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Estereotipos científicos: Oriente y Occidente

Fuentes: Znet

Lentes difíciles de romper, los estereotipos culturales son recurso que muchos utilizamos para entender a los demás. Sin embargo, el incremento en la inmigración y el tránsito internacional, así como los conocimientos que proporcionan la educación mediática y el pensamiento crítico pueden contribuir a mitigar estereotipos. En contraste, las actitudes de «nosotros contra ellos», fomentadas […]

Lentes difíciles de romper, los estereotipos culturales son recurso que muchos utilizamos para entender a los demás. Sin embargo, el incremento en la inmigración y el tránsito internacional, así como los conocimientos que proporcionan la educación mediática y el pensamiento crítico pueden contribuir a mitigar estereotipos. En contraste, las actitudes de «nosotros contra ellos», fomentadas a raíz del 11 de septiembre, refuerzan estereotipos, sobre todo los más negativos. Ante la trágica tendencia a exotizar a los otros, se podría pensar que los científicos sociales mostrarían particular cuidado para evitar estos cartabones en su trabajo. Sin embargo, las generalizaciones apoyadas en metodología cuestionable y razonamientos tendenciosos parecieran aumentar. O, al menos, no están bajo el escrutinio que ameritan. En estas páginas examinaremos algunos estereotipos contemporáneos en estudios culturalistas sobre Asia oriental, realizados por investigadores estadounidenses.

Entre el alud de estudios culturalistas hechos en los Estados Unidos está el libro traducido como La geografía del pensamiento: cómo y por qué los asiáticos y los occidentales piensan en forma diferente (Nueva York, Free Press, 2004). El autor, Richard Nisbett, dirige el Programa de Cultura y Cognición de la Universidad de Michigan, y es un académico multicitado de gran renombre. En sus agradecimientos, Nisbett destaca que muchas ideas en su libro «fueron moldeadas en debates con colegas de campos que abarcan desde la filosofía hasta la física», y a continuación ofrece una larga lista de colegas tan reputados como él, en instituciones de la envergadura de la Universidad de California en Los Ángeles, la Universidad de Nueva York, la Academia de las Ciencias de China, la Universidad de Kyoto y la Universidad Rutgers, entre otras. Enumero estas afiliaciones elitistas para mostrar que el lector tiene derecho a suponer que el libro, aunque dirigido al gran público, es producto de un esmerado proceso de comprobación de datos, evaluación de hipótesis opcionales, y del uso de instrumentos afines a la investigación académica competente.

El libro de Nisbett ha convencido a muchas personas; más aún, se tradujo al japonés con el título de Ki o Miru Seiyoujin, Mori o Miru Touyoujin (Los occidentales ven árboles; los orientales, el bosque) y, al parecer, recibió aún mejor recepción que el original en inglés. El tono de las críticas y comentarios sugiere que ha persuadido a muchos no sólo porque parece un estudio científico sino -sobre todo-porque los lectores aceptan las hipótesis que la obra pretende demostrar.

El libro mismo propone que los occidentales y los asiáticos (sobre todo los asiáticos orientales) piensan de manera distinta, de ahí que el título haga referencia a la «geografía del pensamiento». Todos conocemos estos estereotipos: los occidentales se fijan en el detalle mientras que los asiáticos se interesan en el contexto. Dichos estereotipos son tan maniqueos que, de cuando en cuando, Nisbett le recuerda al lector que las generalizaciones no se aplican a todos los individuos en Occidente y en Asia pero, al mismo tiempo, asevera que «en general, es un hecho que existen diferencias muy reales y sustantivas entre los asiáticos orientales y los pueblos de la cultura europea» (pág. 77). Más aún, para apoyar su tesis, Nisbett cita una larga lista de fuentes afines e ignora numerosas críticas a este tipo de razonamiento culturalista. Por ejemplo, aunque Hasegawa Yokyo,5 Sugimoto Yoshio y Ross Mouer,6 John Lie,7 Harumi Befu,8 y muchos otros han escrito ampliamente para impugnar estas interpretaciones culturalistas sobre Japón, Nisbett no les dedica una línea siquiera.

