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Sobre la Retórica de Aristóteles y un caso práctico

El País, el Katrina, Cuba

Fuentes: Rebelión

Intervención de la autora en el Institut de Cultura de Barcelona el 27 de octubre del 2005

Como ustedes saben, para Aristóteles el conocimiento no es un supuesto vacío, algo que pueda darse en abstracto, sino que nace de una premisa, el desarrollo de las facultades del hombre. Dicho de otro modo, para Aristóteles el hombre no está hecho, el hombre tiene que hacerse y no se hace en soledad sino en la polis. Para Aristóteles no vale con decir el hombre es así, la condición humana es así. Por el contrario, hay cosas buenas que deben ser buscadas, pongamos el valor o la magnanimidad, y es posible buscarlas, como es posible aprender a leer. También hay cosas que deben ser evitadas, pongamos la mezquindad, la cobardía.

En la Retórica, Aristóteles intenta que exista un control racional del lenguaje político y judicial. Pero él no entiende por razón lo mismo que entendemos nosotros. La razón no es, en Aristóteles, lo que se opone a los sentimientos, sino lo que los encauza. Quizá resulte más claro hablar de prudencia. Entre el poder y el hacer, que es el camino por donde transita todo conocimiento, ha de mediar siempre la prudencia, la consideración acerca de si lo que se está haciendo favorece al bien de la comunidad y no sólo al interés de uno. No me propongo hablar aquí de las indicaciones concretas que hace Aristóteles sobre cómo se debe argumentar en un juicio, o sobre qué elementos han de tenerse en cuenta al tomar la palabra en la asamblea.

Quiero en cambio referirme al significado que tiene el texto de Aristóteles en su totalidad. Así como, a mí entender, no existe un capitalismo salvaje, pues todo capitalismo lo es -la estructura del capitalismo lo determina, no hay ningún valor que pueda estar por encima de la tasa de ganancia-, sin embargo, sí cabe distinguir entre el habla salvaje, el habla de los deseos, y el habla instituida por Aristóteles para cada espacio de conocimiento, pongamos la poética, la dialéctica o la retórica.

El habla salvaje viene a ser, si me permiten esta imagen mínima, semejante a la práctica cada vez más común de no usar el intermitente. Yo quiero torcer, y tuerzo. Yo quiero un café, y lo pido. Yo quiero que declaren culpable a un hombre, y lo digo. Por el contrario, Aristóteles nos recuerda que el hombre existe en común con otros hombres, y en consecuencia hay un habla posible y distinta del habla salvaje, hay un habla que no tiene que ver con el interés de quien pronuncia el discurso sino con el bien. Yo quiero torcer y enciendo el intermitente porque se puede torcer y también se puede torcer bien, y si enciendo el intermitente estoy torciendo bien, estoy considerando que más allá de mi interés por torcer está el interés del peatón que está a punto de cruzar, y el interés del coche que viene detrás de mí, y el interés de una ciudad caótica que aspira aún a no serlo completamente.

Antes de continuar, han de saber que la mayoría de las cosas que he dicho hasta ahora y otras muchas de las que diré hasta llegar a la última parte de esta conferencia, las aprendí con Juan Blanco, un filósofo ágrafo, socrático en su modo de enseñar y aristotélico en su modo de pensar. Sepan también que, muchas veces, cuando Juan Blanco decía Aristóteles estaba diciendo algo más, estaba refiriéndose a la razón común. Éste hecho en nada desdice el rigor de su pensamiento. Juan Blanco hablaba de Kant, de Platón, de Hume, de Ockam, de Marx, con absoluta precisión. Pero cuando hablaba de Aristóteles, o cuando le hacíamos hablar de Aristóteles, se introducía una suerte de pacto. Porque Aristóteles creció en un mundo de esclavos y en un mundo que despreciaba a la mujer, y no cuestionó ninguna de estas dos condiciones de existencia. Porque Aristóteles no era perfecto ni pudo conocer ciertos descubrimientos de la ciencia o ciertas luchas políticas. Y Juan Blanco lo sabía y quienes le escuchábamos también lo sabíamos. Pero a menudo ocurría estar analizando el pensamiento posmoderno, o al sociólogo Niklass Luhmann, o una noticia de un periódico y entonces preguntarse qué habría dicho Aristóteles. En esos momentos, Aristóteles no era sólo la suma de sus libros, era además lo que Juan Blanco había incorporado a esa suma, como si hubiera logrado convertir a Aristóteles en una herramienta viva, en un punto de vista que al fin dejaba atrás el esclavismo o el desprecio a la mujer y únicamente recogía una concepción del mundo regida por la convicción de que el valor supremo no podía ser la vida sino la vida buena. De esta herramienta creada por Juan Blanco voy a servirme para mostrar el sentido de la Retórica.

