con él mantiene frecuente comunicación (30).

Los riesgos ciertamente se multiplicarán porque existen en la sociedad norteamericana, han estado siempre allí y tienden a crecer. No olvidemos que Estados Unidos desde su nacimiento, y aun antes de constituirse en nación independiente, tuvo como motivación esencial la expansión territorial, el apoderamiento del espacio ajeno y el exterminio de sus pobladores, a partir de su imaginaría superioridad.

Se trata de un país que, como escribió Susan Sontag en 1966, «se fundó a partir de un genocidio» y es «apasionadamente racista» (31).

Esos peligros no provienen solamente de una pseudoreligiosidad plagada de manipulación política al servicio de intereses materiales totalmente ajenos al cristianismo sino también de la existencia allí de grupos abiertamente fascistas, relacionados casi siempre con fundamentalistas religiosos, y organizaciones de carácter paramilitar que usan un lenguaje incendiario, inspirado en el odio racial y en el que abundan amenazas al ordenamiento constitucional norteamericano (32).

Probablemente ello explique que fuera Estados Unidos uno de los pocos lugares del planeta donde algunos saludaron y justificaron los atroces actos terroristas del 11 de Septiembre de 2001.

El régimen de Bush aprovechó lo ocurrido aquel día para atacar a Afganistán y a Iraq, para amenazar a muchos otros países, incluyendo Cuba y desatar la violencia y el terror en todo el mundo. Pero también lo ha utilizado dentro de Estados Unidos, para perseguir al movimiento progresista, cercenar libertades civiles y aplicar políticas antiobreras y en beneficio exclusivo de los grandes negocios, especialmente los que controlan su gobierno. Miles de personas, sobre todo inmigrantes pobres, son retenidos en prisión sin juicio, ni acusación ni defensa. Las torturas practicadas en la ilegal base en el territorio usurpado de Guantánamo, han sido motivo de escándalo. También las escenas de brutal maltrato de la policía a negros indefensos.

Entretanto, allá actúan impunemente terroristas convictos y confesos como Orlando Bosch y Luis Posada Carriles, del mismo modo que lo hacen sin que nadie los moleste grupos ultrarreaccionarios armados que no ocultan su filiación fascista. Al mismo tiempo, siguen secuestrados en prisiones de máxima severidad Cinco Héroes antiterroristas cubanos pese a que su detención fue declarada arbitraria e ilegal por un grupo especializado de la ONU y a que tres jueces del Tribunal de Apelaciones anularon el 9 de agosto el ilegal y fraudulento proceso judicial que se les había hecho en Miami.

Algunos temen que ya el fascismo llegó a Norteamérica. Una modalidad especial que no tiene que reproducir los métodos que en su tiempo emplearan los nazis. En Estados Unidos «no tenemos que quemar ningún libro»«Podemos contar como una bendición que no tenemos que cargar con el peso de una ciudadanía educada, La destrucción sistemática de los sistemas de escuelas y bibliotecas públicas durante los últimos treinta años, un programa sabiamente llevado a cabo bajo gobiernos tanto Republicanos como Demócratas, protege al mercado para la venta y distribución de los carteles de propaganda del Gobierno. Las empresas editoras pueden imprimir cuantos libros puedan darles ganancias (libros sobre cualquiera y todos los temas incluso algunos de ellos veraces), pero a un pueblo que no sabe leer o pensar esos libros hacen tan poco daño como el que hacen copos de nieve cayendo sobre una laguna congelada» (33).

La guerra infinita

Hay consenso en rechazar el peligroso curso que sigue el régimen de Bush a partir de los atroces ataques terroristas del 11 de Septiembre de 2001. Se sabe cuanto ha mentido y como ha manejado esos terribles sucesos para desatar su hipócrita e irresponsable «guerra contra el terrorismo». Su absurdo belicismo ha sido condenado con casi total unanimidad.

