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Esclavos para el mercado

Fuentes: Rebelión

Existen dos tipos de esclavos, los que son conscientes de que lo son y los que no lo saben. Lo trágico es que muchos de los que saben que son esclavos buscan la emancipación por la vía de convertirse en lo mismo que son los que no saben de su condición esclava. Pensemos si no […]

Existen dos tipos de esclavos, los que son conscientes de que lo son y los que no lo saben. Lo trágico es que muchos de los que saben que son esclavos buscan la emancipación por la vía de convertirse en lo mismo que son los que no saben de su condición esclava.

Pensemos si no en el gremio de los triunfadores, el boyante y esplendoroso negocio de las consultorías y empresas del mundo de la telecomunicaciones. Su personal está integrado por jóvenes ingenieros, economistas y licenciados en ciencias empresariales, que hablan inglés. Han hecho un máster de ésos que cuestan muchos-mil euros y que certifican que se es digno de percibir un salario anual no inferior a 45.000 euros, sin contar los ingresos variables que dependen del cumplimiento de objetivos que un señor, que triplica los 45.000 del ingeniero de turno, le dice que debe conseguir.

El ingeniero o economista triunfador de turno, entra cada día a las 10:00 en la oficina. Sabiendo que va a salir muy tarde, para qué va a madrugar. Recoge el correo y puede que los restos de la pizza, que otros ingenieros y economistas cenaron ayer encima de su mesa, mientras intentaban cerrar una oferta o un análisis urgente que no podía esperar al día siguiente ¿Cuál será ese negocio que no pueda esperar al día siguiente?

La agenda del día suele cubrir dos o tres reuniones, tan inútiles y faltas de preparación como tensas. Los problemas, los de siempre. Ese proyecto que va fatal porque se vendió un 30% por debajo de su precio real para poder quitárselo a la empresa de la competencia, tres programadores que no quieren seguir trabajando los fines de semana y a los que hay que recordar que se está negociando un expediente de regulación de empleo y pueden verse incluidos en él, ese equipo de trabajo en el que surgen los conflictos porque está dirigido por un ingeniero con máster que no sabe que los equipos están compuestos por personas, o el jefe de la central de Francia, que pide que se aumente el margen de ganancia de los proyectos, aunque sea poniendo a trabajar en ellos a la mitad de las personas que realmente harían falta, pidiendo a los que quedan que vengan los fines de semana y así recuperen el trabajo de la mitad que no va a trabajar.

El final de la jornada llegará, como pronto, a las nueve de la noche, se tenga o no trabajo, ya que está mal visto marcharse antes. En el mundo de la empresa globalizada es bueno tener tu despacho, tu móvil, tu mesa, tu agenda electrónica, tu coche de empresa, pero lo que se ve fatal, fatal, es que se reclame el derecho a tener tu propia vida, tu tiempo de ocio, tus sueños fuera de los intereses del negocio de la empresa. Si se reclama tiempo de ocio o respeto a tu vida privada, parece que uno no se compromete con la empresa, con este proyecto que tu jefe dice que es de todos y que el ingeniero de turno asume porque es lo que debe hacer alguien que aspira a triplicar su salario, a tener coche de empresa, a ocupar un despacho individual y a marcar los objetivos que deben alcanzar el resto de los ingenieros.

Incluso de vuelta en casa, por la noche, puede que recibas alguna llamada en el móvil que te paga la empresa para que estés localizable 24 horas al día, 7 días por semana y 365 días al año. El ingeniero o economista de turno responderá a la llamada, demostrando que está ahí, que es digno de la confianza de su jefe, que se encuentra comprometido con la empresa. No tiene tiempo de pensar qué pasa si no responde a la llamada. El contrato a través del cual vende su vida incluye una cláusula que le ciega para ver que no sucede absolutamente nada cuando no se cumplen los plazos que marca el mercado. Su condición de esclavo elimina la capacidad que permite ver que no hay prácticamente nada que no pueda esperar al día siguiente. Sin embargo, él no se reconoce como esclavo, aunque esté disponible para el capital a tiempo completo. Para nuestro ingeniero, es lo natural.

