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Es su gran oportunidad

Fuentes: Rebelión

Las élites mundiales han previsto escenarios alternativos a las guerras masivas, regionales o mundiales, destinadas a “quemar michelines”, es decir, guerras hechas para destruir una plusvalía mundial excedente, imposible de realización. Ni el gasto suntuario ni la reinversión en nuevas ramas de la producción, son vías aptas para proseguir sin freno en la carrera loca y autodestructiva que se denomina “capitalismo”. De ahí que las guerras, las catástrofes, las turbulencias sociales creadas artificialmente por epidemias psíquicas (nacionalismo violento, integrismo religioso) o causadas por agentes biocidas contagiosos (la peste, el coronavirus, etc.), tengan o no etiología deliberada, hayan servido siempre para “resetear”. Son calamidades que en la historia resultan aptas para hacer tabla rasa con un pasado inmediato y, por medio de arteros y contundentes golpes en el tablero mundial, reescribir las reglas del juego. Un juego en el que masas no participan, en donde ya no hay “pueblos” ni “naciones”, sino simplemente siervos que obedecen y, si cabe, esclavos que han de mostrar conformidad varias veces al día por medio de sus deditos alzados, su “like” a la Voz de su Amo y su “follow” al Gran Hermano vigilante.

Para que nosotros, miembros de la masa informe y atomizada, otorguemos nuestro consentimiento al Amo y unamos nuestra voz al Coro de voces únicas y autorizadas, es de todo punto imprescindible que hagamos dejación expresa (incluso firmada por triplicado) de nuestras responsabilidades civiles y hasta humanas. El paradigma de nuestra posición en el mundo como “ciudadanos”, no es ya el del sujeto liberal, depositario de derechos inalienables proporcionados y conectados a obligaciones y responsabilidades sociales, así en los negocios, así en el negocio de los negocios llamado “política”. Nada de eso. El paradigma de la nueva servidumbre lo ofrece el usuario de internet, un “informávoro” o embudo que traga y absorbe millones de consignas en un año, miles en un día, cientos en una hora. El sujeto tragaderas de la red de redes, con cientos de clics de ratón por hora, va dando su visto bueno a las “cookies” y consigna otros “consentimientos informados” en los que únicamente una fe bobalicona puede creer lo que un carbonero de antaño nunca creería: que sus datos personales serán tratados masivamente, de forma anónima, con ánimo exclusivamente comercial y con meros fines de investigación mercadotécnica… El usuario que no da un paso en la red sin “consentir” es el paradigma del esclavo de la nueva Roma globalista. Al esclavo antiguo se le ponían cadenas, grilletes, marcas al fuego o cadenitas identificativas. Al esclavo de la era tecnológica se le hace firmar, todo “legalmente”, un consentimiento de pérdida de privacidad, un “sí quiero” a la esclavitud y un “acepto” y “me gusta” a la hipervigilancia global.

Venga de donde venga el “bichito” maldito del Coronavirus, y sean o no provocadas a posta sus numerosas variantes, mutaciones y recaídas, me está claro lo que pretenden los poderes mundiales. Quieren que esta situación se haga permanente. Un mundo en estado de choque mental permanente como “oportunidad” para seguir haciendo negocio, llevándose por delante las arcaicas libertades “ciudadanas”.  Las técnicas de ingeniería social, de control mental de las masas, de preparación e incubación de actitudes en las poblaciones, son realidades que están ahí. Se han perfeccionado mucho en las últimas décadas. Los expertos en psicología y neurociencias, así como en sociología de masas, cuentan hoy con herramientas de inteligencia artificial, técnicas de guerra híbrida y terrorismo mediático. La premisa es fácil de entender: las gentes aceptan pérdidas sensibles de su privacidad, autonomía, margen de decisión, en suma, pérdidas irreversibles de libertad, cuando éstas mismas gentes pasan miedo y además a ellas se les dice que nunca van a volver al estado anterior, puesto que el peligro ya va a estar ahí para siempre (“Hemos de convivir con ello”, dicen los políticos cómplices).

Ya durante nuestro confinamiento total comenzó a hablarse de una esperanza, entonces algo remota, la esperanza de alcanzar una “inmunidad de rebaño”. Se nos llamó “rebaño” con una franqueza pavorosa. Las élites no ven en el “parque humano” otra cosa que un enorme rebaño, en el cual las operaciones de identificación, rastreo, marcaje, etiquetado, empaquetado, en fin, todas las operaciones imaginables de la industria cárnica o de otra industria cualquiera, son las que se van a emplear a fondo con nosotros, con las masas. No estará lejos el día en que nos marquen la piel, el cerebro, incluso el ADN, para hacer de nosotros mercancía perfectamente manejable. Es la “Última Guerra”. La Guerra final del capitalismo contra el Hombre. Siempre que oigan ustedes hablar de Última Guerra (siguiendo a Schmitt), pónganse a recaudo. Porque se trata de la más asquerosa guerra, la menos noble y la más desigual. Aquella que llevará al fin de todo. Aun cuando existen premisas justificadas para hacer la guerra (la que supuestamente se cerró en 1945 era la premisa de acabar con el totalitarismo hitleriano y japonés), su carácter de “última” remite a una trascendencia de la propia guerra concreta, esto es, la implantación de una “Gobernanza Mundial” en el que las dictaduras vencidas, si ya terribles, serán sustituida por la Dictadura Total y definitiva, la cual es por tanto la peor.

Las masas no podemos dejar de saber que somos masas cada vez que entregamos papeles con nuestro “consentimiento” al marcaje de nuestros cuerpos y mentes, a la comercialización de nuestros yos, a la renuncia pseudovoluntaria a nuestra libertad de movimientos. El esclavo de la era digital lleva un “OK” en la frente y un código cibernético con el que ya se observa el residuo pálido de lo que fue un alma humana que se ha vendido a los demonios. Les diré quiénes son los demonios: la BigPharma, los GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft), los fondos financieros saqueadores, y todos sus montajes “mundiales” (aunque privados), como la OMS, la ONU, etc., para la Gobernanza Mundial.

Hasta dónde van a llegar. Ya no me aterra nuestra pérdida actual de libertad, poder adquisitivo, dignidad. Me aterra el mundo que heredarán nuestros hijos y nietos, y sobre todo, me aterra el “hasta dónde”. Los campos de concentración no son más que versiones locales y limitadas de un Planeta concentracionario él mismo. El Panóptico de Jeremy Bentham, donde nadie hace nada sin ver visto, ya lo tenemos aquí y ahora en proceso de implantación. Un bichito les ha dado la oportunidad de hacer el último y gran Negocio. Además, estos capitalistas psicópatas saben que no tienen otra alternativa: o Capitalismo o Género Humano. Y han elegido obviamente lo primero.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.