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Fascismo: ¡Ahora lo ves, ahora no lo ves!

Fuentes: Counterpunch

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

“Tenemos que entender que, al contrario de lo que nos cuentan los medios de comunicación estadounidenses, el fascismo no es un fenómeno extremo, limitado en tiempo y lugar, que ocurrió hace mucho tiempo. Todo lo contrario. El fascismo se ha extendido, se ha generalizado y existe en todas partes”. (Vicenç Navarro)

En la historia reciente, solo hay un país en el mundo que ha

* tratado de derribar más de 50 gobiernos extranjeros

* creado una agencia de inteligencia que ha asesinado al menos a 6 millones de personas en los primeros 40 años de su existencia.

* desarrollado una red draconiana policial-justiciera con el fin de destruir cualquier movimiento político interno que desafíe su dominio

* construido un sistema carcelario masivo que confina a un porcentaje de población mayor que cualquier otro país del mundo y está integrado en una red de prisiones secretas y un régimen de torturas global.

Mientras que democracia es el término comúnmente usado para describir a este país, se nos dice que el fascismo solo ha ocurrido una vez en la historia, en un lugar determinado, y que fue derrotado por la mencionada democracia.

La extensión y elasticidad del concepto de democracia no podría contrastar más claramente con la estrechez y rigidez del concepto de fascismo. A fin de cuentas, se dice que la democracia nació hace 2.500 años y que es un rasgo definitorio de la civilización europea, e incluso una de sus singulares contribuciones culturales a la historia mundial. El fascismo, por el contrario, supuestamente surgió en Europa Occidental en el periodo de entreguerras como una anomalía aberrante, que interrumpió temporalmente la marcha progresiva de la historia, justo cuando acababa de librarse una guerra para que el mundo fuera más “seguro para la democracia”. Cuando la Segunda Guerra Mundial acabó con él, o eso cuentan, las fuerzas del bien se pusieron a la tarea de domar a su malvado gemelo “totalitario” del Este en nombre de la globalización democrática.

Como los conceptos de valores cuyo contenido sustantivo es mucho menos importante que su carga normativa, el concepto de democracia no ha dejado de ampliarse, mientras que el de fascismo no para de contraerse. La industria del Holocausto ha desempeñado un papel nada despreciable en este proceso, gracias a su empeño en singularizar las atrocidades de guerra nazis hasta el punto de no poder literalmente compararse o ni siquiera “representarse”, mientras que las supuestas fuerzas democráticas del bien se presentan continuamente como modelo para la gobernanza global.   

Los conceptos en la lucha de clases

A menudo, el presente debate sobre la definición exacta de fascismo ha oscurecido el hecho de que la naturaleza y función de las definiciones difiere en gran medida según cuál sea la epistemología empleada, es decir, el marco general de conocimiento y verdad. Para el materialismo histórico, conceptos como el fascismo son escenarios de lucha de clases más que entidades cuasi metafísicas con propiedades fijas. La búsqueda de una definición aceptable por todos de un concepto genérico como el de fascismo es, por tanto, una labor quijotesca. No se trata, no obstante, de que los conceptos sean relativos en un sentido puramente subjetivo, es decir, que cada uno tenga su propia definición idiosincrática de dichas nociones. Más bien son relacionales en un sentido concreto y material: están objetivamente situados en la lucha de clases.

Es la ideología burguesa la que presume de la existencia de una epistemología universal fuera de la lucha de clases. Actúa como si solo hubiera un concepto de cada fenómeno social, que se corresponde por supuesto con la comprensión burguesa de dicho fenómeno en cuestión. En último término, lo que esto quiere decir, desde una perspectiva materialista, es que la ideología burguesa que encierra la misma idea de una epistemología universal es de por sí parte de la lucha de clases en la medida en que pretende subrepticiamente hacer desaparecer todas las epistemologías rivales.

Si ahondamos en las diferencias entre estas dos epistemologías, que ofrecen relatos antagonistas de la propia función de los conceptos y sus definiciones, observamos que los materialistas –en evidente contraste con el idealismo de la ideología burguesa– entienden que las ideas son herramientas prácticas de análisis que permiten diferentes niveles de abstracción, y cuyo valor de uso depende de su habilidad para explicar situaciones materiales cuya complejidad sobrepasa la suya propia. En este contexto, el objetivo no es definir la esencia de un fenómeno social como el fascismo de un modo que pueda ser aceptado de forma universal por la ciencia social burguesa, sino desarrollar una definición de trabajo en dos sentidos. Por un lado, una definición que funcione porque posee un valor de uso práctico: proporciona una descripción coherente de un campo de fuerzas materiales complejo y puede ayudar a orientarnos en un mundo de luchas. Por otro lado, se entiende que dicha definición es heurística y está abierta a elaboraciones posteriores, porque los marxistas reconocen que están subjetivamente situados en procesos históricos objetivos, y que los cambios de perspectiva y de escala podrían exigir su modificación. Esto puede observarse claramente en las tres diferentes escalas que utilizaré para desarrollar una definición de trabajo del fascismo: la coyuntural, la estructural y la sistémica.

