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El principal problema en la elección presidencial francesa: la soberanía nacional

Fuentes: Counter Punch

Traducido del inglés para Rebelión por J. M.

La elección presidencial francesa de este año 2017 marca un cambio profundo en los alineamientos políticos europeos. La rivalidad tradicional izquierda-derecha ha hecho un giro hacia la oposición a la globalización y a las cuestiones de la inclusión en la Unión Europea (UE) y la soberanía nacional.

El tratamiento de los medios de comunicación masivos se apega al papel tradicional del dualismo izquierda-derecha: «racista» o rechazo a los inmigrantes es el tema principal y lo que más importa es «¡parar a Marine Le Pen!». Yendo de aquí para allá es parecido a ir caminando entre los espejos de Alicia en el país de las maravillas. Casi todo dio la vuelta.

En este lado del espejo la izquierda se ha convertido en la derecha y parte de la derecha giró a la izquierda.

Hace cincuenta años era «la izquierda», cuya causa más ardiente era su apasionado apoyo de las luchas de liberación nacional del Tercer Mundo. Los héroes de la izquierda fueron Ahmed Ben Bella, Sukarno, Amilcar Cabral, Patrice Lumumba y sobre todo Ho Chi Minh. ¿Por qué lucharon estos líderes? Estaban luchando para liberar a sus países del imperialismo occidental, luchaban por la independencia, por el derecho a determinar su propia forma de vida, conservar sus costumbres, decidir su propio futuro. Estaban luchando por la soberanía nacional y la izquierda apoyaba esa lucha.

Hoy en día todo se dio la vuelta. «Soberanía» se ha convertido en una mala palabra en la corriente principal de la izquierda.

La soberanía nacional es un concepto esencialmente reservado. Se trata de quedarse en casa y cuidando de una empresa propia. Es lo opuesto al nacionalismo agresivo que inspiró la Italia fascista y la Alemania nazi para conquistar otros países privándolos de su soberanía nacional.

La confusión se debe al hecho de que la mayor parte de lo que se llama «la izquierda» en Occidente ha sido totalmente ganada para la forma actual del imperialismo, también conocido como «globalización». Es un imperialismo de un nuevo tipo, centrado en el uso de la fuerza militar y el poder «blando» para permitir la penetración del capital financiero transnacional en todos los rincones de la tierra y así remodelar todas las sociedades en la búsqueda interminable de retorno rentable a la inversión de capital. La izquierda ha sido ganada para este nuevo imperialismo, ya que avanza bajo la bandera de «derechos humanos» y «antirracismo» y toda una generación ha sido adoctrinada en estas abstracciones para considerarlas el centro, si no el único, problema político de nuestro tiempo.

El hecho de que el «soberanismo» esté creciendo en Europa es interpretado por los principales medios globalistas como prueba de que «Europa se está moviendo hacia la derecha», sin duda porque los europeos son «racistas». Esta interpretación es parcial y peligrosa. Cada vez más la gente en más países europeos está llamando a la soberanía nacional precisamente porque la ha perdido. La perdió con la Unión Europea y quiere recuperarla.

Por eso los británicos votaron a favor de abandonar la Unión Europea. No porque sean «racistas», sino porque aprecian su tradición histórica de autonomía.

El naufragio del partido socialista

Mientras su mandato de cinco años se acercaba a su final ignominioso, François Hollande fue obligado por su drástica impopularidad a dejar que su Partido Socialista (PS) eligiera al candidato presidencial para el año 2017 por primarias. Con un malestar sorprendente el candidato natural del Gobierno socialista, el primer ministro Manuel Valls, perdió frente a a Benoit Hamon, un oscuro miembro del ala izquierda del partido socialista que se negó a votar a favor de las leyes impopulares neoliberales y antiobreras diseñadas por el asesor económico de Hollande, Emmanuel Macron.

Para escapar de la impopularidad del PS, Macron formó su propio movimiento, «En Marche!» Uno tras otro, Valls, Hollande y otros líderes prominentes del PS se retiraron sigilosamente dejando el timón del barco que se hunde a Hamon. Como Hamon protestó con razón contra su traición, los peces gordos del partido prometen su apoyo a Emmanuel Macron.

