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En torno a las movilizaciones sobre pensiones

Fuentes: Rebelión

Cada día que pasa observamos una campaña mediática orquestada los poderes políticos de los países del Occidente rico o avanzado destinada a que la mayoría de la ciudadanía acepte la necesidad de toda clase de sacrificios para superar la profunda crisis recesiva en la que estamos sumidos. La incisiva y feliz idea de Chomsky sobre […]

Cada día que pasa observamos una campaña mediática orquestada los poderes políticos de los países del Occidente rico o avanzado destinada a que la mayoría de la ciudadanía acepte la necesidad de toda clase de sacrificios para superar la profunda crisis recesiva en la que estamos sumidos. La incisiva y feliz idea de Chomsky sobre los mecanismos de la «fabricación del consentimiento» encuentra en este momento un ejemplo eximio. El último ataque de los «histéricos halcones» de los crecientes déficits públicos (en frase de Krugman y otros) consiste en un feroz ataque a los sistemas de pensiones logrados bajo el periodo de los «treinta gloriosos» en los que se aceptaba la necesidad de impulsar un Estado de Bienestar. Simplificando al extremo se pretende que el grueso de la ciudadanía acepte pagar el bárbaro sacrificio humano impuesto por los modernos sacerdotes de un culto inhumano y bárbaro, exigente de víctimas inocentes, para aplacar los errores, desajustes y estafas realizadas por un sistema capitalista internacional en el que apenas habían tomado parte.

Afortunadamente una parte importante de la ciudadanía en Europa no ha tragado las falsas y voluntariamente mendaces ruedas de molino constantemente ofrecidas desde el poder socio-político de la derecha hoy imperante, y asistimos a un amplio movimiento de impugnación, particularmente dinámico en Grecia, Francia y España, perfilándose ya un inicio de reacción defensiva en el R.U. más activo por ahora en una acción teórica, desde los economistas independientes que en movimientos masivos de rechazo como viene ocurriendo en los países latinos. Como para muestra basta un botón recordemos que Johann Hari afirmaba el 21 en el «Independent» que Osborne (el nuevo Premier conservador): » estaba dispuesto a conducir a que su país se convirtiera en más cruel, y más frío, sin beneficio alguno»; y eso sucedía porque se jugaba su futuro bajo los presupuestos de una teoría extremista (neoliberal) que ha fracasado por doquier ha sido aplicada Los nietos ideológicos de la hoy enferma pero triunfante política Margaret Thatcher han extremado sus brutales políticas. De la carta que esta última envió a Freeman reconociendo el fracaso de sus teorías monetarista ya solo nos recordamos algunos economistas «radicales». La nota de Hari viene refrendada por el muy oficial Instituto Británico para los Estudios Fiscales que calcula que si el programa de Cameron se aplicase ello conduciría a una «tendencia regresiva» en la que los ingresos del 30% de los ciudadanos con las menores rentas llegarían a sufrir una disminución en sus ingresos medios del 6 por cien mientras que el 10 por ciento de mayores ingresos experimentaría una merma de solo 3 por ciento. Sus colegas estadounidenses han bautizado estas medidas como: Una sobredosis de austeridad (New York Times 23 del presente mes) En Estados Unidos ocurre algo parecido bajo la débil política de Obama. Hace escaso tiempo la profesora Heidi Hartman nos recordaba que el dedicar más recursos a la atención sanitaria y a mejores pensiones es esencial para reducir la pobreza y los riesgos que pesan sobre los ciudadanos. Coincidiendo con muchas de las medidas propugnadas por Krugman, que dista mucho de ser radical, escribe que: La causa de la histeria negativa que rodea cualquier propuesta de captación de recursos para la provisión de las necesidades colectivas es en realidad una fobia hacia toda captación de impuestos conscientemente alimentada durante décadas por la derecha política, unida a su esfuerzo , cínico y generosamente financiado, para hacer cundir el miedo al peligro de una supuesta amenaza sobre la viabilidad de unos recursos destinados al bienestar social.

En nuestra vieja Europa este tipo de falso razonamiento se ha generalizado y actualmente la vanguardia de la lucha social, principalmente defensiva, se centra en evitar, y si es posible desactivar los «tres torpedos de largo alcance» lanzados por la globalizada burguesía internacional, de los que nos hablan nuestro colega Haribey y sus colegas de ATTAC y COPERNIC, tanto en Francia como en España. Esto torpedos son, primero el de convencernos de que por causas demográficas y para no agravar el déficit enorme y amenazador fiscal, es necesario aumentar la edad legal de límite para la jubilación o el retiro. Como complemento del primer torpedo se impulsa el segundo que consiste en la agravación de las clausulas que fijan el tiempo de contratación necesario para tener ese derecho. Finalmente se trata de substituir un sistema de pensiones basado en un reparto social solidario con uno individual (e individualista) sustentado en la capitalización de un ahorro individual. Tanto nuestros colegas V. Navarro, en un breve y brillante artículo accesible en su blog y publicado en «El Plural» (del 11-10-2010) , como J. Torres López en el panfleto difundido por ATTAC- España sobre este tema, han rebatido y destrozado dialécticamente los errores contenidos en la política de Gobierno de España (que se defina a sí mismo como de izquierda) y los promovidos en el manifiesto liberal sobre las pensiones promovido por los mediáticamente subsidiados «Cien Economistas». Es descorazonador hacer recordar, en este contexto, la declaración del entonces ministro Corbacho manifestándose, como un buen neoliberal, favorable a un sistema complementario (¿hasta donde?) de capitalización. Manifieste su opinión, nuevo ministro.