Es importante estar comprometido con la empresa, porque a partir de la explosión de la burbuja de las comunicaciones se ha complicado el tema y los ingenieros de telecomunicaciones y los informáticos también tienen problemas para encontrar trabajo. Muchas de las consultoras grandes han despedido parte de las personas que contrataron en tan buenas condiciones estuviesen comprometidos con la empresa o no, porque el señor que triplica el sueldo del ingeniero no tiene miramientos para formar listas de despedidos, es su obligación, pare él es lo natural. Es más, él mismo será despedido por otro que le triplica el sueldo cuando no sea rentable y también para el que le despide, será natural.

Las mujeres que ascienden por este camino del éxito y llegan a ser como el ingeniero de antes, lo tienen mucho más difícil que sus compañeros hombres. Jamás podrán decir que se tienen que marchar antes porque su hijo o hija está enfermo o triste, o porque quieren jugar con él. La mujer que diga o exprese eso, será acusada de… funcionaria!! Un insulto terrible en el argot de la empresa moderna, transnacional y global. La mujer que alcance estos puestos deberá ser dura, comprometida con la empresa y disponible en cualquier momento y a cualquier hora. La mujer que acepte los 45.000 euros como mínimo, el coche de empresa, el ordenador portátil y los billetes del puente aéreo, deberá aceptar que sus hijos pequeños hablen con el dulce acento latinoamericano de la cuidadora ecuatoriana o dominicana que pasará tantas horas con ellos.

El ingeniero o economista de éxito tiene fecha de caducidad. Cuando vaya cumpliendo cierta edad y no pueda aguantar el empuje de las nuevas camadas de jóvenes ávidos de la jaula dorada del éxito, será arrojado del la empresa, por la vía de la jubilación anticipada, si ha conseguido aguantar lo suficiente, o mediante un despido si no tiene la suerte de pasar de los cincuenta. El profesional de éxito es una mercancía más, un objeto de usar y tirar.

Recientemente, las grandes multinacionales como las de las telecomunicaciones han dado un paso más en la nueva esclavitud: los servicios externalizados. Se sacan a concurso determinadas partes de la actividad o de la producción de la empresa. Las subcontratas se lanzan como fieras a competir bajo unas condiciones durísimas que impone la entidad subcontratadora y que ellas mismas agravan a causa de la competitividad, palabra clave del capitalismo. El resultado del proceso de adjudicación del servicio es la elección de la subcontrata cuyo dueño tenga mejores relaciones con el que tiene capacidad de decidir, o pueda presionar con mejores argumentos. Por ejemplo, la empresa de desarrollos informáticos de El Corte Inglés, imperio español de los grandes almacenes, tiene muy buenos argumentos. Podría retirar de su red de supermercados los productos que venda la empresa que adjudica el servicio, por ello, casi siempre consigue los servicios en los que concursa.

Para que la junta de accionistas de la empresa subcontratada pueda mantener sus dividendos en los tiempos de los servicios externalizados, hay que contratar a jóvenes, o no tan jóvenes, que trabajen con un contrato por obra y con un salario precario.

Muchos comienzan a trabajar, conscientes de que son esclavos, con el horizonte de adquirir experiencia y convertirse en un ingeniero o economista de los de 45.000 euros como mínimo, de los de móvil de empresa y ordenador portátil, es el proceso natural. Los índices de rotación de las personas en los servicios externalizados son altísimos por lo que nunca se llega a trabajar en unas condiciones normales. Como todo se improvisa, siempre se trabaja con presión y con la sensación de que lo que se hace hubiera debido estar terminado ayer.

El trabajo realizado pierde calidad, pero no pasa nada, porque el consumidor final, el que compra un teléfono o quiere recargar su teléfono prepago se aguanta. El mito de que la competencia mejora las condiciones para el consumidor es una nueva falacia. Sólo se explica que la gente lo crea, si se piensa que las personas, durante una media de tres horas al día, se sitúan delante de una pantalla que les mete directamente al cerebro que el libre mercado les hace más libres, que vivir para la empresa es lo natural y que además son afortunados. No hay más que ver a esas masas excluidas que no tienen hueco en el sistema y que no tienen acceso a coches, ropa de marca, ni a ninguna de las cosas que ofrece el mercado.

Los ingenieros brillantes de turno cobran sus ingresos variables por objetivos y estos objetivos se marcan de forma directamente proporcional a las penalizaciones que consigan arrancar de los servicios externalizados. Es decir el premio del personaje del éxito, sale del fracaso de los que aspiran a ocupar su puesto.