Análisis multi-escala

El enfoque materialista histórico del fascismo otorga prioridad a las prácticas y las sitúa en relación con la totalidad social, que a su vez se analiza mediante escalas heurísticamente diferenciadas pero interrelacionadas. La escala coyuntural, para empezar, es la totalidad social de un lugar y un tiempo específicos, como por ejemplo la Italia o la Alemania del periodo de entreguerras. Desde una perspectiva histórica, sabemos que el término fascismo surgió para describir el estilo peculiar de organización de Benito Mussolini, pero solo posteriormente, a tropezones, se elaboró una teoría al respecto. Es decir, el fascismo no apareció en forma de una doctrina o una ideología política coherente que luego fue implementada, sino más bien como una descripción aproximada y poco definida de un conjunto dinámico de prácticas que cambiaban con el tiempo (al principio, a diferencia de posteriormente, el fascismo en Italia era reformista y republicano, defendía el sufragio femenino, apoyaba algunas reformas limitadas a favor de los trabajadores, estaba enfrentado a la Iglesia Católica y no se mostraba abiertamente racista).

Solo cuando el movimiento fascista evolucionó y comenzó a ganar poder, Mussolini y otros consolidaron retroactivamente sus prácticas dispares y cambiantes de modo que pudieran presentarse de acuerdo a una doctrina coherente. El propio Mussolini insistió en este punto en numerosas ocasiones, como cuando escribió; “El fascismo no fue el hijo de una doctrina previamente redactada en un escritorio; nació de la necesidad de actuar, y fue acción; en sus primeros dos años no fue un partido, sino un antipartido y un movimiento”. José Carlos Mariátegui nos ofreció un análisis perspicaz y detallado de las luchas internas presentes en los inicios del movimiento fascista italiano, polarizado entre una facción extremista y otra reformista con tendencias liberales. Mussolini, según Mariátegui, mantenía una posición centrista y evitó favorecer en exceso a uno u otro grupo hasta 1924, cuando el político socialista Giacomo Matteotti fue asesinado por fascistas. Esto elevó la batalla entre ambas camarillas hasta un punto culminante y Mussolini se vio forzado a escoger. Tras intentar sin éxito una aproximación hacia el ala liberal, tomó partido por los reaccionarios.

Así pues, desde sus comienzos el concepto de fascismo ha sido terreno para una lucha social e ideológica, ya sea el choque entre extremistas y reformistas dentro de la órbita fascista o, más en general, entre fascistas y liberales dentro de la órbita capitalista. Estos conflictos se enmarcaban en última instancia en el conflicto general entre capitalistas y anticapitalistas. Es desde esta posición estratégica de niveles convergentes de lucha como podemos establecer una primera definición de trabajo del fascismo, una vez que estuvo más o menos consolidado, al identificar su aparición en una coyuntura específica y en una fase determinada de la lucha de clases global e. Como consecuencia de la amenazante Revolución Rusa (a la que siguieron otras revoluciones fracasadas en Europa y posteriormente la Gran Depresión en el mundo capitalista), Mussolini y sus secuaces utilizaron los medios de comunicación de masas y la propaganda para movilizar de forma lenta pero segura a sectores de la sociedad civil –y en particular a la pequeña burguesía–, con el respaldo de los grandes capitalistas industriales, en torno a una ideología nacionalista y colonial de transformación “radical”, con el fin de aplastar al movimiento obrero y lanzar guerras de conquista. En este nivel de análisis, el fascismo es, prácticamente hablando y en palabras de Michael Parenti, “nada más que una solución final para la lucha de clases, la explotación totalitaria de las fuerzas democráticas en beneficio y provecho de los círculos financieros más altos. El fascismo es una falsa revolución”.

