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Esmeraldas, de tierra de luz a territorio sombrío

Fuentes: Rebelión - Imagen: "El grito", Edvard Munch

Tierra de luz,

Esmeraldas, asilo de paz

de la gente que viene acá

buscando amor.

-del bolero «Esmeraldas», Gelio Ortiz Urriola (1921-2006)

-.

            Valgan los versos del bolero, aunque más no sea como ejercicio afrentoso de nostalgia. Fue un miércoles ceniciento o quizás de cenizas por los vehículos quemados, las próximas cenizas de los asesinados y en la noche una calma que más tenía de funeral inconcluso que de cese de actividades para el descanso. Era miércoles 26 de julio de 2023, el día después de ese ayer desapacible; del martes. Cada día tiene las rutinas del riesgo social: todo se hace en grupos desde acompañar a la niñez a la unidad educativa hasta la alerta si se escucha el petardeo de las motocicletas. El obligado intercambio de información sobre los asesinatos o los disparos de la noche o madrugada. O a cualquier hora.

Fue el martes 25 de julio y hasta media mañana se tenía normalidad de desasosiego, porque está en el estado de ánimo colectivo (e individual) y se lo gobierna con sobresaltos hasta cierto punto domesticados. Y comenzó el flow de lo improbable. Los boys de las bandolas comenzaron a quemar taxis y buses a lotería de mala suerte, a tirotearse con la policía y con las agrupaciones rivales, realizar asesinatos o disparar a las nubes. La ansiedad detuvo al instante la economía comercial de la ciudad y la huida a los hogares dejó las calles expeditas para los fantasmas de la tarde; si los hay, por si acaso. Esta madrugada de miércoles, en ambas vías de tiempo, comenzó a las cuatro de la tarde del martes. “En Esmeraldas todo se apaga lentamente”, escribió Carolina Mella, en un artículo publicado en el portal digital de Diario El País, de España. Esta vez no fue así, el apagón anímico no tuvo pausas.

            Este jazzman querría saber y decir más, pero toda información viene de boca en boca. Y las narrativas agenciosas tienen sello de omertá: para su consumo,  brother. Además Willie Colon ya lo advirtió: “en los barrios de guapos no se vive tranquilo, mide bien tus palabras o no vales ni un kilo (centavo)”. Así es, son tiempos de muerte. Algo es cierto, el entramado criminal comprende bandas e instituciones estatales, al menos de importantes sectores. No es especulación, por favor, es un secreto a voceado hasta por la Embajada usaíta. En algún momento la inteligencia operativa de estos grupos mafiosos nacionales e internacionales comprendieron que para ellos había llegado la hora 0 en el Ecuador. Por unos dólares más es el título de un filme, pero fue bendición para ellos y maldición para el país. Ecuador, país dolarizado. Los grupos encontraron grietas en el sistema económico para que los dólares cambiaran la metáfora: de sucios a limpios. La alta producción de cocaína, en los países vecinos, causó que no solo fuera esnifada sino que se convirtiera en moneda de cambio por los servicios prestados a las mafias mayores, por los recientes grupos criminales de alquiler. Y ya. Ampliaron el mercado interno de la droga. ¿Cuál fue primero la economía o el mercado clandestinos? Hay que creer que ocurrió de manera simultánea. El día que completaron el análisis y por fin entendieron que en ciertas geografías ecuatorianas el Estado era una ficción, por ejemplo, la provincia de Esmeraldas, supieron por dónde le entra el agua al coco. Y si aquello no era suficiente la desinstitucionalización del país empujada por los actuales grupos gobernantes (también mandantes y comunicantes) fue el pase al paraíso soñado por las mafias. El resto del relato todos y todas lo sabemos y una parte ya lo padecemos como fue este martes 25 de julio. Inolvidable.

