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Otro modo de organizar la sociedad es posible

El palenke como laboratorio político

Fuentes: Rebelión - Imagen: Alonso (Cabo Verde, 1528-Provincia de Esmeraldas, 1600), escapó de la esclavitud a la que había sido sometido desde niño sirviendo en la casa de un esclavista español que luego lo llevó a América. Fue el líder de una comuna cimarrona en la provincia ecuatoriana de Esmeraldas.

El cimarronaje no puede entenderse solamente como una estrategia de resistencia. Fue, sobre todo, un proyecto político. Los palenkes no fueron simples refugios; fueron espacios donde hombres y mujeres que habían sido despojados de todo demostraron que era posible organizar la vida siguiendo un modelo alternativo al sistema colonial.

En este ensayo utilizo deliberadamente la palabra palenke, escrita con «k», y nombro al líder afroecuatoriano simplemente como Alonso, sin añadir el apellido «de Illescas». Ninguna de estas decisiones responde a un capricho ortográfico; ambas forman parte de la tesis que aquí se desarrolla.

La escritura palenke busca recuperar una memoria histórica y lingüística que el proceso colonial intentó borrar. La «k» remite a las raíces bantúes, particularmente al universo lingüístico del kikongo, una de las lenguas más importantes de África Central, hablada por muchos de los pueblos de donde fueron arrancados miles de hombres y mujeres esclavizados que llegaron a América. Es una manera de recordar que la historia del pueblo afrodescendiente no comienza con la esclavización, sino con civilizaciones, culturas y lenguas que existían mucho antes de la invasión europea.

Del mismo modo, en estas páginas nombro a Alonso sin el añadido «de Illescas». La tradición historiográfica heredó esa denominación de los registros coloniales, donde era habitual identificar a las personas esclavizadas con el apellido de quien decía ser su propietario. Sin embargo, resulta difícil imaginar que uno de los mayores constructores de libertad de la América colonial, líder del palenke libre de las Esmeraldas y protagonista de uno de los procesos de emancipación más extraordinarios del continente, hubiera aceptado seguir siendo nombrado como pertenencia de un esclavizador.

No existe evidencia de que Alonso se reconociera a sí mismo con ese apellido. Por ello, en este ensayo opto por nombrarlo simplemente Alonso, como un acto de restitución simbólica de su condición de hombre libre. No fue «de» nadie. Fue un hombre que desafió al poder colonial, construyó alianzas con los pueblos indígenas, organizó una sociedad libre y abrió uno de los primeros caminos de emancipación en estos territorios.

Nombrarlo únicamente Alonso no pretende modificar la documentación histórica, sino invitar a reflexionar sobre el poder que tienen las palabras para perpetuar o cuestionar las huellas del colonialismo. Porque también la manera en que nombramos la historia forma parte de la lucha por recuperar la memoria y la dignidad de nuestros pueblos.

Durante mucho tiempo nos enseñaron que el cimarronaje fue la historia de hombres y mujeres africanos que escapaban de la esclavización para esconderse en las montañas o internarse en la selva. Esa explicación no es falsa, pero sí es incompleta. Nos habla de la huida, pero guarda silencio sobre lo que ocurrió después. Sabemos que los cimarrones escaparon, pero pocas veces nos preguntamos qué hicieron cuando alcanzaron la libertad.

Esa pregunta cambia completamente la manera de mirar la historia. Si el objetivo hubiera sido únicamente huir, bastaba con alejarse de las haciendas y permanecer ocultos. Sin embargo, los cimarrones hicieron mucho más que esconderse. Construyeron comunidades, organizaron el trabajo, establecieron formas de autoridad, protegieron sus territorios, crearon alianzas con otros pueblos y levantaron una manera distinta de convivir. En otras palabras, comenzaron a construir una sociedad diferente.

Por esa razón, sostengo que el cimarronaje no puede entenderse solamente como una estrategia de resistencia. Fue, sobre todo, un proyecto político. Los Palenkes no fueron simples refugios; fueron espacios donde hombres y mujeres que habían sido despojados de todo demostraron que era posible organizar la vida sin reproducir el modelo colonial. Allí nació una forma distinta de entender el poder, la libertad y la comunidad.

Esta mirada nos obliga a revisar una idea muy arraigada en la historia de América Latina: la creencia de que la vida política comenzó con las repúblicas del siglo XIX. Esa versión presenta la independencia como el punto de partida de la democracia y de la organización de nuestros países. Sin embargo, mucho antes de que existieran constituciones, congresos o presidentes, ya había pueblos que estaban construyendo formas propias de gobierno y convivencia.