Pero sería un grave error suponer que se trata sólo de una reacción aventurera e irreflexiva ante el injustificable ataque que sufrió el pueblo norteamericano. Este sirvió a Washington para dar rienda suelta a una estrategia concebida antes y que tenía el propósito de restablecer la autoridad norteamericana y evitar cualquier forma de competencia frente a ella. Para alcanzarlo era necesario apoderarse de recursos naturales tan indispensables como escasos -entre ellos, el petróleo y el agua- dominando ciertas regiones claves. Se trataba, en resumen, de asegurar la restauración imperial y había que hacerlo con rapidez. Más allá de su engañosa retórica triunfalista los «tanques pensantes» y quienes allá toman las decisiones principales sabían perfectamente que Estados Unidos tendía a ser relegado y que su preeminencia mundial iba en descenso.

En el año 2000 la CIA había publicado un estudio en cuya elaboración participaron investigadores y analistas de Norteamérica y Europa, un largo texto que vale la pena leer con cuidado. Su objeto era describir las tendencias globales hacia el año 2015. En sus conclusiones el estudio identifica cuatro escenarios de cómo habría de ser el mundo para esa última fecha de la cual nos separan apenas diez años. En los cuatro comprobaron que la influencia global de Estados Unidos continuaría disminuyendo (34).

Esa era la perspectiva que encaraba la ultraderecha norteamericana un año antes de la destrucción de las Torres Gemelas. Agrupada tras la candidatura de Bush trataría de enfrentarla con su peculiar y peligrosa visión de la historia.

El propio Bush dio las claves para entenderlo antes de adueñarse de la Casa Blanca. El 21 de enero de 2000, haciendo campaña electoral en el estado de Iowa, nos ofreció probablemente uno de sus juicios más esclarecedores: «Cuando nací, el mundo era peligroso y uno sabía exactamente quiénes eran ellos. Había un enfrentamiento: nosotros contra ellos, y estaba claro de quiénes se trataba. Hoy no estamos tan seguros de quienes son, pero sabemos que están ahí» (35).

Cuatro meses después, en Alburquerque, Nuevo México, abundaba en el tema: «Este es un mundo mucho más incierto que el pasado. En el pasado estábamos seguros, estábamos seguros que era nosotros contra los rusos en el pasado. Estábamos seguros…. Usted ve, incluso aunque este es un mundo incierto estamos seguros de algunas cosas. Estamos seguros que incluso aunque el «imperio del mal» puede haber pasado, el mal aun permanece. Estamos seguros que hay gente que no puede resistir lo que América representa… Estamos seguros que hay locos en este mundo, y hay terror» (36).

Tales expresiones, constantes en la retórica bushista durante la campaña electoral del año 2000 son obviamente anteriores a la salvajada que conmovería al mundo en septiembre del siguiente año. Lo ocurrido ese infausto día habría de venir como anillo al dedo de quienes necesitaban un enemigo malévolo que reemplazase a la desaparecida Unión Soviética (37).

Nunca antes desde el conflicto con Inglaterra en 1812, los norteamericanos habían sido atacados en su propio territorio. La guerra para ellos era una experiencia que siempre ocurría en tierras lejanas. Ahora por primera vez veían caer hecho pedazos uno de sus edificios emblemáticos y la acción terrible era obra de ese enemigo invisible que finalmente enseñaba las garras.

«Nosotros contra ellos» pasó a ser la orden de combate. Que no tuviesen certeza de quienes era «ellos» no planteaba un problema insuperable. El señor Bush lo resolvió con otra consigna que convirtió en doctrina de estado y guía de su política: «Quien no está con nosotros está contra nosotros». En consecuencia «ellos» podía ser cualquiera, todos y cada uno de quienes discreparan de su voluntad caprichosa y omnímoda.

