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El reformismo electoralista: de la tragedia a la farsa

Fuentes: Rebelión

«La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa«.Carlos Marx, ‘El dieciocho de Brumario de Luis Bonaparte’   1ª parte. Reformismo pujante: la tragedia Si Eduard Bernstein levantara la cabeza y se asomara a la escena política actual en los países -como a él le […]

«La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa«.Carlos Marx, ‘El dieciocho de Brumario de Luis Bonaparte’

 

1ª parte. Reformismo pujante: la tragedia

Si Eduard Bernstein levantara la cabeza y se asomara a la escena política actual en los países -como a él le gustaba decir- civilizados superiores se sentiría, muy probablemente, sumamente desconcertado. El histórico líder de la socialdemocracia alemana, el partido democrático más antiguo del mundo, albacea testamentario de su venerado maestro Engels, pasó a la historia por ser el iniciador de la herejía revisionista, que a finales del siglo XIX removió los cimientos de la ortodoxia vigente en los partidos y organizaciones socialistas con su cuestionamiento sacrílego de los postulados clásicos del marxismo. ¿Cuál sería pues el motivo de su estupor? ¿Existe realmente una buena razón para recuperar una disputa centenaria con toda el agua que ha pasado bajo el puente? ¿Puede ser de alguna ayuda para comprender la nada halagüeña situación de las fuerzas políticas de izquierdas y la farsa grotesca que representa el parlamentarismo en nuestros días?

Probablemente, su sorpresa brotaría de la constatación de una extraña paradoja. Por un lado, contemplaría sin duda con indisimulada satisfacción la asunción total por parte de la pseudoizquierda institucional de la vía moderada de las reformas y el abandono tanto de las veleidades revolucionarias como de los pronósticos agoreros sobre el derrumbe del sistema. Sus entonces explosivas tesis -vituperadas por los guardianes de la ortodoxia del marxismo clásico, con Lenin y Rosa Luxemburgo a la cabeza-, basadas en que el colapso del capitalismo no era ni inminente ni probable y en que la democracia liberal y la actividad parlamentaria eran el vehículo ideal para el desarrollo de la tarea política del partido de los trabajadores, habrían recibido la bendición unánime de toda la izquierda reformista actual, mientras que sus furibundos críticos de la izquierda revolucionaria han quedado reducidos a minúsculos grupos residuales. La desaparición de la escena de su odiado bolchevismo y la adopción, hace más de medio siglo, por parte de su propio partido, de los principios revisionistas, abjurando sonoramente del marxismo para sumarse al reformismo redistributivo de estirpe keynesiana, deberían llenarle del orgullo del pionero. La historia, tras los furibundos ataques recibidos, pareciera pues haberle dado la razón contra los maximalistas, sectarios y nostálgicos de las barricadas. Y sin embargo, el venerable patriarca de la vía tranquila al socialismo no podría dejar de sentir una gran desazón. Al ampliar el foco y echar un vistazo al mundo actual, esa inicial sensación de satisfacción por haber sido, al menos implícitamente, rescatado del basurero de la historia, se tornaría disgusto y desconcierto. Sus premisas básicas para la evolución del sistema capitalista hacia un escenario favorable para las masas trabajadoras brillan actualmente por su ausencia. Sería más acertado decir que ha ocurrido justo lo contrario de lo que apuntaban sus esperanzados pronósticos. En el texto que hizo saltar por los aires la unidad del ariete político del movimiento obrero alemán, Bernstein establecía una serie de condiciones que justificaban la adopción de la vía reformista-legalista y el abandono de la prioridad revolucionaria por parte del partido líder de la Segunda Internacional. Sus rupturistas tesis cuestionaban de raíz los sagrados principios fundacionales del movimiento y representaban una carga de profundidad contra la ortodoxia marxista de los padres fundadores: «reconozco abiertamente que para mí tiene muy poco sentido o interés lo que se conoce como ‘meta del socialismo’. Sea como fuere, esta meta no significa nada para mí y en cambio el movimiento lo es todo». ¡Bum! La frase retumba todavía en los vetustos salones donde se celebraron las apasionadas reuniones de la gloriosa Internacional. La intensidad de la polémica que sucedió a la divulgación de la herejía revisionista fue proporcional a la profundidad del cuestionamiento de los fundamentos de la ideología socialista de estirpe marxista. ¿Acaso sería posible que el triunfo del proletariado y la transformación socialista de la sociedad se lograran mediante decretos leyes y triunfos electorales y no mediante las barricadas? ¿Se habían equivocado de cabo a rabo los padres fundadores al pronosticar la degeneración progresiva del capitalismo, aplastado por sus propias contradicciones? ¿Era entonces posible una mejora continua de las condiciones de vida de la clase trabajadora que le hiciera abandonar las veleidades revolucionarias y apostar por la vía tranquila del parlamentarismo burgués en un capitalismo con rostro humano? ¿Aceptaría el enemigo de clase ceder una parte de la tarta de la riqueza social para garantizar el ascenso general del nivel de vida de las clases populares y la paz social? ¿Se podían pues tirar al basurero las tesis basales del marxismo clásico acerca del inevitable enfrentamiento final entre las clases en lucha y la agudización inexorable de las tendencias destructivas en el sistema de la mercancía? Sólo la historia podía dar respuesta a tan neurálgicas cuestiones que cuestionaban de raíz los fundamentos del marxismo clásico.