Los palenkes fueron una de esas experiencias. No eran Estados en el sentido moderno, ni buscaban parecerse a las instituciones europeas. Eran comunidades que surgían desde la necesidad de proteger la vida y garantizar la libertad de quienes habían logrado escapar de la esclavización. Pero precisamente porque nacían desde la vida cotidiana, desarrollaron principios que hoy reconoceríamos como profundamente políticos: la toma colectiva de decisiones, la autoridad basada en el reconocimiento de la comunidad, la defensa del territorio, el trabajo compartido y la responsabilidad mutua.

Por eso propongo mirar los palenkes como verdaderos laboratorios políticos. No porque allí se escribieran constituciones como las conocemos hoy, sino porque en esos espacios se ensayaron nuevas formas de organizar la sociedad. Cada decisión, cada norma comunitaria, cada mecanismo para resolver conflictos y cada acuerdo para proteger el territorio representaban una manera distinta de entender cómo debía vivir una comunidad libre.

La diferencia con el proyecto colonial era profunda. Mientras el colonialismo organizaba la sociedad alrededor de la esclavitud, la explotación, la concentración del poder y la desigualdad, los palenkes se sostenían sobre la cooperación y la defensa de la vida colectiva. Donde el sistema colonial veía personas convertidas en mercancías, los cimarrones recuperaban la condición humana. Donde el poder colonial imponía obediencia mediante la violencia, los palenkes buscaban construir autoridad desde el respeto y la confianza de la comunidad.

Esa diferencia no era únicamente política. También era ética.

El colonialismo enseñaba que unas personas habían nacido para mandar y otras para obedecer. Los palenkes rompieron con esa lógica. Allí nadie era libre si la comunidad no podía mantenerse libre. La libertad dejaba de ser un asunto individual para convertirse en una responsabilidad compartida. Quizá ese sea uno de los mayores aportes del cimarronaje: demostrar que la libertad no consiste solamente en romper las cadenas, sino en construir las condiciones para que nadie vuelva a ser encadenado.

Esta idea cambia el significado mismo del escape. Los cimarrones no huyeron simplemente para sobrevivir; huyeron para crear otro mundo. Esa diferencia parece pequeña, pero transforma por completo la lectura de la historia. La fuga fue apenas el comienzo. Lo verdaderamente revolucionario fue lo que vino después.

Un ejemplo extraordinario de esta experiencia se encuentra en el antiguo Palenke de Esmeraldas. Durante el siglo XVI, hombres como Antón y Alonso comprendieron que la libertad no podía sostenerse únicamente mediante la fuerza. Era necesario construir alianzas, generar confianza y organizar un territorio donde diferentes pueblos pudieran convivir. La relación que establecieron con los pueblos indígenas demuestra que el proyecto cimarrón nunca estuvo basado en la imposición. Por el contrario, buscó construir unidad respetando las diferencias culturales, espirituales y políticas de cada pueblo. Esa capacidad para dialogar permitió levantar uno de los procesos de libertad más duraderos de la historia americana.

Este aspecto suele pasar desapercibido cuando hablamos del cimarronaje. Con frecuencia recordamos las batallas, pero olvidamos los acuerdos. Recordamos las fugas, pero no las instituciones que hicieron posible sostener la libertad durante décadas. Sin embargo, ningún proceso histórico permanece tanto tiempo únicamente gracias al valor de quienes luchan. Para sobrevivir es necesario organizar la producción de alimentos, distribuir responsabilidades, resolver conflictos, proteger el territorio y formar nuevas generaciones comprometidas con el proyecto común.

Eso fue precisamente lo que hicieron los palenkes.

Cada comunidad desarrolló formas propias de organización adaptadas a su territorio y a su historia. No existía un modelo único, pero sí principios compartidos. La comunidad ocupaba un lugar central: el bienestar individual dependía del bienestar colectivo, el trabajo era una responsabilidad compartida y la defensa del territorio constituía una tarea permanente. Esa organización permitió que muchos Palenkes resistieran durante décadas e incluso siglos, a pesar de las constantes expediciones militares enviadas para destruirlos.

La historia demuestra que un grupo de personas escondidas difícilmente habría podido sostener semejante resistencia durante tanto tiempo. Lo que hizo posible esa permanencia fue la existencia de una organización política capaz de garantizar la continuidad de la vida comunitaria.

