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Entrevista al escritor Santiago Alba Rico

«El socialismo tendrá que adoptar medidas preventivas contra la televisión»

Fuentes: Palabras Inversas (Maracaibo-Venezuela)

1. ¿Por qué le das tanta importancia a la mirada?  En general, cuando analizamos una relación de dominio, prestamos atención a las armas, a las instituciones y al lenguaje, olvidando que todas las jerarquías se deciden también, y se refuerzan, al nivel de la mirada. Toda relación de poder es una relación visual. En términos […]

1. ¿Por qué le das tanta importancia a la mirada?

 En general, cuando analizamos una relación de dominio, prestamos atención a las armas, a las instituciones y al lenguaje, olvidando que todas las jerarquías se deciden también, y se refuerzan, al nivel de la mirada. Toda relación de poder es una relación visual. En términos cotidianos basta pensar en las aduanas, las consultas médicas o las entrevistas de trabajo (por no hablar de las salas de tortura), donde son los flujos unilaterales de la mirada los que confirman una desigualdad radical. Salvo los enamorados, que tienen el permiso de mirarse recíprocamente y sin peligro, con absoluta desvergüenza, las relaciones entre sujetos -las de sujeción- buscan sobre todo hacer bajar los ojos a los otros. El poder, cuando no es democrático, se asegura al mismo tiempo el derecho a la invisibilidad y el derecho a penetrar con la mirada en todas partes. Y por eso, como he escrito alguna vez, el mundo puede dividirse, sí, entre hombres y mujeres, entre libres y esclavos, entre ricos y pobres, pero también, en un corte casi superpuesto, entre mirones y mirados, entre los que miran y los que están ininterrumpidamente expuestos a la mirada ajena. Y por eso he escrito también que algún día los pueblos colonizados, los pueblos empobrecidos, los pueblos invadidos, tendrán que reclamar indemnizaciones no sólo por las pérdidas materiales que se les han infligido sino también por todas las imágenes que se les han robado.

2. ¿Cuál es la consecuencia de mirar como miramos?

La mirada del poder absoluto, del poder siempre actual y soberano es hoy la del piloto de un bombardero: mira desde el aire, como Dios, y en el acto mismo de mirar borra de la faz de la tierra el objeto que está mirando. No puede dirigir la mirada sin destruir lo que mira y sólo mira para privar de existencia al objeto de su mirada. Es exactamente lo contrario que hace el amor. Pero en este sentido hay que decir que lo contrario del amor es precisamente la mercancía; el hecho de que todo aparezca ante nuestros ojos -armados ahora de dientes- como objeto de consumo o, lo que es lo mismo, de destrucción. Sólo miramos lo que nos vamos a comer y mirarlo es ya incorporarlo a nuestro sistema digestivo, a una velocidad tan vertiginosa que ni siquiera las casas o las montañas permanecen en pie más que un instante. Pero por eso mismo hay que decir que lo contrario estricto del amor es la televisión, que convierte las imágenes mismas -de todo lo existente- en puros objetos temporales despojados de consistencia: placeres solubles en la instantaneidad de su comparecencia ante nuestros ojos. Lo contrario del enamorado es el espectador: cada vez que encendemos la televisión dejamos caer una bomba sobre el mundo. Y el problema es que ahora siempre miramos desde la televisión, incluso cuando la tenemos apagada, incluso cuando estamos en la calle, lo que se traduce en eso que he llamado el «nihilismo espontáneo de la mirada» y que consiste básicamente en la actividad normalmente destructiva de una mirada que no puede mirar las cosas sin despojarlas de consistencia, que mira las cosas para despojarlas de existencia. Mirar es hoy fuente y alimento de una indiferencia radical.

3. ¡Qué bueno!, llegamos al tema TV. ¿No te parece que si la exposición de los objetos en la TV los despoja de consistencia es porque muestra -y «mira»- según la lógica del sistema político-económico en que se desarrolla?

