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El guevarismo

Fuentes: Voces

Ernesto Ché Guevara…¡presente!  Jorge Salerno….¡presente! Alfredo Cultelli….¡presente! Ricardo Zabalza…¡presente! La corriente de pensamiento fundada por Ernesto Guevara puede abordarse desde varios ángulos. Un punto de partida para hablar del guevarismo podría ser su visión del tránsito hacia el socialismo como un proceso en que «la sociedad en su conjunto debe convertirse en una gigantesca escuela», […]

Ernesto Ché Guevara…¡presente!  
Jorge Salerno….¡presente!
Alfredo Cultelli….¡presente!
Ricardo Zabalza…¡presente!

La corriente de pensamiento fundada por Ernesto Guevara puede abordarse desde varios ángulos. Un punto de partida para hablar del guevarismo podría ser su visión del tránsito hacia el socialismo como un proceso en que «la sociedad en su conjunto debe convertirse en una gigantesca escuela», donde los individuos «van adquiriendo cada día más conciencia de la necesidad de su incorporación activa a la sociedad y, al mismo tiempo, de su importancia como motores de la misma» . El comunismo pensado como «un fenómeno de consciencia», de mujeres y hombres que se van liberando de los valores en que los educaron durante siglos de capitalismo y propiedad privada. Concepción que derivó hacia la crítica radical a la construcción del socialismo con las «armas melladas del capitalismo» y la tesis sobre la importancia de los estímulos morales en el desarrollo de la gestión planificada de la economía. Verdadera recreación de cuestiones ya analizadas por Carlos Marx en su juventud, que llevó al Ché Guevara a burlarse ferozmente de los «ladrillos soviéticos» o sea los manuales estalinistas sobre filosofía.

Otro enfoque podría centrarse en su porfiada prédica al imperialismo en la ONU, en la Conferencia de los Países No Alineados, en la Tricontinental y en Punta del Este, palabras que lo condujeron al Congo y a Bolivia para ser consecuente con sus dichos: «Toda nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo y una clamor por la unidad de los pueblos contra el gran enemigo de la humanidad: los Estados Unidos de Norteamérica. En cualquier lugar donde nos sorprenda la muerte, bienvenida sea, siempre que ése, nuestro grito de guerra, haya llegado hasta un oído receptivo y otra mano se tienda a empuñar nuestras armas, y otros hombres se apresten a entonar los cantos luctuosos con tableteo de ametralladoras y nuevos gritos de guerra y de victoria».

Sin embargo, el pensamiento del Ché no podría haberse desarrollado, en ninguno de sus múltiples aspectos, sin el triunfo de la revolución del pueblo cubano sobre el ejército de la dictadura de Batista y sobre el imperialismo en Playa Girón. Triunfo obtenido, entre muchas otras cosas, gracias a que el Ché era extraordinariamente inteligente en lo militar, como dijo Fidel en su discurso de la Plaza de la Revolución al informar del asesinato de Ernesto Guevara en Bolivia. Ser guerrillero fue, sin dudas, uno de los rasgos centrales de la personalidad del Ché, «un reformador político que toma las armas» como explica en su ensayo «Guerra de Guerrillas». Un pensador extraordinario que se planteaba con crudeza la cuestión del acceso al poder para emprender el tránsito al socialismo. Por todo eso he preferido referirme al guevarismo desde el punto de vista del quehacer revolucionario, el aspecto paradigmático y central en la vida del Ché.

La admirable alarma

En febrero de 1962, la Segunda Declaración de la Habana reafirmó que «El deber de todo revolucionario es hacer la revolución. Se sabe que en América Latina y en el mundo la revolución vencerá, pero no es de revolucionarios sentarse en la puerta de su casa para ver pasar el cadáver del imperialismo. El papel de Job no cuadra con el de un revolucionario (…) Porque esta gran humanidad ha dicho ‘¡Basta!’ y ha echado a andar. Y su marcha de gigantes ya no se detendrá hasta conquistar la verdadera independencia, por la que ya han muerto más de una vez inútilmente ¡Ahora, en todo caso, los que mueran, morirán como los de Cuba, los de Playa Girón, morirán por su única, verdadera, irrenunciable independencia!».