Por eso considero que el mayor legado del cimarronaje no fue únicamente haber derrotado al miedo. Su mayor legado fue demostrar que otra forma de organizar la sociedad era posible. Mientras el orden colonial afirmaba que la autoridad debía concentrarse en unos pocos, los palenkes mostraban que el poder podía ponerse al servicio de la comunidad. Mientras la economía colonial se construía sobre el enriquecimiento de unos cuantos, mediante el trabajo forzado, las comunidades cimarronas desarrollaban formas de producción destinadas principalmente a garantizar la vida colectiva. Mientras el racismo establecía jerarquías entre los seres humanos, los palenkes defendían la dignidad de todas las personas que compartían el proyecto común. Allí comenzó a tomar forma una manera diferente de entender la política: una manera nacida no en los palacios del poder, sino en la experiencia cotidiana de quienes decidieron construir libertad desde abajo.

La colonia no solo ocupó los territorios; también ocupó las palabras. Descolonizar la historia implica, en ocasiones, comenzar por descolonizar los nombres.

Si aceptamos que los palenkes fueron mucho más que lugares de refugio, también debemos aceptar que allí nació una manera distinta de hacer política. No una política entendida como la disputa por el poder o el control de las instituciones, sino como el arte de organizar la vida para garantizar la libertad de todos. Esa diferencia es fundamental. Mientras el proyecto colonial concebía el poder como un instrumento para dominar, el proyecto cimarrón lo entendía como una responsabilidad al servicio de la comunidad.

Esta idea puede parecer sencilla, pero representa un cambio profundo en la historia de América. Durante siglos hemos aprendido que las instituciones políticas nacieron con las repúblicas, con las constituciones y con los gobiernos independientes. Sin embargo, esa historia suele olvidar que, mucho antes de la independencia, ya existían pueblos que habían creado sus propias formas de organización para defender la vida, administrar el territorio y resolver sus conflictos sin depender de la autoridad colonial.

Los palenkes fueron una de esas experiencias. No copiaron las instituciones europeas porque no buscaban parecerse a ellas. Construyeron sus propias formas de organización a partir de las necesidades de la comunidad y de la memoria que los pueblos africanos conservaron a pesar de la esclavización. En ellos la autoridad no nacía de la riqueza ni del privilegio, sino del reconocimiento que otorgaba la comunidad. Quien dirigía debía demostrar sabiduría, valentía, capacidad para escuchar y compromiso con el bienestar colectivo.

Esta forma de ejercer el liderazgo tiene una enorme vigencia. En una época donde la política suele asociarse con el interés personal, la corrupción o la lucha por el poder, el ejemplo cimarrón recuerda que gobernar significa servir. La autoridad pierde legitimidad cuando deja de proteger la vida de la comunidad.

Otro de los pilares de la organización cimarrona fue el territorio. Para el colonialismo, la tierra era una mercancía destinada a producir riqueza para unos pocos. Para los cimarrones, en cambio, el territorio era mucho más que un espacio físico: era el lugar donde se cultivaba el alimento, se transmitía la memoria de los mayores, se protegía la cultura y se aseguraba el futuro de las nuevas generaciones. Por eso defender el territorio no era solamente una necesidad militar; era una decisión política y ética. Perder el territorio significaba perder la posibilidad de seguir siendo comunidad.

Esa comprensión continúa presente en muchas comunidades afrodescendientes del Ecuador. La historia de la Comuna Río Santiago-Cayapas es una muestra de ello. La compra colectiva de su territorio no representó únicamente una transacción económica; fue una decisión política para garantizar la continuidad de la vida comunitaria frente a las amenazas del despojo. Allí vuelve a aparecer uno de los principios fundamentales del cimarronaje: la tierra no tiene sentido sin la comunidad, y la comunidad no puede sobrevivir sin su territorio.

La economía también adquirió un significado diferente dentro de los palenkes. Mientras el sistema colonial organizaba la producción para enriquecer a la Corona y a los grandes propietarios, las comunidades cimarronas producían para sostener la vida. El trabajo colectivo no era una obligación impuesta por un amo; era una responsabilidad compartida para garantizar el bienestar de todos. Esa lógica sigue viva en prácticas como la minga. Cuando una comunidad se reúne para construir un camino, levantar una vivienda o sembrar una parcela, no está realizando únicamente un trabajo comunitario: está expresando una forma distinta de entender la economía. Allí el valor principal no es la ganancia individual, sino el beneficio colectivo.