«Del ser se sigue el decir», es la premisa de la que hay que partir siempre que se habla de Aristóteles. Esto es, el conocimiento está en el lenguaje pero el ser, la vida, funciona como elemento de restauración lingüística. El lenguaje no crea la vida, sino que la vida origina el lenguaje y por eso el lenguaje tiene que verificarse en la existencia. Porque no es sólo que del ser se siga el decir, es que lo que el decir dice no se puede separar del ser: ser humano es ser animal y racional, no podemos cambiarlo, ser humano no es ser vegetal o gaseoso. Lo que ocurre es que entre el ser y el lenguaje no hay unidad sino analogía, siempre hay un escalón, por eso la descripción siempre es interpretación.

Y bien, en la descripción que hace Aristóteles, la bondad del hombre no sale del hombre mismo, sale de la ciudad, de la polis. De tal modo esto es así que Aristóteles existe porque existe Atenas, porque existen el teatro y la asamblea y una forma de entender y ejercer la educación. Ahora bien, en este punto es preciso recordar que para Aristóteles individuo y ciudad son congruentes, no son, como sucede en el capitalismo, necesariamente opuestos. La tensión entre el animal y lo político, la tensión entre el individuo y la colectividad, hoy se ve como algo como problemático y a menudo amenazador. Por el contrario Aristóteles la considera imprescindible para que el individuo se desarrolle: esa tensión está contenida en facultades y sin las facultades, sin el ejercicio de lo bien hecho en cada uno de los campos de acción del hombre, la existencia pierde todo sentido.

La sustancia del individualismo, visión del mundo que hoy nos envuelve y nos forma, está puesta en el hecho de que un individuo puede ir en contra de la especie. En cambio, desde el punto de vista de Aristóteles, la felicidad hay que buscarla dentro del orden de lo común. Por eso la corrupción hace tanto daño, porque cuando un individuo pide más de lo que merece está destruyendo la sociedad.

Dicho de otro modo, para Aristóteles la realidad no es una construcción sin más, sino una construcción adaptativa, una construcción que ha de servir al proyecto de lograr una vida buena para el común de las gentes. El capitalismo ha suprimido el término adaptativo, ha suprimido el para qué se construye la realidad, y esta supresión afecta a todas las cosas. Hoy, por ejemplo y en el colmo de la paradoja, es posible enseñar cómo se motiva a otros sin tener en cuenta para qué se les motiva. Aristóteles no separa el fin de la acción. Al mismo tiempo, distingue el fin del motivo. El fin de la acción «hacer una mesa» es siempre una mesa bien hecha. El motivo puede ser ganar dinero o puede ser sujetar los platos y los vasos. Y lo que vale para la mesa vale para un discurso. De manera que el fin de la Retórica no es el discurso judicial, ni el discurso político, ni es tampoco, como para los sofistas, persuadir. El fin de la Retórica es el discurso bien hecho. Lo que distingue el buen discurso del discurso mal hecho o del discurso aparente no es la ventaja que saca quien ha pronunciado el discurso sino precisamente la certeza de que del discurso bien hecho sacan ventaja todos: el individuo, el opositor, los oyentes, la ciudad misma.