Es que, en aquel entonces, nadie dudaba que el mundo marchaba hacia el socialismo, que estaba llegando el fin del capitalismo. Fenómeno imposible de entender con la cultura política de este Uruguay y esta América Latina de hoy, dominadas por el mito de la eternidad del capitalismo. Ese sentimiento de vivir la época del socialismo fue la base subjetiva que impulsó revoluciones por todo el mundo, en China, Vietnam, Cuba y Argelia, los movimientos juveniles de 1968, en París y en la plaza Tlatelcoco, las guerrillas en toda América Latina.

En La Habana se reafirmó lo que ya se sabía: la Revolución no era para un mañana difuso en el que se dieran todas las condiciones objetivas y subjetivas por haber. Estaba demostrado que era posible derrotar al ejército de la clase dominante para, de inmediato, emprender el tránsito al socialismo, había que hacer la Revolución hoy, ahora. Fue un llamado a la responsabilidad individual de cada una y cada uno.

En ese clima transcurrió la epopeya de Ernesto Ché Guevara. Aunque se sintieron como diez siglos, apenas diez años de historia separaban el desembarco del Granma y su asesinato Quebrada de Yuro. El tiempo se dilataba por la intensidad emotiva conque se vivían los acontecimientos. Lejos de atemorizar y desestimular la lucha, la muerte del guerrillero heroico lo convirtió en leyenda y la leyenda se transformó en aluvión incontenible. Ernesto Ché Guevara logró inflamar la imaginación de la juventud latinoamericana, que cargó su mochila a la espalda y se lanzó a hacer la revolución. Dedicar la vida a revolucionar la humanidad fue la esencia del guevarismo. El 8 de octubre de 1969, Alfredo Cultelli, Jorge Salerno y Ricardo Zabalza pusieron sus vidas en juego para convertir el socialismo en realidad y homenajear al Ché.

La tesis política del guevarismo

En «Guerra de Guerrillas», a partir de la experiencia cubana, Ernesto Guevara explicaba su tesis sobre las condiciones en que se dan los procesos insurreccionales: «Es necesario demostrar claramente ante el pueblo la imposibilidad de mantener la lucha por las reivindicaciones sociales dentro del plano de la contienda cívica. Precisamente la paz es rota por las fuerzas agresoras que se mantienen en el poder contra el derecho establecido. En esas condiciones, el descontento popular va tomando formas y proyecciones cada vez más afirmativas y un estado de resistencia que cristaliza en un momento dado en el brote de lucha provocado inicialmente por la actitud de las autoridades. Donde un gobierno haya subido al poder por alguna forma de consulta popular, fraudulenta o no, y se mantenga por lo menos la apariencia de legalidad constitucional, el brote guerrillero es imposible de producir por no haberse agotado las posibilidades de lucha cívica».

El Ché entendía que no se debían desaprovechar las libertades y derechos burgueses mientras les permitieran luchar por soluciones para el pueblo. No se trataba de una romántica aventura descolgada de la realidad o producto del idealismo de algunos «iluminados» que se lanzaban a la fosa de los leones. Veía en la guerrilla un método de acción política, diferente a los electorales o parlamentarios, cuya aplicación sólo era posible en ciertas circunstancias, cuando algunos sectores populares entendieran que se habían agotado las otras vías para obtener sus aspiraciones y sólo les quedaba tomar las armas.

Ernesto Guevara señala que no son los pueblos quienes rompen la legalidad, pues prefieren solucionar sus problemas con el mínimo de sacrificio y esfuerzo, si es posible tomando mate en la cocina. Es la clase dominante, llevada por sus intereses, la que descarta el modo pacífico de dominación, quiebra su propia legalidad, reprime y, en última instancia, instala una dictadura. La ruptura de la paz social por los de arriba era para el Ché la condición previa a la indignación del abajo, a que cunda la bronca y la gente reaccione contra el régimen. Dada esa base subjetiva mínima, la acción del grupo guerrillero puede crear el resto de las condiciones subjetivas (consciencia, organización).