El propio título del panfleto de Bernstein -«Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia»- mostraba esta secuencia lógica entre la nueva realidad que surgía de las vertiginosas transformaciones socioeconómicas provocadas por el pujante imperialismo decimonónico y las colosales consecuencias sobre la «nueva» estrategia de la izquierda socialdemócrata. La herejía revisionista pretendía pues fundamentarse en el análisis histórico de la situación concreta para llevar a cabo la muy necesaria puesta al día de los principios de los padres fundadores. Su validez se fiaba por tanto a la corrección de su diagnóstico «científico» sobre el capitalismo y no a criterios tacticistas o electoralistas. Así pues, lo más importante era, según el propio Bernstein, registrar como datos irrefutables la evolución dulcificada del capitalismo decimonónico -se atrevía a pronosticar la progresiva atenuación de las crisis- y la creciente presencia parlamentaria del «príncipe» del movimiento obrero: «Es altamente probable que a partir del progreso del desarrollo económico no debamos asistir ya, en general, al surgimiento de crisis económicas de naturaleza semejante a las del pasado». El venerable socialdemócrata tiene incluso el atrevimiento de caracterizar el crédito bancario nada menos que ¡como un factor amortiguador de las crisis!: «hemos visto que el crédito sufre hoy en medida no superior, sino inferior que en otros tiempos, el tipo de contracciones que conducen a la parálisis general de la producción y que, en consecuencia, como factor de formación de las crisis pierde cada vez más terreno». ¡Qué admirable capacidad profética! Su tesis gradualista queda resumida en la siguiente afirmación: «lo que ella -la socialdemocracia- debe hacer, y esta es una tarea a largo plazo, es organizar políticamente a la clase obrera y formarla para la democracia y la lucha en el estado por todas las reformas conducentes a elevar a la clase obrera y a transformar el estado en el sentido de la democracia». He aquí el «sueño húmedo» del reformismo de todas las épocas: estado del bienestar y fetichismo legalista-parlamentario. Avance pues progresivo e indoloro: «Con la papeleta electoral, las manifestaciones y otros medios de presión parecidos, nos ponemos a la cabeza de las reformas que hace cien años hubieran desatado revoluciones sangrientas». En conclusión, la tarea fundamental de la socialdemocracia, ante la convicción de «que debemos contar con una supervivencia y elasticidad del orden social más allá de los límites que se habían supuesto» es «mantener ininterrumpido el ritmo de crecimiento de los votos mediante un lento trabajo de propaganda y actividad parlamentaria». La pacífica lucha sindical y la «ampliación y fomento de las cooperativas obreras de consumo» completarían la labor de zapa del capital en pos de la vía tranquila al socialismo. Capitalismo redistributivo -una suerte de keynesianismo avant la lettre– y parlamentarismo reformista para ‘elevar a la clase obrera’ y profundizar la democracia. He aquí las dos premisas básicas del socialismo bernsteniano. ¿Nos suenan?

La inferencia estratégica de ese progreso pacífico, en las lúcidas palabras de Agustín Basave, no podía ser más demoledora: «Su corolario no puede ser más contundente: el mejor empeño de la socialdemocracia no ha de ser otro que el apoyo al voto universal, al que juzga «la alternativa a la revolución», y a esa postura hay que adaptar sus tácticas». Fernández Buey resalta el idealismo gradualista del planteamiento de Bernstein: «No había, por tanto, meta final, porque la meta final era algo que se estaba conquistando día a día con los votos para el parlamento, con las cooperativas, con la participación activa en las tareas de las empresas». ¿Para qué arriesgarse en las barricadas si los objetivos podían lograrse a través de las vías legales? ¿Qué sentido podían tener el primitivo abstencionismo nihilista y la profunda desconfianza del infantilismo anarquista hacia las instituciones del estado cuando la vanguardia del movimiento socialista podía poner a estas «democráticamente» al servicio de los intereses de las mayorías?

Los primeros espadas de la Internacional Socialista se aprestaron a fulminar la desviación bernsteniana para rescatar las mancilladas esencias del marxismo clásico. De entre los que se lanzaron a condenar la herejía -Lenin y el «renegado» patriarca Karl Kautsky, en lugares destacados- sin duda fue la revolucionaria polaca Rosa Luxemburgo la que, en su texto clásico «Reforma o revolución», realizó la refutación más demoledora -reconocida incluso por Bernstein, que la consideró la crítica más racional y argumentada que recibió su obra-. Para Luxemburgo, se trata sin duda de una cuestión vital: «O el revisionismo tiene una posición correcta sobre el curso del desarrollo capitalista y, por tanto, la transformación socialista de la sociedad es sólo una lejana utopía; o el socialismo no es una utopía y la teoría de «los medios de adaptación» es falsa. He ahí la cuestión en pocas palabras». Su razonamiento -que aún hoy conserva toda su vigencia- es una carga de profundidad contra las dos premisas del planteamiento de Bernstein: ni el capitalismo tiende a la estabilización y al control de sus fuerzas desatadas evitando las crisis agudas ni el parlamentarismo supone una vía gradual de avance sin fin hacia la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores. Tales vanas ilusiones se basan en un análisis fallido y superficial de las formidables contradicciones de la acumulación de capital. Sus argumentos resultan sumamente instructivos y premonitorios. Contra la pueril ilusión bernsteniana sobre el papel de amortiguador del crédito de las bruscas oscilaciones del ciclo económico, Luxemburgo describe certeramente su carácter explosivo: «Vemos que el crédito, en lugar de servir de instrumento para suprimir o paliar las crisis es, por el contrario, una herramienta singularmente potente para la formación de crisis. No puede ser de otra manera. El crédito elimina lo que quedaba de rigidez en las relaciones capitalistas. Introduce en todas partes la mayor elasticidad posible. Vuelve a todas las fuerzas capitalistas extensibles, relativas, y sensibles entre ellas al máximo. Esto facilita y agrava las crisis, que no son sino choques periódicos entre las fuerzas contradictorias de la economía capitalista» ¡Palabras dichas un siglo antes de la hegemonía del capitalismo financiarizado, adicto al dopaje de la deuda! «En resumen, el crédito reproduce todos los antagonismos fundamentales del mundo capitalista. Los acentúa. Precipita su desarrollo y empuja así al mundo capitalista hacia su propia destrucción». Podemos escuchar el eco de estas extraordinarias anticipaciones en la crisis brutal de 1929 y en la actual de 2008, detonadas por el crecimiento hasta el paroxismo del ‘crédito a muerte’, acelerador explosivo de las violentas sacudidas de la acumulación de capital. La gran teórica del imperialismo demuele, con este lúcido análisis de la defectuosa sala de máquinas del sistema de la mercancía, todo el optimismo progresista de la premisa económica bernsteniana.