Por eso la solidaridad deja de ser un acto de buena voluntad para convertirse en un principio político. Una comunidad que aprende a compartir el trabajo también aprende a compartir las responsabilidades y el futuro.

La memoria ocupa igualmente un lugar central dentro del proyecto cimarrón. Los pueblos afrodescendientes conservaron su historia mucho antes de que existieran libros escritos sobre ella. Los mayores, las cantoras, los marimberos, los abuelos y las abuelas fueron los encargados de transmitir los conocimientos de generación en generación. Gracias a ellos sobrevivieron las historias de resistencia, los valores comunitarios, las prácticas espirituales y las enseñanzas necesarias para mantener viva la identidad del pueblo.

La memoria fue, y continúa siendo, una institución política. Un pueblo que olvida su historia termina aceptando la historia escrita por quienes lo dominaron. En cambio, un pueblo que conserva su memoria mantiene viva la capacidad de imaginar un futuro diferente. Por eso la tradición oral no pertenece únicamente al mundo de la cultura; también pertenece al mundo de la política.

Algo similar ocurre con la cultura. Con frecuencia se piensa que la cultura está formada únicamente por la música, la danza o las celebraciones populares. Sin embargo, la cultura también enseña cómo relacionarnos con los demás, cómo resolver los conflictos y cómo comprender el mundo. En los palenkes la cultura ayudó a construir comunidad. Los cantos, los rituales, las fiestas y las prácticas espirituales fortalecían los lazos colectivos y recordaban permanentemente que la libertad solo podía sostenerse si cada persona asumía un compromiso con el bienestar común. Por eso la cultura nunca fue un adorno del proyecto cimarrón: fue uno de sus principales pilares.

Todo esto permite comprender por qué el cimarronaje no terminó con la abolición de la esclavitud. Sus principios sobrevivieron en las formas comunitarias de organización, en la defensa del territorio, en las mingas, en la tradición oral, en las prácticas culturales y en la lucha permanente por la dignidad de los pueblos afrodescendientes. El cimarronaje dejó de ser únicamente un acontecimiento histórico para convertirse en una manera de entender la vida.

Desde esta perspectiva, la historia de América también necesita ser contada de otra manera. Durante mucho tiempo se nos dijo que las ideas sobre libertad, democracia y organización política llegaron desde Europa. Sin desconocer la influencia de esos procesos, también es necesario reconocer que los pueblos afrodescendientes construyeron sus propias respuestas frente a los desafíos de su tiempo.

Los palenkes demostraron que era posible vivir sin esclavizar a otros, gobernar sin concentrar el poder, producir sin destruir la comunidad y defender el territorio sin convertirlo en mercancía. Esa experiencia merece ocupar un lugar mucho más importante en la memoria colectiva de nuestros países. Quizá el mayor error haya sido reducir el cimarronaje a una historia de fuga. Quienes solo ven el escape terminan ignorando la creación.

Los cimarrones no dedicaron su vida únicamente a huir; dedicaron su vida a construir:

  • Construyeron comunidades donde antes existía la esclavización.
  • Construyeron esperanza donde antes existía el miedo.
  • Construyeron solidaridad donde el colonialismo sembraba división.
  • Construyeron dignidad donde otros solo veían personas destinadas a servir.

Esa es, probablemente, la enseñanza más importante que nos dejan los palenkes. La libertad no consiste únicamente en romper las cadenas del opresor: la verdadera libertad comienza cuando somos capaces de construir una sociedad donde esas cadenas ya no sean necesarias.

Hoy, cuando muchas democracias atraviesan profundas crisis de representación, cuando el racismo continúa afectando la vida de millones de personas y cuando la naturaleza enfrenta amenazas cada vez mayores, vale la pena volver la mirada hacia esas experiencias nacidas desde abajo. No para idealizarlas ni para copiar mecánicamente sus formas de organización, sino para reconocer que la historia también puede enseñarnos caminos distintos. El palenke fue, en esencia, un laboratorio político. Allí hombres y mujeres que habían sido privados de su libertad demostraron que otro modo de organizar la sociedad era posible. Mucho antes de que nacieran las repúblicas latinoamericanas, ya estaban poniendo en práctica una política basada en la comunidad, la solidaridad, el respeto por la diversidad y la defensa de la vida.

Quizá esa sea la mayor lección del cimarronaje para nuestro tiempo: la libertad no se hereda ni se decreta; se construye todos los días cuando una comunidad decide caminar unida, reconocer la dignidad de cada persona y colocar la vida en el centro de la política.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.