La necesidad del buen discurso, la necesidad de contrarrestar el habla salvaje es mayor por cuanto el argumento retórico en Aristóteles no termina en el convencimiento del oyente sino después, termina en la acción que se sigue del argumento, en la modificación de las condiciones de existencia que se producirá. En este sentido, frente a lo que pueda sugerir una palabra como retórica, a Aristóteles le importa poco cómo se dicen las cosas, lo que le importa es lo que hacemos, cómo se dice lo que hacemos. Precisamente porque la subjetividad no es algo meramente pensado sino que sólo existe una subjetividad activa, una subjetividad en acción, es por lo que Aristóteles trata de poner reglas en los distintos campos de acción del hombre, reglas que procuren que lo que pase tenga que ver con la razón común.

Hasta aquí Aristóteles, hasta aquí un proyecto de Retórica que toma como punto de partida, y ahora cito el libro I, que «los hombres tienden por naturaleza y de un modo suficiente a la verdad, y la mayor parte de las veces la alcanzan». A nosotros, sin embargo, no nos queda más remedio que vincular las palabras al hacer de nuestra sociedad, y ese hacer ha trastocado, si no definitivamente sí de un modo general, la relación del hombre con lo verdadero. Se puede querer con una hoja de papel cortar un roble, pero entre el querer y el objeto está el hacer. Hoy esta frontera parece haber desaparecido, como también aquella otra que entre el poder hacer una cosa y el hacer realmente interponía la responsabilidad, la prudencia.

Y si esto ocurre en el universo de la acción, qué no sucederá en el de la comunicación. Habitamos hoy en el reino del habla salvaje. En ese reino, la retórica obedece sobre todo a su acepción de uso más común, la retórica es ropaje y disimulo, encubrimiento del interés bajo el manto de palabras que un día nos conmovieron y cuyo uso deshonesto logra, sin embargo, conmovernos todavía. A Aristóteles le preocupaba analizar lo que es adecuado en cada caso para convencer. Veamos qué se entiende hoy por lo convincente en un caso concreto, el caso del huracán Katrina. Tomo como ejemplo el diario El País, pues me parece representativo de lo que hoy se puede considerar un gran medio de comunicación.

En el editorial del treinta de Agosto, este periódico decía: «¡Qué diferencia con el tsunami que las navidades pasadas devastó el sureste asiático! (…) Ahora ha tocado la cara de la moneda: ver cómo la ciudad de Nueva Orleáns se vaciaba de un millón de personas, siguiendo una orden de evacuación. Es la respuesta de una sociedad rica, avanzada y previsora, con capacidad de anticipación!». Días más tarde, cuando la realidad desastrosa impuso sus imágenes a los deseos de los editorialistas, un nuevo editorial decía cosas como: «La decisión de la Administración de Bush de no seguir adelante con los planes para reforzar los diques de contención de las aguas en Nueva Orleáns y la entrega de los humedales cercanos a la especulación inmobiliaria cercenaron las defensas de la ciudad». Como fácilmente se advierte, ya no es la sociedad rica, avanzada y previsora la que está siendo juzgada sino sólo la Administración de Bush. Quizá haya administraciones peores y mejores, y digo quizá porque lo que sin duda hay en el capitalismo es una sola política económica posible. En todo caso, el cambio de registro resulta revelador. Más revelador aún cuando, a partir de ese momento, se inicia lo que podríamos llamar una serie, una sucesión de artículos de columnistas que tratan de colocar lo ocurrido en el Katrina no en un lugar útil para la reflexión del común de las gentes sino útil para el interés de la clase dominante. Comienzan a dúo el mismo día Herman Tertsch y Rosa Montero apelando a fragilidad como categoría: «Tan inermes, tan frágiles», dice Montero. «Extremadamente quebradizos ante la adversidad», dice Tertsch. De fondo, valores conservadores como la resignación, la conformidad con la desgracia, valores que avergüenzan cuando se escuchan en boca de los privilegiados. A continuación, ante el horror, los saqueos por hambre, los disparos, las violaciones, aparece el reproche no al sistema político y económico sino a la naturaleza humana malvada. Ambos hablan en efecto de, según Montero: «la brutalidad primordial, el ciego y fiero imperio del más fuerte, el instinto animal de depredación», y según Tertsch: «las miserias, las crueldades, los defectos, corrupciones y traiciones que salpican y corroen nuestros actos humanos». Es la conocida idea de la derecha, el hombre es malo, no son las leyes las que están mal hechas, no es que falte hoy, como diría Aristóteles, una ciudad en donde las facultades del hombre puedan alcanzar su pleno desarrollo, sino que, al decir de estos columnistas, la maldad es instintiva o primordial. Los hechos , por cierto, desmintieron luego las violaciones, y la mayor parte de la brutalidad, aunque no la violencia institucional destinada a proteger la propiedad privada.