También da en el clavo en la crítica de la premisa política del revisionismo. Sus agudas reflexiones sobre la democracia burguesa y la «utopía de la papeleta» destacan el carácter -por debajo de su aparente pragmatismo realista- profundamente mistificador que caracteriza al reformismo electoral: «En efecto, de acuerdo con su forma, el parlamentarismo sirve para expresar, dentro de la organización estatal, los intereses de la sociedad en su conjunto. Pero lo que el parlamentarismo refleja aquí es la sociedad capitalista, es decir, una sociedad donde predominan los intereses capitalistas. En esta sociedad, las instituciones representativas, democráticas en su forma, son en su contenido instrumentos de los intereses de la clase dominante. Ello se manifiesta de manera tangible en el hecho de que apenas la democracia tiende a negar su carácter de clase y transformarse en instrumento de los verdaderos intereses de la población, la burguesía y sus representantes estatales sacrifican las formas democráticas». Los múltiples ejemplos históricos -entre los más recientes, el golpe financiero del BCE contra el gobierno tímidamente reformista de Syriza en Grecia o la desaforada violencia imperialista contra cualquier intento de «revolución democrática» en países subalternos, como muestra dramáticamente, entre otros muchos, el caso de Venezuela- son prueba fehaciente del carácter instrumental de la cáscara electoral, válida mientras no interfiera con los engranajes reales del poder social: «Es por ello que quienes se pronuncian a favor del método de la reforma legislativa en lugar de la conquista del poder político y la revolución social y en oposición a éstas, en realidad no optan por una vía más tranquila, calma y lenta hacia el mismo objetivo, sino por un objetivo diferente». El viejo Lenin desvelaba asimismo la falacia de doble filo del reformista «sincero», que, en el fondo, es «un instrumento de la burguesía para corromper a los obreros y reducirlos a la impotencia. La experiencia de todos los países muestra que los obreros han salido burlados siempre que se han confiado a los reformistas.»

Lo que olvida pues el cándido Bernstein, como señala el historiador marxista Arthur Rosenberg, autor de un extraordinario análisis de la evolución histórica de las relaciones entre democracia y socialismo, es el trasfondo profundamente clasista del parlamentarismo capitalista: «Un estado burgués, en el cual existe el derecho electoral pero no se toca la propiedad privada era para Engels una democracia «pura», concepto distinto de la democracia real. Un estado burgués con sufragio universal no es una democracia. Democracia es la conquista del poder político por el proletariado». He ahí la clave del error de Bernstein: «el error principal de los revisionistas es que no comprendieron el verdadero carácter del periodo imperialista. Ellos creyeron en la posibilidad de un progreso lento y pacífico y no vieron que el imperialismo debe producir las más terribles guerras, revoluciones y contrarrevoluciones». Sabias y proféticas palabras que prefiguran la tragedia de la socialdemocracia alemana. En qué consistían en realidad esos «objetivos diferentes», esgrimidos por los que optan por «la reforma legislativa» y renuncian al objetivo final, lo experimentó dramáticamente en carne propia Rosa Luxemburgo durante las terribles convulsiones sociales ocurridas tras la derrota de Alemania al final de la guerra imperialista europea. Tras la traición precedente al internacionalismo del, ya totalmente bernsteniano, SPD-si bien, hay que constatar el distanciamiento de Bernstein, que le llevó incluso a fundar, junto a Kautsky, otro partido-, con su apoyo a los créditos de guerra y su apoyo al imperialismo militarista en el trancurso de la hecatombe, la revolucionaria polaca acabo siendo brutalmente asesinada, con el beneplácito de sus propios excompañeros, tras la sangrienta derrota de la revolución espartaquista en enero de 1919. El orden -como rezaba el título de su extraordinario último artículo-, instaurado a sangre y fuego por sus antiguos correligionarios socialdemócratas, reinó al fin en Berlín. La convulsa historia del periodo de entreguerras dio, empero, la razón a su certero diagnóstico sobre el fracaso de los «medios de adaptación» para contener los embates del capital. El impacto conjunto de la debacle económica de 1929 -de la que Bernstein fue aún atónito testigo- y la brutal represión sufrida por el movimiento obrero alemán a manos del nazismo extirparon -provisionalmente- de raíz la cándida esperanza revisionista de una conciliación entre «las clases en lucha» y pusieron el trágico colofón a la vana esperanza de poder domar a la bestia.

2ª parte. Reformismo agónico: la farsa

«No es por una especie de purismo extremista ni, menos aún, por una política del estilo ‘cuanto peor, mejor’, por lo que hay que desmarcarse de todos los «ordenadores» de la economía: es simplemente por realismo ante el devenir patente de todo el asunto. Se trata de un relevo a la dominación, puesto que le proporciona sobre la marcha, de un lado, una oposición de las llamadas constructivas y, del otro, arreglos de detalle». Jaime Semprún, «Enciclopedia de la nocividad»

«El estado «liberal-democrático» y el dominio de la clase capitalista industrial dispuesta a un acuerdo social con el trabajo es una reliquia del pasado. Incluso cuando partidos socialdemócratas llegan al gobierno prometiendo establecer un «capitalismo de rostro amable», invariablemente se rinden a las leyes del funcionamiento del capital correspondientes a la presente fase histórica». John Bellamy Foster, «El capitalismo ha fracasado»

¿Qué enseñanzas podemos extraer de la polémica revisionista de hace un siglo para los actuales debates sobre las «tareas» y estrategias de la demediadas fuerzas progresistas en el capitalismo senil? ¿Resultan comparables las circunstancias históricas y las fuerzas políticas en liza en la decadente fase neoliberal con las existentes en el pujante capitalismo fordista que alimentó las vanas esperanzas bernstenianas? Y, en ese caso, si aceptamos que seguimos bajo la égida del mismo sistema de organización social, ¿qué implicaciones se pueden extraer de cara a la posición sobre la adopción de vías legales-institucionales por parte de quienes dicen anhelar otra sociedad? Quizás un somero examen de la vigencia de las hipótesis bernstenianas nos pueda dar algún atisbo de respuesta a tan candentes cuestiones.

