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El vuelo del cisne negro

Fuentes: Rebelión

Empeñado en solapar las más profundas raíces de su crisis, sistémica y puede que terminal, el capitalismo se centra ahora en el nuevo coronavirus como principal causante de esta

Más allá del lugar que ocupan en el borrascoso espectro cosmovisivo y político de estos tiempos, diversos analistas coinciden en que la economía planetaria se adentra en el peor año desde la crisis financiera de hace poco más de un decenio. Causa de peso, que no la única, el advenimiento de un fatídico “cisne negro”. La COVID-19, como ha denominado a la enfermedad la OMS, objetiva en lo científico y evitando la sinofobia en lo social al rechazar el epíteto de “chino”, endilgado al virus por desavisados y malintencionados con el pretexto de que se asomó por primera vez en la populosa ciudad de Wuhan.

Pero vayamos por partes. Con Fernando Bayón apuntemos que cuando todo marcha según lo previsto parece que rige una clara causalidad. Sin embargo, de pronto ocurre algo inesperado hasta para las mentes más zahoríes, y, como acontecimiento impensado, genera ingentes impacto, repercusión; incluso, susto, horror. Y trueca el statu quo. He ahí uno de los “cisnes negros”. La teoría de ellos fue enunciada, en 2007, por Nassim Nicholas Taleb, quien recordó la sorpresa que provocó en el siglo XVII la aparición de este color, por una mutación genética, en los hasta entonces únicamente blancos plumíferos.

A estas alturas, no pocos afirman que la propagación de la dolencia coarta cada vez más las más acariciadas esperanzas. Entre ellos, Simon Kennedy, de la publicación digital Bloomberg. Este precisa que, pocas semanas después de que la mayoría de los especialistas pronosticase que la crisis, “liderada por China”, daría un giro rápidamente, con el padecimiento contenido, muchos reconsideraban ese optimismo, dado que numerosas fábricas del gigante asiático permanecían cerradas. La segunda potencia se halla en el colimador de multitud de observadores, los cuales le atribuyen la más abundosa cuota de responsabilidad de una hecatombe económica que se afinca en la esencia misma del régimen extendido.

Chinito paga culpa

En una preclara afirmación de que miríadas de “augures” están solapando con este coronavirus las principales e históricas fuentes del desequilibrio ¿terminal?, insurgente.org repara en una situación que, con aires de caótica, se trasluce en bajadas de las bolsas y de las agencias de turismo, en la devolución de billetes por compañías de transporte y hoteleras, en el acaparamiento de productos en los supermercados, en la suspensión de grandes eventos (conciertos, deportivos…), en el pedido de la UE de que no se entre en espanto mientras ella misma cierra fronteras –como las han clausurado los Estados Unidos–, “con la carroña” dirigiendo ese accionar, en pro de “intereses espurios” y “lista para dar una vuelta de tuerca a las masas”.

El sitio digital de izquierda acota que, más allá de la gravedad sanitaria evidente, se pone de manifiesto la vulnerabilidad de un sistema que nos “venden como dotado para ser no solo duradero sino también definitivo”. En tanto se averigua si el tema guarda relación con la conflagración bacteriológica y “las casualidades de surgir a las pocas semanas de que EE.UU. le declarase la guerra comercial a China”, los pacientes se multiplican y en “Falsimedia todo adquiere un tono morboso y apocalíptico que tanta audiencia (con publicidad pasando por caja) atrae. Puede que a la vuelta de la esquina nos encontremos con otro golpe a las economías de los trabajadores; esta vez dirán aquello de que no hay culpables, que qué le vamos a hacer, es culpa del coronavirus”.