Los ingenieros, economistas e informáticos de éxito colapsan los servicios médicos de las grandes empresas. Se les cae el pelo, tienen ataques de ansiedad, gastroenteritis, depresión o agresividad crónica. Los médicos elaboran múltiples informes en los que se muestra que las trabajadoras de estas empresas tienen hijos prematuros en mayor proporción que otras mujeres. La imagen del ingeniero brillante, joven, guapo y de diseño es como la del tomate gordo y colorado del invernadero, falsa e insípida. El ingeniero parece una persona feliz, pero no lo es. Su imagen de felicidad es sólo un simulacro como los que construye la televisión. Sufre porque siendo esclavo, tiene que ser el carcelero de otros esclavos que, por debajo de él, aspiran a ser carceleros, en una espiral absurda en la que muchos no entienden qué les pasa, en la que muchos no son felices, en una dinámica vertiginosa en la que sólo el capital se siente satisfecho y se engorda a sí mismo.

Los ingenieros de turno parecen insaciables y ambiciosos, pero es que si uno es esclavo y no lo sabe, es más, piensa que es libre y afortunado, cuando recibe el pago, siempre le parece poco. Aunque no es consciente de ello, ha vendido la propia vida y el precio del paso del tiempo, de los amores no vividos, de los besos que no se han dado, del tiempo no malgastado, de las amistades perdidas, de la comunidad en la que no se vivió, de la salud que se perdió, siempre es demasiado alto y el señor que te triplica en sueldo y tiene coche de empresa no lo pueda pagar.

Es aquí donde el ingeniero o el economista tiene la oportunidad de sospechar de esta trampa que se disfraza de inevitabilidad, es donde tiene la oportunidad para rebuscar a su alrededor cuál es la naturaleza del trabajo que sirve para vivir.

El capital vive del corto plazo, de la velocidad. La velocidad del mercado es insostenible. Es necesaria para el dinero, puente aéreo, coches rápidos, las transferencias rápidas, los flujos del dinero. El dinero no crece si las mercancías y los servicios no se compran, se venden, se mueven.

Los procesos de la vida, los naturales son más lentos. La vida es más lenta. La fotosíntesis que fabrica el oxígeno no puede ser presionada, ni amenazada para que fabrique más moléculas por minuto. El petróleo tarda miles de años en formarse y el único proceso que puede acelerarse es el de su despilfarro. Los alimentos llevan un proceso lento de maduración, de crecimiento y aunque los hombres del capital fabriquen cosas que dicen que son tomates y las obliguen a crecer en las mismas condiciones en las que obligan a trabajar a la legión de ejecutivos y consultores de éxito, no saben a tomate y cualquiera puede comprobarlo. Los tomates que fabrican y venden parecen sanos y lustrosos, igual que los ejecutivos esclavos que parecen triunfadores y son el modelo a seguir, pero igual que ellos, están enfermos de exceso de velocidad.

No hay mayor esclavo que el que ignora que lo es. El esclavo que no sabe que lo es, se siente triste y desesperado porque teniendo todo lo que la televisión dice que hay que conseguir, siente un agujero en el estómago, ese aguijonazo de inquietud, que sin ser letal le recuerda constantemente que algo no va bien, que alguien le ha engañado. No sabe por qué se siente tan «desgrasiaito teniéndolo tó».

Poco a poco van surgiendo más personas que emigran desde los despachos del éxito hacia el campo de lo pequeño, de lo necesario. Personas que desertan de la velocidad de los puentes aéreos y reclaman la lentitud de lo natural, la lentitud que permite conservar la vida. Cada vez hay más triunfadores que se dan cuenta de que son esclavos y, rebeldes con su suerte, deciden liberarse y vivir con los plazos naturales, entendiendo el trabajo como el conjunto de tareas necesarias para mantenerla la propia vida y para contribuir al mantenimiento de la comunidad en la que se vive. Ese trabajo en donde los objetivos no te los marca un señor que ha vendido la propia vida, donde la prisa es un derroche de energía y una pérdida de tiempo, del tiempo que se necesita procurarse de un modo digno todo aquello que se necesita para poder vivir.