Premisa económica: el fallido recambio keynesiano

El pletórico y brutalmente imperialista capitalismo desbocado de los años de la segunda revolución industrial, que alumbró el revisionismo de Bernstein, contrasta agudamente con el decrépito capitalismo senil de nuestros días. El sueño de un capitalismo estable, con crecimiento sostenido y un cierto equilibrio entre trabajo y capital, encarnado en el Estado del Bienestar y las políticas redistributivas de tipo keynesiano, se truncó abruptamente con el final del espejismo de los ‘treinta gloriosos’ y la subsiguiente reacción neoliberal a principios de los años 70. El abrupto desplome de la rentabilidad, tras el brusco agotamiento del milagro de posguerra, provocó un cambio drástico en la política del capital, concretado en la redoblada ofensiva contra las condiciones de vida de las clases trabajadoras y en la explosión de la financiarización. Toda la evolución económica de los últimos cuarenta años se puede resumir en una escalada degenerativa expresada en la dependencia creciente de la máquina de producir dinero-deuda, a través de los circuitos de las finanzas globales, para sostener el maltrecho entramado que ya no se sostiene por sus propios medios. Como describe gráficamente Andrés Piqueras: «Hoy vivimos en un capitalismo irreal, ficticio, moribundo, cuya economía aparenta que sigue funcionando porque vive asistida a través de la invención incesante de dinero de la nada, y de una deuda creciente que está devorando toda la riqueza social y natural». El recurso desaforado al crédito que, como diagnosticaba lúcidamente Rosa Luxemburgo, ‘vuelve todas las fuerzas capitalistas extensibles y elásticas’, ha exacerbado las insolubles contradicciones insertas en los engranajes de la acumulación de capital. El capitalismo está pues gravemente enfermo. Enfermo de niveles de deuda insostenibles, de desigualdad creciente, de recrudecimiento de las agresiones imperialistas contra los pueblos del Tercer Mundo, de adicción a los combustibles fósiles destructores del planeta y -quizás la raíz de todo lo anterior- de agotamiento de su fuente de extracción de riqueza social, el trabajo productivo. La enorme dificultad -a pesar de las masivas inyecciones de liquidez realizadas por la banca central mundial en los boqueantes circuitos de las finanzas globales- del capitalismo financiarizado para restablecer un curso bonancible tras el colapso de 2008 es la prueba fehaciente de la imposibilidad de restaurar los mecanismos de una acumulación saludable de capital. Polarización social, parasitismo rentista, paro crónico, estancamiento secular y, quizás lo más importante, colisión frontal con los límites biofísicos del planeta conforman pues los rasgos definitorios de un panorama civilizatorio crecientemente degenerativo. El estado benefactor, surgido de las ruinas humeantes de dos guerras mundiales, que representaba el sueño húmedo del reformismo keynesiano clásico, no salió tampoco indemne del proceso involutivo. La agresividad del embate del capital, en pos del sostenimiento de niveles crecientes de ganancia con una base productiva cada vez más débil, implicó el traspaso progresivo de la soberanía fiscal y monetaria de los Estados occidentales a manos de organismos tecnocráticos que gestionan, sin desagradables interferencias populistas, los intereses del gran capital rentista. El economista marxista, experto en economía ecológica, John Bellamy Foster pone el acento en la localización actual del poder real: «Ahora la política fiscal y la monetaria están fuera del alcance de cualquier gobierno que se atreva a hacer algún cambio que afecte a los grandes intereses creados. Los Bancos Centrales se han transformado en entidades controladas por los Bancos Privados. Los Ministerios de Hacienda están atrapados por los límites de la deuda y las agencias reguladoras están en manos de los monopolios financieros y actúan, en interés directo de las corporaciones». En el estado real, el superestado europeo pilotado por el ‘guardián del euro’ y la aplicación estricta del talón de hierro de los principios neoliberales del tratado de Maastricht, no hay democracia -cuestión que, por cierto, ni está ni se la espera en el paupérrimo debate político español-. El parlamento europeo, única institución elegida por sufragio universal, no es en realidad más que un elemento decorativo que no tiene ninguna función efectiva. La camisa de fuerza del euro, el techo de gasto y la aplicación estricta de la ortodoxia neoliberal amputan de raíz cualquier posibilidad de retorno a las políticas fiscales redistributivas por parte de las administraciones democráticamente elegidas. En el periodo neoliberal no existe ningún ejemplo de política keynesiana exitosa ya que el fascismo financiero ha extirpado de raíz cualquier intento de aplicar incluso las pusilánimes recetas socialdemócratas. El colosal rescate -a cuenta del contribuyente- de la banca mundial tras el colapso de 2008 y la total incapacidad de corrección de la marcha imparable del capitalismo hacia la siguiente hecatombe muestran la ilusoria falsedad de la ensoñación de forzar un cambio en las políticas ortodoxas neoliberales a través de los mecanismos de la democracia legal.

Pues bien, ante la total refutación de la premisa económica que fundamentó la ilusión redistributiva bernsteniano-keynesiana, ¿cuál ha sido la opción de nuevo cuño para sostener la hipótesis reformista en esta fase degenerativa? El reformismo agónico, en una reedición más de la utopía de los ‘medios de adaptación’, se refugia en la trinchera de la denuncia de la especulación y los excesos del neoliberalismo desaforado y en la confianza en la ilusoria viabilidad de medidas paliativas de tipo keynesiano basadas en mecanismos redistributivos que no tocan ni de refilón la sala de máquinas del sistema de la mercancía. Bellamy Foster describe fielmente- en sus palabras resuenan los ecos de las admoniciones de Luxemburgo y Rosenberg contra las vanas ilusiones socialdemócratas- el profundo anacronismo que subyace en una propuesta semejante: «Para muchos en la ‘izquierda’ la respuesta al neoliberalismo es un retorno al estado de bienestar, a la regulación del mercado o a alguna otra forma de democracia social limitada, y por lo tanto a un capitalismo más racional. No es el fracaso del capitalismo lo que se percibe como el problema, sino el fracaso del capitalismo neoliberal». Por tanto el enemigo mortal ya no son la explotación asalariada y la apropiación privada de la riqueza social, pilares del paradigma del marxismo clásico, sino el tumor financiero que parasita la economía real -la vana ilusión de contener al monstruo puliendo las aristas más afiladas sin alterar los pistones de la acumulación-. Resuenan de nuevo, en las requisitorias de la nueva vulgata reformista contra las finanzas predadoras y la especulación desaforada, las loas de Bernstein al crédito sano y a la inversión productiva y su pueril confianza en la economía social de las cooperativas -el llamado, eufemísticamente, Tercer Sector-. El economista marxista Michel Husson destaca la esencia idealista del ensueño redistributivo y su errónea -confundiendo el síntoma con la causa- atribución de todos los males a los excesos de la financiarización: «El keynesianismo propone una explicación a la paradoja de la acumulación, es decir, a la desconexión entre una tasa de beneficio que aumenta y una tasa de acumulación que se estanca. Esta diferencia sería fruto dela sangría ejercida por una finanza predadora. Reduciendo esta presión financiera, se podría liberar la acumulación, relanzar la actividad económica y el empleo. La salida de la crisis implicaría pues que el capitalismo acepta funcionar con una tasa de beneficio menos elevada y que la finanza privilegia las inversiones útiles. Lo que es al mismo tiempo cierto pero incompatible con el fundamento mismo del capitalismo. Esto es lo que no comprenden los analistas keynesianos que, fascinados por la finanza, desprecian los fundamentos estructurales de la crisis». Difícil expresar mejor la futilidad de una política económica que se basa en el oxímoron de que el capitalismo rabiosamente financiarizado acepte graciosamente funcionar a medio gas. Toda la visión legalista-reformista de la izquierda socialdemócrata se basa en esa falsa escisión entre la ominosa especulación financiera y el motor sano de la acumulación y de la economía productiva. La función del Estado benefactor -olvidando la advertencia de Luxemburgo sobre su falsa apariencia de neutralidad y su carácter de clase- sería pilotar esa regulación favoreciendo el desarrollo de la parte sana del organismo y preservando los demediados colchones redistributivos del Welfare State. Las renovadas propuestas reformistas -la tasa Tobin a las transacciones financieras, el Green New Deal, puesto ahora de moda por la izquierda demócrata estadounidense, la renta básica de ciudadanía o la Teoría Monetaria Moderna de los curanderos monetarios- chocan de lleno con la brutal agresión de las reformas laborales, el parasitismo financiero y la sobreexplotación laboral características del neoliberalismo hegemónico, que ha amputado las herramientas correctoras de los poderes soberanos. La ignorancia de la lección histórica del incumplimiento de la premisa económica bernsteniana de la amortiguación de las crisis y la posibilidad de un desarrollo armonioso de la acumulación de capital, reeditada de nuevo tras el final de los treinta gloriosos con la hegemonía del talón de hierro neoliberal, convierte al reformismo agónico en una caricatura grotesca de su predecesor.