¿Mera suspicacia de Insurgente? No, en su momento creímos  percibir una suerte de regodeo, de regusto placentero anidando en los reportes occidentales acerca de que las industrias de aquellos pagos orientales recibieron un golpe devastador en febrero, “ya que la epidemia de coronavirus desencadenó la mayor contracción de la historia. El Índice de Directivos de Compras (PMI) del sector manufacturero elaborado por Caixin/Markit cayó a 40,3 puntos” el citado mes, “el nivel más bajo desde que comenzó a elaborarse la encuesta, en 2004, experimentando una acusada caída desde la lectura de 51,1 puntos de enero, situándose además por debajo de la marca de 50 puntos que separa el crecimiento de la contracción. Cifra muy inferior a la previsión de los economistas consultados en una encuesta de Reuters, que apuntaba a 45,7, y fue también peor que en el período más oscuro de la crisis financiera de 2008-2009, lo que subraya los efectos paralizantes del virus en todo el país, donde las autoridades han impuesto duras restricciones a los viajes y medidas de salud pública para contener el brote”.

Por cierto, medidas puestas en picota pública por una prensa renuente a dejar de arremeter contra una supuestamente incorrecta actuación de Beijing en la contención de la COVID-19, mientras la OMS ha aplaudido su accionar al efecto.

Empero, las oreadas dudas de la pujanza china no son inéditas. Desde hace tiempo, los heraldos del capitalismo insisten en la ralentización de la progresión del producto interno bruto, 6,3 por ciento en 2019 –el menor desde 1992–. Los agoreros olvidan –o fingen olvidar– que el objetivo oficial era exactamente una franja que oscilara entre el seis y el 6,5 por cientos. ¿Por qué? Lo comprendemos siguiendo a Xulio Ríos, en Rebelión. Si bien la economía juzgada (y la mundial) atraviesa un lapso delicado, el dato de su PIB, que se inscribe en una “nueva normalidad”, debe resultar contextualizado en el proceso de transición hacia el nuevo modelo de desarrollo. Otros pormenores revelan el acomodo estructural que a ojos vista gana terreno: “El consumo contribuyó al crecimiento en un 60,1 por ciento; la producción industrial creció un 6,5 por ciento; la inflación fue del 2,2 por ciento; la tasa de desempleo urbano ascendió al 5,1 por ciento; las ventas minoristas aumentaron un 9,8 por ciento; las ventas de automóviles crecieron un 17,2 por ciento; y los ingresos disponibles per cápita aumentaron nominalmente un 8,8 por ciento. Cabe señalar que por primera vez en la historia de la reforma china el plan quinquenal en curso contempla no solo el objetivo de duplicar en 2020 el valor del PIB con respecto a 2010 sino también el ingreso per cápita. La incorporación de los factores tecnológicos y ambientales al proceso productivo también mejora de forma ostensible”.

Esos detalles muestran que, a pesar de los riesgos, la dirección del extenso y poblado territorio dispone todavía de un considerable margen para defender y alcanzar los objetivos del año, y las estrategias acordadas “funcionan en términos generales, en especial la mejora del trato fiscal a las personas y las empresas, reduciendo la carga en este sentido para soslayar el efecto de la presión externa. Es por ello comprensible que la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma descartara recurrir a estímulos económicos masivos. El primer ministro Li Keqiang reconoció en un simposio sobre la situación económica celebrado recientemente que la presión a la baja está aumentando debido a una débil recuperación económica global, la desaceleración del comercio y la inversión, un proteccionismo creciente y otros contratiempos. No obstante, también aseveró que China seguirá implementando una política fiscal proactiva, una política monetaria prudente y situando el empleo como la política prioritaria. Es la clave […] de la estabilidad general”.