El mensaje no iba dirigido sólo a la comunidad internacional. Rápidamente los norteamericanos comprendieron que esa nueva y misteriosa guerra comenzaba con la supresión del pensamiento independiente por mesurado que fuese su ejercicio. Peter Jennings tuvo que pedir disculpas y retractarse por haber formulado en su programa de televisión la pregunta que todos se hicieron aquel día: ¿Dónde está el Presidente? Susan Sontag debió resistir una avalancha de insultos porque, tras condenar el brutal ataque y a los terroristas que lo perpetraron, tuvo el arrojo de opinar que los suicidas eran merecedores de muchos calificativos pero no el de «cobardes».

La orden de silencio fue acatada disciplinadamente por los grandes medios de comunicación pero también por quienes se identificaban con actitudes críticas o liberales. Arno J. Mayer, profesor emérito de historia de la Universidad de Princeton, y el escritor Gore Vidal trataron infructuosamente de publicar en The Nation sus respectivas opiniones sobre el 11 de septiembre. Mayer tuvo que hacerlo en el diario parisino Le Monde y Vidal debió recurrir a incluir la suya en un libro publicado en Italia (38).

El acontecimiento que más ha conmovido a la sociedad norteamericana no ha sido objeto de un análisis y discusión serios. Se proscribió la necesaria reflexión sobre su origen o las responsabilidades en que pudieran haber incurrido algunos funcionarios. Con la sola excepción del Director del Aeropuerto de Boston nadie se sintió obligado a renunciar a su cargo.

La supresión de todo cuestionamiento y la marcial disciplina que adoptaron los grandes medios de comunicación facilitaron los propósitos del grupo gobernante. En pocos días presentaron y lograron la aprobación de la llamada Ley Patriota que es un enorme compendio de las normas y regulaciones para restringir drásticamente o eliminar libertades civiles e individuales, viejo anhelo de la ultraderecha finalmente realizado con sorprendente facilidad. Sin debate y con un solo voto en contra el Congreso otorgó a Bush poderes para hacer la guerra.

Ya se sabe que para justificar la agresión contra Iraq, Bush y su camarilla le mintieron deliberadamente al pueblo norteamericano y a su Parlamento, a las Naciones Unidas y al mundo entero (39).

Bush continúa su guerra contra un enemigo invisible. Aunque «no está seguro de quienes son» sí asegura «que están ahí». Y aparecen sin falta cada vez que le resulta útil. Un día cierran los puentes de San Francisco, otros los que acceden a New York, un día desalojan el edificio del Congreso, otro la Casa Blanca o algún aeropuerto. O es Bin Laden que decide enviar un oportuno video en vísperas de las elecciones.

El pueblo norteamericano está sometido a un asedio permanente. Por todas partes hay cámaras que los filman y registros rigurosos para entrar o salir de cualquier sitio. La televisión los mantiene bajo alarma perenne.

Ya no se trata de impedir o enfrentar un ataque ruso. Ahora el enemigo carece de rostro, es un ente abstracto cuya presencia sólo la detecta el gobierno y la multiplican los medios.

El terrorismo también está «globalizado». Para la gente común ambos fenómenos se integran en un síndrome único que los avasalla y enajena. Un año antes de los agudos comentarios de Bush ya citados, Thomas L. Friedman había escrito: «Si la ansiedad definitoria de la Guerra Fría era el temor a ser aniquilado por un enemigo que conocías muy bien en una lucha mundial, fija y estable, la ansiedad definitoria de la globalización es el temor al cambio rápido procedente de un enemigo que no puedes ver, tocar o sentir -la sensación de que tu vida puede ser cambiada en cualquier momento por fuerzas económicas y tecnológicas anónimas» (40).

Invisibles, anónimas, son las fuerzas económicas y tecnológicas que pueden cambiar radicalmente la vida de cualquier persona en cualquier momento. Invisibles, anónimas, son las fuerzas del enemigo terrorista que puede también aniquilar sus vidas sorpresivamente.

Hasta aquí es suficiente para comprender el estado de paranoia en que viven muchos norteamericanos como resultado del sistema que condiciona su modo de existir y de las políticas que además lo exacerban.