El guevarismo no se afilió a la concepción que atribuía poderes mágicos a la violencia revolucionaria y creía que con ponerla en práctica bastaba para transformar la sociedad. Por el contrario, Guevara inscribía la acción armada en una concepción encaminada a transformar la subjetividad del movimiento de masas. La acumulación de fuerzas vista como el desarrollo de la comprensión política del pueblo trabajador no es simplemente una cuestión de tirar tiros. Las armas entendidas como un instrumento político, que al disparar debían enviar un mensaje entendible por las mayorías y compartible por los sectores más avanzados. De otra manera se estaba simplemente disparando al aire.

 La importancia de lo subjetivo

Actualmente la masa salarial es bastante más reducida que la del Uruguay de los años ’70 (era un 40% del PBI al golpe de estado y es el 30% hoy día). La propiedad de la tierra está doblemente más concentrada que en aquel entonces, fenómeno que ha expulsado la población del campo, convirtiéndolo en un desierto. Las corporaciones transnacionales adjudicaron al Uruguay el rol de productor de materias primas, dependiente de decisiones económicas que se toman en los países centrales del capitalismo global. Hoy día la vida del pueblo trabajador depende de la deuda externa en un grado mucho mayor que en la época del pachequismo. En resumen, la explotación y la dependencia presentan caracteres mucho más graves que los de medio siglo atrás y, en ese sentido, habría condiciones objetivas mucho más valederas para que el pueblo uruguayo echara a andar. ¿Por qué entonces no lo hace?

Más allá de los desastres que está provocando el capital (matanzas genocidas, aluviones de refugiados, crisis alimentarias, caída de los salarios, injusticia sin límites) hoy día no se vislumbra una posible revolución social. Al repliegue contribuyen decisivamente el desánimo provocado por las derrotas sufridas en los ’70 y una especie de vago e intangible temor consecuencia del terrorismo de estado; también influye enormemente la caída de la URSS que, a ojos del sentido común, aparece como el triunfo del capitalismo.

El «progresismo» llegó a América Latina para fortalecer esa sensación de que hay capitalismo para rato. Ha demostrado que se pueden favorecer las ganancias de los grandes capitales, ahondando la injusticia social, a la par que se mantienen los pueblos en la pasividad con retórica de izquierda complementada por políticas de asistencialismo. La hegemonía que ejerce el progresismo distorsiona la percepción de la realidad y por eso la subjetividad actual tiene un signo totalmente contrario al que caracterizó los años ’60. En Uruguay, en particular, ha incidido fundamentalmente el viraje de los ex-guerrilleros que se integraron a las filas del sistema. Se han convertido en el instrumento más eficiente para consolidar la hegemonía del capitalismo, que les paga sus servicios con elogios desmedidos y catapultándolos internacionalmente. Son un factor clave para mantener pasivo al movimiento popular. Han levantado un cerco entorno a las ideas revolucionarias, estrechando al mínimo los espacios donde es posible sembrarlas. Ninguna ley de la acción política prescribe que el agravamiento de las condiciones en que se vive determine mecánicamente una reacción de rebelión popular. Solamente cuando constatan que sus reclamos son sistemáticamente rechazados y se reprime severamente las luchas populares, las multitudes salen a expresar su bronca en la calle. Ejemplos claros que comprueben esa afirmación fueron la última marcha del silencio (20 de mayo del 2015) y la manifestación del 27 de agosto rechazando la declaración de esencialidad en la enseñanza pública. Cuando «se den cuenta» que no aguantan más, las pequeñas mujeres y los pequeños hombres de todos los días se transformarán, espontáneamente, en los gigantes que salieron a revolucionar el mundo en los ’70. Se aprende en los hechos.

¡Qué difícil es todo!