¿Qué implicaciones tiene esta sombría constatación para el desarrollo del proceso político en los países ‘civilizados avanzados’? El paupérrimo panorama -ascenso del fascismo y del populismo zafio, extraordinaria degradación del discurso y mediocridad absoluta de la llamada ‘clase política’- del parlamentarismo en nuestras fortalezas occidentales refleja fielmente el vaciamiento casi completo de los mecanismos reales para incidir a través de las vías institucionales en las condiciones de vida de las clases subalternas. He ahí la raíz de la farsa reformista en el teatro de marionetas de la política actual. La conclusión no puede ser más meridiana: la decrepitud del capitalismo neoliberal exige la eliminación de la capacidad del juego parlamentario para introducir reformas económicas de calado. De nuevo adquiere plena vigencia el certero diagnóstico de Rosa Luxemburgo: la teoría revisionista de los «medios de adaptación» legales es falsa ya que ‘las instituciones representativas, democráticas en su forma, son en su contenido instrumentos de los intereses de la clase dominante’. ¡Cuánta razón tenían, en este caso, incluso contra la propia Rosa y el viejo Marx, Bakunin, Kropotkin y todos los clásicos del anarquismo, en su negación absoluta de la posibilidad del uso de la herramienta estatal para una transformación verdaderamente socialista!

Premisa política: la farsa electoral

«Ningún ‘entrismo’ ha transformado otra cosa que a los que entraban y nunca a las instituciones receptoras». Mario Domínguez

«No hemos criticado a los ciudadanistas porque no tengamos los mismos gustos, los mismos valores o la misma subjetividad. Y tampoco hemos criticado a los ciudadanistas en cuanto personas, sino al ciudadanismo en cuanto falsa conciencia y en cuanto movimiento reaccionario, como se decía antes; es decir, como movimiento que contribuye a ahogar lo que todavía sólo está en germen. Tanto es así que no dudamos que una gran cantidad de personas, empalagadas por las contradicciones del ciudadanismo en su loable deseo de actuar sobre el mundo, se unirán un día a aquellos que desean transformarlo realmente». Alain C.

De un erróneo diagnóstico económico no se puede extraer otra cosa -al igual que Bernstein, hace más de un siglo- que una estrategia política desnortada. ¿Existe alguna posibilidad de revertir tales procesos de aguda expropiación financiera a través de las palancas institucionales? El filósofo Carlos Fernández Liria, -junto con Santiago Alba Rico y César Rendueles, uno de los ‘brains behind‘ que impulsaron la aparición de Podemos- piensa que sí: «Algunos pensamos que a ese caudillismo del capital financiero es posible aún pararle los pies por vía parlamentaria». He aquí la vertiente política del reformismo agónico: ‘parar los pies’ a la bestia con las sacralizadas herramientas del Estado de derecho. Uno de los rasgos, dicho sea de paso, que comparten los ideólogos del ‘asalto a los cielos’ podemita con el venerable revisionismo de Bernstein es, en gran medida, la sustitución de Marx por Kant y la adopción del lenguaje legalista de la justicia y la recuperación del Estado de Derecho y los derechos sociales para rescatar la democracia. Según Alba Rico, el programa de la izquierda -como si se pudieran escindir o estuvieran al mismo nivel el talón de hierro del capital y la farsa parlamentaria- tendría tres ejes fundamentales: revolucionario a nivel económico; reformista a nivel institucional y conservador a nivel antropológico.

El análisis teórico de la nueva política-destacadamente el paradigma de los bienes comunes– que sirve de base a la eclosión de toda la nebulosa de organizaciones sociales y think tanks, surgidos al calor del ascenso de sus casas matrices a los áulicos despachos en los consistorios y parlamentos, se basa en el empeño en construir un relato simplista, que conserve la ilusión de la posibilidad de revertir el embate neoliberal mediante políticas redistributivas keynesianas promulgadas en decretos leyes. El famoso ‘sí se puede’, proveniente de la lucha de la PAH contra los desahucios y apropiado por Podemos como reflejo del vano intento por rehabilitar la posibilidad de doblar la cerviz al capital a través del poder soberano y las vías legalistas, es un lema muy apropiado al reformismo agónico al expresar la cándida ilusión en la posibilidad de regeneración de la democracia para ponerla al servicio de las clases populares.

