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Estudio sobre el concepto de clases medias en la obra de Nicos Poulantzas

Fuentes: Rebelión

En este trabajo tenemos la intención de realizar un análisis a profundidad del concepto de clases medias en la obra de Nicos Poulantzas.

Vamos a sostener la hipótesis de que en la teoría poulantziana las clases no son modelos sobre los que puedan construirse conjuntos externos sobre las “abstractas” clases sociales. Nuestro supuesto parte de que lo político y lo ideológico se transforman en aquella determinación estructural que constituye su propia identidad. Para ello explicaremos la constitución de las mismas en cuanto atravesadas por: 1) el trabajo improductivo que no añade ninguna magnitud de valor; 2) la jerarquía de dominación política al exterior de los aparatos de Estado; 3) la ritualización de los saberes de autoridad que se legitiman como excluyentes respecto de otras clases. Esto nos llevará a señalar la crítica de las nociones de “clases medias” y “sectores privilegiados”, en los marcos de una lectura poco usual sobre la crítica de la economía política.

Alcances y límites de la noción de privilegios

Es cierto que la pandemia en curso ha evidenciado las condiciones ventajosas o desfavorables que se han perpetuado en nuestras sociedades. Los cuestionaminetos y denuncias contra las desigualdades han avanzado de la mano de diversas luchas contra la discriminación racial, de género o de clase. Sobre este marco, el privilegio surge como un discurso indicativo de posiciones de exención respecto de la otra normalidad que viven sectores distintos. Estas exenciones refieren a las contradicciones entre la igualdad formal establecida en el derecho y la realidad de ciertas relaciones económicas de tipo centro-periferia, por las cuales atraviesan el machismo, la precariedad y la violencia sistemática. La identificación de ciertos “privilegios” ha permitido combatir algunos sentidos comunes nocivos que atribuyen al mérito individual el acceso a condiciones de disponibilidad económica, social y cultural que son opuestas a la pobreza del grueso de la población. No todos tienen acceso a una vivienda digna, seguridad social, servicios de salud, o bienes de consumo más allá de los de primera necesidad (vacaciones, autos, alimentos no nocivos, tablet, laptop, etc.).

Efectivamente, en el neoliberalismo actual asistimos a una agudización de las desigualdades en los niveles de consumo de la población. Los resultados de la encuesta nacional de ocupación y empleo del INEGI muestran que sólo el 30 por ciento de la población económicamente activa (PEA) percibe ingresos en el hogar por encima de los 13,000 pesos al mes, los cuales se estiman como el costo medio de la manutención básica familiar. La misma encuesta revela que cerca del 70 por ciento de los empleos se encuentran en el sector económico terciario (comercio y servicios,) y que 16 de los 56 millones de la PEA trabajan en la informalidad. Por otro lado, la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) señala que las personas con discapacidad, VIH/SIDA, mujeres, indígenas y personas con sobrepeso son los principales discriminados en el país.

Sin embargo, la visibilización de estas desigualdades por la vía de noción “privilegios” encuentra sus límites con rapidez. Decenas de artículos se han escrito para reconocer las “posiciones privilegiadas” de diverso tipo: 1) no ser discapacitado; 2) acceso a infraestructura básica; 3) ser blanco; 4) hablar la lengua nacional; 5) carrera superior; 6) libros en casa; 7) internet; 8) viajes a otros países; 9) ser hombre; 10) heterosexual; 11) empleo estable; 12) prestaciones, etc. Por lo regular siempre se invita a reconocer los “privilegios” propios e incluso se llega a inducir un recuento cuasi-religioso que conduce a la culpa: “mira lo que tienes y agradece por ello”. Uno siempre puede agradecer a Dios o a uno mismo. No obstante, ya desde aquí debemos notar que ciertos privilegios provienen de situaciones distintas: los artículos “patrimoniales” se pueden obtener por actos de corrupción o por décadas de endeudamiento; el tiempo libre se puede ligar al desempleo o al beneficio de puestos empresariales altos; incluso, aunque el ingreso supere los tres salarios mínimos, algunos estarán por encima únicamente por unos cuantos pesos, mientras que otros estarán tan arriba que ni siquiera medirán sus ingresos en salarios. Si lo pensamos bien, Carlos Slim y algunos estudiantes de la UNAM podrían estar bien homologados bajo el discurso de los “privilegios”. ¿Qué sentido tiene esto? Aquí, para retirar el foco de los privilegios particulares, entra en escena otra perspectiva: la teorización de las clases medias.