Este análisis coyuntural es, por supuesto, completamente distinto de los relatos liberales del fascismo, que tienden a centrarse en fenómenos superficiales y elementos superestructurales desvinculados de cualquier consideración científica de la economía política internacional y de la lucha de clases. Ya sea al fijarse en las políticas de odio, la lógica del “nosotros y ellos”, el rechazo de la democracia parlamentaria, las personalidades aberrantes, su negación de la ciencia u otras características similares, el enfoque liberal del fascismo se interesa por rasgos epifenómenos y descuida la totalidad social. Es esta última, sin embargo, la que otorga a dichos rasgos –cuando de hecho existen de una forma o de otra– su significado preciso y su función. En este sentido, vale la pena recordar, como señalaba Martin Kitchen que “en todos los países capitalistas se produjeron movimientos fascistas después del Crash de 1929”.

Si el concepto burgués del fascismo oscurece la totalidad social de la coyuntura en la que nació en Europa el así llamado fascismo, aún arroja una sombra mayor sobre las dimensiones estructurales y sistémicas del fascismo como práctica. Como veremos en el caso de George Jackson, los marxistas han insistido en la importancia de inscribir el análisis coyuntural del fascismo europeo dentro de un marco estructural con el fin de revelar las formas de fascismo activas en las coyunturas en las que los teóricos liberales suelen afirmar  que no existe en absoluto o que son, de algún modo, menos graves. Si comparamos el periodo entreguerras en Estados Unidos con lo que estaba ocurriendo en Italia y Alemania, por ejemplo, veremos que muestra notables similitudes estructurales.

Por último, la escala de análisis más amplia, que parece ser invisible a los liberales, es el sistema capitalista mundial. Según han defendido materialistas históricos como Aimé Césaire y Domenico Losurdo, debemos entender la barbarie nazi como una manifestación específica de la prolongada y profunda historia de las matanzas coloniales, que han llevado el capitalismo a todos los rincones del mundo. Si el nazismo tiene algo excepcional, afirmaba Césaire, es que los campos de concentración fueron levantados en Europa y no en las colonias. De este modo, este autor nos invita a situar las escalas coyuntural y estructural del análisis dentro de un marco sistémico, es decir, un marco que toma en cuenta toda la historia global del capitalismo.

El concepto burgués de fascismo pretende singularizarlo como un fenómeno idiosincrático, en gran parte o completamente superestructural, con el fin de imposibilitar cualquier examen de su ubicua presencia en la historia del orden capitalista mundial. Por el contrario, el enfoque materialista histórico propone un análisis a múltiples escalas de la totalidad social con el fin de demostrar que es más adecuado entender la coyuntura específica del fascismo europeo de entreguerras como un fenómeno enmarcado dentro de una fase estructural de la guerra de clases capitalista y, en último término, de la historia sistémica del capital, que vino al mundo –en palabras usadas por Karl Marx para describir la acumulación primitiva– “exudando sangre y mugre por todos los poros, de la cabeza a los pies”. A medida que aumentamos o disminuimos  la escala, la importancia exacta y la definición operativa del fascismo pueden cambiar a causa de las variables materiales implicadas, por lo que algunos autores han preferido restringir el término fascismo a sus manifestaciones coyunturales (lo que, en ocasiones, puede ser útil en aras de la claridad). No obstante, incluso si se utiliza la táctica anterior, el análisis completo del fascismo dentro de la totalidad social requiere en último término producir un relato integrado en el que se reconozca que lo coyuntural se sitúa dentro de lo estructural, que a su vez se integra en lo sistémico. El fascismo, como práctica, es un producto del sistema capitalista, cuyas formas precisas varían en función de la fase estructural de la evolución capitalista y la coyuntura socio-histórica específica.

La ideología del excepcionalismo fascista

Simone de Beauvoir dijo bromeando en una ocasión que “en lenguaje burgués, la palabra hombre quiere decir burgués”. En efecto, cuando los miembros de la clase dirigente colonial a quienes se conoce como los padres fundadores de Estados Unidos declararon solemnemente al mundo que “todos los hombres son creados iguales”, no querían decir que todos los seres humanos fueran realmente iguales. Solo si somos conscientes de su premisa tácita –que hombre significa burgués–  comprenderemos por completo su propósito: los no humanos del mundo pueden ser sometidos a las formas más brutales de desposesión, esclavitud y matanzas coloniales.

Esta hipócrita operación, por la cual lo particular (el burgués) intenta hacerse pasar por lo universal (la humanidad), es una característica bien conocida de la ideología burguesa. Su forma invertida, no obstante, es quizás aún más engañosa e insidiosa, porque no ha sido ampliamente diagnosticada (hasta donde yo sé). En lugar de universalizar lo particular, esta operación ideológica transforma lo sistémico en esporádico, lo estructural en singular, lo coyuntural en idiosincrático.