            Una ciudad metaboliza su realidad, aun si es trágica, con aquellas entrañas que le dejó la filosofía de su historia. Entendiendo la historia de Esmeraldas como una creación social constante con triunfos y derrotas, avances progresivos y demoras que suponen detenciones. Así pues, la filosofía sería las consideraciones sobre el ser comunitario y diverso de esta territorialidad de complicado orígenes. Una ciudad, me refiero a Esmeraldas, no es un todo único, así la “unidad” sea el amén de la pésima clase política esmeraldeña (con elocuentes excepciones, sin dudas), ni siquiera intenta aquello y hace bien, porque es infinidad de componentes con sus glorias y avernos. Ahora mismo, ¿en cuál estamos? Las necro estadísticas concluyen que los asesinatos, en la provincia, del 2022 a junio del 2023, la tasa de asesinatos aumentó en un 500 %. ¡Terrible! O sea 81 asesinatos por cada 100 000 habitantes. Por la carga insoportable de dificultades se vive entre el cielo y el infierno, con los nervios de punta o aplanados, porque 7 u 8 de cada 10 esmeraldeños, mujeres u hombres, están desempleados o vende caramelos o lo que sea, en una esquina. O simplemente pide una caridad de rumbo gástrico. ¡Ah, la educación! Los resultados del Ser Bachiller, 2017-2018, dicen que el 46 % del bachillerato califica de insuficiente y el satisfactorio apenas el 15,1 %. Y las bandolas se organizaron con esa fuerza juvenil demás que hoy nos tiene literalmente entre la vida y la muerte. El INEC, para el 2021, publicó que el calvario del empobrecimiento por ingresos castigaba al 52, 9 % de la gente esmeraldeña. Mientras que el 25, 3 % anochece con la desesperanza resumida en esta sentencia resultado del extremo empobrecimiento: “mañana Dios dirá”.

La efectiva sociología criminal de los caporales barriales vio, analizó y aplicó sus malas artes de bandidaje desde las barriadas urbano-marginales. ¡Para la mayoría de las autoridades, sin importar el nivel local o nacional, son solo eso! Una vez que adquieren esa categoría es la maldición política: urbanos y marginados. Si no todos la mayoría de los killers vienen de esa urbano-marginalidad esmeraldeña y quizás también es igual en Guayaquil. Tampoco olvidemos que muchos, muchísimos, son niños y jóvenes afroecuatorianos, una parte enviciada en las drogas y otra con la subjetividad del poder discrecional que se acarrea con una 9 mm o con una escopeta repetidora de 16 mm. Más que sus enemigos somos las víctimas propicias de esa recién adquirida de facultad de dominar, matar o quizás morir descuartizado en circunstancias que jamás se conocerán. La sentencia de muerte también los alcanza.

¿Y las familias, cómo sobrellevan esas historias de las cuales son protagonistas? Quién lo diría que estas tragedias múltiples son ‘formas y espacios de vida’ resultado de aquello que descuidaron las autoridades estatales, particularmente en los últimos años de Boltaire y GASLM. Los márgenes sociales son geografías humanas sin Dios ni ley. O sí, pero como subsidiarios de una fe utilitaria a los propósitos exitosos del crimen y la ley despiadada de las vidas prestadas. Es nuestra particularidad cuando callejeamos por Esmeraldas o Guayaquil.   

            Carolina Mella también escribe, en su artículo de El País, que “para los esmeraldeños nada cambia después de cada matanza”. No es así, quizás los informes policiales tienen tono y palabras parecidas aunque sean en boca de distintos oficiales y se informe de otro asesinato. El cambio adquirido es para peor: empeora la neurosis y el ánimo popular es para la huida a otra ciudad (o a otro país). También el autoencierro a horas más tempranas, porque el mal momento acecha en el umbral del hogar. Ocurre que la ciudad de Esmeraldas parece que envejeció de golpe y de mala manera y se ha devuelto a un tiempo que siendo invivible nos emperramos en vivirlo con una heroicidad mentirosa, porque como canta Yordano, “la conciencia se esconde con la paciencia”. Valga el axê.  

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.