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El socialismo del siglo XXI y el automóvil

Fuentes: Rebelión

 Hacia el sueño del automóvil propioUno de los principales íconos distintivos del siglo XX es, sin ningún lugar a dudas, el automóvil. Desde su surgimiento hace ya más de 100 años fue incorporándose en forma creciente a la vida cotidiana. Hoy, transcurrido todo ese tiempo, está ya instalado en forma que pareciera permanente en la […]

 

Hacia el sueño del automóvil propio

Uno de los principales íconos distintivos del siglo XX es, sin ningún lugar a dudas, el automóvil. Desde su surgimiento hace ya más de 100 años fue incorporándose en forma creciente a la vida cotidiana. Hoy, transcurrido todo ese tiempo, está ya instalado en forma que pareciera permanente en la civilización global. El mundo moderno, el mundo del progreso y de la revolución científico-técnica que se nos hizo tan familiar, la modernidad que barrió todos los rincones del planeta, pareciera no poder concebirse sin el automóvil. De todos modos vale abrirse algunas preguntas al respecto.

            Es innegable que los medios de transporte variaron en estos últimos siglos de un modo monumental, a una velocidad vertiginosa; en pocos siglos se avanzó lo que en larguísimos milenios no se había hecho. El automóvil lo demuestra de modo fehaciente. El modo de vida cotidiano que fue imponiendo este nuevo medio de desplazamiento dio lugar a una nueva cultura cotidiana que, en este momento, pareciera no tener retorno.

            Pero ahí está la cuestión que debe ser puesta en duda: ¿es esta cultura del automóvil individual (uno por familia, o uno por persona incluso) lo más equilibrado a que pueda aspirarse? Tal como existe hoy día, ¿realmente resuelve problemas o, por el contrario, crea trastornos nuevos que a largo plazo hacen inviable el modelo de sociedad que lo entroniza? Si queremos preguntarlo de otra forma: ¿puede tener un futuro sostenible esta civilización basada en el hiper consumo de petróleo de la que el automóvil personal es el símbolo por excelencia? El nuevo socialismo que se está intentando construir -desde la experiencia venezolana, sin dudas, pero ampliando la apuesta también para todo el mundo- ¿no debe abrirse preguntas críticas en torno a todo esto?

            Hacer la crítica de nuevas tecnologías puede a veces terminar conduciendo a posiciones retrógradas. En general las invenciones traen mejoras en la vida cotidiana; y si en un primer momento su aparición produce efectos colaterales nocivos no esperados, su revisión las corrige y reorienta de modo positivo. Bienvenidas siempre las nuevas técnicas: eso es progreso para todos. El mejoramiento de los medios de transporte que vivió toda la humanidad en estos últimos cinco siglos fue un avance indiscutible. Comunicaciones cada vez más eficientes, rápidas, seguras, fueron abriendo nuevas posibilidades; primero las marítimas, con lo que comenzó verdaderamente la globalización, cuando surge el capitalismo en Europa y los barcos llevaron el «libre comercio» (y otras cosas más) por todo el orbe. Igualmente el mejoramiento de las comunicaciones terrestres (el ferrocarril específicamente) abrió nuevas y ricas posibilidades cuando se achicaron distancias y en un santiamén se comenzó a viajar de un punto a otro allí donde, anteriormente, se necesitaban días, semanas o meses. Ya en el siglo XX llegaron los transportes aéreos, y entonces el desplazamiento por el planeta no tuvo límites. Hoy día el reto es el espacio sideral. Sin dudas todas estas mejoras en las tecnologías de los medios de transporte cambiaron favorablemente la situación de nuestra especie. ¿Quién podría negarlo acaso?

            Pero algo especial, quizá distinto, cuestionable incluso, sucede con el automóvil.

