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Gran comarca afrodescendiente colombo-ecuatoriana

Franswa Mackandal en el norte de la provincia de Esmeraldas (Parte II)

Fuentes: Rebelión

Los nuevos oidores A las cosas se las deja morir más que por su baja necesidad por el olvido, ese es el desquite de las comunidades ofendidas. Y el olvido no siempre es lo contrario a la memoria, de ninguna manera, al revés, es la perfección del desprecio. Es indiferencia sustentable. Incluyan al Estado ecuatoriano […]


Los nuevos oidores

A las cosas se las deja morir más que por su baja necesidad por el olvido, ese es el desquite de las comunidades ofendidas. Y el olvido no siempre es lo contrario a la memoria, de ninguna manera, al revés, es la perfección del desprecio. Es indiferencia sustentable. Incluyan al Estado ecuatoriano de este lado de la raya y al colombiano del otro. Ambos Estados son cualquier funcionario o cosa, que hable mucho o ponga cara de misericordia, que invente menosprecios o tenga prisas por volver a su nada inservible en el cuadradito rojo del mapa (la capital del país). Es solo un discurso largo y sin saliva, porque las aguas están envenenadas con mercurio por la minería anónima. O es el ejercicio político de la totalidad metropolitana y sus think’s thanks de la colonialidad del saber; sin corbatas (el trópico no lo permite), con inútiles portafolios y power point para confirmar aquello que los asistentes al mentidero gubernamental sospechan ocurrirá: más de la misma inacción. Los oidores del siglo XXI se diferencian de los colonialistas decimonónicos en que antes justificaban al rey y ahora al presidente.

Las diferentes prisas

El maestro Juan García y yo caminábamos por la estación sin uso del ferrocarril Ibarra-San Lorenzo, dos líneas paralelas de hierro se extendían hasta enterrarse bajo el asfalto. Los rieles desaparecían como desapareció muy pronto el lento romanticismo del tren, ganó el tiempo de las prisas y las paradas frecuentes de buses rurales en nuevos caseríos fundados por la apresurada inmigración de otras provincias ecuatorianas. Año 2007, medio siglo atrás había sido inaugurado el ferrocarril, después de otros cincuenta años de construcción. Una triste contradicción: las prisas de los Gobiernos fue la lentitud de sus ausencias. En Quito recuerdan como se acelera el olvido: medio siglo para conectar dos ciudades cercanas. «Nuestras prisas nunca serán igual a la de la sociedad mayor», comenta el Maestro. Algo parecido harto de requisa gritó Carlos Alberto Angulo a la policía, ocho años después, en una calle de Bogotá. Las prisas gobiernan y han gobernado el tiempo de los privilegios, las limosnas políticas desde Quito y producen el material deformativo de las narrativas para las comunidades negras e indígenas. Valga la precisión: educación ministerial. Es decir un magic white mirror. La palabra ‘reparación’ camina a la velocidad de nuestra historia y está en la boca del liderazgo más acimarronado. Nuestras prisas decenales de las comunidades afrodescendientes difieren de los relojes estatales de las Américas, apenas les importa el camino mucho menos el andar.

¿A dónde va el oro de esta nueva Tolita?

El representante de la Metrópoli, sin corbata y con portafolio, y su balurda comisión no encuentran en sus laptops el imaginario de derechos ancestrales que categorizarían la reparación histórica al pueblo de origen africano, para esa clase social, dueña del espacio de gestión estatal, eso es exotismo antropológico y prefiere perseverar en la continuidad excluyente de los fundadores del Estado ecuatoriano aprobando la desterritorialización del norte esmeraldeño. Para esta babilonia estatal ecuatoriana progreso no es aquello que queda es lo que sale de los territorios: decenas de miles de hectáreas de palma aceiteras sembradas por pequeños cultivadores, con el precio controlado por las empresas extractoras. El eterno crepúsculo de los esfuerzos comunitarios y familiares, porque ese que controla descontrola la economía del territorio. El borrón vegetal, con apenas nuevas siembras, del bosque primario y la explotación del oro aluvial.