El teórico marxista David Harvey -a pesar de ello, reformista convencido y gran apoyo del «asalto institucional» de la nueva izquierda- no tiene empacho sin embargo en reconocer la creciente dificultad de aspirar a lograr cambios estructurales de calado a través de las palancas estatales: «En los últimos tiempos, el Estado se ha vuelto cada vez más una herramienta del capital y ahora es mucho menos susceptible a cualquier tipo de control democrático (otro control que no sea la democracia salvaje del poder del dinero)».

Así pues, a pesar de las abrumadoras evidencias que refutan la posibilidad de la ilusión regeneracionista, los reformistas agónicos mantienen la defensa numantina del «mal menor» de la confianza en la farsa parlamentaria para hacer doblar la cerviz a los poderosos. ¿Cuáles son las desnortadas justificaciones que sustentan este espejismo? ¿Qué coartadas funcionan como trincheras o parapetos tras los que construir la agónica legitimidad que fundamente la creencia en la validez de la vía legalista-institucional? O, más directamente incluso, ¿cómo convencer a la gente, crecientemente desafecta, de la utilidad de la farsa electoral cuando resulta evidente a todas luces que los poderes democráticos han devenido totalmente impotentes para siquiera corregir el embate del capital?

Falacia del ‘après moi, le déluge’: dique antifascista

En un reciente ‘escrache‘ al que se vio sometido Iñigo Errejón por parte de los representantes de una organización llamada Poder Obrero, la gota que colmó el vaso de la casi infinita paciencia -entre ásperas acusaciones de traición a su clase y de no haber hecho nada por la gente de los barrios- del bregado candidato ante sus rabiosos acosadores fue la destemplada acusación de haber facilitado el ascenso de la extrema derecha: «yo con eso no estoy de acuerdo», protesta reiteradamente Errejón mientras añade, confiando infructuosamente en zafarse del acoso de los agresivos espontáneos: «tu luchas de una manera y yo de otra». La reacción del agraviado candidato muestra que estamos ante una de las líneas Maginot de la legitimación de la nueva política: su impagable función de dique de contención ante las arremetidas de la extrema derecha y de garante de la defensa de las libertades públicas y derechos ciudadanos frente al fascismo rampante. Jaume Asens, concejal del Ayuntamiento del cambio de Barcelona, en un vídeo conmemorativo de los dos años del glorioso triunfo electoral de Barcelona en Comú, abunda en el argumento, arrogándose de paso el papel de tapón -en contraste con otros países de la vieja Europa- del renaciente fascismo en la piel de toro.

Sin embargo, las apariencias engañan. Anselm Jappé, teórico del marxismo crítico, identifica las similitudes entre los, aparentemente, polos opuestos: «Las distintas formas de populismo reaccionan a los males sociales -sobre todo, a la desigual distribución de la riqueza- identificando a un grupo de responsables personales: los ricos, los banqueros, los corruptos, los especuladores. Se ignoran las lógicas sistémicas y se recurre al moralismo (la «codicia»). Casi siempre, el populismo santifica el «trabajo honrado» y lo opone a los «parásitos». Por eso, la diferencia entre populismo «de derechas» y populismo «de izquierdas» no es tan grande como se cree. Ambos se basan en un falso anticapitalismo. No se trata de una novedad absoluta; en los años veinte y treinta ya hubo fenómenos de este tipo. Entonces, el antisemitismo constituía un aspecto esencial. Pero este existe también hoy, de forma soterrada y a veces abiertamente, en la denuncia del «especulador».

La cruda realidad que ignoran los líderes de la nueva política es que el fascismo social, el que afecta realmente a las condiciones de vida de la gente, bien diferente del histrionismo grotesco de los peleles de la extrema derecha, ya ‘ha pasado’, sin que los campeones de la lucha contra la casta hayan podido mostrar otra cosa que impotencia y cinismo. El sociólogo Boaventura de Sousa Santos recuerda que el fascismo social ya campa por sus respetos por debajo de la carcasa, cada vez más vacía, de la democracia legal: «Todas las formas de fascismo social son formas infra-políticas, no son parte del sistema político, que es formalmente democrático, pero condicionan las formas de vida de los que están abajo a través de desigualdades de poder que no son democráticas, que son inmensas y permiten que los grupos que tienen poder obtengan un derecho de veto sobre las oportunidades de vida de quienes están más abajo. El mejor ejemplo es el fascismo financiero. Se crea una corrupción de la democracia: los que huyen de las reglas democráticas son los que se quedan con más poder para imponer las reglas democráticas a los otros. Esa es la perversidad del fascismo financiero». Agitar el espantajo del fascismo esperpéntico oculta pues la inacción absoluta del nuevo reformismo agónico ante el fascismo real, reflejada en la imposibilidad de utilizar las desmochadas herramientas de la democracia burguesa para contener siquiera el embate del capital contra las condiciones de vida de la clase trabajadora. Esa farsa parlamentaria es el caldo de cultivo en el que la demagogia obscena de la extrema derecha se siente a sus anchas y la mediocridad de la esfera política campa por sus respetos. Si el estado ha quedado desmochado por el vaciamiento de soberanía provocado por el hegemón financiero, la excusa de utilizar a las fuerzas reformistas para al menos contener al fascismo rampante carece de fundamento. El capital no necesita ya-al contrario de los años 30- el brazo armado del fascismo clásico para imponer su égida. Le basta con las camisas de fuerza de la deuda a muerte y el potro de tortura neoliberal para consagrar -incluso en la carta magna, véase la reforma manu militari del artículo 135 en agosto de 2011, perpetrada por el ‘bambi’ Zapatero- su hegemonía sobre los títeres de los hemiciclos.