Macron vacila ostentosamente en recibir a sus convertidos trasnochados en el redil por temor a que su conversión haga que sea demasiado obvio que su «En Marche!» es un clon del ala derecha del PS en el camino de convertirse en la filial francesa del partido Demócrata de EE.UU. en su forma clintoniana. Macron proclama que no es ni de izquierda ni de derecha, mientras los políticos desacreditados de la izquierda y la derecha saltan sobre su carro para su vergüenza.

Hamon mismo parece consciente de que la causa fundamental del naufragio del PS es su devoción incompatible por dos principios contrarios: la socialdemocracia tradicional y la Unión Europea (UE). Macron, Hollande y sus compañeros tránsfugas, al menos, han hecho su elección: la Unión Europea.

El ocaso de la derecha tradicional

La gran ventaja del candidato republicano François Fillon es que sus políticas son claras. A diferencia de Hollande, que intentó disimular sus políticas neoliberales como algo diferente y basó su pretensión de estar en la izquierda en temas «sociales» (matrimonio homosexual), Fillon es un conservador sin máscaras. Sus políticas están diseñadas para reducir la enorme deuda nacional. Mientras que los gobiernos anteriores (incluido el suyo cuando era primer ministro del presidente Sarkozy) andaba con rodeos, Fillon ganó la nominación republicana con un programa de agudos recortes en el gasto público. Fillon afirma que sus medidas de austeridad conducirán a los capitalistas franceses a invertir en Francia y así evitar que la economía del país sea totalmente tomada por las empresas extranjeras, los fondos de jubilación estadounidenses y Catar. Esto es muy dudoso, ya que no hay normas en la UE para animar a los inversores franceses a invertir en Francia y no en otro lugar.

Sin embargo Fillon se aparta de la ortodoxia de la UE mediante la propuesta de una política exterior más independiente, en particular poniendo fin a las «absurdas» sanciones contra Rusia. Está más preocupado por el destino de los cristianos de Oriente Medio que por el derrocamiento de Assad.

El resultado es que la coherente política procapitalista de Fillon no es exactamente lo que prefiere la élite de la globalización dominante. El «centro izquierda» tiene clara su opción política desde que Tony Blair y Bill Clinton revisaron los programas de sus respectivos partidos. El centro izquierda pone el énfasis en los derechos humanos (especialmente en el cambio de régimen de los de los países lejanos) y en que la diversidad étnica del país se ajuste a largo plazo a los objetivos globalistas de borrar las fronteras nacionales para permitir la libre circulación sin restricciones del capital. El conservadurismo patriótico tradicional, representado por Fillon, no corresponde por completo a la aventura internacional de la globalización.

La izquierda esquizofrénica

Para una generación la izquierda francesa ha hecho de «la construcción de Europa» el centro de su visión del mundo. A principios de la década de 1980, enfrentado con la oposición de lo que entonces era la Comunidad Europea, el presidente francés François Mitterrand abandonó el programa de socialización por el cual había sido elegido. Mitterrand alimentó la esperanza de que Francia dominaría políticamente una Europa unida, pero la unificación de Alemania cambió el proyecto. Lo mismo ocurrió con ampliación de la UE con los países centrales del Este dentro de la esfera de influencia alemana. La política económica se hace en Alemania.

Como se abandonó el objetivo tradicional en la izquierda de la igualdad económica, fue sustituido por una lealtad enfática a los «derechos humanos», que ahora se enseña en la escuela como una religión verdadera. La vaga noción de los derechos humanos de alguna manera se asocia con la «libre circulación» de todo y de todos. De hecho el dogma oficial de la UE es la protección de la «libre circulación»: libre circulación de mercancías, personas, trabajo y capital (por último pero no menos importante). Estas «cuatro libertades», en la práctica, transforman a la nación de una sociedad política en un mercado financiero, una oportunidad de inversión a cargo de una burocracia de supuestos expertos. De este modo la Unión Europea se ha convertido en el experimento de vanguardia en la transformación del mundo en un mercado capitalista único.

La izquierda francesa compró en gran medida este ideal, en parte debido a que, aparentemente, se hizo eco del viejo ideal de izquierda del «internacionalismo» (mientras que el capital siempre ha sido incomparablemente más «internacional» que los trabajadores) y en parte debido a la idea simplista de que el «nacionalismo» es la única causa de las guerras. Las causas más fundamentales y complejas de las guerras son ignoradas.