            Sin dudas este medio de transporte ayudó tanto como todos los anteriores a abonar esta ola de progreso incontenible que pareciera haberse disparado con las ciencias de la modernidad occidental. Su presencia es hoy omnímoda por todos los rincones del globo. ¿Quién no desea tener su automóvil propio? Y es ahí justamente donde debe abrirse el cuestionamiento. ¿Es realmente un «avance» para la humanidad la idea de que cada habitante use su propio automóvil para desplazarse? Varias décadas aplicando ese modelo han sido ya suficientes para tener la respuesta: no, definitivamente no. Eso, si bien ha traído nuevas posibilidades -sin dudas atractivas, bonitas, placenteras (¿a quién no le gusta viajar?)-, concebido en la forma de vehículo particular para cada persona es insostenible. ¿Por qué persistir en el error entonces?

            Las comunicaciones terrestres por medio del transporte automotor constituyen un significativo mejoramiento en la calidad de vida de la humanidad. Negarlo sería retrógrado. El problema se abre a partir del momento en que se plantea el modelo de una unidad de transporte por grupo familiar, o más aún -como sucede en algunos países hiper consumidores del Norte próspero o en algunos bolsones de riqueza en el Sur- una unidad por persona.

            ¿Por qué caló tanto la idea del automóvil personal, un solo vehículo por grupo familiar o por usuario individual en detrimento del transporte colectivo? Se jugó ahí una estrategia comercial de los grandes capitales que comenzaron a producir estas nuevas mercaderías: así como los nuevos medios de transporte, desde su surgimiento y siempre de la misma manera en su posterior evolución, fueron medios colectivos para muchos pasajeros, en el caso de los transportes terrestres impulsados por motor de combustión interna se buscó, prácticamente de su nacimiento, la promoción del vehículo personal. Para sus fabricantes no hay dudas que esto es un muy buen negocio, y también para la fabulosa industria del petróleo que va de la mano. No importaron -y siguen sin importar- los problemas conexos que trajo ese esquema.

            El vehículo automotor individual pasó a ser objeto de consumo casi adorado, nuevo fetiche con que la cultura dominante a nivel mundial (el capitalismo de los «hombres blancos») se impuso por todo el planeta. A partir de la producción masiva, si bien no es una mercadería barata, la producción seriada de automóviles los fue transformando en un objeto bastante accesible para crecientes sectores sociales. Hoy día los hay para todos los bolsillos, y las refinadas técnicas publicitarias y mercadológicas han impuesto de manera -pareciera- inapelable esta nueva mercadería: para ser «exitoso» hay que tener un automóvil. Llegamos así al siglo XXI donde ya es absolutamente inconcebible el mundo sin estos enseres, y donde incluso sectores de relativos escasos ingresos pueden acceder a tener uno de ellos a partir de las políticas de mercadeo que imponen los pocos gigantes industriales que los producen. Valga decir que para los primeros veinticinco años del siglo en curso las grandes corporaciones de fabricantes de automóviles, habiendo abarrotado ya hasta el límite a los países del Norte donde hay mayor poder adquisitivo, estiman vender mil millones de unidades en los países del Sur. Vehículos, obviamente, que habrá que alimentar no con agua precisamente, no con energía eléctrica ni solar, sino con petróleo, el mismo por el que se siguen produciendo guerras e invasiones.

Consecuencias no deseadas       

Surgen entonces los cuestionamientos: a escala mundial cada dos minutos muere una persona por causa de un accidente automovilístico. En estos momentos ese hecho constituye la décima causa de muerte en términos globales, y de mantenerse la tendencia actual, para el año 2020 con un número cada vez mayor de unidades circulando por la faz del globo, será la tercera. Técnicamente estamos ante una «epidemia» en términos de epidemiología; es, como dice la ciencia de la salud pública, una «catástrofe oculta». Siguiendo ese ritmo entonces, la prospectiva indica que en un par de décadas el 25% de los gastos mundiales en salud se dedicarán a la atención de víctimas de accidentes viales, lo cual incidiría muy negativamente en la viabilidad financiera de las políticas sanitarias en términos planetarios. Pero, curiosamente, las reacciones de los gobiernos no parecen ser las que una circunstancia así requeriría. Muy por el contrario, en vez de alarmarse por el desastre en ciernes, en el mundo sigue muy tranquila -y viento en popa- la comercialización de automóviles, cada vez más y más.