Esta es el dilema que es vital aclarar y en Venezuela tenéis la oportunidad de resolverlo con los propios medios. Pero te diré que no creo en la neutralidad de los objetos y mucho menos, claro, de esos objetos totalitarios que llamamos «tecnológicos». No cabe duda de que las pantallas de televisión están llenas -por simplificar- de capitalismo; y que el capitalismo, en términos antropológicos, consiste en convertir todos los objetos en cosas de comer y todos los órganos, incluida la vista, en parte del aparato digestivo. Eso quiere decir que todos los objetos aparecen en el mercado -al margen de su valor de uso- como puras imágenes, pero como imágenes ofrecidas a la digestión visual y no a la contemplación narrativa. Esta lógica del mercado se cierra precisamente en la televisión, que impone sus propios ritmos y sus propios tiempos de atención. El formato tecnológico mismo, que sólo permite una concentración superficial y muy provisional, y que sólo engancha un ojo pasivo -un ojo lactante-, se ajusta muy bien a esta conversión de los objetos espaciales en objetos temporales (comestibles), cuya máxima expresión sería el spot publicitario de una marca de comida: nos comemos al mismo tiempo el yogurt y la imagen del yogurt, la hamburguesa y su marca. La televisión fue concebida para la propaganda y sólo sirve para eso; y por desgracia el capitalismo sabe hacer propaganda mucho mejor que el socialismo; de hecho ha inventado procedimientos tan vanguardistas, tan innovadores, estéticamente tan sofisticados, tan antipuritanos y rupturistas, que su formato audiovisual (el del gag o haiku visual) es en algún sentido insuperable.

4. Alguna vez dijiste que la TV era incompatible con el socialismo. ¿Mantienes tu posición?

La mantengo, al menos como hipérbole provocativa que ilumine los peligros de aceptar acríticamente el carácter neutral -y potencialmente emancipatorio- de la televisión y de la tecnología en general. Insisto en mi argumentación anterior. Hay cosas que un artefacto no nos permite hacer y hay cosas que un artefacto nos obliga a hacer. Con un martillo, por ejemplo, no podemos coser un botón; un martillo, al mismo tiempo, nos obliga a cerrar el puño, a doblar el brazo, a dirigir con precisión una determinada -ni más ni menos- cantidad de fuerza. Un martillo, en todo caso, es una herramienta, frente a la cual podemos mantener con relativa facilidad nuestra independencia. Una televisión -por no hablar de un ordenador conectado a internet- es más bien un órgano. Una televisión se impone a nuestro cuerpo como se impone nuestro riñón o nuestro hígado, y por eso la única libertad posible frente a ella va acompañada de un grado tal de violencia -el «off» de la televisión concebido como eutanasia o asesinato, incluso como suicidio- que la pantalla se nos impone también por la angustia que produce enfrentarse a ella. Esto es particularmente cierto en sociedades capitalistas donde las condiciones laborales y las penalidades cotidianas convierten la televisión en un poderoso ansiolítico: cuando todo falla, cuando todo se viene abajo, cuando se apagan las fuerzas del cuerpo y del alma, ella sigue encendida. Pero esta tiranía, no nos engañemos, forma parte de la propia tecnología y de estos formatos ya insuperables -de los que no se puede volver atrás- que imponen un ritmo de conciencia incompatible con el socialismo (que es narración, planificación, decisión, análisis). El socialismo tiene que aceptar -digamos- residuos no-socialistas, incluidos los accidentes de tráfico y la varicela. Contra la televisión, como contra los accidentes de tráfico y la varicela, tendrá que tomar medidas preventivas a partir del presupuesto de que el ser humano no es -como ahora lo imaginamos- una criatura-que-ve-la-televisión sino una criatura que se intercambia símbolos en un espacio común. Por eso, al menos cuatro medidas socialistas contra el no-socialismo televisivo se me ocurren: expropiación y socialización de todos los canales, reducción del número de pantallas en el espacio público, reducción de las horas de emisión y expulsión de los aparatos fuera del ámbito doméstico para instalarlos en salas compartidas (puede haber una en cada cuadra, por ejemplo). En cuanto al contenido, serán los ciudadanos, no los espectadores, los que lo decidan y tendrá que ver -claro- con la propaganda, la cultura y la información: mensajes institucionales (cuándo, por ejemplo, hay que vacunar a los niños), retransmisiones deportivas y musicales y buenos noticiarios. Eso es lo único que la televisión puede ofrecer y que no podemos encontrar en otra parte o de otro modo.