Coincidamos con Ríos en que, si el traído y llevado 6,3 por ciento de despegue representa el más lento en tres espectaculares décadas, en buen grado debe imputarse a adversidades exógenas y prefabricadas allende los mares, especialmente en el imperio decadente que anhela conservar su sitial hegemónico. Sin discusión, verbigracia, la contracción de las exportaciones ha influido en lo que algunos califican de “brusco freno”, imposible de no conectar  con el “impacto de las tensiones comerciales con EE.UU.”. Sin embargo, “cabe señalar que el superávit comercial de China con EE.UU. en el primer semestre [de 2019] aumentó un cinco por ciento, en un contexto de reducción del intercambio comercial del 14,2 por ciento, por las barreras arancelarias. El déficit de EE.UU. con China es hoy un 30 por ciento mayor del existente en 2017, año de la investidura de Trump. Y hay también ‘planificación’ en estas bajas cifras de crecimiento, pues de lo que se trata es de mantener el rango en torno al 6 por ciento pero priorizando el desarrollo de alta calidad, clave del nuevo modelo económico que debe pasar página de la ’fábrica del mundo”. Conseguirlo con este margen en tan complejo escenario internacional demuestra la enorme resiliencia de la economía china”.

Resiliencia que se trasunta, pongamos por caso, en el ensanchamiento de las finanzas en 2019. Prensa Latina subraya éxitos  tales como el abultado mercado, los cuantiosos recursos humanos, el grupo (parque) industrial completo y “nuevos motores que prosperan y garantizan capacidad de resistencia a la segunda potencia mundial”. En el período, remarca la agencia, “el comercio exterior del país asiático creció un 4,1 por ciento interanual, hasta totalizar 12,2 billones de yuanes (cerca de dos billones de dólares). Mientras, las exportaciones chinas también crecieron un 6,1 por ciento interanual, hasta los 6,5 billones de yuanes (aproximadamente un billón de dólares). Entre enero y junio, aumentó el intercambio comercial del gigante asiático con los países adheridos a la iniciativa de la Franja y la Ruta de la Seda, con la Unión Europea, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, entre otros bloques”.

Para más reconcomio de sus contrincantes, “durante la etapa, también creció un 10, 2 por ciento interanual la inversión en fabricación de alta tecnología y en proyectos de innovación, concebidos como uno de los elementos distintivos de la China actual y una de las principales fuerzas impulsoras para el desarrollo. Tras un 2018 cuando el PIB solo tuvo una expansión de 6,6 por ciento, el índice más discreto de los últimos 28 años, China adoptó medidas como un amplio recorte de impuestos y el incremento de ingresos en todas las regiones del país en aras de aumentar la capacidad de consumo doméstico, identificado como un motor importante de crecimiento”. Luego, “se rebajó a entre 6,0 a 6,5 la previsión de crecimiento, aunque las autoridades proyectan que la curva continuará estable y en un rango razonable porque se espera un repunte masivo en el consumo, la rama tecnológica y las innovaciones”.

Sí pero, ¿y el coronavirus?

Como remarca Eduardo Andrade Bone en Rebelión, lo cierto es que, a pesar de toda la satanización, la economía de China se mantiene en calidad de una de las más prósperas a escala global, al punto de que varios medios llegan a conceptuarla como la primera. No obstante, pasaríamos de ilusos si apostáramos todo a que saldrá sin considerables daños del “cisne negro”. En febrero la industria manufacturera cayó a su nivel más bajo desde 2005, de resultas de las providencias de Beijing en aras de contener la propagación, pues las restricciones de viaje y otras para conjurar la epidemia han sofocado las cadenas de suministros y paralizado una porción importante de la producción y del sector terciario, de acuerdo con BBC Mundo.

Ahora, para más de uno el principal rival del imperio concita otros sobresaltos, tal plantea Xin Jiyan en artículo aparecido en telesurtv.net. ¿Objetos del pavor? Primordialmente, el sentido de unidad exhibido por China y el espíritu que allí ha brotado ante la epidemia. “Paradójicamente”, el “posible” colapso de la economía del estado asiático, importante para el orbe como un todo. Rememoremos que la “ciclópea fábrica” se ha trocado en el más significativo socio comercial de más de 120 países. Ha sido el fundamental contribuyente al auge recobrado tras el cataclismo financiero de 2008, cuyas repercusiones aún alientan por doquier. Se constituye en vaticinio generalizado, además, que integrará el más descomunal mercado de consumo en un futuro a tiro de piedra. Que se abisme ese “monstruo” devendría un desastre ecuménico. De otro lado, figura la pavura ante los perjuicios que pueda sufrir la “malhadada” globalización neoliberal.