¿A dónde va el oro de esta nueva Tolita? Esta pregunta obliga a desvíar el tema a otro que no arrugue conciencia o algo mejor para la circunstancia: apresurar el silencio. El olvido en el meridiano exacto de la conversa, porque el silencio vale el oro de la tranquilidad. ¿Quién gobierna la economía del oro? No es el Estado ecuatoriano tampoco el colombiano, entonces, ¿quién? La Gran Comarca Afropacífica, sin los estorbos de las fronteras estatales, se muere como realidad y desaparece como sueño. Ni siquiera queda ese pesimismo residual reversible en un tiempo mejor, por estos días es la cotidianidad cerrada de la desesperanza o el politiqueo ñángara sin perspectivas. Otra vez las prisas del más de lo mismo. Un trastorno de relojes culturales y económicos. La historia necia recuerda que a ambos lados de la raya es el territorio de un solo pueblo, una sola sangre que no arranca a pesar de las estiradas despiadadas de ambos Estados. ‘Estados’ como sucesión de autoridades, ejercicios políticos gubernamentales y legislativos, apoyo a la desterritorialización violenta o por métodos parecidos y calculado abandono para emprender favores a la clase palmicultora.

Fatal jugada de ajedrez: llegaron las mafias. O algo más complicado, un remix de lo peor, sumando: siembra de coca (empleo) + transporte (microeconomía) + refinación + legalización del dinero (circulación del dólar) + espejismo del dinero fácil =formas de violencia. Un estado de asuntos cuyo funcionamiento desquicia las relaciones comunitarias, produce tecnología de complicidades con diferentes detalles operacionales y la corrosión al mínimo necesario del ordenamiento legal. La violencia contra el liderazgo afroecuatoriano no respeta etapas ni parentesco en ambos lados de la raya, está ahí, para las prisas utilitarias de los bandidos.

Café premonitorio

Caminando por una historia desfavorable con el maestro Juan García, son las calles de San Lorenzo ganando las sombras de la decadencia del día. El hombre se manda el párrafo de su desconsuelo: «simplemente, hermanito, la palma ganó y la comunidad perdió. Peleamos con los indios, porque el Estado y los ambientalistas metieron la mano. Llega un momento que uno descubre que su cansancio no es del cuerpo, es algo diferente, es la pérdida total». Silencio como para meditar aquello que va a decir. «Nos acusaron de recibir dinero de afuera, sembraron la mata de la desconfianza. Ahí es cuando uno evalúa y siente que está en desventaja, hermanito. Nos debilitan, Casa adentro no hay protección». Calla y nos detenemos, breve distracción en no sé qué y concluye: «¡He visto morir tanta gente!»

En ese 2007, año de esquineo político, agradaba ese San Lorenzo, pequeña gran vecindad, camino a lo urbano (aglomeración de gentes en espacio reducido) y nostálgica retirada de lo rural, mesa redonda de hierro, igual las sillas, limpio el sitio y frescor anticipado al de las siete de la noche, si hay violencia tiene precisos destinatarios. No había ninguna tensión, al revés todo nkame [1] es para el socio de conversación y para todos. Un restaurante familiar detenido en el tiempo, por los retratos familiares y el andar aristocrático de la dueña. La señora pone el aromático café en tasas de porcelana china legítima y advierte al pasar: «aquí no hay problemas, señores, si no se habla de más». Ella para no desentonar con sus dichos, mira para alrededor y continúa: «esto se está llenando de paramilitares, Maestro Juan, vienen a buscar aquello que no han dejado». Fue algo premonitorio, pocos años más tarde los Águilas Negras asesinaron a su hijo. Le robaron la vida.

La siembra de Mackandal

Inicios del siglo XIX, el territorio de las Esmeraldas debió ser parte del recorrido del ánima libertaria de Franswa Mackandal, había salido de esos primero tiempos de hornos durante los cuales solo se vio luz [2] , se distribuyó por palenques, cumbes y quilombos americanos, con esa intención por demás insoportable para la mayoría insumisa. Las autoridades coloniales acordaron arranchar cualquier papel, investigar conversaciones, infiltrar oidores en las sociedades secretas y expulsar por La Tola o San Lorenzo (provincia de Esmeraldas, Ecuador) a quien refiriera a los espíritus de Santo Domingo (ellos no querían nombrar a Haití).