En días sucesivos, Elvira Lindo y Juan Cruz enlazan con la línea del editorial e insisten en que no es el sistema político el que ha fallado sino una administración concreta. El culpable es Bush y su partido que elige por una especie de maldad intrínseca, ahora cito: «rebajar los impuestos a los ricos, hacer oídos sordos a las obras públicas y favorecer la codicia diabólica de las grandes empresas». Resulta llamativa la vuelta del vocabulario católico, no es la tasa de beneficio lo que mueve a las empresas sino la codicia, y esa codicia es además, diabólica. En idéntica línea, Juan Cruz dice: «Está a punto de anunciarse que, otra vez, los ricos pagarán menos impuestos, cada día es más obvio que el descuido social castiga a capas cada vez más amplias de la población». Como ven, la expresión: «el descuido social castiga», no tiene desperdicio. Más allá de eso, fijémonos en cómo cierto lenguaje anticuado, progre, estatalista, según el cual los ricos deben pagar más impuestos que los pobres, regresa a los columnistas si bien no, en absoluto, al partido que esos columnistas defienden, ya sea en España ya en los Estados Unidos. También Juan José Millás recurre a la magia de los impuestos: «Cuando nosotros, a base de competir por ver quién es el partido político que baja más los impuestos, tengamos un Estado famélico, también exigiremos que nos permitan guardar una pistola debajo de la almohada», dice. Es interesante señalar que en esos mismos días Zapatero había anunciado la subida de los impuestos para pagar el déficit sanitario. Ahora bien, ¿la subida de qué impuestos? La subida de los impuestos indirectos, aquellos que no distinguen entre pobres y ricos y por lo tanto claro que distinguen obligando, proporcional e inevitablemente, a pagar mucho más al pobre que al rico. Impuestos, recuerden, sobre el alcohol y el tabaco, y aquí Aristóteles se hubiera vuelto loco si hubiera tenido que explicar la existencia de una comunidad que al tiempo que prohíbe o critica unas sustancias por considerar que hacen daño y matan, se organiza de tal modo que le sea imprescindible que la población se ponga ciega de esas sustancias, pues de lo contrario no habrá quién atienda a los enfermos ni habrá hospitales donde atenderlos.

Pero sigamos con el huracán. El tema de la desigualdad atraviesa tanto columnas como editoriales. Al decir de Elvira Lindo: «El fantasma de África ha perseguido a los negros hasta alcanzarles, no el África de la que vinieron hace siglos como esclavos, sino el África de hoy, el África violenta y devastada». Sugiere así, para nuestro asombro, que la esclavitud y el colonialismo en nada tendrían que ver con el África de hoy, serían dos fenómenos aislados. Pero sobre todo la imagen de Lindo insiste, como se hizo en general en la mayoría de los medios durante esos días, en el hecho de que, incluso cuando la catástrofe natural ocurre en un país rico, incluso entonces la naturaleza elige a los pobres, a sureños pobres y negros. Lindo lo atribuye al fantasma de África, también podría haber hablado de un imán misterioso, pero quizá hubiera sido mejor que hablara de que cuando se dieron las órdenes de evacuación los sureños ricos se fueron y no hubo autobuses disponibles para quienes no tenían medios propios. Además, en esas órdenes de evacuación, los oficiales del gobierno no ofrecieron viviendas ni comida para los desplazados. Y aun cuando hubo quien se atrevió a acusar a los que se quedaron de imprudentes, se sabe que aquellos que pudieron salir no tenían mejor sentido común, tenían más dólares. Todo esto es lo que Lindo convierte en el fantasma de África. Pese a todo, hemos de saber que el huracán produjo grandes destrozos en Florida, Bahamas, Luisiana y Missisipi. Hubo sureños blancos y ricos que padecieron. Y es como si no existieran. Quizá porque tenían sus casas aseguradas, sus empresas aseguradas. Y quizá también porque la existencia de ricos vulnerables convierte el Katrina en un hecho real y no en una película de Bush y los negros. No hemos construido una comunidad. Estamos solos y es mejor pensar que no nos tocará a nosotros o que, si nos tocara, acumulando dinero el día de la catástrofe estaremos protegidos porque acumular dinero es todo lo que se espera de nosotros, todo lo que los columnistas, y aquellos a quienes representan, son capaces y están en disposición de hacer.