El caso del fascismo es ejemplar. Cada vez que se invoca su nombre somos ceremonialmente redirigidos por la ideología dominante hacia el mismo conjunto de ejemplos históricos de Italia y Alemania, que se suponen actúan como modelos genéricos por los que juzgar cualquier otra posible manifestación de fascismo. Según la menos científica de las ideologías, lo particular gobierna lo universal, en vez de todo lo contrario. En su forma ideológica más extrema, esto significa que si no existen botas militares, brazos en alto y soldados marchando al paso de la oca, no es posible que nos hallemos ante lo que comúnmente se conoce como fascismo.

La ideología del excepcionalismo fascista es una consecuencia natural de la noción burguesa de fascismo. Al conceptualizar el fascismo italiano-alemán como sui generis  y definirlo principalmente en términos de sus características epifenomenales, se le separa de sus profundas raíces en el sistema capitalista y se ofuscan sus paralelismos con otras formas de gobierno represivo en todo el mundo. Así pues, esta ideología desempeña un papel crucial en la lucha de clases: toma una característica principal de la vida bajo el capitalismo y la transforma en una anomalía, que algunos han pretendido incluso elevar, en el caso del nazismo, al estatus metafísico de incomparabilidad por su irreducible singularidad. Así, lo particular sirve para ocultar lo general.

Un dragón en el vientre de la bestia

George Jackson1 rechazaba contundentemente la particularización ideológica del fascismo y señalaba todas las semejanzas estructurales entre el fascismo europeo y la represión en Estados Unidos. Como era de esperarse, cierto crítico liberal proclamó en una ocasión que Estados Unidos no era fascista simplemente porque Jackson afirmaba que lo era, desechando sin más trámite su análisis estructural como una simple opinión subjetiva (un clásico caso de proyección liberal). Sin embargo, el argumento de Jackson no se puede reducir a un pronunciamiento ex cátedra sino que estaba basado en una juiciosa comparación materialista entre la situación en EE.UU. y en Europa. “Estamos sometidos a represión –escribió–. Existen ahora mismo tribunales que no imparten justicia y campos de concentración. En este país existe más policía secreta que en el conjunto de todos los demás; hay tanta, que constituye una nueva clase que ha unido su vida al complejo del poder. La represión es una realidad”.

Cuando Jackson se refiere a Estados Unidos como “el Cuarto Reich” y compara las prisiones estadounidenses a Dachau y Buchenwald, obviamente está rompiendo con el protocolo de excepcionalidad que dirige la industria del Holocausto al elevar el fascismo europeo al estatus singular de lo incomparable. Y, sin embargo, lo que en realidad hace Jackson en su análisis de Estados Unidos es rechazar por completo el enfoque acientífico del fascismo descrito anteriormente, que hace hincapié en las idiosincrasias con el fin de ocultar las relaciones estructurales. Por el contrario, Jackson desarrolla su argumentación en sentido contrario, con un análisis materialista de los modos de gobierno activos en EE.UU. Y esto es lo que averigua:

“El nuevo Estado corporativo [en EE.UU.] se ha abierto camino una crisis tras otra, ha colocado a sus élites dominantes en todas las instituciones importantes, ha formado asociaciones con el mundo laboral a través de sus élites, ha levantado la red más descomunal de agencias de protección –repleta de espías, técnicos y animales– que podemos encontrar en cualquier Estado policial del mundo. La violencia de la clase dirigente de este país en su largo camino hacia el autoritarismo y su última y más elevada fase, el fascismo, no puede compararse, en sus excesos, con la de cualquier otra nación sobre la tierra, ya sea en la actualidad o en la historia”.

Quienes descartan esa rotunda pronunciación tildándola de hipérbole, y por tanto rechazando  incluso proceder a llevar a cabo comparaciones históricas, simplemente ponen de manifiesto una de las más insidiosas consecuencias de la ideología del excepcionalismo fascista: cualquier análisis de situaciones comparables está a priori verboten.

En lugar de retroceder horrorizado ante el término fascismo, que ha sido ideológicamente reservado para unas pocas anomalías históricas, ahora lejanas –lo que George Seldes denominó “fascismo remoto”–, Jackson extrae la conclusión más lógica desde el punto de vista del materialismo histórico: lo que está sucediendo ante sus ojos en Estados Unidos es una intensificación y una globalización de lo que aconteció, bajo condiciones ligeramente distintas, en Italia y Alemania. De hecho, él identifica directamente a las fuerzas motrices de la gestión de la percepción que intenta cegarnos ante el fascismo estadounidense como un producto cultural de ese mismo fascismo:

“Justo después de las fuerzas expedicionarias (la pasma) llegan los misioneros, y el efecto colonial está completo. Los misioneros, con los beneficios de la cristiandad, nos aleccionan en el valor del simbolismo, los presidentes muertos y la tasa de redescuento. […] En el campo cultural […] estamos atados a la sociedad fascista con cadenas que han estrangulado nuestro intelecto, trastornado nuestro buen juicio y nos han hecho retroceder dando tumbos, alejándonos de un modo salvaje y desordenado de la realidad”.