Las noticias llegaron con los marineros. Unos estiraban las conversaciones sin importar fantasías y realidades hasta el día en que el auditorio empezaba a perder el asombro o las preguntas ya habían tenido tantas respuestas que no encontraban una más. En los aguaceros diluviales de Playa de Oro, mineros libertos y esclavizados convertían en visiones húmedas de Bois Caïman las ráfagas de agua. Las familias se ampliaron y no volvió la desunión porque la comunidad era de sangre irrompible y quienes llegaban de repente hallaban parientes perdidos, la familiaridad remota dejó de serlo porque el presta-manos para comprar el individuo no dejaba resquicio para la desesperanza. Y todo porque Mackandal se materializaba en esos aguacerales anunciando, mediante formidables golpes de luz y ruido, la fecha impostergable de la liberación.

En los arrullos se cantaba a los benéficos seres del bosque para encontrar plantas prodigiosas curadoras de angustias, se arrullaba las bondades irrenunciables heredadas de los parientes fallecidos, se arrullaba encomiendas a divinidades de la Montaña Madre por quienes considerando que la vida era demasiado breve para esperar hasta completar la paga por vivir sin apremios de dueño, oscurecían y no amanecían y se arrullaba a aquel Bambero [3] mayor venido de por allá, señalaban el norte, en referencia a Mackandal. El republicanismo haitiano precisó esa geopolítica [4] para sobrevivir a las hostilidades de potencias europeas que querían aparte de destrucción física, la desaparición de cualquier axê cognitivo con él ánima mayor de Mackandal o con cualquiera de las menores del episodio de Bois Caïman. Un conjunto de sociedades secretas convirtió, por magia pragmática, la desconfianza en sus cuerpos individuales por impaciencia común en imitar a los de allá. Los pasos perdidos se encuentran caminando las vías difíciles de la libertad. Cierto, es lírica, pero fue lo que ocurrió en la costa pacífica antes de la existencia de los Estados colombiano y ecuatoriano.

Así pues, Mackandal ya fue de acá, pariente de todos los seres de acá y esencia anímica de los pretextos mitológicos libertarios de acá, de la Región de las Esmeraldas. «…estos seres fueron sembrados por los primeros que llegaron, por los mayores y casi todos son de origen africano. Estos seres, personajes tutelares tienen su espacio en el territorio y cumplen una función al momento de ordenar el aprovechamiento y uso de los recursos del monte. Ninguna persona que tenga filiación con los ancestros, desconoce la existencia de esos personajes» [5] .

¿En qué momento se perdió la territorialidad?

El control de la autoridad colonial en la Región de las Esmeraldas se debilitó mientras se fortalecía la fábula de una república de negros y predicadores. Unos agentes de Jean Jacques Dessalines primero y de Alexandre Petion después agrandaban leyendas, prometían desquites y la toma de las riquezas para gobernarse como república con ellos como único dueños y todos iguales con el entendimiento de ‘ciudadanos’. «Ustedes tienen abundancia de oro, para comprar armas, naves y pagar ejércitos de otros lados si así lo quisieran», explicaban en un castellano con acento extraño.

Allá, en Haití tenían oro blanco (azúcar) de las plantaciones y por acá, Ecuador, oro metálico. El cimarronismo comunitario entendió la economía política como un ejercicio cuidadoso de sentido común, porque el republicanismo de allá y el previsto por acá dependían de la formación de una estructura económica para cambiar las relaciones de producción cuando acabarán de corretear para siempre a los colonialistas españoles y sus aliados. Se pensaba el territorio con sus componentes físicos y culturales; sin territorio no hay estar-bien-colectivo. Muchas décadas después K. Marx explicó el acierto con su tesis: «El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de vida social, político y espiritual en general. No es la conciencia de los hombres la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia« [6] . El ser social creador determinante de su conciencia también es consecuencia del proceso cultural o sea cómo va potenciando su autodefinición preventiva y anticolonialista. «Los que nos asumimos diferentes tenemos el encargo de reconocer, fortalecer, y poner en vigencia lo que somos para seguir siendo lo que necesitamos ser, desde lo que somos y no desde lo que dicen que somos. Esta es la autodefinición» [7] .