El capitalismo no puede construir una comunidad; en una comunidad se promueven cualidades mientras que el capitalismo está obligado a promover cantidades. El dinero sistematiza en una unidad toda la complejidad del individuo. En este sentido, el tercer editorial de El País es un modelo retórico en sí mismo. Este editorial se publicaba el viernes nueve, a la vez que la columna donde Millás decía: «vamos hacia una organización económica insolidaria, atroz, injusta, antidemocrática». Millás de nuevo relacionaba este hecho no con el capitalismo y sus cifras ni con las democracias que lo articulan sino con la extrema derecha que, misteriosamente, ha llegado al poder. Millás se ve abocado, como el resto de los columnistas, a un cúmulo de contradicciones internas. El editorial en cambio parece decir, dejémonos de palabrería y hablemos de lo que ha sucedido en realidad, a saber: «el factor Katrina simplemente ha complicado un shock petrolero de demanda con otro shock de oferta. Se supone que el choque de oferta será pasajero y que la producción afectada se recuperará».

Voy a referirme a un último tópico muy usado por los columnistas esos días, el resurgir. El domingo once, Manuel Vicent lo enunciaba de esta forma: «Nueva Orleáns será salvada de las aguas por sus enamorados de todo el mundo que queremos viajar junto con Vivien Leigh y Marlon Brando (…) en el Tranvía Llamado Deseo». Y Montero escribía: «Con el tiempo, llorarán a sus muertos, asumirán sus duelos». No me cabe duda de que las personas privadas de hijos, amigos, hermanos y también de cobijo, también de un lugar donde caerse muertos, privadas de todo eso no por el huracán sino por los intereses que incluso el mismo periódico de esos columnistas había criticado, no me cabe duda de que esas personas verían en las dos frases que acabo de leer muestras de un cinismo intolerable y sangrante. Tampoco me cabe duda de que por la cabeza de ninguno de estos columnistas jamás pasó ni remotamente la posibilidad de que sus frases fueran entendidas de un modo sarcástico. Regreso entonces a Aristóteles para explicar a qué pueda ser debida esta suerte de distancia insalvable entre formas de mirar.

Recordarán que para Aristóteles el ser, la vida, funciona como elemento de restauración lingüística. Primero está la vida y después el lenguaje. Pero para Montero, como para Vicent, como es clásico en la posmodernidad, parece ser a la inversa. Es el lenguaje el que funciona como elemento de restauración, y así sus palabras, o los enamorados de una película, reconstruirán Nueva Orleans. Lo que ocurre cuando se abandona la exigencia de restaurar el lenguaje en la vida es que desaparece la obligación de argumentar. Al fin y al cabo, como también dice Montero: «Dentro de poco se habrá vuelto a remendar el vaporoso espejismo de la realidad». Basta, entonces, con que funcione ese «vaporoso espejismo» en el cual el frío, la fatiga, las telas mojadas, el barro, no tocan la piel.