Pero eso no es todo. En un libro que acaba de publicarse y está llegando ahora a las librerías, Jimmy Carter hace un llamado de alerta sobre la crisis moral que enfrenta Estados Unidos y la amenaza que para su sociedad representa la fusión en el gobierno de la derecha republicana con el fundamentalismo religioso.

El ex Presidente cita a dos de los principales dirigentes del evangelismo ultramontano, ambos ostentosos aliados de Bush, los reverendos Jerry Falwel y Pat Robertson, cuando en un programa de televisión que ven millones de personas, señalaron con dedo acusador a los culpables de aquel 11 de septiembre: «Los paganos, los defensores del aborto, las feministas y los homosexuales y las lesbianas» (41).

En resumen, la guerra perpetua, infinita, en la que el enemigo puede ser cualquier vecino. El ciudadano ha dejado de serlo para convertirse en objeto, pieza inerme sometida a las fuerzas ciegas del mercado y víctima también en cualquier instante de la furia de autodesignados emisarios de dioses del odio y la codicia.

En la conclusión de su libro Carter subraya un dato fundamental de la realidad contemporánea. «Mientras ha habido una aguda tendencia a la reducción de los gastos en armamentos en todo el mundo en los últimos veinte años, Estados Unidos ha continuado incrementando su presupuesto militar cada año. Ahora sobrepasa los 400 mil millones de dólares anualmente equivalente al total de todas las otras naciones combinadas». Una razón que explica este contraste, dice Carter, es que en estos momentos hay 300 mil soldados norteamericanos estacionados en más de 120 países, en 63 de los cuales tienen bases militares y además veinte mil marines e infantes de marina están ubicados en barcos que navegan todos los mares permanentemente.

Terminó la guerra fría pero crecen sus gastos militares. Ya no tienen la excusa de un estado al que deben supuestamente enfrentar pero cada vez destinan más recursos a producir armas y medios de destrucción y a desplegarlos por el planeta y a crear nuevos aparatos para vigilar y reprimir. Desapareció hace ya quince años la Unión Soviética pero la carrera armamentista no ha cesado de intensificarse. Sólo que ahora, nos dice el ex Presidente, «la única carrera armamentista es la que tenemos con nosotros mismos».

¿Por qué son superiores hoy sus gastos militares a lo que fueron en los peores momentos del conflicto con la URSS? ¿Por qué ahora, después que supuestamente vencieron a sus adversarios ideológicos, multiplican los fondos destinados a combatirlos e inventan mecanismos adicionales para hacerlo?

¿Contra quién apuntan hoy esas armas? ¿Dónde está ahora el enemigo?

La respuesta se halla sin mucho esfuerzo. Basta con mirarnos al espejo.


NOTAS

(1) Noam Chomski, «Perspectivas sobre el Poder», El Roure Editorial, SA, Barcelona, 2002, páginas 140-141.

(2) Francis Fukuyama, «The End of History and the last man», Avon books, New York, 1992.

(3) Emir Sader, «A Vingança da Historia», Boitempo Editorial, Sao Paulo, Brasil, 2003

(4) Jacques Derrida, «Espectros de Marx, el estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional», Editorial Trotta, Madrid, cuarta edición 2003, páginas 28 y 70.

(5) Seymour Martin Lipset, «Political Man, the social bases of politics», expanded and updated edition, The Johns Hopkins University Press, Baltimore, Maryland1995.

(6) Paul Berman, «A tale of two Utopias, The political journey of the generation of 1968», W.W. Norton and Co. New York, 1997.

(7) Zbigniew Brzezinski, «Between two Ages, America’s role in the Technetronic Era», The Viking Press, New York, Sixth printing June 1974, página 13.

(8) Zbigniew Brzezinski, «El gran tablero mundial, La Supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos», Paidos, 1998, página 34.

(9) Zbigniew Brzezinski, «America in the Technetronic Age», Encounter, Vol. 30, January 1968, página 16.