El proceso de comunidades negras de la costa pacífica colombo-ecuatoriana tuvo (y aún tiene) el encargo misionero de la sobrevivencia siendo seres humanos y en la bio-complejidad cultural o dentro de un entramado civilizatorio no solo de uno u otro territorio estatal, más allá de aquello, desde la profundidad de la sangre de parientes históricos. Así debió ser el legado intercomunitario de Franswa Mackandal trasladado de boca en boca como ejercicio de la palabra suelta. Ni sus cenizas ni sus palabras secretas fueron barridas por borrascas de olvido.

Tierra de nadie

La economía política del norte de la provincia de Esmeraldas (Ecuador) y del suroeste de Colombia se explica con la narrativa racista organizada para silenciar toda violencia proveniente de la plantación o la extracción mineral, además mapeada para certificar toda invisibilidad de las comunidades con el retrato conclusivo de necropolítica: ¡tierra de nadie! [8] Los Estados se saltaron cualquier negociación con las comunidades negras e indígenas satisfaciendo en su imaginario una catástrofe genocida: (ya) no hay nadie (como ellos, desde luego). Tierra delos nadie. No se dialoga con las sombras. Investigadores de toda especie, piel político-partidista y correspondiente al grupo racial dominante describen paisajes y riquezas de ‘esos territorios vacíos’. Tierra sin nadie. Bosques abandonados, tierras abandonadas, minas abandonadas, ríos abandonados y ‘esos ningunos’ en el abandono. Sentencia conclusiva: tierra para nadie.

Allá la gente tiene precio y sin embargo su valor está en discusión. Por estos días de abril y mayo de 2018, cabe el grafiti: «en un lugar donde la vida vale casi nada, muerte tiene un precio» [9] . Al otro lado de la raya son las casas de pique y de este lado la densidad coyuntural de una cierta amenaza sin destinatario. Está ahí, se supone su procedencia para administrar el flujo del miedo.

El 21 de septiembre de 1857, el general Francisco Robles, presidente de la República del Ecuador, suscribe el Contrato Icaza-Priechett, para que los ingleses cobraran la deuda de la independencia regional con todo lo que pudieran cargar de la provincia de Esmeraldas. De esa tierra de nadie se entregaron 200 mil hectáreas, la mayor parte en el norte provincial. El 30 de julio de 1864, se intentó controlar el saqueo de la tierra de nadie, se elevó a escritura pública y se puso unos límites que nadie nunca vigilaría: «El área comprendía el río Mataje a sus orígenes, rio Pachule, Tambillo hasta la confluencia con del Santiago y el Cayapas sin involucrar los terrenos vendidos a la familia Viteri» [10] . La extensión eran 96.458 cuadras cuadradas [11] , el Gobierno ecuatoriano recibió a cambio bonos por 70.000 libras esterlinas algo así como 300 mil pesos en moneda de ese entonces [12] . Mientras los comuneros ya playaban oro, continuaron haciéndolo por lustros, para comprar ‘tierra de alguien’ y conformar la Comuna Río Santiago Cayapas. Unos meses más tarde la Ecuador Land Company Limited inventó gobierno y gente (colonos) para ‘su’ propiedad territorial. Los nadie fueron un poco menos. Hasta ahora el Estado ecuatoriano se desentiende del reconocimiento de las comunidades negras y sus territorios existenciales, pero si las imagina en sus discursos es desde el soportal de la casona de plantación. Achille Mbembe resume mucho en pocas líneas: «…por definición, la comunidad implica el ejercicio del poder de la palabra y del pensamiento» [13] . J. García y C. Walsh completan la figura: «…el estado desterritorializa a esas comunidades, es decir, les niega el reconocimiento de uno de los derechos fundamentales que asiste a estos colectivos: el derecho al territorio donde siempre han vivido» [14] .