Concuerdo totalmente con aquellos economistas críticos y solo me resta instar a todos los que se interesan por esta fundamental lucha social a que los lean para afirmar sus convicciones y armarse contra la máscara ideológica que los sustenta y ellos atacan. Solo me resta una pequeña objeción y esta consiste en que la construcción ideológica de la derecha mundial no se sustenta en errores o en escasos conocimientos (como a veces parecen creer Krugman, Navarro o Torres) si no en un desnudo y cínico interés de clase que, como sustenta Haribey trata de modificar el balance social entre clases a favor del capital. Tanto en Lisboa, como en Niza y en Barcelona se ha librado y acentuado esta batalla contra los trabajadores. Como dice Ismael Hossein-Zaded (Counter Punch, July 2010) no nos dejemos engañar, no confundamos esta orquestada declaración de guerra de clases contra el pueblo, con lo que muchos progresistas economistas keynesianos y economistas de izquierda llaman política equivocada o «mala»; y prosigue diciendo que mientras es cierto que estas medidas de una derecha digna de Hoover provocarán una agravación de la recesión mundial ello no corresponde a una equivocada opción si no a una opción estratégica para doblegar a la clase trabajadora.

No quisiera finalmente desaprovechar esta oportunidad para subrayar ciertos aspectos ideológicos y valorativos que no aparecen explícitamente en esta discusión sobre justicia, distribución de la riqueza social o aparecen velados por una discurso confuso. El primer elemento viene dado por el intento desde los diferentes vectores del poder social para lograr la desregulación de los derechos sociales y su substitución por una visión en extremo individualista. Nadie ha expresado esta posición tan claramente como Thatcher cuando afirmaba que: La sociedad no existe o lo que es equivalente solo existen los individuos. Hace tiempo nos decía Karl Marx (cito de memoria) que el hombre es el ser humano y el mundo del hombre. Hoy Haribey nos recuerda, contra Thatcher, que las relaciones sociales informan la base constitutiva de las personas y por tanto de sus derechos sociales. El desplazamiento de un sistema de pensiones basado en un reparto solidario hacia un sistema de ahorro-capitalización corresponde claramente a ese extremismo valorativo de un individualismo basado en el mercado, la competencia y un esfuerzo personal, no dictado o influenciado por las condiciones sociales e independiente de estas.

Uno de los falsos atractivos de cierta pedestre filosofía neoliberal para consumo de un ignaro e irresponsable «buen pueblo» es el presentarse ante este bajo el palio sagrado de la modernidad y de un posible futuro más abierto que el fin de la historia, propuesto por Fukuyama. Un claro ejemplo de esto es contraponer el Estado de Bienestar (que se desea destruir) o de «Welfare) por un Estado dinámico y moderno un Estado activo, basado en la incorporación de sus miembros, como socios, en una tarea trascendente o «Workfare Estate». El estado de bienestar induce las actitudes pasivas de los ciudadanos y los acostumbra a una especie de biberón drogado asistencial. La inactividad debe de ser erradicada como un mal ontológico. Frente a este decadente y arcaico Estado se alza uno activo, incitador al trabajo, consciente individualmente, que asume el inevitable riesgo de la existencia con valor y coraje , justamente premiados por una sociedad dinámica. Cuando se produce algún desajuste el Estado velará por la adaptación del individuo a las nuevas circunstancias (del hipostasiado mercado) favoreciendo su «empleabilidad», su utilidad como instrumento de trabajo favoreciendo su productividad que hace disminuir su costo como factor de producción y acumulación, ultima «ratio» de la existencia. Naturalmente no se habla de las ventajas que puede tener el disponer de un amplio «ejército de reserva» o paro masivo. Los promovidos conceptos y valores como el de «capital humano» o de «economía del conocimiento» manejados por ciertos filósofos sociales y políticos y que cierta falsa izquierda utiliza frívolamente están íntimamente emparentados con esa ideología. Para estos ideólogos el concepto de solidaridad les resulta totalmente ajeno y se substituye frecuentemente por el anticristiano concepto de «caridad compasiva». No es ocioso que recordemos frecuentemente la distinción marxista entre valores de uso y valores de cambio. Al valor de uso corresponde una actividad de cada individuo, enriquecedora por su libre trabajo y al derecho no a la inactividad, horizonte de los neoliberales, si no al descanso y a un ocio creativo. Al valor de cambio corresponde someterse a los dictados de un mercado exógeno extra-humano. Hoy vivimos en un contexto social en el que la vieja distinción tradicional, aristotélica entre la ecomía del «oikos» o la recta administración de la producción social ( de las cosas diría Marx) y la crematística o el desenfrenado auge del afán de dinero para mejor dominar a las personas ha llegado a un punto paroxístico. Recomendemos pues a nuestros sufridos lectores la lectura del genial libro de Paul Lafargue: El derecho a la pereza. El suegro de su autor se mostró muy crítico con este texto ya que estimaba estaba excesivamente influenciado por ideas anarquistas. Por cierto que el suegro de Lafargue era Karl Marx.