Además Jackson, como otros marxistaleninistas, considera que la esencia del fascismo es “una reestructuración económica”: “Es la respuesta del capitalismo internacional ante el desafío del socialismo científico internacional”. Su atuendo nacionalista, insiste con razón, no debería distraernos de sus ambiciones internacionales y su instinto colonial: “En esencia, el fascismo es capitalista y el capitalismo es internacional. Bajo sus ropajes ideológicos nacionalistas, el fascismo es siempre, en último término, un movimiento internacional”. Jackson responde así a la sobreexplotación del concepto de democracia al ampliar la noción de fascismo para incluir toda la violencia, represión y control que actúan en la imposición, el mantenimiento y la intensificación de las relaciones sociales capitalistas (incluyendo el reformista Estado del bienestar). Algunos preferirían distinguir entre esta forma de fascismo general, que incluiría el gobierno autoritario y el liberal, y una definición más específica de fascismo como el uso exhaustivo de la represión estatal y paraestatal con el fin último de aumentar la acumulación capitalista. Sin embargo, ambas definiciones no son obligatoriamente excluyentes, ya que la violencia de las relaciones sociales capitalistas adopta formas muy distintas –represión directa, explotación económica, degradación social, sometimiento hegemónico, etc. – y esto es  lo que Jackson pretende destacar.

El concepto burgués de fascismo

El concepto burgués de fascismo pretende disimular su carácter estructural y sistémico, así como las profundas causas materiales que provocan su aparición coyuntural, con el fin de presentarlo como algo absolutamente excepcional, asociándolo a una época y un lugar específicos. Intenta convencernos a toda costa de que el fascismo no es un aspecto esencial del régimen capitalista, sino una anomalía o una ruptura excepcional de su normal funcionamiento. Por otra parte lo presenta como algo lejano, enterrado en un pasado que ha sido superado por el progreso democrático, calificándolo como una amenaza si la gente no cumple con los dictados del sistema liberal, o, en ocasiones, localizándolo en tierras lejanas que todavía están demasiado “atrasadas” para la democracia.

El enfoque materialista del fascismo rechaza las anteojeras impuestas por la gestión de la percepción propia del concepto burgués, e identifica claramente el doble gesto del concepto burgués: exagera e incluso universaliza sus rasgos supuestamente positivos al elaborar una historia mitológica de la llamada democracia occidental, y borra o particulariza sus características negativas al hacer del fascismo una anomalía idiosincrática. Al analizar el fenómeno en sentido inverso, el materialismo histórico examina el modo en que el capitalismo real  se basa en dos modos de gobernanza que funcionan de acuerdo a los trucos de la táctica de interrogatorios del policía bueno y el policía malo: cuando el policía bueno no es capaz de engatusar a la gente para que acepte las reglas del juego capitalista, el policía malo del fascismo acecha en las sombras para conseguir su objetivo del modo que sea necesario. Si el palo de este último parece una aberración comparado con la zanahoria del policía bueno es solo porque nos han embaucado para creer en el falso antagonismo existente entre ellos, que disimula la realidad de que ambos trabajan juntos en pro de un objetivo común. Aunque ciertamente sea verdad, desde la perspectiva de la organización práctica, que es preferible tratar con el histrionismo del policía bueno antes que con la barbarie descarada del policía malo, desde un punto de vista estratégico es de suma importancia identificar a ambos por lo que son: aliados del crimen capitalista.

1: George Jackson fue un miembro de las Panteras Negras asesinado en 1971 por funcionarios de la prisión en la que llevaba diez años. Todas las citas del artículo pertenecen a su libro “Blood in my Eye” (N. del T.).

Gabriel Rockhill es un filósofo, crítico cultural y activista franco-estadounidense. Dirige el Taller de Teoría Crítica y es profesor de filosofía en la Universidad de Villanova (EE.UU.). Es autor de varios libros y participa en actividades extraacadémicas del mundo del arte y el activismo. Se le puede seguir en @GabrielRockhill.

Fuente: https://www.counterpunch.org/2020/10/12/fascism-now-you-see-it-now-you-dont/

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