Recomiendo:
0

España ¿esperanza de Europa?

Fuentes: Cuarto Poder

Estoy leyendo la encuesta de Metroscopia publicada este domingo y me asombran los resultados. Ciertamente, sabíamos que la futura encuesta del CIS iba a causar sorpresa, pero no tanta. Llevo media vida leyendo encuestas y algo se termina aprendiendo. Lo fundamental es siempre la tendencia de fondo: ¿qué nos dice esta? La crisis del bipartidismo […]

Estoy leyendo la encuesta de Metroscopia publicada este domingo y me asombran los resultados. Ciertamente, sabíamos que la futura encuesta del CIS iba a causar sorpresa, pero no tanta. Llevo media vida leyendo encuestas y algo se termina aprendiendo. Lo fundamental es siempre la tendencia de fondo: ¿qué nos dice esta? La crisis del bipartidismo político y la apertura, clara y nítida, de una crisis de régimen.

Atrás van quedando muchas cosas. La primera, que no es verdad que la ciudadanía acepte sin más convivir permanentemente con la corrupción. Lo que se ha llamado «el franquismo sociológico» tiene límites y una parte sustancial de la población rechaza esta política y a estos políticos. La segunda, que, a pesar de vaivenes en la opinión y en los humores sociales, el bipartidismo sufre una enorme erosión y tiene alternativa. Las dos cosas, como es natural, están relacionadas. En tercer lugar, quedan también atrás aquellos que rechazaban la posibilidad de una crisis de régimen y que consideraban consignas como «proceso constituyente y rebelión democrática» meras abstracciones de intelectuales radicalizados que poco o nada tenían que ver con el sano sentido de la vida de las clases trabajadoras.

La realidad, tarde o temprano, premia la audacia y a aquellos que se atreven a tomar decisiones fundadas: la fortuna acude cuando se la desafía, como nos enseñó el secretario florentino. Los que se inventaron Podemos asumieron riesgos y tomaron decisiones: tenían sus propias mochilas y, sorpresa, una teoría solvente sobre la realidad. En el centro de todo este proceso de cambio, el 15-M. Quedan también atrás aquellos que subestimaron un movimiento de grandes dimensiones, culturalmente complejo y políticamente transversal que, como el ‘viejo topo’, ha ido erosionando el sistema político y situando nuevas agendas sociales y culturales. El topo, como me decía una y otra vez Lucio Magri, es casi ciego, es decir, hay que darle vista y luz. Por esto, la teoría es importante. Al final el pobre Lenin llevaba razón.

Lo que viene ahora no será fácil. La reacción de los poderes va a ser muy fuerte y van a atacar con todo y, como decía el hijo menor de Corleone en la película El padrino, «cuando vengan, te golpearán donde más te duele». Pronto entenderemos, además, una radical novedad que antes no existía. Lo que llamamos España no es un país soberano y se ha ido convirtiendo progresivamente en una periferia dependiente de una Unión Europea hegemonizada por el Estado alemán.

Lo que quiero decir es que el poder que se tiene cuando se llega al gobierno es hoy mucho menor y que la principal tarea de una fuerza alternativa es crear poder desde el gobierno y desde la sociedad; poder real y suficiente para oponerse a los que mandan, es decir, a los grupos económicos y mediáticos dominantes. El neoliberalismo es sustancialmente esto: deconstruir planificadamente el poder social y político para hacer irreversible su modelo de capitalismo oligárquico y depredador. Esto es lo que ha puesto en crisis al reformismo social democrático y que genera una paradoja nada fácil de entender: que las realmente reformistas hoy terminarán siendo aquellas fuerzas que parten de una alternativa revolucionaria. También en esto América Latina nos ha enseñado mucho.

Si partimos de esta realidad, la primera cuestión que aparece es la enorme debilidad política, cultural y organizativa de las fuerzas que están por la transformación y el cambio en España. Las lógicas electorales muchas veces no dejan ver otras realidades sociales y políticas que la complementan y la desarrollan. Insisto, para esta realidad institucional, política y de poder a transformar, tenemos grandes debilidades que es necesario superar desde ahora con inteligencia y audacia. El peligro está siempre ahí, que la transformación termine en transformismo y que la revolución democrática devenga en restauración. Hay que pensar siempre, ahora más que nunca, en el «partido orgánico» y no solo en el «partido institución-organización».

Las palabras clave, a mi juicio, son insuficiencia y complementariedad. Las fuerzas que estamos por el cambio tenemos grandes límites y somos insuficientes, todas juntas, para construir, consolidar y desarrollar la revolución democrática que este país necesita; hace falta más, muchas más, fuerza social, cultural y política organizada. Todas somos complementarias y juntas no solo sumamos sino que multiplicamos. Las organizaciones políticas son estructuras de poder y esto pesará, desgraciadamente, mucho -hay ya una larga experiencia en estos temas- en este proceso urgente y necesario de unidad. Pensar en grande sigue siendo la mejor alternativa.

El miedo y el terror franquista configuraron un específico conformismo social que ha perdurado más allá de la muerte del dictador. Como he repetido muchas veces, lo peor de la Transición, su límite más relevante, fue que nunca fuimos capaces de superar colectivamente la condición de súbditos. Ahora lo que estamos realmente haciendo es construir, crear y definir una sociedad de hombres y mujeres libres e iguales, es decir, un régimen político y un sistema económico basado en una ciudadanía con derechos y poderes.

Condición previa de todo esto, como nos enseña el movimiento feminista, es la autoestima. El franquismo anuló nuestra autoestima como pueblo. Seguramente el europeísmo ingenuo que ha dominado hasta el presente en la opinión pública española tiene mucho que ver con esta necesidad apremiante de «fugarse» de España y de los seculares problemas de un país que, como decía Castelar, ha cansado a la historia. Por todo esto, el proceso constituyente hay que entenderlo como instrumento para convertirnos en pueblo libre y soberano, consciente de su papel en el mundo y capaz de autogobernarse. Ese es el hilo rojo que va de Robespierre a Marx y que une democracia y socialismo. De él, hay que tirar cada día con más fuerza.

Manolo Monereo. Politólogo y miembro del Consejo Político Federal de IU. Su último libro publicado, junto con Enric Llopis, es Por Europa y contra el sistema euro (El Viejo Topo, 2014).

Fuente: