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Es el capitalismo, imbécil

Fuentes: Rebelión

«Agrupémonos todos en la lucha final y se alcen los pueblos por la Internacional» (1)   El mundo arde. Mejor dicho, el mundo capitalista arde. Allí donde el pérfido sistema que entroniza los intereses de los ricos, poderosos, explotadores del planeta se ha instalado, el mundo arde. Y se ha afincado en todo el orbe, […]

«Agrupémonos todos

en la lucha final

y se alcen los pueblos

por la Internacional» (1)

 

El mundo arde. Mejor dicho, el mundo capitalista arde. Allí donde el pérfido sistema que entroniza los intereses de los ricos, poderosos, explotadores del planeta se ha instalado, el mundo arde. Y se ha afincado en todo el orbe, pues el capitalismo rige y condiciona todas las relaciones humanas de la civilización.

Arde Ecuador, presidido por un mercenario traidor a su pueblo como Moreno (me cuesta llamarlo Lenin), un cipayo arrastrado a los designios del Imperio, el FMI y el sistema financiero globalizado.

Arde Chile, el ejemplo del Imperialismo y las derechas cipayas latinoamericanas, el chiche y modelo de los explotadores que hablan del desarrollo y barren la desigualdad, la pobreza y la explotación bajo la alfombra.

Arde Argentina, donde un pueblo no soporta más las políticas explícitas del neoliberalismo, que es la verdadera cara del capitalismo, la cara en la cual confluyen todas las expresiones que quieran humanizarlo. Las masas empobrecidas están en las calles clamando por una vida mejor, y si no ha estallado una rebelión es por el accionar cómplice de las direcciones del campo popular que se autoproclaman «opositores» al gobierno del corrupto mafioso Mauricio Macri, pero no al sistema que lo ha enriquecido, a él y a toda su clase.

Arde Brasil, conducido por un mamarracho fascista. Arde Perú, donde todas las sucesiones presidenciales están manchadas por la corrupción y la explotación de su pueblo y el saqueo de sus riquezas. Arde Colombia aunque lo callen. Arde Haití, esquilmado desde hace decenios por las garras imperiales. Arde Honduras, arde Costa Rica. Una llama ardiente recorre Nuestramérica.

Arde Medio Oriente, plagado de países creados por el imperialismo europeo a contramano de las naciones pre-existentes y saqueado por Europa y los yanquis fundamentalmente, los que han sumido en guerras genocidas y desastre humanitario a toda la región.

Pero las tensiones sociales no se quedan encapsuladas en el mundo subdesarrollado. También arden las sociedades donde el capitalismo alcanzó mayor desarrollo.

Arde Francia con sus chalecos amarillos como estandarte, desperdigándose por toda Europa. Arde Cataluña independentista, arde Londres contra el Brexit.

Arde Hong Kong en su integración a China.

El Capitalismo genera crisis globalmente, y en lugar de hacer más fácil y digna la vida de las mayorías populares, las asfixia hasta hacerlas estallar.

La crisis se agudiza, y no puede ser de otra manera en un mundo donde 10 familias reúnen la misma riqueza que la mitad de la población mundial

¿¿Quién puede aceptar semejante oprobio??

¿Quién puede decir que el mundo es justo?

Nadie en su sano juicio, nadie que porte dignamente la condición de humano.

La burguesía ha sabido construir, acorde a sus intereses, una maraña de mentiras y engaños, conceptos tergiversados a partir de palabras o frases con un profundo significado para las masas. Y con ello, camuflar sus mentiras con aires de verdad, mantener las expectativas de dignificar la existencia y así cautivarlas y mantenerlas dóciles. De esta forma, se apropiaron de la palabra «democracia», al tiempo que las instituciones de los Estados capitalistas le guardan los privilegios a los explotadores, empresarios (de la producción, el servicio y fundamentalmente las finanzas), las oligarquías, los patrones. Ellos estipulan qué se hace y qué no, más allá de la formalidad republicana y «democrática», porque es el poder económico el que determina el desarrollo de las sociedades. Los pueblos votan cada dos, cuatro o seis años, pero los patrones deciden todos los días en las empresas y en las instituciones. La mal llamada «democracia» burguesa no es tal, sino una tiranía a través de la cual la burguesía explota y saquea a la clase trabajadora, ocupada o marginada.

La «libertad» es otro de los conceptos que se han apropiado, pero está más claro que nunca que la libertad que defienden los explotadores es la de ellos, que se basa fundamentalmente en la libertad de mercado, porque ellos son el mercado. Esa libertad para el 5% de la población mundial, significa la privación de ella para el otro 95%. En millones de seres humanos esa privación llega incluso a la imposibilidad de conseguir un techo digno, vestimenta y hasta alimento.

Las burguesías en todo el mundo pregonan las ideas «liberales», pero en realidad son liberales para los que ellos consideran, como se dijo en algún tiempo en sociedades pasadas, «los sanos», «los dignos», «la gente bien», «la gente como uno». Esa concepción es toda una declaración, porque quiere decir que ellos determinan quienes son «los dignos»…, y quienes no lo son. Y los dignos obviamente, son ellos.

Qué nos queda a los demás, dentro de esa concepción clasista de desprecio por los diferentes.

Por eso, los Estados y las políticas que siempre proponen es de libertad de mercado y opresión (y represión) política. Para asegurar el libre flujo de mercancías y capitales (claro, siempre en manos de ellos), deben crear fuerzas armadas para imponer sus intereses a otras sociedades, y fuerzas de represión para adoctrinar a la propia. El camino al fascismo.

Otra de las grandes mentiras: el salario es un costo. Para ellos, claro. Porque en realidad, los que crean la riqueza son los asalariados, (transforman los recursos en bienes), que son estafados por la patronal en el mismo momento en que cobran su salario, pues allí se concreta el latrocinio de la plusvalía por parte del empleador.

De la misma manera, ellos se quejan de los gastos que al Estado Burgués le produce el «mantenimiento» de los pobres. Se quejan de las jubilaciones Estatales, de la educación y la salud públicas, de los subsidios y los planes sociales para los desocupados, porque para su implementación deberían pagar impuestos. Claro, ocultan lo que evaden, de los pocos que deben pagar, comparado con lo que pagan los pobres asalariados. Y en privatizaciones, negociados, corruptelas y subsidios, los ricos sí son caros para el Estado. Infinitamente más que los pobres. Pero las leyes están de su lado. Se roban la plusvalía, evaden lo que deben pagar de impuestos (lo que sí le exigen a los asalariados), fugan lo que evaden y lo depositan en los paraísos fiscales que crearon para tal fin. Así, en Argentina por ejemplo, la fuga de capitales es de unos 600 mil millones de dólares, más de dos PBI actuales. Eso sí es ROBAR. Sin embargo, las cárceles están llenas de pobres.

La gran falacia es la idea antiestatista que machacan permanentemente. No es verdad que los burgueses abjuren del Estado. Muy por el contrario, utilizan sus recursos para someter a las masas. Lo que realmente hacen es minimizar los gastos para el desarrollo social, como en salud, educación, jubilaciones; y multiplican exponencialmente los que incumben a las fuerzas de represión, para mantener el orden que guarda sus intereses.

En definitiva, los capitalistas dicen defender la democracia y son autoritarios, la libertad y son represores; dicen pagar salarios y roban plusvalía; dicen que los pobres son costosos para el Estado cuando son ellos los que generan todos los agujeros fiscales; denostan al Estado pero lo utilizan para oprimir al resto de las clases y no dudan en gastar cifras monumentales para equipar a las fuerzas de represión.

La sociedad de la mentira y la hipocresía es la burguesa.

La rebelión de los pueblos

Los pueblos luchan. Por doquier. En Ecuador y en Chile. En Grecia y en Francia. Luchan contra la opresión y la explotación capitalistas, y contra la institucionalidad -vernácula o internacional- que la burguesía ha modelado y globalizado.

Los pueblos luchan aunque lo hagan desorganizadamente, más como estallido anárquico que como rebelión dirigida. Saben lo que no quieren, pero les cuesta terminar de visualizar cómo conseguir lo que quieren.

Porque aunque algunos digan que no, los pueblos sí saben a lo que aspiran. En todo el mundo se multiplican los reclamos contra las prácticas contaminantes y depredadoras del modo de producción capitalista. Se pelea por el cuidado de la biósfera, tan atacada por la burguesía mundial. Se pelea por salarios y condiciones laborales dignas; se pelea por el derecho a la igualdad de las mujeres y las minorías sexuales. Se pelea en contra de las injusticias y la desigualdad, contra la soberbia del poder económico, contra el saqueo de los recursos naturales, contra las guerras, la pobreza y contra el hambre. Se pelea por una sociedad distinta a la actual, una sin todas esas miserias. Se pelea, en definitiva, contra todo lo que produce el capitalismo, por lo cual, aunque se luche sin consciencia de ello, la pelea es contra el capital.