(10) «The Federalist, the eighty-five essays written by Alexander Hamilton, John Jay and James Madison», The Modern Library, New York, Random House, páginas 361 y 413.

(11) Frances Stonor Saunders, «La CIA y la guerra fría cultural», Editorial Debate, Madrid, octubre 2001, página 14.

(12) Jed Perl, «New Art City, Manhattan at mid-century», Alfred A. Knopf, New York 2005. Este libro ofrece una muy amplia descripción de la vida cultural neoyorquina a mediados del siglo pasado y apenas menciona la Guerra Fría. Precisamente por eso tienen especial significación estas referencias específicas que hace especialmente en las páginas 57 y 58, y en las 384 y 385.

(13) Todd Gitlin, «The Sixties, years of hope, days of rage», Bantam Books, New York, Agosto 1993. Cuando lo escribió ya hacía tiempo que Gitlin había abandonado los ideales de su generación y más bien pasó a combatirlos con este libro que sin embargo contiene mucha información útil.

(14) William L. O’ Neill, «Coming apart, an informal history of America in the 1960’s», Quadrangle/The New York Times Books, sexta edición, septiembre 1977, página 286.

(15) Immanuel Wallerstein, «Después del liberalismo», Siglo XXI editores, cuarta edición en español 2001, páginas 177 y 181.

(16) Margaret Thatcher, «The Downing Street years», Harper Collins Publishers 1993, páginas 450, 463-471.

(17) Jeff Faux, «The Party’s not over, a new vision for the democrats», Basic Books, a division of Harper Collins Publishers, 1996, página 232.

(18) Thomas Frank, «What’s the matter with Kansas, How conservatives won the heart of America», Metropolitan Book, New York, 2004, página. 242.

(19) Jeff Faux, Ibidem páginas 83 y 84.

(20) Richard Rorty, «Achieving our country, leftist thought in Twentieth. Century America», Harvard University Press, 1998, página 87.

(21) Walter Russell Mead, «Special Providence, American foreign policy and how it changed the World», A Century Foundation Book, Alfred A. Knopf, New York, 2001, página 80.

(22) Joseph A. Schumpeter, «Capitalism, Socialism and Democracy», Harper and Row, 3ª edición, 1950.

(23) «Capitalism, Socialism and Democracy Revisited», edited by Larry Diamond and Marc F. Plattner, The Johns Hopkins University Press, Baltimore and London, 1993, páginas 121 y 131.

(24) Jean-François Revel, «La grande parade, essai sur la survie de l’utopie socialiste», Plon, 2000, pág. 369-370

(25) Antonio de Almeida Santos, «Do outro lado da esperança», prefacio de Mario Soares, Editorial Noticias, Lisboa, Mayo 1999.

(26) Francis Fukuyama, «The Neoconservative Moment», The National Interest, edición de enero de 2004.

(27) The New Yorker, October 24, 2005, citado en artículo titulado «The first conservative» de Tom Reiss.

(28) Jeffrey D. Sachs, «The End of Poverty, economic possibilities for our time», foreword by Bono, The Penguin press, 2005, páginas 331, 359-360.

(29) Emmanuel Kant, «Filosofía de la Historia», Fondo de Cultura Económica, México, 1997, páginas 98 y 99.

(30) Esther Kaplan, «With God on their side, How Christian fundamentalists trampled science, policy, and democracy in George W. Bush’s White House», the New Press, New York, 2004.

(31) Susan Sontag, «Estilos radicales», Punto de lectura, Suma de Letras Argentinas, Buenos Aires 2005, páginas 295 y 300.

(32) Daniel Levitas, «The Terrorist next door, the militia movement and the radical right», Thomas Dunne Books, St. Martin’s Press, New York 2002.

(33) Lewis Lapham, «We now live in a fascist state», Harper’s Magazine, 11 October 2005.

(34) «Global trends 2015: A dialogue about the future with nongovernmental experts». Agencia Central de Inteligencia, Diciembre 2000.