Durante mucho tiempo la izquierda se ha quejado de la pérdida del empleo, la disminución de los niveles de vida, la deslocalización o el cierre de industrias rentables, sin reconocer que estos resultados son causados ​​por requisitos impopulares, directivas y reglamentos de la UE que socavan cada vez más el modelo francés de la redistribución a través de los servicios públicos y ahora están amenazando con acabar con ellos por completo, ya sea debido a que «el Gobierno está en quiebra» o debido a que las normas de competencia de la UE prohíben que los países tomen medidas para preservar sus industrias claves o su agricultura. En lugar de enfrentarse a la realidad la reacción de la izquierda ha sido, mayormente, repetir su gastada demanda de una imposible «Europa social».

Sin embargo el sueño de la «Europa social» recibió lo que equivalía a un golpe mortal hace diez años. En 2005 se convocó un referéndum para permitir a los franceses aprobar una Constitución para una Europa unida. Esto llevó a extraordinarias discusiones populares, con un sinnúmero de reuniones de ciudadanos que examinaron todos los aspectos de todo ese documento. A diferencia de las constituciones normales, este documento limitó a los miembros de los estados a una única política económica monetarista, sin posibilidad de cambio.

El 29 de mayo de 2005 un 55 % de los franceses rechazó el tratado frente a un 45 %.

Lo que parecía una gran victoria para la democracia responsable se convirtió en su mayor fracaso. En esencia el mismo documento, rebautizado con el nombre del Tratado de Lisboa, fue ratificado en diciembre de 2007 sin referéndum. El Gobierno global puso a la gente en su lugar. Esto produjo la desilusión generalizada con la política, ya que millones de personas llegaron a la conclusión de que sus votos no importan y que los políticos no prestaron atención a la voluntad del pueblo.

Aún así los políticos socialistas continuaron prometiendo lealtad eterna a la UE, siempre con la perspectiva de que la «Europa social», de alguna manera, podría ser posible.

Mientras tanto se ha hecho cada vez más evidente que la política monetarista de la UE sobre la base de la moneda común, el euro, no crea crecimiento ni empleo como prometió, sino que destruye ambos. Incapaz de controlar su propia moneda, obligada a pedir prestado a los bancos privados y con ello al pago de intereses, Francia está cada vez más endeudada, su industria está desapareciendo y sus agricultores se están suicidando, en el promedio de uno cada dos días. La izquierda ha terminado en una posición imposible: inquebrantablemente fiel a la UE y pidiendo al mismo tiempo políticas que son imposibles bajo las normas europeas en materia de competencia, libre circulación, desregulación, limitaciones presupuestarias y un sinnúmero de otras regulaciones producidas por una burocracia opaca y ratificada por un virtualmente impotente Parlamento Europeo. Y todos bajo la influencia de un ejército de cabilderos.

Benoit Hamon permanece entre la espada y la pared del dilema fatal de la izquierda: la determinación de ser «socialista», o más bien, socialdemócrata, y la lealtad apasionada a «Europa». Al tiempo que insiste en las políticas sociales que posiblemente no puedan llevarse a cabo con el euro como moneda y de acuerdo con normas de la UE, Hamon todavía proclama lealtad a «Europa». Repite como un loro la política exterior made in Washington de la UE exigiendo que «Assad debe irse» y despotricanado contra Putin y Rusia.

Jean-Luc Mélenchon planta cara

No solamente el monótono y conformista Hamon está abandonado por los pesos pesados del partido, también está totalmente eclipsado por el llamativo izquierdista Jean-Luc Mélenchon, un rebelde dispuesto a romper las reglas. Después de años de lealtad al PS, Mélenchon se separó en 2005 para oponerse al Tratado constitucional, ganando prominencia como un ardiente orador. En 2007 dejó el Partido Socialista y fundó el Parti de Gauche (Partido de Izquierda). Aliado con el Partido Comunista -mucho más debilitado- quedó en cuarto lugar en la primera vuelta de la elección presidencial de 2012, con el 11 % de los votos. Esta vez se postula a la presidencia con su nuevo movimiento, La France Insoumise, que se puede traducir de varias maneras, incluyendo «la Francia que no se somete».