Hoy quizás la provincia de Esmeraldas menos, pero su norte aún es esa tierra de nadie habitada por una ciudadanía de por allá, ‘fronteriza’, contrario al entender de la Metrópoli que discierne esa «ausencia de Estado» como culpa de aquellos nadie. La frontera es esa periferia para todos los análisis y ninguna decisión política estatal, porque son ellos quienes se abandonan, son ellos quienes eligen ser nada social. Está en sus agendas de medios, la chorrada sentimentaloide de unos y la ventriloquia de otros. Los asesinatos sistemáticos, el despojo de tierra, la minería criminal y la absoluta insuficiencia de servicios básicos, eso está tabulado en las mediciones sociales oficiales y de agencias no gubernamentales; pero los agentes estatales se desentendían hasta que Wacho, con sus actos criminales, obligó a voltear la cabeza para distinguir en las cifras personas. Encabrona admitirlo.

Los espíritus buenos de abuelos y abuelas advertían: «mucho de lo que ahora nos afecta como pueblo, tiene que ver con lo que hemos aprendido de los otros, de los que se benefician de nuestras decisiones y de nuestros entendidos. Mucho de lo que aprendemos, tiene que ver con lo que el otro quiere que tengamos por verdad» [15] . El otro reflexiona así: «San Lorenzo era una pocilga; hoy es pueblo medio respetable», eso dijo Francisco Orellana, gerente de investigación y desarrollo de una empresa palmicultora llamada Energy Palma [16] . Mackandal parece consumirse con la quema simbólica del mal tiempo. Aproximándonos al dicho de Amadou Hampâté Bà: «En la costa pacífica colombo-ecuatoriana, cada anciano que muere es una biblioteca sin explotar que se quema». Eso también es violencia.

 

Notas:


[1] Diálogo (en las comunidades religiosas afroamericanas).

[2] Se le da vuelta a la frase martiana

[3] Ser de la mitología afroecuatoriana.

[4] Debe entenderse como espacios de territorialidad de objetivos políticos comunes o muy parecidos.

[5] Derechos, territorio ancestral y el pueblo afroesmeraldeño. (¿Estado constitucional de derechos? Informe sobre derechos humanos. Ecuador 2009), Juan García y Catherine Walsh, Quito, ediciones Abya- Yala, p. 345.

[6] Contribución a la crítica de la economía política, Carlos Marx, editorial Progreso, 1989, p. 7.

[7] Pensar sembrando/sembrar pensando con el Abuelo Zenón, Juan García Salazar y Catherine Walsh, ediciones Abya Yala y Universidad Andina Simón Bolívar Sede Ecuador, 2017, p.100.

[8] Cabe la referencia imperfecta, pero ilustrativa a Achille Mbembe: «Este proceso fue en parte facilitado por los estereotipos racistas y el desarrollo de un racismo de clase que, al traducir los conflictos sociales del mundo industrial en términos racistas, ha terminado por comparar las clases obreras y el «pueblo apátrida» del mundo industrial con los «salvajes» del mundo colonial». Necropolítica, Editorial Melusina, S. L., 2011, p. 26.

[9] Frase de un western de Sergio Leone.

[10] Historia General de Esmeraldas, Márcel Pérez Estupiñán, Editorial Universitaria de Esmeraldas, p. 76.

[11] Square blocks. una cuadra cuadrada es igual 1.57226521 hectáreas.

[12] Óp. Cit.

[13] Óp. Cit., p. 32.

[14] Óp. Cit. P. 353.

[15] Territorios, territorialidad y desterritorialización, editado por Juan García Salazar, Fundación Altrópico, 2010, p. 116.

[16] Tomado de Al otro lao’ de la raya. Memoria, olvido y desterritorialización en las comunidades negras del Ecuador, texto de Nazaret Castro, 12/09/2016. Está en: https://www.carrodecombate.com/2016/09/12/al-otro-lao-de-la-raya-desterritorializacion-memoria-y-olvido-en-las-comunidades-negras-del-ecuador/

Enlace a la primera parte del artículo del escritor esmeraldeño Juan Montaño Escobar: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=240295

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.