En cierto modo, no deja de ser un síntoma de salud, aun cuando insuficiente, la exigencia popular de que los políticos visiten los lugares afectados. Es insuficiente pero a partir de esa exigencia aún se puede fundar algo, construir sobre tierra y no sobre imágenes. Recientemente se publicaba en La Jornada un artículo en donde se daba cuenta de cuál es el equivalente material de palabras como las de Montero. Dice Montero en El País: «Limpiarán y reconstruirán día tras día, con tesón de hormigas, la ciudad devastada». Dice David Brooks en La Jornada: «Una de las primeras decisiones del presidente George W. Bush, pocos días después del desastre en la zona del Golfo de México, fue suspender la ley Davis Bacon, que obliga a todo contratista que firma un convenio federal a pagar un sueldo equivalente a los niveles prevalecientes en la zona. El efecto de esta suspensión fue que empresas como Halliburton y decenas más cobraran al gobierno como si pagaran altas remuneraciones a sus empleados, pero desembolsaban menos que el salario mínimo para incrementar sus ganancias. Cuando residentes locales rechazaron salarios inferiores, o las empresas enfrentaron la realidad de que los trabajadores estadounidenses gozan de ciertos derechos, los contratistas optaron por la mano de obra inmigrante indocumentada.

Inmigrantes mexicanos y centroamericanos reconstruyen Nueva Orleáns y otras zonas devastadas por el huracán Katrina, pero en lugar de recibir gratitud son explotados, a veces vejados y al final sujetos a una ola de resentimiento y desprecio debido a las políticas federales de reconstrucción y las prácticas empresariales».

Si un día las tensiones entre los inmigrantes hispanos y los habitantes de Nueva Orleáns estallan, si se producen varios linchamientos o algunos otros hechos espectaculares, entonces imagino que volverá a empezar la rueda: apelaciones a la miserable condición humana, lágrimas de cocodrilo por las desigualdades, exigencias de cocodrilo pues se sabe que no se cumplirán, mala conciencia. Algo semejante a lo ocurrido tras la represión de los treinta mil africanos en Melilla. Decía Aristóteles: «deliberamos sobre lo que parece que puede resolverse de dos modos, ya que nadie da consejos sobre lo que él mismo considera que es imposible que haya sido o vaya a ser o sea de un modo diferente, pues nada cabe hacer en esos casos». Por eso cansan cada vez más los columnistas, y por eso quizá debieran cansarse, por eso entendemos por retórica algo vacío, hueco, falso. Pues si sabemos que en este sistema político y económico no existe posibilidad de que estos hechos puedan resolverse de dos maneras, sino que hay una sola manera posible, entonces ¿cómo no desconfiar de quienes hablan como si deliberaran, como si en verdad tuvieran algo que proponer? Y si no hablan para proponer nada, si los asuntos sobre los que se pronuncian no podrían ser de otra manera ¿entonces por qué no guardan silencio? Sospechamos de su retórica pues si en verdad piensan que «vamos hacia una organización económica insolidaria, atroz, injusta, antidemocrática», entonces ¿cómo pueden seguir defendiendo a los partidos, a las instituciones y a las empresas que sustentan esa organización?

El caso Katrina, como tantos otros, quedó en seguida cerrado, y procurar abrirlo ahora resulta extemporáneo. Yo, sin embargo, me permito reabrir el caso y a riesgo de que algunos y algunas de ustedes me acusen de llevar el agua a mi molino, un molino crítico con el capitalismo pero no crítico en el vacío sino crítico desde el marxismo y el socialismo, voy a ponerles un ejemplo de lo que sería restaurar el lenguaje en la realidad.

A poco más de quinientas millas de Nueva Orleans, Cuba socialista, con muchos menos recursos, ha sido capaz de atravesar desastres naturales con muy pocas o ninguna pérdida humana. Antes que el Huracán Denis, un huracán de vientos de 240 kilómetros por hora, sólo 10 kilómetros menos que los vientos del Katrina, golpeara el territorio cubano en el mes de julio pasado, más de millón y medio de personas fueron evacuadas por el sistema de defensa civil de Cuba de las áreas de alto riesgo, millón y medio de un total de 11 millones de habitantes.