Tengo que estar de acuerdo en buena parte de tus medidas socialistas con respecto a la televisión. Viste, por lo menos una parte, de la programación de ViVe TV en tu último viaje a Venezuela. ¿Qué opinas sobre lo que pudiste ver?

No podría decirte que no me gustó: de alguna manera se ajusta precisamente a ese «tiempo narrativo» que vengo defendiendo en mis textos y en esta propia entrevista. O no, quizás «gustó» no es el término adecuado para definir mi reacción frente a lo que vi en ViVe-TV. No me gustó: me interesó, lo aprobé, me reconocí racionalmente en sus formatos visuales y narrativos. La cuestión es justamente esa: que si mi aprobación es «racional», el «gusto» es instintivo, irracional, capilar. Y mientras que todo en el mundo -desde los ritmos de trabajo hasta la velocidad del consumo de mercancías- construye el «gusto» por el gag visual, por las duraciones explosivas no-narrativas, una programación como la de ViVe puede experimentarse como un «parón», como una terrible violencia contra la velocidad. Hay dos cosas que el capitalismo prohibe radicalmente: el regalo y el aburrimiento. Hace unos días veía un bellísimo film de Passolini de los años 60, «Mamma Roma». Mientras contemplaba los títulos de crédito con un enorme placer, me daba cuenta de hasta qué punto hoy los directores de cine no pueden permitirse iniciar de ese modo una película: rótulos sobre fondo gris que se sucedían lentamente acompañados de una pieza barroca de Vivaldi. De algún modo, ese umbral parsimonioso tensaba un hermoso suspense abierto sobre la historia aún por comenzar. Hoy -salvo quizás Woody Allen- ningún director se atrevería a hacer eso. Las películas arrancan siempre con un gag visual que, en lugar del suspense, imprimen en el alma ya una emoción completa y vacía, una especie de sobresalto engarzado después, como en un collar, a otros sobresaltos sucesivos. El tiempo del suspense, sí, ha sido sustituido por el del sobresalto. Y es difícil volver atrás -hacia la razón y la imaginación- y lograr lo más natural, lo más decisivo: que un objeto inmóvil nos emocione, que el espectador espere algo de un objeto inmóvil. ViVe no puede luchar contra eso, pero puede ayudar a conservarlo, como en una reserva animal, para cuando la revolución haya convertido el mundo, y con él la televisión, en una cosa decente.

Me interesa mucho tu opinión crítica en la reflexión de TV, pero me gustaría que abordáramos tu experiencia personal en la realización; por un lado la de programas infantiles en la TV española. ¿Cómo se desarrolló esa experiencia?