(35) «El libro bobo de Bush», Página 12, Buenos Aires, 2005, página 105.

(36) The Washington Post, mayo 31, 2000, citado en Guardian Unlimited, «Bush in his own words».

(37) No me siento inclinado a coincidir con las diversas teorías conspirativas que plantean una responsabilidad de Bush y sus amigos en la planeación y realización de aquella tragedia. No los eximo porque dude que sean capaces de cualquier barbaridad. Pero no les concedo el beneficio de imaginarlos capaces de hacer algo tan diabólico y con tanta eficiencia. En este sentido estoy de acuerdo con la observación de Gore Vidal: «no hay un cerebro en este gobierno que pudiera maquinar algo como el 11 de septiembre. Ni para prevenirlo ni para perpetrarlo». (The Nation, November 7, 2005, página 28)

Más bien pienso que los terroristas se aprovecharon de las amplias oportunidades que a ellos ofrece una sociedad que tolera cualquier cosa cuando el autor es anticomunista. Nótese que la mayoría de los participantes en los hechos del 11 de septiembre se entrenaron y prepararon para hacerlo en Miami bajo las mismas narices de un FBI que no los descubrió porque estaba demasiado ocupado en vigilar y perseguir a los Cinco Héroes antiterroristas cubanos.

Lo demás, las afinidades ideológicas entre Bush y Bin Laden, los antiguos vínculos económicos entre ambos y las repetidas apariciones del terrorista en videos que siempre divulga cuando ayudan a Bush, no son más que evidencias circunstanciales.

(38) Gore Vidal, «Perpetual war for Perpetual Peace, how we got to be so hated», Thunder’s Mouth Press/Nation Books, New York 2002, páginas XI-XIII.

(39) Esas mentiras han tenido consecuencias incomparablemente más graves que las que tuvieron las que empleó Clinton para encubrir sus retozos con la Lewinski o las de Nixon para ocultar su conducta gansteril. Los dos últimos que habían sido electos con amplio margen de votos pagaron caro sus faltas: Nixon tuvo que renunciar y Clinton debió luchar muy duro para sobrevivir al juicio político que le hizo el Congreso.

Bush ha sido hasta ahora muy afortunado. Cuando inició su mentirosa «guerra contra el terrorismo» era un Presidente cuestionado, que obtuvo menos votos que su rival, y fue responsable de un fraude escandaloso y de maniobras más o menos legales para ocultarlo. Todo eso se discutía en septiembre de 2001, había recuentos de votos y demandas de miles de electores cuyo derecho al voto había sido groseramente violado. Todo se olvidó gracias al acto terrorista.

Ahora cuando aumenta el malestar frente al número creciente de bajas en Iraq y su popularidad cae a niveles muy bajos la Contraloría General de la República (General Accounting Office) acaba de presentar su informe sobre las elecciones de 2004 que sobre la base de miles de testimonios y el análisis de los procedimiento y la tecnología empleadas en varios estados, contiene indicios muy serios de que ese año también hubo un gran fraude electoral.

Hasta ahora la gran prensa parece no haberse enterado de la existencia de este documento oficial de la Contraloría. Habiéndose robado dos veces las elecciones y después de haber engañado a todos con las mentiras de más nefastas consecuencias, el señor Bush no ha tenido que enfrentar siquiera una sola acusación.

(Bob Fitrakss and Harvey Wasserman, «GAO Report Confirms Key findings of stolen election in 2004», Free Press, October 26, 2005)

(40) Thomas L: Friedman, «The lexus and the olive tree», Farrar, Strauss and Giroux, New York, 1999.

(41) Jimmy Carter, «Our endangered values, America’s moral crisis», Simon and Schuster, New York, November 2005, páginas 66-67 y 198-199.

Esta conferencia fue pronunciada dentro de la semana que la Asociación Cultural Alfonso Sastre (ASKE) organizó sobre la utopía y cuyas ponencias han sido recogidas en un libro que acaba de publicar la editorial HIRU