Falacia del ‘mientras tanto’: esperando la movilización social

«Nosotros no seremos capaces de hacer absolutamente ningún cambio, ninguno, si no hay una ciudadanía movilizada». La concejala del ayuntamiento de Barcelona, Gala Pin, expresaba de esta forma tajante otra de las ilusiones falaces que legitiman el asalto institucional de la nueva política: mantener el impulso reformista de defensa de los derechos ciudadanos y las menguantes cotas de bienestar mientras no resurja la movilización ciudadana. La interpretación de la dialéctica calle-instituciones deviene pues esencial en la legitimación del ‘asalto a los cielos’ de los que se proclaman herederos naturales surgidos de los rescoldos del 15-M. La cuestión clave sería pues: ¿realmente la participación institucional es compatible con el sostenimiento y la potenciación de organizaciones de base que sostengan la lucha y la movilización popular contra el feroz embate neoliberal? O, por el contrario, ¿el asalto institucional, al preservar el espejismo de la farsa parlamentaria, es un elemento desmovilizador de la efervescencia de movimientos populares al hilo de las luchas cotidianas y por tanto aleja la posibilidad de la eclosión de sujetos de cambio real? El teórico e historiador anarquista Miquel Amorós describe brillantemente la cara oculta de la falacia del ‘mientras tanto’: «Podemos y los demás partidos -las confluencias municipalistas, los «comunes», etc.- lo que han hecho es desarmar, desorientar y desmoralizar. La desmovilización, el oportunismo y la rápida burocratización que ha seguido a las diversas campañas electorales demuestran que los agitadores de la víspera se vuelven gestores responsables a la hora de instalarse en las instituciones. El resto de los mortales han de conformarse con ser espectadores pasivos del juego mezquino de la política con sus representaciones gestuales de cara a la galería». El mediocre espectáculo político es pues un poderoso mecanismo de dispersión y de ensimismamiento ante la ilusoria expectativa que alimentan el premioso ritmo de las reformas legales y la aritmética parlamentaria. En las lúcidas palabras de Jaime Semprún: «Esa actitud de repliegue reformista se justifica con el argumento de conseguir una intervención real en la vida política, sobre una teoría de etapas y gradualizaciones, que, muy al contrario, lo que logra es un resultado negativo al tender este reformismo sin meta a producir en los activistas una pérdida de voluntad y perspectiva de cambio real».

El filósofo irlandés John Holloway, autor del magnífico texto «Cambiar el mundo sin tomar el poder», al que Harvey, por cierto, trata con suma displicencia, caricaturizando agriamente su «desprecio anarquista al poder», pone el dedo en la llaga de los efectos contraproducentes para los movimientos populares del asalto institucional de sus antiguos compañeros del activismo de barrio: «Cualquier gobierno de este tipo implica una canalización de las aspiraciones y de las luchas dentro de conductos institucionales que necesariamente tienen que buscar la conciliación entre la rabia que estos movimientos expresan y la reproducción del capital. La existencia de cualquier gobierno pasa por fomentar la reproducción del capital (atrayendo inversión extranjera o de otra forma). Esto implica inevitablemente participar en la agresión que es el capital».

Falacia del ‘valió la pena’: los ‘arreglos de detalle’

El economista marxista Xabier Arrizabalo, en una reciente entrevista, ponía el dedo en la llaga acerca de la renuncia absoluta de las fuerzas de la nueva política para realizar transformaciones sociales de calado, resignándose a realizar políticas de «acompañamiento» que nunca tocan las bases del poder social. Bien al contrario, se exhibe una marcada preferencia por los éxitos de la gestión y el gerencialismo. Véase, por ejemplo, el acusado triunfalismo con el que el ayuntamiento de Madrid celebraba el éxito en la consecución de un superávit en las cuentas municipales, aun cuando ello suponía el abandono de un sinnúmero de políticas sociales. Ante la renuncia tácita -por debajo del vacuo discurso contra las élites- a enfrentarse al poder del gran capital financiero y las oligarquías dirigentes, la nueva política recurre a dos estrategias legitimadoras. Por un lado, la exaltación de la política homeopática, de micropunciones, de pequeñas reformas, que hace residir en las ganancias marginales, en ámbitos que no ponen en cuestión el modelo de acumulación rentista-extractivo ni ocasionan ninguna alteración estructural de la maquinaria capitalista, el baremo del éxito de las políticas de los gobiernos del cambio. Y por otro, la exaltación de las llamadas políticas identitarias -feminismo, colectivos LGTBI, memoria histórica, etc.- que -sin cuestionar en absoluto su relevancia para introducir avances imprescindibles hacia una mayor justicia social- se convierten, quizá a su pesar, en un mecanismo involuntario de compensación y ocultación de la ausencia casi absoluta de políticas que provoquen cambios profundos en las condiciones materiales de vida.

Un botón de muestra de las insolubles contradicciones de la política cosmética de los ‘arreglos de detalle’, en medio del marasmo mercantilizador, son los crecientes conflictos entre el consistorio barcelonés y representantes vecinales a causa de los «daños colaterales» de las políticas embellecedoras del entorno sin alteraciones estructurales de las condiciones de vida de los barrios. En una reciente reunión con el equipo municipal de Bcn en Comú, la representante de la plataforma vecinal Fem Sant Antoni, reflejando la enorme preocupación por el brutal proceso gentrificador que sufre el vecindario, uno de los más afectados por la violencia inmobiliaria derivada de la desaforada burbuja del alquiler que asuela Barcelona, afeaba al regidor del distrito, Gerardo Pisarello, los efectos indeseados que podría provocar en la zona el proyecto de la segunda supermanzana -zona pacificada de tráfico- de la ciudad: «Pero es también cierto que las políticas y las actuaciones del Ayuntamiento en nuestro barrio no ayudan a construir una ciudad socialmente equilibrada ni ayudan, en concreto, a los inquilinos. Al contrario, las políticas y actuaciones municipales contribuyen activamente a la expulsión del barrio de los vecinos que son inquilinos. Estas políticas del Ayuntamiento gentrifican el barrio y la gentrificación es la causa directa de los desahucios invisibles y del mobbing inmobiliario». El embellecimiento y pacificación de la zona de Sant Antoni, promovidos por el equipo municipal, sin una modificación sustancial de las depredadoras reglas del juego del mercado inmobiliario, contribuyen decisivamente a la expulsión de los vecinos, víctimas propiciatorias del recrudecimiento de la violencia inmobiliaria en los barrios de Barcelona. Difícil expresar mejor la paradoja de los microavances sin alteración de las estructuras socioeconómicas subyacentes, rasgo esencial de la nueva política. Ejemplo equiparable, dicho sea de paso, a la machacona propaganda municipal de fomento de la movilidad sostenible, basada principalmente en la construcción de infinidad de carriles bici y en el indudable éxito de la bicicleta de alquiler municipal, mientras que, por otro lado, el número de vehículos motorizados y los desatados niveles de contaminación que causan se disparan en la «tóxica» Barcelona. En estas constataciones de los límites de las reformas epidérmicas resuena la lúcida advertencia de Murray Boockhin, teórico del municipalismo libertario, la antítesis de los actuales ayuntamientos del cambio: «si un partido aparentemente radical se corrompe por el parlamentarismo, lo que históricamente ha sido el caso de todos los partidos que conozco; entonces, este partido parlamentario se esforzará por moderar la situación existente, facilitando, de hecho, la consecución de sus objetivos a los elementos más perniciosos de la sociedad». En la certera descripción de Arrizabalo: «la nueva política, tras la explosión descontrolada que representó el quincemayismo, representa una disidencia institucional controlada vista con buenos ojos por la clase burguesa».