Mi experiencia en televisión fue breve e irresponsable. Trabajé entre 1984 y 1991 como guionista de tres programas de televisión concebidos inicialmente para un público infantil y juvenil. Digo inicialmente porque mi contribución, sobre todo en «La Bola de Cristal», un espacio que todavía se recuerda hoy en España como «revolucionario», tuvo un carácter marcadamente político. Y digo «irresponsable» porque en realidad no sabía bien lo que estaba haciendo, era muy joven y todo esto ocurría en los años 80, un momento engañoso de la historia de España en el que muchos de los que hacíamos el programa -y de los que fuera trataban de hacer política- creímos poder permitirnos casi todo. Fue una ilusión generada por la victoria en 1982 del PSOE de Felipe González (íntimo amigo de vuestro Carlos Andres Pérez) y cerrada casi enseguida por la propia política del PSOE. El programa La Bola de Cristal fue un poco la cristalización fugaz de esa ilusión: allí convergió la música y la estética de ese movimiento de renovación cultural muy superficial que se llamó la «movida» (vinculado a la recuperación de la experiencia inmediata a través del sexo, las drogas y la provocación antropológica) y las últimas bocanadas de un pensamiento marxista que estaba condenado a ser devorado por el mercado y el crecimiento económico. Curiosamente, los representantes de la «movida», todos de derechas, son hoy como viejos dinosaurios superados por la historia; mientras que quiero creer que los que entonces empezábamos a ser considerados reliquias de otro mundo (izquierdistas, anti-imperialistas, marxistas) llevamos mucho mejor el paso angustioso, quebrado, del mundo actual. En todo caso, y respecto del programa mismo, incluso si no puedo decir que fuera una maravilla, tenía la frescura de todo lo que comienza (sin saber que era también el fin) y la ingenuidad provocativa de las convicciones firmes y elementales: en él se hacían dramatizaciones de El Capital de Marx, publicidad contra la publicidad, críticas de la política de la época a través de parodias de obras clásicas, anuncios contra la televisión misma, y todo ello aderezado o revestido con la música de la «movida», enormemente atractiva para los jóvenes de la época (aunque a mí me parecía atroz). La «movida» fue algo así como un excipiente -como en las píldoras- que transportaba y hacía digerible un mensaje político muy radical. Luego la movida siguió su camino y nosotros el nuestro y hoy, en efecto, la mitad de los que entonces vieron ese programa -que tenían entre 8 y 15 años- recuerdan sobre todo a los cantantes que participaban en él; la otra mitad recuerdan a la bruja Avería, el personaje del que yo me ocupaba, y su grito de «¡Viva el Mal!¡Viva el capital!». Los irresponsables niñatos que hicimos ese programa, bajo la dirección de una irresponsable cincuentona, fecundamos sin saberlo una minoría que, muchos años después, sigue siendo de izquierdas gracias también a «La Bola de Cristal». Por desgracia -y eso da la medida de los cambios operados- una irresponsabilidad como ésa es hoy imposible en España, donde la televisión pública sólo existe nominalmente, poseída literalmente por el espíritu comercial, competitivo, corruptor de las cadenas privadas, que -oh casualidad- fueron aprobadas en España el mismo año (1988) en que la dirección de Televisión Española suspendió la emisión de nuestro programa.

Vi algunos capítulos y me fascinó la bruja Avería. Para finalizar, Santiago, me gustaría que hablaras de Bagdad Rap; un poco del proceso de realización del documenta pero, fundamentalmente, de tu relación con esa experiencia concreta que los llevó a Iraq antes de que se desplegara la invasión.