Además de esta revisión muy parcial de fuentes, Nisbett se apoya en razonamientos empíricos de estudios que él califica de asuntos «asiáticos» u «occidentales» en situaciones experimentales. Dichos estudios se llevaron a cabo con ayuda de colegas de la propia institución de Nisbett -la Universidad de Michigan- así como la Universidad de Kyoto, la Universidad Nacional de Seúl, la Universidad de Beijing y el Instituto Chino de Psicología. Asimismo, Nisbett incluye frecuentes referencias a otros estudios que, al parecer, fueron realizados con estudiantes de posgrado en los Estados Unidos, Japón, China y otras partes.

Sin embargo, uno de los problemas esenciales de la obra, desde la perspectiva de la estadística y enfoques relacionados,9 es que los «occidentales» de Nisbett son todos estudiantes de posgrado estadounidenses (excluyendo a los de ascendencia asiática). No parece incluir a ningún europeo, pese al hecho de que las diferencias en percepciones e ideas entre estadounidenses y europeos, sin mencionar las diferencias entre las distintas regiones. Más aún, la mayoría de los resultados en el estudio parece (Nisbett rara vez divulga cifras) revelar sólo diferencias marginales entre las respuestas de estudiantes de posgrado estadounidenses y las de los asiáticos, a diversos experimentos de laboratorio encaminados a probar su percepción y otras tendencias. No obstante, dichas tendencias se analizan a lo largo del libro como si fueran dicotomías profundas en la visión del mundo que han persistido durante milenios.

¿Es científico?

Por ende todas las generalizaciones del libro se apoyan, en gran medida, en datos de varios estudios ostensiblemente científicos que usan a estudiantes de posgrado. ¿Existe alguien que considere a los estudiantes de posgrado como muestra representativa de cualquier población que no esté formada por sus compañeros de posgrado? Es evidente que no pretendo insultar a dichos estudiantes: yo mismo formé parte de sus filas hace muchos años. Incluso en los Estados Unidos, donde hay un índice más bien elevado de estudiantes de posgrado,10 a nadie se le ocurre pensar que son muestra representativa de sus compatriotas y mucho menos del llamado Occidente. Además, los participantes en el estudio provenían de unas cuantas ciudades grandes y de universidades elitistas en áreas geográficamente limitadas. Por si fuera poco, eran estudiantes de posgrado dispuestos a participar en estudios, lo cual significa que o bien necesitaban el dinero o les interesaba la investigación. En otras palabras, la muestra lejos estaba de ser representativa de amplias poblaciones de Europa, Asia oriental y América, debido a ingresos, clase social, antecedentes étnicos, nivel educativo, por mencionar algunas variables críticas. Y la muestra, en vez de usar una selección al azar, parece haber sido autoelegida, lo cual da resultados aún más tendenciosos.

Cualesquiera que sean los resultados del estudio, por tanto, deben verse con ojos escépticos, aplicando las lecciones elementales de la estadística, pues es así como funciona la ciencia. Igual que cualquier otra hipótesis, es posible que existan las supuestas diferencias entre la forma de pensar asiática y la occidental, pero para demostrar de manera más convincente que el fenómeno hipotético existe, es necesario contar no sólo con datos irrebatibles; también se requiere aplicar los métodos científicos estándares que se usan para reducir la posible interferencia potencial de los prejuicios de confirmación y de otras falacias lógicas.11 Nisbett y sus colegas no parecen haberse esforzado por cuestionar su tesis, de lo contrario, habrían incluido los razonamientos en contra, para así fortalecer su hipótesis. Sin pizca de escepticismo o de sentido crítico que guiara el diseño experimental, la selección del universo, la interpretación de resultados en apariencia débiles, y otros aspectos, las conclusiones ofrecen poca credibilidad.

A juzgar por la recepción favorable ya mencionada, muchos lectores de Nisbett pudieran considerar mis palabras demasiado severas, sobre todo al tratarse de un aspecto en el que mucha gente concuerda. Sin embargo, el problema es precisamente el sentido común, definido por Einstein como «la suma de prejuicios adquirida para cuando se tienen dieciocho años». El sentido común es con lo que uno concuerda y, por lo mismo, uno tiende a favorecer las impresiones y argumentos que parecen confirmarlo. El estudio científico riguroso ocurre sólo cuando se está dispuesto a desafiar todas las hipótesis y se está preparado para descartar o, al menos, cuestionar, las teorías predilectas.

