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Entrecomillando

Fuentes: Gara

Me pasa que a las grandes palabras les tengo que poner comillas y, a diferencia de quienes se llenan la boca con, por ejemplo, el concepto democracia sin que sufran empacho, yo me quedo famélico. Si escribo democracia, la tengo que entrecomillar, vean: «democracia». Y ello, por supuesto, porque no creo que en el Reino […]

Me pasa que a las grandes palabras les tengo que poner comillas y, a diferencia de quienes se llenan la boca con, por ejemplo, el concepto democracia sin que sufran empacho, yo me quedo famélico. Si escribo democracia, la tengo que entrecomillar, vean: «democracia». Y ello, por supuesto, porque no creo que en el Reino de España exista una democracia a no ser que seamos nominalistas y creamos en la magia de las palabras, es decir, que con sólo nombrarlas o enumerar una serie de libertades formales ya cobran vida y adquieren consistencia. Una suerte de fiat lux y, oye, milagro, la luz se hizo, qué cosa.

Decía el cronopio Julio Cortázar que las palabras pueden llegar a cansarse y a enfermarse, como los hombres y los caballos. Hay palabras que, a fuerza de ser repetidas y muchas veces mal empleadas, terminan por agotarse. Palabras-cumbre, como libertad, dignidad, derechos humanos, pueblo, justicia o democracia se ven atacadas por este virus que a mí me obliga, según quien las pronuncie, a entrecomillarlas para protegerlas. Digo libertad, digo democracia y, súbito, si no les pongo comillas siento que las pronuncio maquinalmente y, lo que es peor, quienes me escuchan corren el riesgo involuntario de asimilarlas como un estereotipo, como un cliché vacío de contenido. No es ya que padezcan desgaste o erosión, sino que, en efecto, los cuatreros de plusvalía y sus lacayos y coimas nos hurtan hasta las bizarras palabras y su significado. Y ello con glotonería. Ni las ningunean ni son anoréxicos con las nobles palabras; al revés, las expectoran a cada rato así no más les pidas la hora. Al monopolio de la violencia le agregan el monopolio del verbo y hasta del logos.

Mostraré ahora otra impostura. Me valdré de Antonio García Trevijano, quien sostiene que la deslealtad ha sido el motor y paradigma de la llamada Transición española. Empezando por el Rey, que fue desleal primero a su padre y luego a los principios del Movimiento que juró. Lo fue Adolfo Suárez a la Falange. Fraga a su credo franquista. Felipe González a los postulados socialistas. Y Carrillo al ideario comunista. A los intelectuales y artistas no los toquemos, que están inspirándose. Como puede verse, todo un rosario de traiciones. A cambio del medro y la posición, por descontado. Como decían los milicos argentinos, nosotros somos «derechos» y «humanos». Con este personal nos jugamos los cuartos. En estas manos estamos. En la inversión de valores que no es precisamente la transvaloración de Nietzsche. En el posmodernismo fraseológico huero de fonética y ahíto de fonología. Pura halitosis. Quienes todavía se mantienen en pie y no de rodillas son los proscritos que aún creen en las grandes palabras y les restituyen su auténtico significado. Algo más que un metarrelato.