¿Someterse a qué? Principalmente al euro y a las políticas antisociales y neoliberales de la Unión Europea que están arruinando a Francia.

Las banderas francesas y La Marseillaise han reemplazado a la Internationale en las manifestaciones de Mélenchon. «La Europa de nuestros sueños está muerta», reconoce, y prometió «acabar con la pesadilla de la dictadura de los bancos y las finanzas».

Mélenchon llama abiertamente a la desobediencia de los tratados de la UE que son perjudiciales para Francia. Ese es su plan A. Su Plan B es salir de la UE en caso de que el plan A no logre convencer a Alemania (actualmente en la presidencia) y a los demás para acordar cambiar los tratados. Sin embargo, a lo sumo, el Plan B es una amenaza vacía para fortalecer su posición en las teóricas negociaciones. Francia es un miembro tan crucial, sostiene, que una amenaza francesa de abandonar debería ser suficiente para forzar cambios.

La amenaza de salir de la UE es sólo una parte del vasto y complejo programa de Mélenchon, que incluye convocar una convención nacional para redactar una constitución para la «Sexta República» de Francia, así como una innovación ecológica importante. Cambiar por completo tanto a Francia como a la Unión Europea al mismo tiempo requeriría de la nación una efervescencia revolucionaria que, por el momento, no es visible. También requeriría unanimidad de los 28 estados miembros de la UE, algo que es simplemente imposible.

Pero Mélenchon es lo suficientemente astuto como para reconocer el problema de fondo: el enemigo de los puestos de trabajo, la prosperidad y los servicios públicos es la Unión Europea. Mélenchon es, con mucho, el candidato que genera más ilusión. Dejó atrás rápidamente a Hamon y atrae a grandes multitudes entusiastas a sus mítines. Su progreso ha cambiado el panorama de la carrera para las elecciones: en este momento se ha convertido en uno de los cuatro pilotos de cabeza que podría pasar de la primera ronda de la votación el 23 de abril a la final el 7 de mayo: Le Pen, Macron, Fillon y él mismo.

Los opuestos son (casi) lo mismo

Una de las características más notables de esta campaña es una gran similitud entre los dos candidatos que alegan representar a «la extrema izquierda», Mélenchon, y a «la extrema derecha», Marine Le Pen. Ambos hablan de la salida del euro. Ambos prometen negociar con la UE para obtener mejores términos del Tratado para Francia. Ambos abogan por políticas sociales en beneficio de los trabajadores y las personas de bajos ingresos. Ambos quieren normalizar las relaciones con Rusia. Ambos quieren salir de la OTAN, o al menos de su mandato militar. Ambos defienden la soberanía nacional y por lo tanto pueden llamarse «soberanistas».

La única diferencia entre ellos es la inmigración, tema que despierta tanta controversia que es difícil de discutir con sensatez. Aquellos que se oponen a la inmigración son acusados ​​de «fascismo», los que favorecen la inmigración son acusados ​​de querer destruir la identidad de la nación inundándola con extranjeros que no pueden asimilarse.

En un país que sufre desempleo, sin trabajos ni viviendas para dar cabida a la inmigración masiva y bajo la amenaza constante de ataques terroristas islamistas, el problema no puede ser reducido prácticamente al «racismo», a no ser que los terroristas islámicos constituyan una «raza», de lo cual no hay evidencias. Le Pen insiste en que todos los ciudadanos franceses merecen igualdad de trato independientemente de su origen, raza o religión. Ella está segura de obtener un apoyo considerable de los inmigrantes recién nacionalizados, igual que ahora recibe una mayoría de votos de la clase trabajadora. Si este es el «fascismo», ha cambiado mucho en los últimos setenta años.

Lo significativo es que a pesar de sus diferencias los dos candidatos más carismáticos hablan de la restauración de la soberanía nacional. Ambos evocan la posibilidad de dejar la Unión Europea, aunque en términos bastante inciertos.

Los medios de comunicación globalistas ya se están preparando para echar la culpa de una eventual elección de un candidato «soberanista» a Vladimir Putin. La opinión pública en Occidente se está preparando para salir en protestas masivas contra un ganador no deseado y los militantes «antifascistas» están listos para sembrar el caos en las calles. Algunas personas a las que les gusta Marine Le Pen tienen miedo de votar por ell, por temor a la «revolución de color» que seguramente se montaría contra ella. Mélenchon, e incluso Fillon, podrían enfrentar problemas similares.