La escritura en la pared

A menudo, el razonamiento culturalista encarna en la premisa débil y relativista de «todos somos diferentes pero iguales», estereotipo que observamos en Nisbett. A fin de cuentas es más fácil tragarse estereotipos que no tienen puntas filosas. Pero revisemos algunos estudios que dan un giro brusco al lugar común de que el pensamiento es distinto en Occidente y en Asia. Un caso reciente es el libro The Writing on the Wall: How Asian Orthography Curbs Creativity (La escritura en la pared: porqué la ortografía asiática limita la creatividad), de William C. Hannas, alto funcionario del Servicio Extranjero de Comunicaciones de los Estados Unidos. El libro, publicado en 2003 por University of Pennsylvania Press, propone que el uso de caracteres kanji impide a los asiáticos desarrollar razonamiento abstracto fértil.12 Tal postulado puede parecer provocador, por lo que es importante señalar que Hannas es uno de los principales expertos estadounidenses en las lenguas asiáticas (chino, japonés, vietnamita y coreano) que aborda en su estudio. Victor Mair, coordinador de la serie y académico destacado,13 sugiere incluso que quizá «no exista otra persona en el planeta que conozca tan bien los idiomas de marras». A su vez, Hannas agradece el consejo y la ayuda de numerosos colegas, algunos de los cuales leyeron tanto borradores de la obra como el manuscrito completo, y aportaron sugerencias. Asimismo, Hannas asegura que, como lector que es, él también se siente «profundamente» incómodo al «hacer generalizaciones sobre los pueblos» (pág. 102).

En breve, estamos ante lo que pareciera ser un producto intelectual de uno de los lingüistas estadounidenses más destacados y con las aportaciones de notables académicos en su campo. Al igual que ante la obra de Nisbett, podemos esperar que el contenido haya sido objeto de revisión rigurosa y que debatirlo implicaría un desafío singular.

La propuesta de Hanna acerca de los efectos de las diferencias lingüísticas se apoya en un antiguo concepto psicolingüístico que afirma que, a diferencia de las letras del alfabeto, las ideografías no son abstracciones. Más aún, se dice que el uso de ideografías provoca un pensamiento más pasivo y menos abstracto. En breve, el escritor o lector del Asia oriental depende de la memorización automatizada (por repetición) de gran número de símbolos que usa para representar un sonido silábico. Se postula que, al depender de tal profusión de símbolos, se entorpece el pensamiento abstracto profundo, tal como si un enorme muro de signos se irguiera entre la creatividad y el lector o escritor. En cambio, el lector o escritor que usa un idioma basado en un alfabeto, como es el inglés, está obligado a ser creativo debido al acto antinatural de usar un número reducido de letras para representar fonemas (la unidad básica de un sonido con significado lingüístico) en vez de sílabas.

¿Deficiencia genética?

Hannas postula que la ortografía asiático-oriental es responsable de que la sociedad asiática, en general, desdeñe la creatividad. El experto afirma que este prejuicio yace en «la estructura de la familia; el poco valor dado a la libertad y la autonomía personal; la conducta predatoria de la elite; los gobiernos paternalistas; la tendencia a la uniformidad y centralización; el uso de la educación para el control social; y una tradición de ver el cambio como sinónimo de caos» (pág. 273). Todas estas son representaciones culturalistas comunes en Europa y América respecto de las sociedades asiáticas orientales, e incluso los defensores de «los valores orientales» comparten muchas de estas ideas.15

Pero Hannas no se muestra dispuesto a dejar sus conclusiones ahí, en las arenas movedizas de los juicios de valor. Está decidido a que los aspectos técnicos del lenguaje sean su variable independiente, en vez de dejarnos con el conocido razonamiento culturalista circular, donde los valores culturales amorfos producen, supuestamente, distintas tendencias en la conducta y el pensamiento. Por tanto, el autor sostiene que el lenguaje y los aspectos inherentes a éste obstaculizaron la creatividad, dando origen a un sistema sociocultural que califica de estático. Y amplía su propuesta al opinar que la «metacultura china» se perpetuó mediante una «coevolución genético-cultural» (276). Al ser inútil en este sistema y representar una amenaza para su estabilidad, «la creatividad fue expulsada de la cultura asiática oriental» (277). En resumidas cuentas, la hipótesis de Hannas se fundamenta en la deficiencia genética de la cultura asiática oriental, donde la principal víctima es la creatividad.

Debido al estereotipo ampliamente difundido de que los japoneses son meros imitadores, la propuesta de este libro de que los asiáticos, en general, sufren de déficit de creatividad, cae en terreno abonado.16 Para subrayar este aspecto, Hannas dedica más de la tercera parte del libro a demostrar que las sociedades asiáticas tienen muchas instituciones dedicadas a robar la tecnología estadounidense. Señala que dichas instituciones, en vez de realizar investigación propia, reflejan «la escasez de talento innovador» y los «intentos desesperados por asimilar las creaciones ajenas» (pág. 87). Es indudable que, en los últimos cien años se ha observado una elevada transferencia tecnológica de Occidente a los países asiáticos; por tanto, si aplicamos el enfoque superficial de Nisbett -también habla del «triunfo de los occidentales en la ciencia» (pág. 134)- y el de otros trabajos culturalistas representativos, podríamos concluir que existe cierta correlación.

Algunas comprobaciones de datos

Sin embargo, con una pizca de pensamiento crítico y un repaso de datos en los medios se descubre cuenta que los postulados de Hannas son muy débiles. Para empezar, no logra equilibrar su recuento más bien sensacionalista de la transferencia tecnológica furtiva de los Estados Unidos al Asia oriental, con base en casos comparativos. No bastan unos cuantos ejemplos. Como demuestran Adam L. Penenberg y Marc Barry, en Spooked: Espionage in Corporate America,17 las propias empresas estadounidenses emplean a miles de personas para espiarse unas a otras. Más aún, conforme a Doron Ben-Atar, de la Universidad Fordham, el apogeo de los Estados Unidos se debió, en gran medida, a la campaña de espionaje industrial realizada contra Europa.18 Además, a raíz de la guerra fría, la CIA concentró su atención en el «espionaje económico», sobre todo contra los competidores europeos.19 Para encontrar estos ejemplos basta con unos minutos de investigación en la Internet. No refutan los postulados de Hannas de que los países asiáticos de oriente realizan extenso espionaje económico, pero demuestran que existen antecedentes de un ingente espionaje industrial organizado, y que realizarlo no evidencia en sí falta de creatividad. Hannas debió, al menos, considerar esta posible crítica a un punto nodal en su libro.

Más aún, la teoría psicolingüística que aplica Hannas tiene pocos seguidores, lo cual revela falta de documentación irrefutable. Primero, la teoría acertadamente llamada «determinismo lingüístico»-una vez que se despoja de todo tecnicismo- se apoya en la propuesta de que el «lenguaje configura al pensamiento». Se basa en la hipótesis de Sapir Whorf,20 que durante largo tiempo difundió mitos urbanos tales como que los inuit tienen muchas palabras para denominar nieve y, por tanto, sus mentes operan de manera distinta. Pero Steven Pinker, psicólogo de Harvard, mostró en 199421 la debilidad de estas ideas en su libro The Language Instinct (El instinto del lenguaje).21

A su vez, Richard Sproat, profesor del Departamento de Lingüística de la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign, al revisar el libro de Hanna subrayó varias imprecisiones en sus postulados técnicos acerca de los idiomas asiáticos.22 Un problema reside en que no todas las lenguas asiáticas orientales funcionan de la misma manera; el coreano, por ejemplo, es parcialmente fonémico. Además, estos idiomas no equiparan las sílabas y el silabario en relación estricta, pues existen sílabas mudas en el japonés. Asimismo, Sproat destaca que Hannas se apoya en numerosas citas de la edición de 1988 de The Alphabet and the Brain: The Lateralization of Writing23 que exploró la idea de que la ciencia occidental se derivaba, al menos hasta cierto punto, del alfabeto griego. Aunque el libro incluyó varias contribuciones que refutaron este planteamiento, Hannas, por desgracia, las ignora.

En otras palabras, al realizar un cotejo de datos se descubre la debilidad en la estructura técnica de los planteamientos de Hannas; también revela que no existe una razón válida para concluir o incluso sospechar que la ortografía determina la creatividad. Y podemos hacer un breve experimento de pensamiento sin ayuda de la Internet. Al igual que otros estudiantes en el mundo, los japoneses aprenden en la escuela que, en el siglo V d.C., al concluir las eras griega y romanas, la civilización europea vivió cerca de un milenio en el atraso científico del llamado oscurantismo. Mientras que las civilizaciones asiáticas y árabes florecían, Occidente estaba dominado por escolásticos y jerarcas de la Iglesia que si bien eran letrados alfabéticos, tenían poco interés en la ciencia. El largo periodo de estancamiento europeo, y el esplendor técnico contrastante en China parece difícil de explicar por medio del determinismo lingüístico.

Todo está en el fluir: siempre ha estado.

Lo único constante es el cambio

Es irrebatible que durante los últimos siglos, la revolución científica en Occidente ha dirigido gran parte del progreso tecnológico. Pero incluso en esa sementera de creación e innovaciones, se dieron trueques de otras latitudes (sobre todo árabes y chinas), así como enormes flujos locales dentro de Occidente, conforme cambiaban los centros de poder. Un ejemplo contemporáneo está en el dominio de la academia estadounidense. En la actualidad, parece casi natural que los mejores cerebros acudan a los Estados Unidos para capacitarse, pero hace apenas un siglo, el pináculo del progreso académico era Alemania. Por eso, a fines del siglo XIX, las mentes más brillantes del Japón y de los Estados Unidos iban a estudiar a Alemania. En el contexto de la diversidad intelectual, el intercambio y la divulgación de ideas son las encargadas de estimular la creatividad, no la ortografía. El hecho de que muchas de las personas más creativas en los Estados Unidos -tanto en las ciencias, como la tecnología, los negocios o las artes- sean de China y de otras partes de Asia oriental ha ocasionado que los Estados Unidos dependa del flujo de talento proveniente de esas tierras. No extraña la honda preocupación estadounidense de perder su predominio tecnológico porque el flujo de esos pueblos está declinando.24

Pero la crítica a los planteamientos de Hannas no termina ahí. También podemos preguntarnos si es cierto que son pocas las aportaciones creativas del Asia contemporánea. Para empezar, aclaremos que Hannas pretende diferenciar la creatividad «radical» de la «incremental» al afirmar que la primera está determinada por los «avances en conocimientos», mientras que la segunda se concentra en el «desarrollo rutinario» (pág. 96). Hannas concede que los asiáticos -especialmente los japoneses-pueden ser innovadores, pero aduce que su historia científica está marcada más por la taxonomía y el conocimiento concreto que por la abstracción, característica que suele atribuirse a Occidente. En breve, los asiáticos están representados como gente capaz de logros incrementales, no de descubrimientos tan innovadores que provoquen un «¡eureka!». Y Hannas elabora: «Lo que está en duda es la capacidad de un pueblo para encarar deliberadamente problemas objetivados, para reducirlos a sus elementos conceptuales básicos y reorganizar dichos elementos con el fin de ofrecer una explicación abstracta y unificada sobre un fenómeno que no podría ser entendido por medio del viejo paradigma» (pág. 98).

Sin embargo, esta diferenciación entre la creatividad radical y la incremental parece forzada. Es más, la creatividad, en gran medida es la adaptación inteligente de tecnologías o ideas existentes. Newton, para reconocer el conocimiento de siglos, escribió: «Si he visto más lejos es por estar parado en los hombros de gigantes».25 Por ende, el razonamiento es inmanentemente incremental. Conforme a este proceso -definido como radical, incremental o una combinación de ambos- los japoneses han aportado numerosas innovaciones tanto en campos tecnológicos y organizativos como en otras áreas, durante más de siglo y medio. El Estado japonés y las empresas niponas fueron autores de un «milagro económico» gracias, sobre todo, a la adaptación autóctona y creativa más que al tomar prestado. Ya la enorme capacidad japonesa para innovar y pensar de manera creativa había sorprendido cuando estalló la guerra del Pacífico.26 Sin duda asombró a sus rivales económicos cuando el Japón se levantó de las ruinas provocadas por el bombardeo estadounidense de 1945, para convertirse en la segunda potencia económica en el mundo. Hoy, continúa agobiando a los fabricantes de autos estadounidenses y a muchos competidores. Es, por tanto, irónico que Hannas escriba: «la marcha acelerada en la innovación de productos durante los últimos decenios ha obligado al Japón a depender cada vez más del extranjero para renovar ideas» (pág. 97).