            Por otro lado, y si de catástrofes se trata -sin dudas con un grado de impacto alarmante mayor que la anterior-, tenemos la continua y acelerada degradación del medio ambiente que el modelo de consumo irresponsable generado por la industria capitalista ha generado. Es imprescindible no olvidar que entre uno de los principales agentes contaminantes están las emisiones de gases tóxicos producidas por los automóviles. Digámoslo con un ejemplo: la «Flor de las Indias», como las llamara Marco Polo cuando las vio por vez primera, es decir: las mil doscientas pequeñas islas e islotes de coral desperdigadas por el Océano Indico más conocidas como Islas Maldivas, con sus 225.000 habitantes (hoy día paraíso turístico … para quienes pueden pagar el viaje, claro), está condenada a desaparecer bajo las aguas oceánicas en un lapso no mayor de 50 años si continúa el calentamiento global de nuestro planeta -fundamentalmente debido a la sobre-emisión de gases de efecto invernadero, en especial de dióxido de carbono (CO2)- y el consecuente derretimiento de casquetes polares y glaciares con el subsiguiente aumento de la masa líquida de la superficie terrestre. Lo curioso -¿tragicómico?, ¿incomprensible?- es que los habitantes de esta región geográfica no han vertido prácticamente ni un gramo de este agente contaminante. Un poblador de las Maldivas, consumiendo 100 veces menos que un estadounidense o un europeo, y seguramente sin haberse subido nunca a un automóvil, está tanto o más afectado que ellos por un modelo de desarrollo injusto y depredador que envuelve a toda la humanidad.

La catástrofe medioambiental en curso debería hacernos reaccionar con fuerza (el cáncer de piel producido por el adelgazamiento de la capa de ozono debido al efecto invernadero creció 13 veces en los últimos 20 años); pero la fantasía de tener el automóvil propio se sigue imponiendo -o nos la siguen imponiendo-. Visto en esa perspectiva, entonces, el desarrollo al infinito de más y más automóviles, si bien abrió fantásticas posibilidades en el campo de los desplazamientos -repetimos: ¡a todos nos gusta viajar!, nadie habla de coartar ese derecho-, trajo aparejados problemas profundos que, hoy por hoy, no reciben el tratamiento adecuado.

            La industria automovilística va de la mano de la industria petrolera. Tenemos ahí dos de los más grandes factores de poder en el mundo. Levantar voces críticas contra las «catástrofes» que esa maquinaria industrial produce es enfrentarse contra poderosos gigantes dispuestos a todo para continuar sus negocios. Sabemos que buena parte de las guerras del siglo pasado y del presente se debieron al aseguramiento del petróleo por parte de unas pocas potencias capitalistas. Seguir consumiendo automóviles es alimentar la industria petrolera y todo lo que ella conlleva.

¿Qué hacer entonces? 

            La República Bolivariana de Venezuela está construyendo un nuevo modelo social: el socialismo del siglo XXI. De lo que se trata es de no repetir y superar errores del pasado. Sin dudas entre muchas de las cosas que habrá que revisar están los patrones del consumo que nos legara el modelo capitalista: consumismo irresponsable, banal, consumo no en función de llenar necesidades sino sólo por inducción publicitaria. El automóvil, sin lugar a dudas, cae bajo estos parámetros.

            En un país petrolero como Venezuela parece chiste de mal gusto preocuparse por el valor del combustible, o por su posible escasez. Pero el problema del petróleo es algo que toca a todos en todo el planeta, sin excepción, aunque a lo interno del país no se registre como tal. Por otro lado, los problemas generados por el desarrollo capitalista del automóvil como bien de consumo individual también aquí están presentes. La catástrofe medioambiental que ocasionan las emisiones de dióxido de carbono de los motores de todos los automóviles así como los accidentes que no dejan de aumentar, también son cosas que tocan a Venezuela. Por supuesto que a ello se agrega el caos vehicular de la ciudad de Caracas, verdadero infierno sin posibilidad alguna de solución engrosando cada vez más el parque vehicular y donde las perspectivas del asunto son de empeoramiento, nunca de mejora.

            En una hábil perspectiva política, y para quitarse la pesada carga de la Guerra Fría donde cualquiera era estigmatizado con el mote de «comunista» como sinónimo de lo peor, la Revolución Bolivariana trata de tomar distancia de los fantasmas con que los sectores de derecha han atacado siempre cualquier proyecto de transformación social. Hoy día, como parte de la política comunicacional del Estado revolucionario, hay una tendencia a des-satanizar el socialismo haciendo ver que el actual modelo que se construye en Venezuela, lejos de ser un gulag de trabajo forzado, permite hablar de justicia social y al mismo tiempo seguir comprando automóviles. Continuamente escuchamos, sin dudas con sorna, que «este comunismo que nos está matando… ya lleva vendidos en lo que va del año 400.000 carros nuevos».             ¿Pero eso es para festejar o debería movernos a una profunda reflexión?

            Como dijimos anteriormente: colocarse contra el desarrollo técnico puede ser retrógrado, conservador, absolutamente cuestionable. Sin embargo, con relación al curso que tomó la industria automovilística hay que abrir urgentes consideraciones: no se trata de «estar en contra» sino de ser coherentes.

Nadie en su sano juicio podría estar contra el mejoramiento de los transportes terrestres, pero sí hay que criticar severamente el modelo de automóvil individual en detrimento de los transportes colectivos que la corporación automotriz mundial ha impuesto. La historia del siglo XX nos muestra con palmaria evidencia que el fabricado anhelo de automóvil propio para todos, es una locura. Si en la ciudad de Los Ángeles, Estados Unidos, meca del consumismo capitalista (ahí está precisamente Hollywood, la principal fábrica de sueños del mundo) hay nueve millones de automóviles, es decir: uno por habitante, eso no sirve como paradigma del transporte terrestre para toda la humanidad. No sirve, por la sencilla razón que para mover esa enorme maquinaria es necesario una depredación de nuestra casa común, el planeta Tierra, de consecuencias catastróficas. El mundo en modo alguno podría resistir 6.500 millones de automóviles circulando al unísono. Colapsaría en unos tres días, así de simple.

¿No es infinitamente más racional desarrollar eficientes medios de transporte público? ¿No logra muchos mejores resultados en términos de política sanitaria, urbanística y de desarrollo sustentable en el tiempo una buena red de medios colectivos (autobuses, trenes, trenes subterráneos, trenes de alta velocidad) que un solo motor contaminante por cada persona que se debe desplazar?

Sin dudas la tendencia más sensata, más racional, armónica y equilibrada en el campo de las comunicaciones terrestres no puede tener su aliado en el automóvil individual. Por el contrario -y si de construcción socialista se trata, de nuevos paradigmas, de una nueva cultura de la solidaridad y de lo comunitario- la energía debe ir destinada a la priorización de lo público colectivo sobre lo individual en temas de interés general como son los transportes.

Producto de ya largos años de cultura «automovilística», el modelo capitalista en juego asocia «progreso» con tenencia de automóvil personal. Y cuanto más caro, más lujoso y prestigioso, mejor. ¿Podemos seguir levantando esos valores desde una ética socialista?

Producto también de largos años de cultura consumista (y por tanto locamente depredadora), en Venezuela seguimos con los viejos esquemas de «carro = éxito», «transporte público = pobretón». El furioso mercadeo de los fabricantes de automóviles de ya varias décadas nos traza el camino; el transporte público, más aún luego de los terribles años de neoliberalismo que barrieron el planeta, pasó a ser mala palabra. La constante prédica mediática se encarga de hacer el resto.

Pero acaso, ¿no puede -o no debe- el socialismo aspirar a otra cosa? ¿Estamos realmente condenados a seguir los dictados de la gran empresa capitalista o tenemos que inventar algo nuevo? ¿Vamos a seguir repitiendo eternamente que «los servicios públicos son ineficientes»? Pero acaso… ¿podemos llamar «eficiencia» el desarrollo exponencial del automóvil privado como única respuesta a la necesidad de movilidad cuando ello presenta todos los problemas mencionados? ¿Quién dijo que lo público no puede ser excelente, eficiente, hermoso, y además de todo eso: solidario? ¿Nos vamos a creer realmente que «tener carro marca nuestro nivel», o podemos dar un paso revolucionario de verdad en este sentido?