Como muestra de lo que viene, el 20 de abril el EU Observer publicó un artículo titulado «Las falsas noticias conectadas con Rusia inundan las redes sociales francesas«. Basado en algo que se llama Bakamo -una de las recientes creaciones diseñadas como fact check (dato verificado) con el propósito de orientar a los lectores alejados de la opinión oficial- el artículo acusa a páginas web con influencia rusa de favorecer a Marine Le Pen, Jean-Luc Mélenchon, François Fillon, Francois Asselineau y Philippe Poutou. (Se olvidaron de mencionar uno de los mayores candidatos «soberanistas», Nicolas Dupont-Aignan, actualmente en el sexto lugar de intención de voto). Dado que una gran mayoría de los once candidatos, incluyendo tres de los cuatro de cabecera, son muy críticos de la UE y de la OTAN y quieren mejorar las relaciones con Rusia, parecería que Putin no tendría que hacer un gran esfuerzo para conseguir un Gobierno francés más amigable la próxima vez. Por otro lado el artículo de EU Observer es sólo una pequeña muestra de la «interferencia en la elección francesa» flagrante por parte de los globalistas en nombre de su favorito, Emmanuel Macron, el más entusiastas eurófilo.

El futuro de Francia

Entre los que figuraban como presuntos favoritos rusos François Asselineau es, con mucho, el crítico más profundo de la Unión Europea. Sistemáticamente ignorado por los medios de comunicación desde que fundó su partido contra la Unión Europea, la Union Populaire Républicain (UPR) , hace diez años, François Asselineau tiene miles de incondicionales que han difundido su cartel por todo el país. Sus incansables discursos didácticos, que se reproducen en Internet, subrayan varios puntos claves:

– No hay manera de mejorar la UE desde el interior, ya que cualquier cambio requeriría la unanimidad de los 27 estados miembros que están en desacuerdo sobre cuestiones claves.

– La única solución para Francia es utilizar el artículo 50 de los tratados de la UE para retirarse por completo, como el Reino Unido lo está haciendo actualmente.

– Solamente saliendo de la UE puede Francia salvar sus servicios públicos, sus beneficios sociales, su economía y su democracia.

– Sólo mediante la restauración de su soberanía nacional la auténtica vida democrática que incluya la confrontación verdadera entre una «izquierda» y una «derecha», puede ser posible.

– Al salir de la UE, Francia, que cuenta con más de 6.000 tratados con otros países, no estaría aislada sino que se uniría al más amplio mundo.

Asselineau es un candidato monotemático. Ha aseverado que en cuanto fuera elegido, invocaría el artículo 50 para salir de la UE y convocaría de inmediato a Washington a retirarse de la OTAN. Se hace hincapié en que ninguno de los otros críticos de la UE propone una salida tan clara dentro de las reglas.

Otros candidatos, entre ellos los más carismáticos, Mélenchon y Le Pen, se hacen eco de algunos de los argumentos de Asselineau. Pero ellos no están dispuestos a ir tan lejos como para defender una clara ruptura inmediata con la UE, aunque sólo sea porque se dan cuenta de que la población francesa, mientras que es cada vez más crítica del euro y ajena al «sueño europeo», todavía teme la realidad del alejamiento debido a las advertencias de desastre de los europeístas.

La primera ronda de la campaña fue una oportunidad para Asselineau para presentar sus ideas a un público más amplio y para una preparación de la opinión pública para una política más coherente del frexit. Con mucho el tema emergente más fundamental en esta campaña es el conflicto entre la Unión Europea y la soberanía nacional. Es probable que no se instale en esta elección, pero no va a desaparecer. Es el principal problema del futuro, ya que determina si una genuina vida política es posible.

 Diana Johnstone es autora de Fools’ Crusade: Yugoslavia, NATO, and Western Delusions.. Su nuevo libro es Queen of Chaos: the Misadventures of Hillary Clinton. diana.johnstone @wanadoo.fr

Fuente: http://www.counterpunch.org/2017/04/21/the-main-issue-in-the-french-presidential-election-national-sovereignty/

Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar a la autora, a la traductora y Rebelión como fuente de la traducción.