Revisemos el argumento de Hannas desde un ángulo más. El autor define la creatividad real como descubrimientos eureka e ignora la pobreza científica que caracterizó a Occidente hasta hace unos cuantos siglos. Sin decirlo abiertamente, pareciera que el autor preguntara por qué Europa -no Asia- fue hogar de la revolución científica. Esta desatención a la fuerza de sus propios planteamientos es sorprendente, dado el esfuerzo que él y sus colegas despliegan para demostrar que existe un Occidente de pensamiento abstracto y activo, y un Oriente con parálisis intelectual. Pero si uno reconoce que el verdadero misterio es por qué la revolución científica se llevó a cabo en Europa, entonces de seguro se tiene que preguntar por qué no surgió en otras regiones además de Asia oriental. Esa línea de pensamiento conduce a un terreno más amplio, donde académicos como Jared Diamond27 y sus críticos han estado peleando durante años. Y en ese análisis comparativo más amplio uno pierde el espacio para debatir aspectos lingüísticos ya que muchas otras regiones que no usan ideogramas tampoco experimentaron una revolución científica.

El papel de las instituciones

Una mirada comparativa al nivel institucional también muestra la ausencia de pruebas que apoyen el planteamiento de que los asiáticos orientales están genética o incluso lingüísticamente impedidos para ser creativos. Nótese el caso de la academia, donde parece haber una clara brecha entre Asia oriental y los Estados Unidos (el representante usual de «Occidente»). Las clasificaciones comparativas internacionales de las instituciones académicas invariablemente y de manera aplastante privilegian a los Estados Unidos, a partir de varias calificaciones razonables de calidad.28 Sin embargo, de nuevo, una perspectiva comparativa más amplia podría ser más instructiva. Lo anterior se debe a que surge una debilidad similar al comparar los centros de enseñanza estadounidenses con los europeos. Antes del ascenso nazi y del inicio de la segunda guerra mundial, muchas universidades europeas estaban a la cabeza y alimentaron a genios creativos como Einstein, mas perdieron su predominio durante el curso de la guerra y de las transformaciones tecnológicas del siglo XX. Nadie se atrevería a postular que los idiomas europeos o su herencia comenzaron a inhibir la creatividad en la academia del continente. Por el contrario, el factor clave pareciera ser un fenómeno ambiental de nivel medio. Hannas analiza el entorno per se pero lo define como un contexto social amplio apoyado en factores lingüísticos que inhiben o estimulan el pensamiento creativo. Es evidente que puede haber un nivel macro muy claro de diferencias culturales entre las distintas regiones, y quizá ayuden a explicar la incidencia relativa de experiencias eureka en el mundo, a lo largo del tiempo. Sin embargo, un elemento causal más poderoso en el presente parecería ser el hecho de que la investigación de punta (en contraste con la innovación de productos) se realiza en instituciones públicas y sobre todo en los departamentos de investigación de las universidades estadounidenses.

Al respecto, tenemos algo similar a un experimento accidental pero muy interesante que se despliega ante nuestros ojos. Lo anterior se debe a que el dominio de las instituciones académicas estadounidenses pareciera menguar. Existen numerosas razones para explicar esta tendencia y muchas tienen poca relación con Asia. Un factor radica en la disminución de subsidios para la investigación básica.29 Pero entre otras causas está el aumento en el número de estudiantes asiáticos que obtienen posgrado y que estudian en sus propios países. Más aún, tienen amplias oportunidades de permanecer en su lugar de origen y de continuar con investigaciones innovadoras.30 Por ende, las instituciones académicas y de investigación en Asia oriental están aumentando su presencia en la vanguardia de una amplia variedad de campos técnicos.31 Lo que en Asia oriental está ausente, en gran medida, son las enormes sinergias que amalgaman a las mejores mentes de la región con las de otros países, lo cual fue clave para el predominio europeo en el pasado y para el estadounidense en el presente. Si se resuelvan las tensiones políticas en el Asia oriental al punto de permitir cooperación amplia, los frutos creativos y diversos sorprenderán tanto a Nisbett como a Hannas.

Notas

[1] En la página oficial de Nisbett se enumeran sus impresionantes logros y honores académicos.

[2] Para críticas en inglés muy favorables, ver aquí y aquí. Las críticas en japonés son todavía más favorables y es posible ver un ejemplo de los numerosos comentarios en el sitio japonés de la librería de Amazon.

[3] Una búsqueda en inglés en Google, realizada el 8 de mayo de 2005, con la palabra Nisbett dio 919 resultados, mientras que con el título en japonés y el nombre de Nisbett en Katakana dio 1,700 resultados.