Si dos huracanes de semejante intensidad se suceden en menos de tres meses en regiones muy próximas y son afrontados de modos absolutamente distintos creo que no resulta en absoluto forzado comparar. Lo que si resulta forzado, insólito, salvaje, si me lo permiten, es no establecer comparación alguna.

Al habla salvaje no le interesa comparar con un país que camina hacia el socialismo porque no le interesa saber qué es lo mejor, ni siquiera lo conveniente. No le interesa conocer si hay un modo diferente de afrontar la llegada de un huracán pues saberlo podría desembocar en una acción que obstaculizara los deseos de ese habla. Citemos ahora el estudio de 68 páginas elaborado por Oxfam -organización humanitaria británica- en 2004: «Cuba es diferente», se dice allí, «por la combinación de su desarrollo socio económico con sus políticas de respuesta para reducir sustancialmente la vulnerabilidad de la población contra estos peligros». El Plan Nacional de preparación para desastres es definido y desarrollado cada año, desde los niveles más altos hasta los barrios y asociaciones vecinales. «Yo soy responsable de esta parte del barrio», dice una representante de la Federación de Mujeres Cubanas. «Si un huracán llega, yo sé que dentro de un edificio multifamiliar hay una anciana en silla de ruedas, quien va a necesitar ayuda para salir. Tengo once madres solteras que viven en el segundo y tercer piso de edificios de departamentos con niños menores de dos años de edad quienes necesitarán más apoyo para evacuarse y quienes tendrán necesidades especiales en los albergues. Tengo dos mujeres embarazadas, una en ese bloque y otra en aquél, quienes requerirán de una atención especial».

Desde nuestra lógica, desde nuestro individualismo, sentimos miedo a que alguien pueda saber donde vivimos. Desde nuestra lógica se mueren ancianos y pasan días hasta que alguien, alertado por el olor, descubre su muerte. Desde nuestra lógica sólo ante la inminencia de una posible catástrofe nos es dado decir: habría sido hermoso que en cada barrio de Nueva Orleáns se hubiese sabido, como en Cuba, donde estaban las personas que requerían atención especial. Pensamos que habría sido bueno que en nueva Orleáns se hubiera hecho uso, como en Cuba, de todos los recursos disponibles para la preservación de la vida en las emergencias, y no para la preservación de la propiedad privada. Desde nuestra lógica no cerramos los ojos ni olvidamos que Cuba es un país bloqueado y que su población viviría mejor y podría protegerse también mejor de los huracanes en una coyuntura internacional diferente. Aun sabiendo que nunca seremos la mano de obra indocumentada que reconstruye Nueva Orleáns, y sabiendo que tal vez nuestras casas sí estarán aseguradas el día de la catástrofe, desde nuestra lógica a pesar de todo por un instante nos sentimos parte de una humanidad herida y añoramos, dicen los columnistas, que se paguen unos pocos más de impuestos como si así fuéramos a cambiar las bases sobre las que hemos construido esta sociedad.

Trata la retórica de aprender a distinguir lo que nos parece bueno. Tanto Aristóteles, como Juan Blanco, como Carlos Marx, como el socialismo cubano, reivindican la necesidad de construir el comunismo desde la protección a los más débiles pero también y sobre todo desde el principio de una vida buena. No queremos sólo una comunidad para afrontar los desastres, la queremos también porque nos cansa competir, traicionar, ser cobardes, ser salvajes. Pasar del interés privado al interés común exige un esfuerzo, pero quizá ya es hora de decir que nos interesa más ese esfuerzo que el que diariamente realizamos para ser mezquinos, hipócritas, avariciosos en la medida en que el individualismo nos lo exige. Porque seguir hablando y oyendo hablar todos los días en el vacío, seguir sometidos a un discurso que contribuye a impedir la acción, levantarse cada mañana pensando en sobre quién van a verterse esta vez las lágrimas de cocodrilo es cansado, es verdaderamente cansado y no es bueno.