Recomiendo:
0

Una reseña de la obra Teatral del Director argentino Damian Ciampechini

«Embovedados», encerrados en nuestro propio destino

Fuentes: Rebelión

El Teatro siempre fue el lugar común de la disipación y el ocio, y del escape de la realidad por la ventanita de las tablas que inventan un mundo paralelo que como líneas asíntotas perviven a la par de la vida cotidiana, de esa de ritos y comportamientos repetidos, que nos conectan y nos hacen […]

El Teatro siempre fue el lugar común de la disipación y el ocio, y del escape de la realidad por la ventanita de las tablas que inventan un mundo paralelo que como líneas asíntotas perviven a la par de la vida cotidiana, de esa de ritos y comportamientos repetidos, que nos conectan y nos hacen discurrir en la corriente de la fuerza gravitacional del pathos singular y colectivo, y ésta que se sigue reproduciendo en los personajes de máscaras que muestran su verdadero yo o un cumulo de subjetividades, que solo conocemos por dolos y actos exteriores o por silencios u omisiones, y continúa siendo la verdadera realidad del mundo, solo que esta vez más desenfadada y sin inhibiciones, porque el arte tiene la fiel costumbre de cargar con todos los vicios, con toda clase de laxitudes y sacar a relucir todos las introspecciones que guindan como complejos al portador en el hilo profuso del alma de los desesperados.

Toda arte es deseo de expresarse, pero las grandes artes, las que precisan de mayores inversiones fueron creación monárquica y burguesa que permitió en los primeros momentos de la historia consciente lisonjear a las familias reales y recrear los maravillosos parajes de los mundos imaginarios creados por las divinidades que construyeron mundos perfectos, que en la realidad eran cargados en las espaldas de los excluidos. Mucho circo y poco pan. Sin embargo, la reivindicación se iba producir bajo ese formato, y las producciones independientes descorrerían el velo de las mentiras montadas y portarían la llave para descifrar tantas falsedades que se han patentado a lo largo de la historia.

Fue un verdadero milagro ver la obra Embovedados. Encontré, quiero decir, un paralelismo con la obra de Jean Paul Sartre, «A Puerta Cerrada», pero esta obra teatral del filósofo francés es una parodia de la vida misma que existencialmente nos lanza a un lugar del cual es difícil escapar, y el que nos enfrenta a miles y miles de encrucijadas morales, las que terminan con las respuestas de los personajes que no tienen otra alternativa más que el compromiso y la solidaridad con los demás, y el abrir la puerta es el ejercicio de la discrecionalidad.

Embovedados sigue otro camino, y es el de la sobrevivencia y el amor por la vida que se agota segundo a segundo, minuto a minuto, y la conciencia de que las agujías del reloj marcarán de forma efectiva, cuál va ser la hora en que el destino nos despachará del mundo de los vivos. Esta desesperación de estos dos personajes que se ven atrapados en una bóveda de un banco cualquiera, impermeable y con oxígeno limitado, nos ofrece el drama de dos personas condenadas a un patíbulo sin fusilamientos, a una muerte sin sentido alguno, a un atracar en el puerto de los recuerdos para conferir alguna razón a los frugales pasos de la existencia humana, y sobre todo, a un adiós sin interlocutores que nos den palmaditas de conmiseración y nos acompañen en esa soledad absoluta de la intrascendencia del partir sin sentido alguno.

Embovedados obra genial de este joven Director argentino Damián Ciampechini, nos termina persuadiendo sobre el profundo valor de la vida humana, y en una metáfora que nace espontáneamente en las tramoyas propias de la esencia de la obra, los dos personajes se ven ante el fasto, ante ese oro que vale por su propia esencia al margen del valor de los mercados mundiales, con ese amontonar de dinero y riquezas que nada resuelven adentro, aunque afuera mueven las motivaciones de quienes le roban al país, en limitadas porciones proporciona el pan de cada día a los pobres, y hace que una minoría de los acomodados pierdan sus vidas en pos de tener más y más para coleccionar los esfuerzos y tenerlos seguros en una bóveda, donde dos vidas se enterarán en el paroxismo de sus agonizantes existencias, cuan vano es el tener y almacenar en graneros, frente al milagro de existir y sacarle y exprimirle el jugo a los momentos que no se repetirán.

Embovedados saca a relucir los más íntimos secretos que no confesamos ni al sacerdote, pero que dichos tienen la magia de librarnos aunque sea por esos segundos de redención, de ese yo que nos hemos rehusado en aceptar a lo largo de nuestras vidas, no obstante, ante el espectáculo infalible de la muerte, el otro constituye el testigo-mundo que nos dará la absolución total y nos reconciliará con nosotros mismos antes que la muerte impúdica toque la débil sensibilidad de ese aire enrarecido que nos deja sin aliento, y sin un corazón de acero que pueda resistir a lo certero de los elementos bioquímicos.

La vida por otra parte se parece a embovedados, lo único diferente es que en la vida normal ese aire lo vamos perdiendo poco a poco con nuestras enfermedades y con el paso implacable de los años, pero en embovedados, la conciencia de ese misterio que solo era dable conferirle explicación a la divinidad, hoy nos aterra con su precisión temporal y con su hora exacta que no ofrece ninguna clase de alternativa ni el toque de una campana salvadora. El tiempo es la categoría de Bergson porque, aunque discurra de forma objetiva en varios mundos paralelos, la subjetividad ante la inminencia del misterio de la muerte hace que este corra más de lo habitual y sea un atleta desesperado por dejarnos sin una pizca de aliento y estupor.

Embovedados es la tragedia de la vida cotidiana que la civilización actual se niega aceptar como destino común de millones de seres humanos que tienen las horas contadas en un mundo que solo les ofrece exclusión, marginación y segregación social, en un mundo creado a imagen y semejanza de los que mandan y si se equivocan vuelven a equivocarse, de ese mundo de placares y de instalaciones modernas y deslumbrantes que ofrecen el espectáculo de granito y cemento que sobrevivirá al paso del tiempo, pero no se inmuta ante el destino de estos seres que para vivir una vida digna solo precisan una oportunidad digna enmedio del escenario cruel de la abundancia oprobiosa y el despilfarro ignominioso de dinero que se almacena para generar intereses y porcentajes que nada dicen más que figurar en bolsas de valores y en fluctuaciones al alza de índices, porque eso es embovedados estar rodeado de tanta riqueza y de tanta opulencia, pero no poder hacer nada, no poder comprar para comer y sobrevivir, porque los pocos que manipulan hasta la producción de alimentos tienen la llave no solo para abrir las cajas fuertes donde descansan ufanas las plusvalías y los dividendos de los sudores obreros y campesinos, sino que también tienen la llave para abrir la puerta de las oportunidades, pero no les importa el destino de millones de seres humanos porque Malthus en su lógica de sobrepoblaciones tenía razón, pues sobrarán los brazos caídos de los trabajadores y porque este mundo según su perspectiva particular es el espacio privilegiado para unos pocos que se bastarán a sí mismos dentro de muy poco tiempo con máquinas que no cobrarán ni salarios ni derechos laborales, y no inquietarán con pesadillas de revoluciones sociales inminentes, de usurpación de bienes y de sistemas políticos y económicos los sueños confortables de los acomodados.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.