Tal se temía, el nuevo coronavirus ha desembocado en una pandemia. “Como argumentó un análisis reciente de Voice of America, el reto que está enfrentando China podría provocar caos en el transporte y la producción económica mundiales, así como en la vida diaria”. Sombríos pronósticos que se están cumpliendo.

Entretanto, estudiosos proclaman que si la impronta geopolítica de Beijing se reduce, habrá compartidas consecuencias indeseadas. El proteccionismo, el aislacionismo y la unipolaridad podrían abocar a la humanidad a un paraje desconocido y muy peligroso. Asimismo, espeluzna a algunos la ostentada habilidad para la movilidad social. Construir un hospital en diez días, asegurar una ciudad con más de 10 millones de habitantes, mantener a 1 400 millones de personas en casa bajo cuarentena… se erigen en signos de eficiencia y autodisciplina que sobrepasan el entendimiento y la práctica occidentales.

Y claro que lo que resumimos aquí no supone la ineluctabilidad del ascenso del PIB y del desarrollo de aquel territorio. Enseñando nuestro ángulo más cursi, afirmemos que nada está escrito en la vida. Lo que sí distinguimos como innegable es que alabarderos y nuncios de la formación económico-social explayada se ocupan en cubrir con el manto “propicio” del coronavirus las raíces más profundas de una recesión que se vislumbra pronta, un eslabón más en el largo rosario de calamidades inherentes a la crisis sistémica del capitalismo.

Verdades como un puño

Siquiera a salto de mata, rememoremos con Yago Álvarez (El Salto) que el endeudamiento público y el privado del planeta están progresando más que las riquezas materiales. Y la tendencia al alza se dispara. Para el cierre de 2018 el débito fue de 247 billones de dólares, lo que apunta a una ampliación de ocho billones. “Ni en los años de expansión de la burbuja financiera y bonanza económica ha crecido ocho billones de dólares. En 2018, la economía mundial creció cerca de cinco billones”.

No en vano la OMC ha debido reducir nuevamente sus predicciones de “florecimiento” del intercambio de mercancías, por ejemplo, si bien se ha abstenido de alertar de que nos encontramos a las puertas de una nueva debacle. Sin prodigarnos en guarismos, apostillemos que antes del coronavirus la entidad atribuía la caída y el augurado anémico 2,7 por ciento del ritmo del PIB en 2020 a la escalada de tensiones entre Washington y Beijing, a un Brexit duro; asimismo, a los cambios de políticas monetarias en las naciones industrializadas… Lo humano y lo divino, sí, solo que, al decir de Eduardo Camín (CLAE), el capitalismo espejea por su ausencia en el debate: “Aquí la culpa parece ser de países, pueblos, la gente, el comercio [hoy la COVID-19], pero que a nadie se le ocurra decir que estamos en un sistema económico que es proclive a que las cosas funcionen así”. Se trata de que el “populacho” olvide o pase por alto que la globalización es un proceso de concentración y centralización del capital en la fase monopolista, donde medra la más aguda desigualdad. Y que deviene histórico-concreta, finita, por tanto superable.

Siempre habrá que encontrar un chivo expiatorio. Y helo ahí. Para más de uno, el gigante asiático ha cometido el pecado nefando de convertirse en destacadísimo actor geopolítico sin recurrir a las armas. ¿Entonces? A amenazarlo. Cercarlo. Desacreditarlo. En fin, hacer a un lado el hontanar de la crisis… apelando al “coronavirus chino”, por supuesto.

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