Conclusión. La política está en otro sitio: abstencionismo contra la farsa del reformismo electoralista

«Todo lo que se construya desde abajo es bueno….a no ser que se eleve sobre unos pedestales preparados desde arriba». Tomás Ibáñez

En un artículo reciente, ejemplo paradigmático del reformismo agónico, el ideólogo -ahora crítico- de Podemos, Santiago Alba Rico, arremetía -coincidiendo con toda la matraca de exaltación de la participación electoral llevada a cabo por el circo mediático de tertulianos- contra la ‘abstención democrática’: «Y si la izquierda (pues volvemos a ser de izquierdas, mal que nos pese, al menos el 28 de abril) quiere alcanzar estos dos modestos objetivos, cuya única alternativa es el batacazo civilizacional, debe evitar la tentación de la autodestructiva abstención democrática».

Sin embargo, del análisis del reformismo agónico y de su papel en la farsa partitocrática se desprende que la única vía al menos de resistencia pasiva para denunciar la falacia encarnada en la creencia en la posibilidad de utilizar los mecanismos legales para resistir al rampante fascismo socio-financiero es la defensa de la abstención. Frente al cinismo del voto «con la nariz tapada», que defiende Alba Rico, el grito «silencioso» contra la farsa de la democracia legal («lo llaman democracia y no lo es»). Sin embargo, como puntualiza Amorós, no hay que hacerse ilusiones con un gesto simplemente simbólico: «La abstención podría ser un primer paso para marcar distancias. No obstante, la perspectiva política solamente se superará mediante una transformación radical -o mejor, una vuelta a los comienzos- en el modo de pensar, en la forma de actuar y en la manera de vivir, apoyándose aquellas relaciones extra-mercado que el capitalismo no haya podido destruir o cuyo recuerdo no haya sido borrado». La decisión consciente de no tomar parte en la farsa electoral pone asimismo de manifiesto que la política real está en otro sitio. El sociólogo Mario Domínguez destaca la necesidad de construir ‘otra política’: «Apostaré por esto mismo, la política está en otro sitio, el que construimos a través de mecanismos colectivos y autogestionados, aquellos que crean otra cosa, otro pensamiento, otra práctica, organizada y perdurable, que controla sus propios tiempos y su débil proceso instituyente, suene o no ridículo a la contabilidad electoral; porque lo que en realidad ha movido la historia es la multiplicación del conflicto social a pesar de sus techos tanto materiales como simbólicos, y no hay mayor conflicto que el que se dirime en los escenarios no previstos de la acción colectiva». Al menos se transmite -reeditando las proclamas quincemayistas: ‘no nos representan’ y ‘lo llaman democracia y no lo es’, en la mejor tradición del pensamiento libertario- a los mediadores institucionales que sus servicios son demasiados dispendiosos y que podemos tratar directamente de nuestros asuntos a través de esos escenarios ‘no previstos’ de la acción colectiva. Anselm Jappé describe la necesidad de integrar las luchas cotidianas con la exigencia de ‘cambiar la propia vida’: «podemos y debemos oponernos a cualquier deterioro de las condiciones de vida provocado por la lógica económica desencadenada, ya se trate de una mina o de un aeropuerto, de un centro comercial o de los pesticidas, de una ola de despidos o del cierre de un hospital. Sin embargo, al mismo tiempo es necesario cambiar la propia vida y romper con los valores oficiales asimilados, como el de trabajar tanto para consumir tanto». Boockhin abunda en la necesidad de evitar los trillados cauces de la farsa parlamentaria y potenciar las grietas ‘en la estructura de dominación’: «la necesidad de librarse del capitalismo, de una transformación verdadera y radical de la sociedad es más urgente que nunca. Pero la única forma de conseguir esto es mediante el reconocimiento, la creación, la expansión y la multiplicación aquí y ahora de todo tipo de grietas en la estructura de dominación». Como nos recuerda, en fin, el maestro Sacristán, el gradualismo reformista es uno de los enemigos mortales de esa auténtica nueva política: «Esa política tiene dos criterios: no engañarse y no desnaturalizarse. No engañarse con las cuentas de la lechera reformista ni con la fe izquierdista en la lotería histórica. No desnaturalizarse: no rebajar, no hacer programas deducidos de supuestas vías gradualistas al socialismo, sino atenerse a plataformas al hilo de la cotidiana lucha de clases y a tenor de la correlación de fuerzas de cada momento, pero sobre el fondo de un programa al que no vale la pena llamar máximo porque es el único: el comunismo». Teniendo además siempre presente que, si bien las premisas reformistas han sido reiteradamente refutadas por el curso histórico, la dicotomía clásica de Rosa Luxemburgo entre el socialismo y la barbarie adquiere creciente perentoriedad y abre, en las lúcidas palabras de Miquel Amorós, la posibilidad de que el embate del capital despierte fuerzas ahora anestesiadas entre las clases populares: «La crisis todavía es una crisis a medias. El sistema ha tropezado sobradamente con sus límites internos (estancamiento económico, restricción del crédito, acumulación insuficiente, descenso de la tasa de ganancia), pero no lo bastante con sus límites externos (energéticos, ecológicos, culturales, sociales). Hace falta una crisis más profunda que acelere la dinámica de desintegración, vuelva inviable el sistema y propulse fuerzas nuevas capaces de rehacer el tejido social con maneras fraternales». Y quizás sería legítimo preguntarse, a la luz de la galopante tendencia depredadora del sistema de la mercancía, si el flagrante incumplimiento de sus dos premisas históricas, acerca de la evolución armoniosa del capitalismo y la democracia, en las que basaba su diagnóstico sobre las tareas de la izquierda el viejo Bernstein, le haría quizás cuestionarse la viabilidad de la vía reformista adoptada agónicamente por sus epígonos.

Blog del autor: https://trampantojosyembelecos.wordpress.com/2019/04/22/el-reformismo-electoralista-de-la-tragedia-a-la-farsa/

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