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El genoma sí, la historia no

Fuentes: Atlántica XXII

El gran filósofo Giambattista Vico, muerto en 1744, escribió una obra notable, La ciencia nueva, basada en el presupuesto teórico de que sólo podemos conocer realmente aquello que nosotros mismos hacemos y que la verdad, por tanto, es el resultado de nuestra intervención en el mundo (verum ipsum factum). La vertiente reaccionaria de este pensamiento […]

El gran filósofo Giambattista Vico, muerto en 1744, escribió una obra notable, La ciencia nueva, basada en el presupuesto teórico de que sólo podemos conocer realmente aquello que nosotros mismos hacemos y que la verdad, por tanto, es el resultado de nuestra intervención en el mundo (verum ipsum factum). La vertiente reaccionaria de este pensamiento condena al hombre a fracasar en el conocimiento de la naturaleza, obra divina sólo cognoscible para Dios, creador de la vida. A cambio, Vico reivindicó la Historia como la única ciencia humana posible: el hombre hace su propia historia como un carpintero hace su mesa o un pájaro hace su nido, de modo que puede penetrar sus leyes hasta el fondo -igual que Dios penetra el movimiento de los planetas o la mutación de las células.

El problema es que hablar de Hombre, como hablar de Dios, es nombrar un Sujeto inexistente. No es el Hombre sino los hombres -en condiciones no elegidas por ellos- los que hacen la Historia, que precisamente por eso se parece menos a un producto que a una cadena de montaje. O más a una liturgia que a una casa. Los humanos producimos sobre todo pequeñas ceremonias, las cuales, como las propias cadenas de montaje, reclaman y proporcionan muy poco conocimiento (y sólo fragmentario o parcial) y se reproducen sin necesidad alguna de una verdad consciente. No somos demiurgos de nosotros mismos sino mitad cocineros y mitad enfermeros. Y por eso, al contrario de lo que pensaba Vico, para los humanos es mucho más opaca la Historia que el código genético.

Lo más parecido a un producto en la historia humana es el pasado, que es en realidad nuestro presente: todo lo que nos rodea, las mesas, las cazuelas, las casas, incluso el último modelo de ipod, tiene ya, cuando lo vemos o lo tocamos, algunos minutos o días o años de existencia. La rapidez con que se suceden las mercancías nuevas sólo sirve para aumentar el número de cosas antiquísimas y la velocidad con que se vuelven viejas. En medio de todo eso, mientras repetimos nuestras pequeñas ceremonias de supervivencia, el futuro viene hacia nosotros como un tren de carga que choca contra nuestras narices, con un estruendosísimo silencio, sin que notemos nada. No hacemos la historia; repetimos nuestras costumbres o luchamos contra ellas sobre un fondo de inestabilidad permanente, pero nunca tan aparatoso como para percibir o conocer sus efectos, salvo cuando ya se han monumentalizado a nuestras espaldas: la caída de Constantinopla, la toma de la Bastilla, la destrucción del muro de Berlín.

No es muy grave porque pocas veces «ocurren» realmente cosas en la historia. No la hacemos nosotros; estamos alojados en ella. Pero por eso mismo cuando de pronto tenemos que hacerla no sabemos qué está pasando ni cómo moldearla. Seguimos enroscando nuestra tuerquita; seguimos cambiando las flores en la tumba del abuelo.

Pues eso. El mundo árabe se levanta a destiempo pidiendo democracia cuando sólo puede obtener pólvora e incienso; EEUU pierde poder muy deprisa mientras Europa se hace jirones de vuelta al paleolítico; América Latina y su socialismo del siglo XXI son ya viejos para el siglo XXII en el que estamos entrando; nuevas potencias emergentes devuelven el mundo a 1930, pero sin ninguna idea o ilusión de emancipación; el fracaso del capitalismo, en un contexto tecnológico inmanejable y con una crisis ecológica funeraria, nos encuentra desprovistos de caricias y de azadones. Todo lo que está pasando, aquí y allá, hay que inscribirlo en un gigantesco proceso de des-re-composición a nivel mundial, del que puede derivarse la debacle o -menos probable- un mundo más sensato, pero incluso en el mejor de los casos no será sin mucho dolor y muchas renuncias. Lo más difícil es comprender «un giro epocal» cuando se está completamente sumergido en la época que se está dejando atrás. Ese es un salto que sólo puede dar la imaginación, con un bordón ciego de ideas tocando las paredes, y sin ninguna seguridad, por tanto, de estar diciendo algo fundado o razonable. Creo que eso es lo que da la medida de la profundidad de los cambios que se están produciendo: que podemos imaginarlos, pero no pensarlos. Mientras conocemos, como Dios, el genoma humano, somos incapaces de pensar los mercados financieros o de entender a los sirios; y nos limitamos a imaginar en nuestro rincón otro mundo posible que no podemos construir o un vistoso apocalipsis que no podemos evitar.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.