Un manifestante en Santiago de Chile, frente a un micrófono de un medio argentino, declaró: «El pueblo chileno se cansó. El detonante fue el aumento del subte porque nosotros gastamos un tercio de nuestro salario en transporte, pero la bronca acumulada es mucho más profunda. Son 30 años de sometimiento y ajustes y desigualdad. Chile es vendido al mundo como un ejemplo a seguir, un modelo ideal de sociedad, pero el pueblo vive en la pobreza mientras los pocos ricos son cada vez más ricos. El propio Piñera acaba de confesar que evadió impuestos durante 30 años, pero lo hizo amparado en las leyes que se lo permiten, mientras nos exige a nosotros pagar lo que no podemos. Tenemos nuestros recursos naturales entregados a empresas extranjeras, tenemos las empresas de servicios privatizadas, el sistema de jubilaciones privatizado, la educación y la salud aranceladas. Somos el modelo ideal del FMI. Y el pueblo no puede vivir. Queremos recuperar nuestros recursos, nuestras empresas, jubilación estatal y escuela pública y gratuita. Esto no va a parar hasta que caiga Piñera, pero ningún partido político nos representa, por supuesto ninguno de derecha, pero tampoco ninguno de izquierda, que es parte de lo mismo».

Esas mismas palabras, o muy parecidas, pueden ser escuchadas en Ecuador, en Grecia o en Francia.

Las masas laboriosas descreen de las izquierdas que se aggiornan al sistema que dicen combatir, porque a sus ojos no son coherentes ni creíbles. Es más, la tremenda realidad que se verifica es el avance de las derechas más radicalizadas, porque aunque parezca mentira, tienen un discurso menos impostado e «intelectualmente honesto» y aparecen como más anti-sistema que las izquierdas que incluso han gobernado regiones o hasta países en los que se desenvuelven, como la socialdemocracia y el eurocomunismo.

El problema entonces, es construir la herramienta adecuada que organice toda esa potencia social y la encauce hacia la destrucción del origen de todos sus males y la construcción de la sociedad nueva, sin las lacras del capitalismo: el socialismo.

Las tareas de los revolucionarios

El gran problema de la clase trabajadora, de las mayorías explotadas y marginadas del mundo, es la ausencia de direcciones verdaderamente anti-sistema, revolucionarias, y de una verdadera unidad mundial como lo expresaran las Internacionales (1ra, 2da y 3ra). Se plasmó esa ausencia desde la caída de lo que se llamó «el Socialismo Real». Desde entonces, por el descrédito de la ideología que produjo ese derrumbe, las masas se mueven huérfanas de una teoría emancipadora y su consecuente praxis.

Sin embargo, la ideología está, y es sin dudas el marxismo, cada vez más vigente con el paso de los años y las décadas. El problema entonces, es de las organizaciones que se proclaman revolucionarias. Porque si los pueblos luchan contra el oprobio capitalista, es responsabilidad de los revolucionarios organizados tender los puentes para dirigirlos hacia ese horizonte.

Si la burguesía ha sido inteligente y astuta en el descrédito de las ideas de izquierda, entonces hay que prepararse para ser más inteligentes y más astutos que ellos. No puede ser que luchando por lo mismo, las masas las ignoren o lo que es peor, rechacen a las organizaciones revolucionarias. Hay que buscar tácticas de acercamiento para poder acompañar y plantear las propuestas. Todos los esfuerzos tienen que estar puestos en ese objetivo, porque el caldo de cultivo está y hay que saber sazonarlo. Sin bajar ni una manera, encontrar las formas que, hasta el momento, por lo que la realidad indica, no dan resultado.

Ésa es la tarea fundamental, porque los pueblos se están rebelando y al movimiento revolucionario se le está escapando tener un papel mancomunado con las masas. De nada sirve salir a la calle y dar batallas encapsulados, separados del movimiento concreto de aquéllas.

Los pueblos luchan. El capitalismo cruje y expone su decadencia y su límite histórico que más temprano que tarde, va a llegar. Hay esperanza. Hace falta asumirlo con humildad e inteligencia, lejos de toda necedad y dogmatismo. El futuro empieza a avizorarse más luminoso.

 

«El día que el triunfo alcancemos,

ni esclavos ni hambrientos habrá.

La Tierra será el paraíso

de toda la Humanidad» (2)

 

Notas

(1) Y (2) Fragmentos de La Internacional

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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