Burguesía, proletariado y eso tan difícil de asir entre los polos

Como sabemos la teoría marxista es una referencia obligada en relación al tema de las clases sociales. Según Marx, la piedra angular del capitalismo es la explotación de los propietarios de los medios de producción respecto de los que venden su fuerza de trabajo a cambio de un salario que no es equivalente al valor que producen durante el proceso de trabajo. El excedente que se genera, y que permite la ampliación de este sistema, es la plusvalía. Por otra parte, Lenin teorizó el imperialismo como una forma particular del desarrollo capitalista caracterizado por el dominio del capital financiero, exportación de capitales, reparto del mundo, producción de una aristocracia obrera e intensificación de la lógica de las naciones oprimidas y opresoras. El imperialismo tiene cuatro etapas: 1) fase de transición de la competencia al monopolismo, que se extiende de finales del siglo XIX hasta el periodo entre las dos guerras; 2) fase de consolidación de lo estatal sobre las formaciones sociales, a partir de 1930; 3) fase de desarrollo de la lógica de las metrópolis inducida al interior de esas formaciones, a partir de 1945; 4) fase neoliberal destructora de las victorias nacional-populares en el seno del Estado, a partir de 1980. La clase media es producto de: a) la segunda fase por cuanto a la consolidación de los “Estados benefactores” y el aumento de los niveles de vida para los trabajadores; b) el desarrollo de la complejidad administrativa y comercial de la tercera fase; c) la expansión de las comunicaciones de la cuarta fase. Entonces ¿las “clases medias” son algo que Marx no pudo prever?

En realidad, Marx reconoció siempre la existencia de clases sociales distintas a las fundamentales (pequeña burguesía, campesinado, lumpenproletariado). Pero lo importante es que el desarrollo de las “clases medias” tiene todo que ver con la historia. Sin embargo, aunque se reconozcan estas vicisitudes históricas, no siempre se traducen en un desarrollo de la teoría marxista de las clases sociales: se describen particularidades sin teoría o se remite a la vieja teoría sin particularidades. Tales son los casos que analizan “las clases medias” como problema de identidad, prácticas culturales o consumo. Veamos esto más de cerca.

  1. El abordaje identitario ha sido reproducido por algunos sectores trotskistas. Esta perspectiva considera que las clases medias son sinónimo de pequeña burguesía, en cuanto ocupan un lugar “intermedio” en la estructura productiva, o sea, en todo el espectro inespecífico de las posiciones que no son estrictamente obreras (trabajadores productivos) ni estrictamente burgueses (dueños de medios de producción). Ser de clase media es, sobre todo, una “construcción ideológica” producida por las clases dominantes para fracturar la identidad legítima de la clase obrera. La pequeña burguesía que posee  una “soltura” económica —también inespecífica—, participa de una aspiración al ascenso social virtualmente inalcanzable, sumado al rechazo abierto a descender en la escala social. Como su condición de clase no es más que un “engaño”, los trabajadores han renunciado a su “orgullo” por la clase a la que verdaderamente pertenecen. Aceptarse como lo que son ayudaría a “robustecer” las filas de la clase obrera para una acción revolucionaria.
  2. El segundo abordaje se refiere al constructivismo tipo Pierre Bourdieu. En su obra Las estrategias de la reproducción social estudia la dinámica de “luchas y apuestas” que son llevadas a cabo por grupos e individuos (agentes) pertenecientes a las clases. Primero distingue a las clases: populares, medias y burguesas; y luego a las fracciones de clase: pequeña burguesía y pequeña burguesía ascendente. Bourdieu afirma que la relativa estabilidad de las clases se debe al habitus, que indica la vinculación de la práctica subjetiva respecto de las regularidades objetivas de la realidad estructurada; es decir, el papel de las clases dominantes consiste en aprovechar su situación de poder para mantener activamente el orden del que son beneficiarios. La diferencia entre las clases dominantes y las populares estriba en que las primeras tienen posibilidades reales de cumplir sus intereses, hacerlos institucionales y materia de derecho. En cambio, las clases populares son desposeídas porque manejan parte de sus intereses como imaginación y anhelo. Bourdieu señala que la pequeña burguesía ascendente se conforma por grandes comerciantes, profesores, técnicos y profesionistas liberales que viven un constante conflicto interno por tratar de ser parte de la clase superior. La pequeña burguesía vive reduciéndose para conseguir una acumulación de capitales (económico, social, cultural y simbólico) mediante la educación, el pago de rentas elevadas o la restricción reproductiva. Pero en este caso es la realidad estructural (y no la identidad aspiracionista) la que las dota de ventajas sociales para proyectar una trayectoria que no podrán realizar sino, tal vez, en generaciones posteriores. Una vez más los intereses de clase se presentan como engaño, aunque en este caso no se remite su verdad a las clases populares.
  3. Un último criterio remite a la definición de las clases medias por su nivel de consumo o intereses inmediatos a nivel económico. Este criterio constituye el sentido común de innumerables instituciones gubernamentales y encuestadoras. Sin embargo, resulta interesante que el abuelo de esta concepción sea Max Weber: “corresponde siempre al concepto de clase el hecho de que las probabilidades que se tienen en el mercado constituye el resorte que condiciona el destino del individuo.” Este criterio se halla profundamente difundido en la Sociología moderna debido a la popularización elaborada por Anthony Giddens en su libro La estructura de las clases sociales en las sociedades avanzadas. Según el Índice de Desarrollo Social de Evalúa de Ciudad de México, sólo es clase media la población cuyos ingresos ascienden por encima de los 16 mil pesos mensuales, o sea, sólo el 12% de la población pertenecería a la clase media. Aquí la estadística prescinde de las relaciones sociales de producción y de hecho no se nos dice nada sobre las jerarquías efectivas al interior de los procesos laborales.

Todos estos criterios informan sobre ciertos hechos que es necesario identificar. No obstante, su límite aparece cuando se proponen determinar las fronteras reales con la clase obrera y la burguesía efectiva. No se trata sólo de un problema conceptual, sino de un asunto concerniente a la identidad propia de las clases trabajadoras en cuanto construyen su conciencia organizativa, producen sus alianzas y reconocen a los enemigos. A partir de aquí desarrollaremos una perspectiva crítica sobre estos sectores que no son “ni obreros ni burgueses”. Nos apoyaremos en la Crítica de la Economía Política de Marx y en los importantes avances que el sociólogo francés Nicos Poulantzas ha realizado en este campo.

Planteamiento efectivo del problema

En el 18 Brumario de Luis Bonaparte, Marx dice que en la medida en que millones de familias viven bajo condiciones económicas de existencia que las distinguen por su modo de vivir, por sus intereses y por su cultura de otras clases y las oponen a éstas de un modo hostil, aquellas forman una clase. Por cuanto existe entre los campesinos parcelarios una articulación puramente local y la identidad de sus intereses no engendra entre ellos ninguna comunidad, ninguna unión nacional y ninguna organización política, no forman una clase.

Aquí, es evidente que el criterio para definir a las clases sociales resulta de una estructuración histórica que liga 1) las condiciones económicas, 2) la unión nacional, la organización política; 3) su cultura y modo de vivir. Es importante notar que en la primera parte del texto las condiciones económicas, culturales y los intereses que de ello derivan, sólo existen como oposición respecto de otras clases; vale decir, independientemente de los antagonismos vivos, la existencia de las clases tiene un fundamento en la propia lucha de clases. Si hay clases entonces hay lucha de clases. Ésta no es un resultado de la conciencia para sí (organización y voluntad), sino una relación objetiva sobre la que se estructura la conciencia. Por otra parte, es obvio que en Marx la relación clases-medios de producción es fundamental, pero el criterio para definir el poder político de éstas se encuentra en el lugar que ocupan en las relaciones socio-políticas de producción. En el caso de los campesinos franceses, el autoconsumo periférico les impidió la intersubjetividad o interdiscursividad. Sólo la negación del resto de la sociedad los hizo sentirse clase. Pero ese sentir, anudado a la incapacidad de autorepresentarse, les condujo a la irresistibilidad del Estado autoritario. Lo importante aquí es que la política y la cultura no son epifenómenos (esto lo desarrollaremos después). En todo caso, si el criterio económico es predominante, es porque comprende la determinación de las clases fundamentales (burguesía y clase obrera) de la sociedad moderna en cuanto que el modo de producción capitalista (MPC) se convierte en hegemónico. El criterio no sirve en sí, sino cuando conviene a la realidad hegemónica de este modo de producción. 

No obstante, no podemos seguir hablando del capitalismo en general, sino de formaciones sociales en las que se interfieren diversas modalidades productivas que, finalmente, domina el MPC. Incluso en nuestras sociedades dependientes, puede hablarse de un centro y de una periferia interna. Y si la imagen de las periferias internas ha estado asociada sobre todo con formas de producción precapitalistas, la imagen del centro no puede agotarse en el tema de la clase obrera y la marginalidad informal, sino que exige el reconocimiento de asalariados no productivos: empleados del comercio, bancos, administración, oficinistas, publicistas, profesiones liberales (médicos, abogados, profesores, consultores, analistas de sistemas), pequeños propietarios, servidores públicos, y hasta cuellos blancos o azules (Wright Mills), etc.

Históricamente han existido dos abordajes teóricos erróneos sobre el tema de  los asalariados no productivos: 1) entenderlos como parte de la clase burguesa en cuanto que ejercen funciones de autoridad jerárquica; 2) entenderlos como parte de la clase obrera en cuanto que no poseen medios de producción y pertenecen a una supuesta clase salarial. En el primer criterio se renuncia al criterio económico, y en el segundo se atiende exclusivamente a él. Si se continúa por esta vía dualista, se diluyen los conceptos de clase obrera y burguesía. Si todos somos burgueses o si todos somos clase obrera, entonces no existe lucha de clases. 

Es en este punto ciego donde probablemente aparezca la estrategia discursiva de las “clases medias”. Como hemos visto, el criterio indicativo de las clases medias muestra un hecho real: la comunidad identitaria definida por niveles de consumo, actitudes psicológicas, rasgos físicos, gustos, etc. El criterio no se refiere a ninguna clase, incluso parece indicar un supuesto “aburguesamiento” de la clase obrera o un desclasamiento de la burguesía. Si el criterio “clase media” sustituye a la categoría de clase, entonces las clases y la lucha de clases dejan de existir. El peligro particular, como hemos visto, es que ciertas actitudes identitarias de las clases medias corresponden efectivamente a diversas clases: burguesía, pequeña burguesía y clase obrera. De esta manera se pierde el juicio para identificar las divergencias de clase y las posibles alianzas populares. Sólo una teoría de las clases sociales puede orientarnos en el escalonamiento efectivo de las diversificaciones sociales.

Teoría de las clases sociales: actualidad de Nicos Poulantzas

Las clases sociales no son modelos sobre los que puedan construirse conjuntos externos “concretos” sobre las “abstractas” clases sociales. En el marxismo crítico se admiten fracciones, capas y categorías, pero todas éstas tienen una adscripción de clase. La categoría de clase designa, como dice Poulantzas, el conjunto de los efectos de la estructura en el campo de las relaciones sociales. En las sociedades donde domina el MPC se desarrolla una polarización entre la burguesía y la clase obrera. Como hemos visto, aquí la propiedad y el mando sobre las fuerzas productivas son determinantes; mientras que lo político e ideológico son decisivos para el ejercicio del poder. En cambio, para conceptuar a los asalariados no productivos, que ahora llamaremos nueva pequeña burguesía, lo político y lo ideológico se transforman en determinantes. Lo estructural de la pequeña burguesía corresponde a lo político y a lo ideológico. La pequeña burguesía se compone de: 1) pequeña burguesía tradicional (pequeña producción y pequeña propiedad) y; 2) nueva pequeña burguesía (asalariados no productivos). En la pequeña burguesía tradicional el trabajador directo es a la vez propietario, mismo que se desarrolla sobre la forma mercantil simple. En cambio, la nueva pequeña burguesía se constituye por sectores asalariados que no poseen medios de producción. Si la clase obrera es asalariada, no todo asalariado pertenece a la clase obrera: “todo trabajador productivo es un asalariado, pero no todo asalariado es un trabajador productivo.” De la misma manera, no toda clase que no posea medios de producción es clase obrera. El criterio fundamental para definir a la clase obrera refiere al trabajo productivo.

Digresión necesaria sobre el trabajo productivo: la economía

El trabajo productivo se efectúa siempre en condiciones históricas de explotación determinadas. En realidad, un trabajo con idéntico contenido en el resultado puede ser productivo o improductivo. Es trabajo productivo, en primer lugar, aquel que se cambia contra capital variable y produce plusvalor que valoriza al capital: “es productivo aquel trabajo -y sólo es un trabajador productivo aquel ejercitador de la capacidad de trabajo- que directamente produzca plusvalía.” De esta manera, aquel trabajo que dependa fundamentalmente de la esfera de la circulación (marketing, seguros, banca, contabilidad, vendedores telefónicos o de almacén, etc.) no es productivo, o sea, no produce valor ni crea plusvalía, aunque sí contribuye a la realización de ésta. “Puesto que el comerciante, en cuanto mero agente de la circulación, no produce valor ni plusvalor […] también es imposible que los trabajadores de comercio a los que ocupa en las mismas funciones puedan crear directamente plusvalor para él.” Sin embargo, la mayoría de esos trabajadores no productivos asalariados son explotados en tanto que su salario corresponde a la reproducción de su fuerza de trabajo y en cuanto contribuyen a disminuir los gastos de circulación del plusvalor.

Esto último no significa que todo trabajo que se realice en la esfera de la circulación sea improductivo. En realidad, aquellos trabajos que acrecientan el valor de cambio de la mercancía sobre la base de su valor de uso capitalista (transporte, almacenamiento, distribución, reparación, etc.), pueden ser considerados como procesos de producción dentro de la esfera de la circulación. “Ya hemos expuesto (libro II, capítulo vi, Los costos de circulación, 2 y 3) hasta dónde deben considerarse la industria del transporte, conservación y distribución de las mercancías —bajo una forma adecuada a dicha distribu­ción— como procesos de producción que persisten dentro del proceso de circulación.” De esta manera, esos trabajadores deben ser considerados como parte de la clase obrera.

Por otra parte, es verdad que algunos de los trabajos improductivos contribuyen a la reproducción de las relaciones sociales capitalistas (profesores, médicos, funcionarios de Estado), pero la utilidad de estos servicios no modifica en nada la relación económica. No debemos confundir lo necesario como condición, con lo productivo. Si así fuera, entonces deberíamos decir que todos los trabajos que contribuyen indirectamente a la reproducción de la fuerza de trabajo directamente productiva, son productivos. Con esto, la distinción trabajo productivo-improductivo quedaría diluida: “de esta suerte un bribón también es un trabajador productivo, ya que indirectamente produce libros de derecho penal.” En realidad, el trabajo productivo debe producir los elementos materiales que son el sustrato propio de la explotación; o sea, intervenir en la producción material y el aumento de los valores de uso materiales. Por una parte “es productivo aquel trabajo que se representa en mercancías.” Ello no significa que sólo las “cosas útiles” sean resultado del trabajo productivo, pues los artículos de lujo pueden ser el resultado de un verdadero trabajo productivo. Es productivo el trabajo que se representa en mercancías y produce plusvalor. Pero aquí debemos tener mucho cuidado: no todo trabajo cuyo resultado adopte la forma mercancía produce valor. En el caso de los artistas (pintores, escritores, etc.), el producto de su trabajo (libros, pinturas), aunque posea un precio y adopte la forma mercancía, no tiene valor. Lo mismo puede decirse del trabajo científico (investigadores), pues a pesar de que sus resultados pueden ser incorporados al capital, el trabajo propiamente científico no interviene de manera directa en el proceso de producción del plusvalor. Aunque las patentes tengan precio, no tienen valor (no son reproducibles). No toda mercancía proviene del trabajo productivo.

Varios trabajos de servicios (peluqueros, cosmetólogas, taxistas, etc.) son improductivos en cuanto que no se cambian por capital, sino por renta. Ese trabajo no se incorpora como factor vivo para valorizar el capital, “por ese trabajo intercambia su dinero como rédito, no como capital.” Su trabajo no se cambia contra capital variable. De manera que desde la perspectiva del capital social, la retribución se trata de un gasto improductivo. Si ese trabajo está sometido a un capitalista individual, constituye un beneficio; pero desde el punto de vista del capital social tal beneficio es parte de la transferencia de plusvalor que sólo puede crear el capital productivo. Aún así, la gran mayoría de los trabajadores del sector servicios son explotados y de hecho se encuentran en la precariedad informal. Es verdad que el intercambio de valores contra renta supone el intercambio de equivalentes que no podría dar lugar a la explotación. Pero en el marco de la hegemonía del MPC, el capital somete incluso al sector de servicios con más calificaciones (profesores, arquitectos, abogados, informáticos, incluso gran parte del sector de espectáculos, etc.) que suministran trabajo no pagado o plustrabajo para economizar los ingresos acumulados del capital que desembolsa al principio. En el caso particular de los trabajadores sociales no productivos del sector público (trabajadores sociales en barrios, promotores de cultura, etc.), aunque los capitalistas no intervienen directamente como capitalistas sino como compradores de servicios, la relación de explotación se sustenta en el intercambio desigual sobre el que se obtiene ventaja. En términos generales, aunque un agente venda sus servicios sin ser asalariado, la desigualdad de los términos de intercambio evidencia la situación de explotación (trabajadoras domésticas no reconocidas).

Sólo en algunos casos excepcionales los trabajadores improductivos no son explotados. Por ejemplo, a los grandes abogados de las multinacionales (que no llegan todavía a la categoría de asociados) no se les arrebata plustrabajo, pues la relación salarial se establece sobre un verdadero intercambio de equivalentes en cuanto se cubre el costo efectivo del pago por el servicio bajo un tiempo de trabajo socialmente necesario. Sin embargo, si esos agentes se vuelven verdaderos asociados, no deberíamos hablar más de trabajadores improductivos, sino de clases burguesas por medio del rodeo de la sociedad de acciones.

Segmento vigilante y directivo: la política

En el MPC las relaciones sociales de producción determinan las relaciones técnicas de producción. Es el criterio de dominación de las relaciones de producción sobre el trabajo, en cuanto remite a la determinación de las relaciones políticas e ideológicas, lo que permite identificar las fronteras con la clase obrera. Esto quiere decir que el puro criterio del trabajo productivo no lo es todo, pues las funciones de dirección, control y vigilancia constituyen también un trabajo productivo en cuanto se integran al proceso laboral colectivo. “Si se considera al trabajador colectivo en el que el taller consiste, su actividad combinada se realiza materialmente y de una manera en el producto total que al mismo tiempo es una masa total de mercancías, y aquí es absolutamente indiferente el que la función de tal o cual trabajador, mero eslabón de este trabajador colectivo, esté más próxima o más distante de trabajo manual directo.” Pero la dirección, el control y la vigilancia no son funciones técnicas, sino resultado de la configuración de las relaciones socio-políticas en la producción, mismas que no se identifican de inmediato con las relaciones políticas en el seno del Estado. Recordemos que en el Sexto inédito Marx habla de la hegemonía y la subordinación al interior del proceso productivo: “la relación de hegemonía y subordinación ocupa en el proceso de producción el lugar de la antigua autonomía anterior.”

La cualidad política de la dominación en el seno de la producción no se agota en la figura de los propietarios económicos reales de los medios de producción que controlan las inversiones y los medios del proceso de acumulación (grandes capitalistas, altos directivos y ciertos miembros del consejo de administración). En realidad, estas funciones son ejercidas por directivos medios, altos gerentes, ejecutivos y tecnócratas que no son propietarios directos, pero sí poseedores de los medios de producción que controlan los medios físicos de producción (capital constante) o la fuerza de trabajo (capital variable), y por ello deben ser considerados como parte de la clase capitalista. La propiedad real se refiere al control del flujo de inversiones en la producción (qué se produce), y la posesión remite al control del proceso productivo (cómo se produce). Esta diferencia no se trata de algo que Marx “no previó”: “La propia producción capitalista ha hecho que el trabajo de dirección superior, totalmente separado de la propiedad del capital, ande deambulando por la calle. De ahí que se haya tornado inútil que el propio capitalista desempeñe esta tarea de dirección superior. Un director musical no tiene por qué ser, en absoluto, propietario de los instrumentos de la orquesta, ni pertenece a sus funciones como director el que tenga algo que ver con el `salario´ de los músicos restantes.”

La función de vigilancia sobre la fuerza de trabajo se transmite a bajos directivos, capataces y supervisores explotados que ejecutan órdenes precedentes. “Así como el capitalista, no bien el capital ha alcanzado esa magnitud mínima con la cual comienza la producción verdaderamente capitalista, se desliga primero del trabajo manual, ahora, a su vez, abandona la función de vigilar directa y constantemente a los diversos obreros y grupos de obreros, transfiriéndola a un tipo especial de asalariados.” Aunque esta función pierda algunos rasgos despóticos y adopte la forma de administración de reglas impersonales, no debemos perder de vista que su empleo político continúa siendo la vigilancia para la extracción y la recaudación del plusvalor como encarnación de los poderes del capital, por lo que estos sectores tampoco pertenecen a la clase obrera. Si esto es así, entonces la diferencia trabajo productivo-improductivo no coincide con la de trabajo manual-intelectual. El General intellect constituye también el trabajo productivo: “La naturaleza no construye máquinas, ni locomotoras, ferro­carriles, electric telegraphs, selfacting mules, etc. Son éstos productos de la industria humana; material natural, transfor­mado en órganos de la voluntad humana sobre la naturaleza o de su actuación en la naturaleza. Son órganos del cerebro humano creados por la mano humana, fuerza objetivada del conocimiento. El desarrollo del capital fixe revela hasta qué punto el conocimiento o knowledge social general se ha con­vertido en fuerza productiva inmediata, y, por lo tanto, hasta qué punto las condiciones del proceso de la vida social misma han entrado bajo los controles del general intellect y remodeladas conforme al mismo.” Esto nos lleva al abordaje de la cuestión de la ideología.

La ciencia dominante: la ideología técnica

La división trabajo manual-trabajo intelectual es el resultado fundamental del proceso de subsunción real del proceso de trabajo al proceso de valorización en su aspecto de escisión del productor respecto de los medios de producción. Al separar a los diversos trabajos, se escinde como autónomo al trabajo espiritual. El saber científico es una fuerza productiva del capital y por ello mismo no es un saber neutral, sino ideologizado como ciencia dominante. Aunque Althusser ha reaccionado contra los excesos de la diferencia “ciencia proletaria-ciencia burguesa”, lo cierto es que es innegable que por su constitución la ciencia lleva el signo de la modernidad capitalista. Ahora bien, si sólo después de la revolución industrial podemos diferenciar ciencia y técnica, es claro que las aplicaciones tecnológicas sobre el proceso de producción, dominado por las relaciones sociales capitalistas, constituyen las prácticas fundamentales del saber ideológico dominante. Son los técnicos y los ingenieros los portadores de la reproducción de estas relaciones ideológicas (no neutrales ni técnicas en sí) sobre las que se funda la división trabajo manual-trabajo intelectual. La división consagra el monopolio del saber técnico respecto de aquellos que “no saben”, y al mismo tiempo legitima el trabajo de dirección y vigilancia que realizan aquellos técnicos e ingenieros sobre la clase obrera.

No obstante, dentro del trabajo intelectual técnico existe una subdivisión trabajo manual-trabajo intelectual que explica la existencia de algunos ingenieros subalternos que no ejercen la dirección y cuyo trabajo se halla constantemente descalificado: estos sectores forman parte de la clase obrera. En el capitalismo contemporáneo las antiguas brechas entre el ingeniero y el obrero tienden a disminuir y hasta se diluyen. “Asistimos a un cuestionamiento de las separaciones entre el capataz, el encargado de métodos y el obrero profesional. El encargado de métodos prepara su programa de fabricación con el obrero profesional, a la vez que éste debe usar el microprocesador, y aún la terminal de computadora del departamento de métodos, para efectuar sobre la marcha las modificaciones necesarias al ciclo de fabricación. El capataz es menos el agente de autoridad, que un ´supertécnico´ capaz de intervenir en caso de diagnóstico complejo de avería, y sobre todo, de coordinar los grupos de trabajo en función de la productividad.” Sin embargo, los centros de decisión estratégicos continúan perteneciendo al capital. Los trabajos de mantenimiento, optimización y control sobre la máquina-herramienta, con la mediación de la máquina informática, son prácticamente insustituibles. La intervención humana nunca ha sido tan importante como ahora. 

Por último, debemos precisar que el trabajo intelectual no se agota en el trabajo técnico. Los administradores, la burocracia empresarial y hasta los psicólogos laborales con formación clásica (y su degradación actual en el couching), reproducen la figura de saberes intelectuales en función de estas relaciones. Esto nos lleva al análisis del trabajo intelectual que no se identifica con la portación científica.

El nuevo godinato pequeñoburgués: la ideología-ritual

El trabajo intelectual implica trabajos que nada tienen que ver con la ciencia. En la medida que los aparatos de Estado (administrativo, represivo e ideológico) y los aparatos de empresa (oficinas) desarrollan sus funciones burocráticas sobre la sociedad, se reproduce una gradación de funciones ajenas a la dirección y la organización, pero incorporadas a la instrumentación semi-mecánica que es ocupada sobre todo por los oficinistas (funcionarios menores de Estado, secretarias, etc.). La burocratización es un índice de la axiomatización de sistemas de reglas, impersonalidad de las funciones, ocultación del saber, jerarquización y centralización. Pero los puestos efectivos que ocupa esta nueva pequeña burguesía se encuentran en el grueso de la subordinación jerárquica en cuanto ejecutores. No ejercen poder, sino autoridad. Es una clase explotada en diversas medidas y articulada a una serie de mecanismos parcelados de estandarización racional. Estos trabajos son intelectuales sólo en la medida que se encuentran investidos de una serie de rituales culturales y elementos sociales que los distinguen de la clase obrera. Se trata de elementos poco relacionados con la ciencia, pero cuyo ejercicio se legitima como si estuviera fundado sobre ella: escribir bien, tener elocuencia, capacidad de trato social noble, buena presentación física, manejo de computación básico y cultura general.

En realidad, el aparato escolar superior es insustancial para la asignación de puestos en el sector de la burguesía y la clase obrera; pero resulta un aparato determinante para la formación de esta pequeña nueva burguesía, sobre todo porque, al excluir el trabajo manual, reproduce la división trabajo manual-trabajo intelectual que es externa a ella (y que a la vez le asigna su papel), y además establece el ambiente de la estimación social del trabajo intelectual sobre un sistema de promociones que por lo regular se encuentra sobresaturado. La formación de esta clase es general; o sea, aunque el mercado no ofrezca salidas laborales correspondientes a la carreras particulares, sitúa aún así las jerarquías en el campo del trabajo intelectual y sus gradaciones que ascienden siempre por el carril de la estimación constante del trabajo intelectual, mismo que se aleja cada vez más de la clase obrera. Claro que aquí el padecimiento de las frustraciones es más constante que en el sector directamente productivo.

En términos históricos estos sectores pueden llegar a ser hostiles a la “gran riqueza”. Y sin cuestionar el sistema jerárquico y la división del trabajo, reivindican una racionalización “más justa” y “rectificadora del sistema corrompido”, para que surja un auténtica distribución de un poder político y una verdadera meritocracia cimentada finalmente sobre el individualismo pequeñoburgués. Se encuentra en ellos el temor a la proletarización efectiva, que instintivamente ligan a la transformación revolucionaria. La mayoría de las veces se trata de sectores educados y ordenados en la masa silenciosa que, mediante su neutralidad, participa de la indiferencia. Se trata de la “buena gente”. Como dice el Che Guevara: “para ser buena gente, hay que dejar hacer y deshacer. Los que no exigen, los que no discuten los problemas, los que no controlan, los que no depuran responsabilidades, a los que les importa lo mismo cumplir que no cumplir, a los que no les duelen los problemas, los que no tienen hígado y les importa poco todo, son los buena gente.”

Es cierto que históricamente esta clase ha constituido un clase-apoyo de los fascismos y de la derecha en coyunturas donde siente amenazada su posición. Pero también es verdad que ha acompañado algunas de las luchas obreras cuando la correlación de fuerzas es favorable para ésta. La pequeña nueva burguesía puede ser auténtica fuerza social a la izquierda y hasta una necesidad para la clase obrera. Esto nos conduce al examen general de las posibles alianzas con el sector de los asalariados no productivos.

El bloque histórico clase obrera-nueva pequeña-burguesía

Según Poulantzas la nueva pequeña burguesía “no puede unificarse sino uniéndose a la clase obrera bajo la hegemonía y la dirección de ésta.” Sin embargo, es necesario distinguir a las fracciones específicas que todavía podrían ser componentes de una alianza histórica particular con la clase obrera. En primer lugar, los asalariados del sector comercial de los grandes establecimientos, afectados por la mecanización del trabajo, sobre los que se carga el peso del trabajo manual (empleados del restaurante, fast food, cines, almacenes, supermercados, conserjes, etc.). Como ya decíamos, el trabajo improductivo no es sinónimo de trabajo intelectual. En estos sectores el aparato escolar y la burocracia interna casi no tienen importancia, pero la promoción y la seguridad se cargan hacia la precariedad de un trabajo repetitivo hasta el extremo.

En segundo lugar, los trabajadores estatales improductivos sobre los que se reproduce la subdivisión de un trabajo manual verdaderamente precarizado (mantenimiento, limpieza y recolección de desechos, etc.); o los trabajadores estatales legitimados sobre cierto saber profesionalizado (personal médico, profesores, etc.), y hasta los trabajadores sociales, muchas veces auxiliares o eventuales, que no requieren un título para conocer la inestabilidad. En tercer lugar, los oficinistas (de la circulación o realización del capital, o aparatos de Estado) que realizan un trabajo improductivo cargado sobre lo intelectual, y cuya descalificación y mecanización es patente (formularios y archivación). En nuestro marco histórico, el mito de la promoción ha devenido en verdadero mito.

En general se trata de construir el bloque histórico de los trabajadores. Decimos trabajadores porque el concepto de clase obrera, estructurado sobre la base del trabajo manual, especializado y cerrado sobre sí mismo, no debe conducirnos a excluir a los demás trabajadores que somete el capital. Esto no significa que la clase obrera haya dejado de existir (tesis post-althusseriana). Es necesario que las funciones, la movilidad y las divisiones profesionales, no bloqueen la expresión organizativa y programática de estos trabajadores en sindicatos y organizaciones autónomas con agendas direccionadas hacia la solidaridad, la cooperación y la autogestión. Por otra parte, si regresamos al tema de los privilegios, es verdad que los niveles culturales, de consumo, salud, esparcimiento, explotación y precarización, son desiguales; pero no debemos entender este proceso por la vía del “privilegiado”. Cierto es que en nuestros países dependientes estas desigualdades son más exorbitantes de lo que Poulantzas podría imaginar, pues la uberización, el sicariado, la feminización del trabajo productivo, el outsourcing, la tercerización, la informalidad, el subtrabajo, el ambulantaje, el desempleo camuflado y hasta la mendicidad, son cada vez más cotidianos (la improductividad prescinde del salario). En realidad, un privilegio no es estar mejor que otros, sino estar mejor a costa de los otros; vale decir, a costa de la explotación y las desigualdades generadas por la burguesía en el MPC. El poder real de un privilegio consiste en apropiarse, de manera duradera, del porvenir de los demás. Es el poder de la posibilidad monopolizada. Al plus-goce de este poder sólo se accede por la plusvalía del capital. Entonces, no hay privilegio donde se hipoteca el futuro, donde se paga en abonos pequeños, donde la estabilidad es pasajera y donde a corto plazo nos aguarda el terror. Porque la seguridad real la sostiene una sola clase y no más. En este sentido, el discurso del privilegiado, usado sólo para entender la diversidad de las condiciones de los trabajadores, enciende la guerra de los pobres contra los pobres. Pero el discurso del privilegiado, utilizado para comprender la configuración de las clases sociales en el MPC, nos permite entender que sólo la burguesía es privilegiada.

Enrique Sandoval Castro es licenciado y maestro en Filosofía por la UNAM.

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