Ni el más enardecido de los discursos es capaz de sacudir la pasividad de todo un pueblo pero, sin embargo, la intención revolucionaria desaparecería de la faz de la tierra, si no existieran los núcleos que conservan encendida la llama. De cierta manera, el espíritu insurrecto de los pocos que persisten en su intención de hacer la revolución en tiempos de sequía, se anticipa a la insurrección masiva de los espíritus. En sus consciencias ha saltado la térmica antes que el cortocircuito incendie la pradera y, por eso mismo, adquieren la capacidad de explicar las cuestiones que hacen al problema del poder, de sembrar mensajes de combatividad y clasismo, de divulgar el debate sobre la realidad económica, política y social. Son provocadores del debate, sus planteos revulsivos despiertan los pensamientos que duermen su siesta en los más profundo de la consciencia colectiva. Sus vocaciones son la revolución social pero, ¿cómo hacerla en un contexto subjetivo tan desfavorable como el de hoy día? ¿cómo transmitir al movimiento de masas la intención revolucionaria? Por supuesto, no hay una respuesta única, apenas estoy señalando algunos aspectos que me parecen relevantes y que son producto de la experiencia de los ’60, cuando la lucha revolucionaria era lucha a brazo partido contra los ejércitos de la oligarquía y el imperialismo.

Al anticiparse al desarrollo de los acontecimientos, los que se proponen hacer una revolución se colocan en la vanguardia pero, al mismo tiempo, como la fuerza determinante es la voluntad de las masas y no las suyas, están de hecho caminando en la retaguardia de los pueblos, a la espera de la transformación espontánea de la subjetividad general. Solamente les resta contribuir pacientemente a la maduración del fenómeno subjetivo, vincularse con las luchas sociales, debatir puerta a puerta, el trabajo hormiga de sembrar ideas mano a mano en el sindicato, el gremio estudiantil, la cooperativa de viviendas y el barrio. Es muy difícil que la opinión general comprenda y acompañe un proceso revolucionario en sus inicios, pero ello no es excusa para renunciar al trabajo de agitación cuyo destinatario son precisamente esas grandes mayorías. Las revoluciones no son un acto de revolucionarios profesionales, sino un acto de creación de las grandes multitudes que se organizan y protagonizan los grandes acontecimientos históricos. El rol de los núcleos revolucionarios es inducir la atmósfera cultural e ideológica que estimula el big bang del movimiento de masas, sea al ocupar un terreno para vivir, tierra para trabajar o los lugares de trabajo y de estudio. Se encargan de volcar elementos para que la gente analice por sí misma y cobre consciencia de la realidad, el revolucionario contribuye al desarrollo político del movimiento de masas, contribuye pero no determina. Su responsabilidad política consiste en asumir consciente y planificadamente esa dialéctica que lo une irremediablemente al desarrollo espontáneo.

La inacción del que pretende ser un revolucionario prolongaría el repliegue una eternidad pero, a la vez y sin contradicciones, es mínima la incidencia de su acción en el proceso de experiencia y aprendizaje del movimiento de masas. Su voluntad de hacer la revolución no es lo decisivo. En esa contradicción debe moverse, sin dejarse arrastrar por el repliegue, pero respetando puntillosamente la independencia en el desarrollo de la subjetividad. En algún momento, entusiasmado por un aumento en la receptividad, el núcleo activo puede apresurarse demasiado y su acción ser poco comprendida a nivel general. Es preciso ser muy cuidadoso en lo táctico y puntual, no intervenir antes de tiempo y fuera de lugar. El menor desliz crea condiciones que favorecen la acción anestésica del discurso hegemónico. El desacople entre las velocidades del movimiento revolucionario y del movimiento de masas fue una dinámica en la cual, particularmente, cayó el MLN (T) en los ’70. El aparato guerrillero pasando a toda velocidad por el costado del movimiento de masas, sin considerar su grado de compresión política. Tanto con una acción militar como lanzando una piedra, se pueden colocar los intereses de un grupo político por encima del interés en el desarrollo político del pueblo trabajador. El aparatismo no fue un invento de la guerrilla ni terminó con su derrota.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.