[4] El primer capítulo del libro aparece en el sitio del New York Times. Una breve descripción se encuentra en el sitio del periódico de la Universidad de Michigan.

[5] Ver su studio de 1998, «Linguistic Systems and Social Models: A Case Study from Japanese».

[6] Entre las muchas críticas convincentes de las representaciones culturalistas del Japón está el libro de 1990, Images of Japanese Society: A Study in the Social Construction of Reality, Londres, Kegan Paul International.

[7] En Multiethnic Japan, Lie (2001) desafió convincentemente los estereotipos sobre la homogeneidad japonesa.

[8] En 2001, Befu en Hegemony of Homogeneity criticó fuertemente el papel de los intelectuales japoneses en la producción y difusión de estereotipos culturalistas.

[9] En la página de StatLit aparecen algunos de los trabajos extensos más recientes sobre «alfabetismo estadístico»; ahí, bajo artículos útiles se ofrece cómo integrar este enfoque a la enseñanza y la investigación.

[10] En los Estados Unidos hubo poco menos de 2 millones de estudiantes de posgrado en in 2001.

[11] Para una guía útil, ver The Skeptic’s Dictionary; consultar el registro confirmation bias.

[12] Un capítulo de muestra se ofrece en línea.

[13] Ver la página de Victor H. Mair.

[14] Por ejemplo, un fonema diferencia «gato» de «rata.»

[15] Un ejemplo.

[16] No son pocos los asiáticos que han abordado el tema, aunque, al parecer ninguno ha usado el método lingüístico de coevolución de genética y cultura de Hannas. Ver, Ng Aik Kwang Why Asians Are Less Creative than Westerners. Singapur, Prentice Hall, 2001.

[17] El estudio de Adam L. Penenberg y Marc Barry está publicado por Perseus Books.

[18] Ver Ben-Atar, Trade Secrets: Intellectual Piracy and the Origins of American Power, Yale University Press, 2004. Es posible consultar en línea el artículo «A US Technology Double Standard?», del mismo autor.

[19] Ver Richard Dreyfuss, «Help Wanted: spying on allies,» en el número de mayo/junio, 1995, de Mother Jones.

[20] Ver una descripción de la hipótesis Sapir Whorf.

[21] Sobre Pinker y su obra ver aquí y aquí.

[22] Ver la crítica de Sproat.

[23] El libro fue compilado por Derrick de Kerckhove y Charles J. Lumsden, y publicado por Springer-Verlag.

[24] Ver Richard Florida, The Flight of the Creative Class, Universidad George Mason, HarperBusiness, 2005. Sobre la obra de Florida, ver aquí y aquí.

[25] Al respecto ver Robert K. Merton, On the Shoulders of Giants: The Post-Italianate Edition, University of Chicago Press, 1993.

[26] Algunas sorpresas incluyen los mejores torpedos (el Long Lance), el mejor avión de combate (el Zero) y algunas de las tácticas más innovadoras. Al respecto, ver los comentarios de James J. Martin, «A Good War it Wasn’t», Journal of Historical Review, Vol. 10, Núm 1, 1990.

27] Ver Diamond. Guns, Germs and Steel: The Fate of Human Societies, WW Norton, 1997. Consultar una síntesis de sus razonamientos fascinantes.

[28] Un reciente estudio comparativo del Instituto de Educación Superior de la Universidad Jiao Tong, en Shangai, incluyó sólo a cinco universidades asiáticas (todas japonesas) entre las cien mejores universidades del mundo.

[29] Ver, por ejemplo, Peter N Spotts «Pulling the Plug on Science», Christian Science Monitor,14 de abril de 2005.

[30] Un estudio reciente particularmente pesimista sobre estas tendencias, está en Task Force on the Future of American Innovation. Ver también Diana Hicks, «Trends in Asian R&D,» trabajo presentado en el encuentro de la Sociedad Americana de Química, 13 de marzo de 2005.

[31] Ver el rápido avance de la Universidad de Tokio y de las instituciones chinas en los campos de química y farmacología.

Andrew Dewit es profesor asociado de economía, en la Universidad Rikkyo en Tokio y coordinador de Japan Focus, donde publicó este artículo. Su correo electrónico es [email protected]


Traducido por Margarita Esther González y revisado por Miguel Alvarado