A principios del año 2003, el Comité de Solidaridad con la Causa Arabe organizó un programa de apoyo al pueblo iraquí y envió sucesivas brigadas de solidaridad, semana tras semana, hasta el último momento. Yo formé parte de la última, en marzo de ese año, interrumpida por la invasión. Mientras un pequeñísimo grupo solidario permanecía en Bagdad, casi todo nuestro grupo salió del país la misma noche en que comenzaron los bombardeos. Nunca olvidaré la llegada a Amman, la capital de Jordania, a las 6 de la madrugada del día siguiente. En el pequeño hotel donde íbamos a alojarnos nos recibió una televisión encendida en cuya pantalla se veían las bellísimas imágenes apocalípticas de las primeras explosiones en directo iluminando la ciudad que acabábamos de abandonar con dolor y remordimiento. Fue una sacudida moral e intelectual. Esa ciudad no existía ya, y no porque hubieran empezado a destruirla, sino porque su comparecencia misma en la pantalla, en esas condiciones, volvía increíble su existencia. He contado alguna vez que en ese momento decidí volverme conscientemente iconófóbico; rechacé esas imágenes cautivadoras e hice una especie de voto de pobreza visual que hasta ahora he mantenido. A la vista del Bagdad bombardeado por televisión, icompatible con el Bagdad vivo, digno y hermoso que había visitado y tenía todavía en la memoria, me sentí incapaz de acomodar en mi experiencia esas dos ciudades homónimas y contradictorias; y me vino a la cabeza una frase que resumía la paradoja atroz de ese espectáculo nihilizador: «Aunque parezca que están bombardeando Bagdad, están realmente bombardeando Bagdad». Más allá de los mensajes y las manipulaciones, la sola comparecencia de ese Bagdad adornado, embellecido, poetizado por los misiles, desmentía su existencia y, por lo tanto, el dolor real que acompañaba a su destrucción. No hace falta mentir para negar: a veces basta precisamente con enseñar; no hace falta ocultar para cegarnos; a veces basta precisamente con mostrar lo que se quiere ignorar.

Bagdad-Rap surge del trabajo sobre el terreno, en los días que pasamos en Iraq, de Arturo Cisneros, quien recogió en imágenes las actividades de la brigada y los testimonios de los iraquíes en las vísperas de la invasión. Por su formación y su profesión, Cisneros concibió enseguida el proyecto de una película montada a ritmo de rap, en el que la música más beligerante y popular del momento bombease de algún modo el «tempo» de un bombardeo y el de un corazón a punto de romperse. Yo participé en ella como guionista, un poco a despecho de mis convicciones, pero enardecido por la proclamación de la victoria de Bush en mayo del año 2003 y tratando justamente de utilizar el cine contra ese efecto nihilizador de la imagen del que he hablado hace un momento. Bagdad-Rap es un testimonio, una denuncia y un panfleto. Creo que era el momento justo para emplear ese registro despreciado paradójicamente por los mismos políticos, medios periodísticos e intelectuales que, desde una aparente moderación, apoyaron y apoyan invasiones, bombardeos y campos de concentración. El principio del que partí para escribir la voz en off de la película fue el de que, en un mundo en el que la elegancia mata, el equilibrio derriba casas y el refinamiento estético produce huérfanos, sólo un panfleto podía revelar y sujetar el mundo. Cuando se tienen los medios, no hace falta elevar la voz para destruir un país; sin ellos, hay que gritar mucho para tratar de impedirlo. Pero el grito debe ajustarse también a un formato estético que no lo convierta sencillamente en una rabieta inútil. Creo que Bagdad-Rap, gracias sobre todo al montaje y a la música (dos cosas que me son no sólo ajenas sino frente a las cuales, de entrada, tenía muchas reservas) es una brillante rabieta bien dirigida políticamente a un público joven que necesitaba al mismo tiempo una explicación y una sacudida. El resultado es, en algún sentido, la inversión visual del espectáculo televisivo, el volteo estético de esas imágenes del televisor de Amman, la mañana del 17 de marzo de 2003, frente a las que tuve la sensación de que valía la pena bombardear de verdad Bagdad si ello servía para producir una real mentira : una breve satisfacción estético-digestiva cuya belleza misma -sin necesidad de mentiras ni secretos, a fuerza de mostrarlo todo- negaba la brutalidad de la invasión y el criminal horror que produjo y sigue produciendo. El verdadero desafío del anti-imperialismo hoy es el de sabotear el orden natural de las imágenes manufacturadas por el capitalismo. No estoy seguro de que Bagdad-Rap consiguiera su propósito, pero sí de que -más allá de la invasión de Iraq- ése es el verdadero tema de la película.

Muchas gracias por tu tiempo Santiago

*Veruscka Cavallaro es periodista venezolana y productora de ViVe-Televisión

Rebelión ha publicado este artículo a petición expresa de la autora, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.