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Fobia o protesta

Fuentes: La Jornada

Síntoma de locura o de cordura, detesto las etiquetas, tanto las que marcan la ropa o cualquier otro objeto de consumo, como las que estereotipan a la gente, su lenguaje, su estado y sus actitudes. Por más puntiaguda y fina que sea la punta de las tijeras con las que emprendo la descosida de la […]


Síntoma de locura o de cordura, detesto las etiquetas, tanto las que marcan la ropa o cualquier otro objeto de consumo, como las que estereotipan a la gente, su lenguaje, su estado y sus actitudes.

Por más puntiaguda y fina que sea la punta de las tijeras con las que emprendo la descosida de la tira de tela con la marca de la blusa que pica la piel encima de mi cervical, no logro quitarla. O si lo consigo es porque en el proceso descosí de paso, y absolutamente sin que ésta fuera mi intención, un punto o dos del tejido de dicha pieza de vestir, con lo que quiero decir que le hice un corte sin querer o, en otras palabras, que la eché a perder, pues, por más invisible que anuncie ser la zurcida a la que la someta, la rasgadura queda en mi mente, la furia en mis emociones por haber tenido que recurrir a una medida con consecuencias peores que el mal que pretendió vencer con tal de que la etiqueta y sus costuras no picaran y hasta lastimaran mi piel.

A la basura va a dar el entusiasmo con el que compro una carpeta para archivar mis papeles si, al procurar desprender la etiqueta de papel engomado que marca su precio y no sé qué otra información o clasificación comercial, no se desprende completa, sino que deja pegada sobre la carpeta nueva una capa irregular de residuos de los materiales del acabado de dicha etiqueta registradora. A la basura va a dar la carpeta detrás del entusiasmo con que pude haberla buscado, encontrado, comprado, a la basura, época de adelantos, insensible a las delicadezas de lo bien pensado y lo bien acabado.

No volví a la siquiatra que en la segunda cita quiso saber si mis bochornos continuaban.

-¿Bochornos, doctora? -le pregunté, antes de, con toda calma y compostura, pero con determinación, ponerme de pie y despedirme, alarmada, no tanto por la limitación del conocimiento médico de la profesionista quien, por lo visto, al diagnóstico que llegó tras mi consulta, añadió al expediente y puso en mis labios los correspondientes síntomas, como de su falta de oído, pues, fuera lo que fuera lo que en nuestra primera entrevista hubiera yo declarado y admitido padecer, no podía haber mencionado nada que no hubiera padecido, ni siquiera en la imaginación. ¿Bochornos, yo? ¿Sofocaciones repentinas? Ni antes, ni después, ni durante ninguno de los estados fisiológicos naturales por los que he podido pasar a mis 61 años de edad, he sufrido de alteraciones súbitas injustificables (por el clima, por algún alimento o bebida, por medicinas, por vergüenza, por causas eróticas) en la producción de calor de mi cuerpo. Desde que recuerdo, respecto del estado natural de mi temperatura, lo mío ha sido más bien el frío, doctora, acompañada o sola, menopáusica o no, así que no me etiquete.

Si de estampar una inscripción se trata, prefiero que la marca y demás descripciones con las que el industrial quiera destacarse o competir con los demás formen parte del diseño del material de la blusa, digamos, o de la carpeta para papeles, que no ser añadidas en una etiqueta. Prefiero que la firma, de imitación o auténtica, constituya parte del estampado de mi blusa o de mi carpeta, a que esté inscrita en un trozo de tela cosido en la parte interior del cuello de dicha blusa. No soporto que una etiqueta haga picar mi piel y ponga mis nervios de punta. No aguanto que una etiqueta, y menos si está pegada con descuido y queda chueca, eche a perder mi carpeta para papeles.

Si hablamos de preferencias, desafío a la siquiatra a atreverse a admitir que no sabe qué hacer con la enumeración de los lamentos que le presento, que no a evitar el enigma que yo le resulte y etiquetarme con un diagnóstico, o un total tanto de elementos encontrados en mí como faltantes, pero en todo caso necesarios, para configurar el mal que ha de colgarme, o con el que ha de identificarme, ya sea en su mente limitada, o en el expediente que abriera con mi nombre.

Sin negar las idiosincrasias, me resisto a creer que no exista la imaginación que encuentre, por mínima que fuera, una peculiaridad en cada sesentona que la distinguiera de las demás, que abriera la interrogación del misterio que es una mujer con prácticamente las mismas características que otra. Y tampoco puedo aceptar que entre los diseñadores no apareciera ninguno capaz de sustituir con algo tolerable las insoportables etiquetas.